En dos comentarios anteriores hemos tratado de analizar las distintas formas del poder político y económico que llevan a determinados grupos, en este caso las oligarquías, a dominar totalmente una sociedad, un país y su gente. La motivación es una sola: mantener privilegios para acrecentar fortunas y disponer de todos los espacios posibles para realizar sus negocios, sus arreglos y sociedades internas y externas. Los consorcios internacionales buscan a las personas con influencia y “poder de decisión” para hacer sus alianzas y también expandir sus empresas.
Los que han perpetrado el golpe de Estado en Honduras, precisamente obedecen órdenes de los grupos económicamente poderosos (desde luego no podemos dejar de lado que detrás de todo se encuentra la siempre poderosa CIA norteamericana) que se “sienten” dolidos, ultrajados y disminuidos en su accionar por un gobierno liberal que ha tratado de llevar un poco de consuelo a las clases más desposeídas de su país. El aumentar el salario mínimo a los trabajadores del campo y de la ciudad, el presentar leyes al Congreso para incluir a las trabajadoras del servicio doméstico en el régimen de seguridad social o el tratar de dar mayor participación a la población en las decisiones del Estado, no le cayó en gracia a esta voraz elite acostumbrada a imponer sus designios.
El gobernar bien, decíamos en comentario anterior, es dirigir y proteger a una colectividad de seres, darles el mínimo de satisfacciones y combatir drásticamente todas aquellas formas de marginación y opresión. Aceptado este paradigma, el gobernante –la autoridad—no puede ser en el ejercicio del poder sino servidor y servidor de hombres y mujeres –de personas—y nunca de cosas o de seres sujetos a quienes se debe tutorar. La función de las autoridad es coordinar la acción de los gobernados para promover y asegurar la unidad y el bienestar necesario para una convivencia de seres humanos inteligentes y libres. El buen gobernante es realizador de justicia y de paz social en una comunidad de hombres independientes y libres y nunca un padre austero o lo que es peor, un amo despiadado.
El presidente José Manuel Zelaya Rosales, intentó llevar el máximo bienestar posible a sus gobernados, para ello tuvo que aplicar medidas económicas y sociales de las cuales se sintió “perjudicada” la oligarquía, puesto que están acostumbrados a tener exorbitantes ganancias y a pagar poco o evadir impuestos. Los testaferros, marionetas, títeres y lacayos de los poderes judicial y legislativo, los han acompañados en estas burdas decisiones a todas luces inconstitucionales y violatorias de los derechos humanos, puesto que ordenaron a las fuerzas armadas perpetrar el golpe de Estado y expulsar al mandatario de su propio y legítimo hogar. Todos los valores inherentes a la persona, todo el ordenamiento legal que supuestamente respalda a una democracia, han sido transgredidos impunemente por el poder económico de la oligarquía, ahora tercamente oponiéndose a las naciones civilizadas del mundo que exigen volver al estado de cosas original en Honduras.
Los trasgresores de la justicia y de las normas más civilizadas de la convivencia humana, parecen no conocer ni mucho menos acatar el ordenamiento político, social y jurídico que les exige la comunidad internacional de naciones. Los gorilas ahora sueltos quieren imponer “la democracia” de los fusiles y el rugir de los cañones. No quieren saber nada de paz social ni de justicia social, para ellos no existe una comunidad de hombres y mujeres independientes y libres, mucho menos de respeto a la libre expresión del pensamiento y de tránsito. Hablarles de redención, de retorno a la democracia y derechos humanos, es gritar en el desierto, o tratar de horadar una roca con el simple recurso de los dientes.
El pleno retorno a la civilización, a la paz social, no es tarea fácil cuando se enfrenta a la bestialidad, la corrupción y el gran poder económico de la oligarquía. Gobernar no es nada fácil en un país tan conservador y donde los “poderes” del Estado están al servicio de los grupos económicamente poderosos. El presidente Zelaya intentó introducir algunos, tibios, cambios, y de alguna manera seguir los consejos escritos hace muchos años por ese gran escritor del siglo de oro de España. Para realizar esta tarea Francisco de Quevedo exigía del gobernante, como virtud esencial, la prudencia, no en el sentido peyorativo en que se usa este vocablo, sino en el sentido estricto de la virtud correspondiente –pagana y cristiana—que lleva ese nombre: virtud intelectual, que implica recuerdo del pasado, comprensión del presente e intuición del porvenir: docilidad, agudeza, raciocinio, previsión y precaución. Casi nada, en suma. El mismo Quevedo, moviéndose entre la política de Dios y el gobierno de Cristo, exigía del gobernante, para él, el Monarca, ser nada menos que un héroe; pero un héroe con espíritu de sacrificio, ya que su virtud debía ser de la actividad cotidiana en servicio de los súbditos; virtud descolorida ya de suyo por el contacto que mantiene de continuo con los gobernados. Un héroe, agrega don Francisco, que debe además ser discreto; es decir, dosificar su acción de acuerdo con la realidad social, las necesidades del pueblo y sus relaciones personales con sus subordinados y súbditos.
