Días antes de producirse el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, el jefe de la estación de la CIA en Brasil, llegó a Honduras, no estamos negando la tibia posición del presidente de Estados Unidos, Barack OBama; pero es necesario investigar y aclarar las razones de esta sorpresiva visita de un funcionario tan importante del espionaje norteamericano, ya comprometido en hechos similares en el pasado. Es una simple relación, una coincidencia o participación directa en dichos acontecimientos.
La impunidad hasta hoy de que vienen gozando los poderes políticos y los militares responsables del repudiable golpe de Estado contra el presidente legítimamente electo de Honduras, José Manuel Zelaya Rosales, muestra el creciente establecimiento de los mecanismos del terror y la violencia bruta como eficaces –y pronto tal vez exclusivo—instrumentos para someter, domeñar a la población, a fin de que ésta termine considerando que la agresión violenta, ordenada por los grupos económicamente dominantes, es tan necesaria, tan habitual, tan inevitable como el fraude, el narcotráfico y el soborno en la administración pública; o la farsa electoral; o la corrupción en las esferas políticas que deciden por el pueblo al que supuestamente representan.
Un hecho brutal, inconstitucional, en la larga lista de atropellos al Estado de Derecho y a la convivencia pacífica, que desde la supuesta existencia de la democracia, vienen cometiendo los gorilas y quienes abren las jaulas (la oligarquía) para que atenten contra la autoridad legalmente constituida y contra los derechos humanos de la población; una violación constitucional, un asesinato contra las leyes de la república, que se vincula a la anónima muchedumbre que de una u otra forma sufre diariamente la impune omnipotencia de funcionarios y militares corruptos que, con el escudo de la “fachada de autoridad”, pueden llegar fácilmente, con alevosía y ventaja, a cometer un golpe de Estado, como el ocurrido el domingo anterior contra el presidente Manuel Zelaya.
Es del conocimiento público que los militares responsables materiales del hecho repudiable por la comunidad de naciones del mundo, ilustrativo de una serie de comportamientos operados por estos mismos delincuentes uniformados y armados (sobre todo en regiones donde no alcanzan resonancia nacional e internacional) violan flagrantemente los puntos básicos de la Constitución hondureña, violaciones perpetradas con bestialidad y cinismo por quienes se escudan precisamente en ella para dar explicaciones de sus actos represivos y terroristas.
El inevitable retorno al Estado de Derecho y las investigaciones que se realicen posteriores a la deposición de las autoridades de facto, seguramente será el mismo de siempre e indicará en qué medida un cambio cosmético de mandos militares de un gorilismo a ultranza, no modifica la táctica de fortalecer como sistema las violaciones a la Constitución, y los agresores y trasgresores de las leyes como rúbrica de la omnipotencia de las autoridades, se acrecientan de tal modo que pronto serán, de no haber una reacción enérgica de los grupos democráticos de la opinión pública, una institución sin disimulo, tan necesarios, tan inevitables, como todas las demás características del sistema a cuyo terror se exige que nos habituemos.
En Honduras se ha retornado a la era de las cavernas, al estado de hecho donde la democracia es sinónimo de fusiles, fuerza y terror. Al tiempo de las camisas pardas, los guantes blancos, las camisetas negras; el fascismo se reconoce y caracteriza, en su también forma ideológica, por la utilización alucinante del parloteo incoherente del hombre fuerte, del caudillo iluminado, y de sus amigos y provocadores policíacos “defensores del orden”. En el fascismo todo aparece incierto, oscuro, impreciso. ¿Qué ocurrió en la antesala de la Segunda Guerra Mundial con Mussolini y Hitler? ¿Qué ocurrió en a guerra civil española? ¿En el cruento golpe de Estado y asesinato de Salvador Allende? ¿Con el fracasado golpe de Estado contra el comandante Hugo Rafael Chávez Frías? La lógica de la antirrazón es el terror creciente y continuado. Nadie entiende nada, nadie sabe nada. Todo se “investiga”. Este es el propósito del fascismo bajo cualquier disfraz; el objetivo de las flechas, los yugos y las cruces, el único camino, las metralletas oficiales, las manifestaciones organizadas por los mismos violadores de la Constitución para aparentar “respaldo” del pueblo, los insomnios abnegados del superhombre. El fascismo prosigue la ofensiva en su guerra contra el pueblo, contra la vida.
La repetición y ampliación del toque de queda, la represión continua se realizan en una situación general de indiferencia y fatalismo alimentada por el aplastamiento, envilecimiento y desvío sistemático de todo lo sensible, libre e inteligente, humano, que define a la conciencia de una sociedad. Esa represión y el lanzamiento de la soldadesca a las calles como “política y medida oficial concreta” de los golpistas, revela una crisis social aguda pero de manera evidente e inmediata puede desencadenar el miedo, la irracionalidad y la desesperanza suicidas. Para combatir al fascismo, nuestros pensamientos y nuestras palabras deben ser claros y no abrigar ni fomentar ilusiones.
A los hermanos hondureños les alentamos en su lucha y les decimos que una batalla que debe y puede ganarse de inmediato es la de la inteligencia, que desprecian pero temen –porque no tienen—los asesinos, los gorilas militares. Y con la práctica de la sensibilidad, la resolución y la inteligencia se obtiene el resto de las cosas imprescindibles para terminar con la opresión en todos los niveles. Hay que declararle la guerra a la guerra. Y pasar a la ofensiva.
