Antes y durante el conflicto armado en El Salvador el aporte de la juventud a la causa revolucionaria fue generoso: miles de estudiantes, campesinos, obreros, todos menores de 25 años, se unieron en las distintas manifestaciones, tácticas, formas y métodos de lucha para exigir al gobierno de turno mejores condiciones de vida, así como establecer una ruta definida hacia la derrota de la dictadura militar (demócrata cristiana en los más duros años de la guerra) y el establecimiento de un régimen de amplia participación popular.
Esa expresión de lucha, siempre con la amplia participación de la juventud, la estamos viendo ahora en Chile, España, Grecia y otros países europeos. En estas naciones, como en su momento en El Salvador, se utiliza mucho el verbo “agitar”, tanto por los gobiernos como por las castas militares. La derecha, siempre la burguesía y las torpes oligarquías, le dan al término la connotación de un acto delictuoso. Se entiende por qué: cuando individuos pertenecientes al sistema tratan de agitar a las masas, fracasan lamentablemente. Aquí están los casos de los candidatos a diputados de los partidos registrados. No pueden agitar a nadie. Sólo la izquierda revolucionaria puede agitar. Las organizaciones sociales en Europa y en Chile lo hacen correctamente. Y el rencor impotente convierte esa acción en un delito. Pero no lo es, por cierto. Agitar y organizar a las masas en torno a ideas es un derecho inalienable de todo ciudadano, y ser agitador en un país en el que impera la injusticia de manera tan brutal es un título honroso y un timbre de orgullo.
En Estados Unidos los jóvenes, como sus padres y desempleados, son reprimidos cuanto intentan protestar y exigir mejores prestaciones sociales, entre ellas, el derecho a un trabajo remunerado. Lo mismo está sucediendo en España y en Chile. Esto es, el movilizar y organizar, realizar una acción del más alto valor político. No es cierto, como suele decir la prensa derechista, que se les haya atacado, desmanteladas sus tiendas de campaña y destruidos sus megáfonos y sus impresores móviles, por el simple hecho de ser “universitarios” o estudiantes de secundaria. O simplemente desempleados. No es cierto que el rencor de la derecha y de los parásitos del sistema, se descargue en campañas contra los “promotores”, incluyendo caso de Chile, contra las universidades, así, en abstracto. Universidades hay muchas que no sufren agresión alguna, sino más bien al contrario. Para ser reprimidos, los estudiantes necesitan hacer méritos. Sólo a los que emprenden una acción política democratizadora y revolucionaria se les reprime. En El Salvador se sabe mucho de esto. En otros países la represión alcanza su punto más alto, cuando esa acción política se vierte sobre las masas trabajadoras, contra los desempleados, cuando se orienta a contribuir a la organización de las luchas de los obreros, los profesionales medios y otras capas de la sociedad.
El caso de Chile, en el presente, es ilustrativo. Los estudiantes, en vanguardia los universitarios, han llevado una larga y dura lucha por la democratización de sus propias casas, por el derecho a la educación para todos. Y han tenido la nobleza de espíritu y la claridad política de entender que esa acción por sí misma no valdría nada, sería una simple reforma egoísta dentro de la torre de marfil, si no se extendiera a las capas más oprimidas de la población. Por hacer trabajo de noble agitación entre los diferentes sectores de la sociedad, han sufrido maestros y estudiantes la más dura represión, que sus autores, las autoridades “legalmente” constituidas, ni siquiera se han preocupado de negar. ¿No declara abiertamente un vocero presidencial que los enfrentamientos y las distintas represiones se han producido por violentar el Estado de Derecho y exigir más allá de las posibilidades presupuestarias del Estado?
Incapaz de comprender las fuerzas históricas renovadoras que aparecen en la sociedad, la derecha retrógrada y los gobiernos autoritarios tanto de Europa como de Chile, no ven que es falto que -- como repiten incesantemente-- sea la acción de unos cuantos inconformes y agitadores que los llevan a luchar contra el sistema. Los indignados surgen por algo más. Es algo mucho más profundo. Es el hecho de que el sistema no ofrece ya perspectiva alguna de desarrollo a los jóvenes, a los miles de “parados”, a los indigentes. Mientras propios y extraños ven los pavorosos problemas de salud que padecen miles de chilenos, sobre todo en las intensas zonas rurales, las universidades dirigidas por sectores derechistas, afirman que no se pueden formar más de unos cuantos de centenares de médicos al año, porque el sistema no tiene capacidad para absorberlos. Igual ocurría en El Salvador antes de los años del cruento conflicto armado.
Tanto en Chile, como en varios países de la Europa “civilizada” lo que están planteando los universitarios, los indignados, es una revolución social. No se trata de un designo de nadie ni de una vasta conspiración. Se trata de fuerzas sociales profundas, que actúan más allá de la voluntad de los individuos. La alianza de los estudiantes con otros sectores de la sociedad es algo dado por las circunstancias mismas, por las condiciones objetivas en que unos y otros se desenvuelven. El tener conciencia de estas realidades es un imperativo del momento. Y tanto los indignados del viejo como del nuevo Continente han demostrado tenerla. También, a su manera, la reacción que ocupa en esos países el poder. Porque esa reacción parece haberse resignado a que, dentro de las aulas universitarias chilenas, de Barcelona o de Grecia, haya revolucionarios e indignados. Pero no toleran que esos “revoltosos” intenten salir de las universidades. Es la vieja “democracia fascista”. A nadie se le impide hablar, Todos pueden predicar…siempre que prediquen en el desierto. Porque si la prédica llega a todos los sectores de la sociedad, entonces las cosas cambian. Entonces, los gobiernos represivos y la derecha reaccionaria también tienen su lenguaje: el de las balas.