En el presidente Zelaya encontramos humildad y mansedumbre, el noble sentido de la amistad y el permanente acercamiento con su pueblo. En lo personal, pudimos presenciar en visita a Honduras, cómo dialogó con representantes sindicales para resolver un problema de huelga del sindicato de trabajadores de la industria del textil; lo mismo que ocurrió esa semana con el magisterio nacional que exigía un aumento salarial y mayores prestaciones sociales. La solidaridad, el bien común, que por su categoría propia parecen inadecuadas en quien ejerce el gobierno. El acceder a las peticiones de empleados y trabajadores del campo y de la ciudad, nunca fue del agrado de la oligarquía: lo vimos reflejado en noticias y sendos comentarios en los periódicos y las televisoras de ese país en manos de los grupos oligárquicos.
Para los clásicos, estas virtudes también deben adornar al político –gobernante--. Así Fray Luis de León, al justificar que se dé a Jesucristo el nombre de Rey, pese a su humildad y mansedumbre, subraya con toda la fuerza de su decir incomparable, que “también el Rey debe ser a su manera manso y humilde”. Plutarco elogió estas virtudes en Pericles, de quien dijo que nunca se vio “genio más dulce, ni en la mansedumbre más majestuoso”; y otro gran escritor las descubrió y elogió en un emperador romano “¡saber ponerse al nivel de los que obedecen, sin perder la dignidad de príncipe; saber seguir siendo hombre a pesar de poseer el imperio”. Este el máximo elogio que Plinio ofrendó a Trajano, el gran emperador que España dio a Roma.
El presidente Zelaya, como todo ser humano, puede cometer errores, está expuesto a ser juzgado tanto por los más humildes como por los poderosos; pero en ningún momento los gorilas y sus patrocinadores pueden justificar un golpe de Estado, con lujo de barbarie, para apresarlo en su propia casa, con la complicidad de la oscuridad, la alevosía y la ventaja, y expulsarlo de su país. Si sus servicios al país, sobre todo a las mayorías poblacionales, reñían con la avaricia, el lucro desmedido y la prepotencia de las clases dominantes, debieron haberse ventilado en público y permitir que los tribunales y las instancias correspondientes lo juzgaran conforme lo dispone la Constitución y las leyes de Honduras; por lo demás estaba a disposición la opinión de la población la que nunca fue consultada para cometer semejante aberración contra la democracia representativa, vía que permanentemente se disputan los partidos Nacional y Liberal de esta nación centroamericana.
Los clásicos escribieron para la posteridad, las leyes se han hecho para ser respetadas; los poderosos a cada momento invocan y claman por las libertades públicas y el respeto a la democracia y al estado de derecho; pero cuando se cometen hechos tan repudiables como los que han ocurrido en Honduras, los mismos burgueses tratan de “buscar explicaciones” y justificar aberrantes violaciones constitucionales y a los derechos humanos, deformando los acontecimientos y culpando a las mismas víctimas de haber provocado su expulsión del gobierno. En El Salvador la derecha reaccionaria, los pestilentes oligarcas, llegan al extremo de justificar el atentado contra la institucionalidad y en contra de la opinión de más de 190 países del mundo, con el respaldo de afamados y respetables constitucionalistas, sostener hipócritamente que “no se trató de un golpe de Estado”, sino de un “acatamiento de las leyes por parte de los militares”. Como dice el refrán popular el agua no moja.
Por lo demás, no se trata de un simple golpe de Estado, en lo particular me parece que en Honduras se está produciendo el inicio de una serie de hechos contra los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina. Es una especie de laboratorio para poner a prueba la reacción de los pueblos y de la comunidad internacional. Pecaríamos de ingenuos si subestimamos la intervención de los sectores más duros (los halcones) de Washington y de los organismos financieros y de las empresas transnacionales. Frente a la crisis del capitalismo mundial, de la debacle del modelo neoliberal, variante del capitalismo salvaje, de la notoria ausencia de ideólogos de la derecha, se busca contraatacar por el eslabón más débil, en este caso Honduras, como hace algunos años ocurrió en el este de Europa, cuando se inició la mortal embestida contra los países socialistas, desestabilizando el régimen de Polonia. Tanto aquí, como actualmente ocurre en América Latina, la CIA, la burguesía, las iglesias (protestante y católica), los militares reaccionarios y los medios de difusión en poder de los grupos económicamente poderosos, también juegan un papel preponderante. Por eso a los regímenes de izquierda únicamente les queda como recurso profundizar los cambios sociales y apoyarse en sus organizaciones populares, en la siempre probada resistencia de sus pueblos.