La impunidad hasta hoy de que vienen gozando los poderes políticos y los militares responsables del repudiable golpe de Estado contra el presidente legítimamente electo de Honduras, José Manuel Zelaya Rosales, muestra el creciente establecimiento de los mecanismos del terror y la violencia bruta como eficaces –y pronto tal vez exclusivo—instrumentos para someter, domeñar a la población, a fin de que ésta termine considerando que la agresión violenta, ordenada por los grupos económicamente dominantes, es tan necesaria, tan habitual, tan inevitable como el fraude, el narcotráfico y el soborno en la administración pública; o la farsa electoral; o la corrupción en las esferas políticas que deciden por el pueblo al que supuestamente representan.
Un hecho brutal, inconstitucional, en la larga lista de atropellos al Estado de Derecho y a la convivencia pacífica, que desde la supuesta existencia de la democracia, vienen cometiendo los gorilas y quienes abren las jaulas (la oligarquía) para que atenten contra la autoridad legalmente constituida y contra los derechos humanos de la población; una violación constitucional, un asesinato contra las leyes de la república, que se vincula a la anónima muchedumbre que de una u otra forma sufre diariamente la impune omnipotencia de funcionarios y militares corruptos que, con el escudo de la “fachada de autoridad”, pueden llegar fácilmente, con alevosía y ventaja, a cometer un golpe de Estado, como el ocurrido el domingo anterior contra el presidente Manuel Zelaya.
Es del conocimiento público que los militares responsables materiales del hecho repudiable por la comunidad de naciones del mundo, ilustrativo de una serie de comportamientos operados por estos mismos delincuentes uniformados y armados (sobre todo en regiones donde no alcanzan resonancia nacional e internacional) violan flagrantemente los puntos básicos de la Constitución hondureña, violaciones perpetradas con bestialidad y cinismo por quienes se escudan precisamente en ella para dar explicaciones de sus actos represivos y terroristas.
El inevitable retorno al Estado de Derecho y las investigaciones que se realicen posteriores a la deposición de las autoridades de facto, seguramente será el mismo de siempre e indicará en qué medida un cambio cosmético de mandos militares de un gorilismo a ultranza, no modifica la táctica de fortalecer como sistema las violaciones a la Constitución, y los agresores y trasgresores de las leyes como rúbrica de la omnipotencia de las autoridades, se acrecientan de tal modo que pronto serán, de no haber una reacción enérgica de los grupos democráticos de la opinión pública, una institución sin disimulo, tan necesarios, tan inevitables, como todas las demás características del sistema a cuyo terror se exige que nos habituemos.
En Honduras se ha retornado a la era de las cavernas, al estado de hecho donde la democracia es sinónimo de fusiles, fuerza y terror. Al tiempo de las camisas pardas, los guantes blancos, las camisetas negras; el fascismo se reconoce y caracteriza, en su también forma ideológica, por la utilización alucinante del parloteo incoherente del hombre fuerte, del caudillo iluminado, y de sus amigos y provocadores policíacos “defensores del orden”. En el fascismo todo aparece incierto, oscuro, impreciso. ¿Qué ocurrió en la antesala de la Segunda Guerra Mundial con Mussolini y Hitler? ¿Qué ocurrió en a guerra civil española? ¿En el cruento golpe de Estado y asesinato de Salvador Allende? ¿Con el fracasado golpe de Estado contra el comandante Hugo Rafael Chávez Frías? La lógica de la antirrazón es el terror creciente y continuado. Nadie entiende nada, nadie sabe nada. Todo se “investiga”. Este es el propósito del fascismo bajo cualquier disfraz; el objetivo de las flechas, los yugos y las cruces, el único camino, las metralletas oficiales, las manifestaciones organizadas por los mismos violadores de la Constitución para aparentar “respaldo” del pueblo, los insomnios abnegados del superhombre. El fascismo prosigue la ofensiva en su guerra contra el pueblo, contra la vida.
La repetición y ampliación del toque de queda, la represión continua se realizan en una situación general de indiferencia y fatalismo alimentada por el aplastamiento, envilecimiento y desvío sistemático de todo lo sensible, libre e inteligente, humano, que define a la conciencia de una sociedad. Esa represión y el lanzamiento de la soldadesca a las calles como “política y medida oficial concreta” de los golpistas, revela una crisis social aguda pero de manera evidente e inmediata puede desencadenar el miedo, la irracionalidad y la desesperanza suicidas. Para combatir al fascismo, nuestros pensamientos y nuestras palabras deben ser claros y no abrigar ni fomentar ilusiones.
A los hermanos hondureños les alentamos en su lucha y les decimos que una batalla que debe y puede ganarse de inmediato es la de la inteligencia, que desprecian pero temen –porque no tienen—los asesinos, los gorilas militares. Y con la práctica de la sensibilidad, la resolución y la inteligencia se obtiene el resto de las cosas imprescindibles para terminar con la opresión en todos los niveles. Hay que declararle la guerra a la guerra. Y pasar a la ofensiva.





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