14.7.09

La lenta agonía del imperialismo

A todos los imperialismos se les llega la hora. La historia es sabia y no miente. Le ocurrió a Roma, a Constantinopla, a los otomanos y como no también a los persas. Y unos cuantos más. A pesar de que muchos expertos en la materia sostengan que eso de la agonía del imperialismo sale de las esperanzadas profundidades de la subjetividad. Cuando Séneca meditaba en su español paisaje, muchos percibían el fin del mundo, pero la siguiente etapa histórica de la Edad Media tardó todavía siglos en concretarse. En el presente los que hablan del “inevitable” fin del mundo son los Testigos de Jehová y miembros de otras iglesias protestantes. Y no sería raro que nuestros nietos, ya ancianos, movieran tristes la cabeza para decir, “esto se acaba”.

De todas maneras, lo que en esta “agonía” resulta fascinante, sin olvidar que amenazador también, es como al imperialismo se le van agotando sus “respuestas” históricas. ¿Qué hacer, por ejemplo, con los venezolanos y algunos países árabes, que han reivindicado el pleno derecho a la explotación y comercialización de su petróleo? ¿Qué hacer ante la decisión de los pueblos latinoamericanos de elegir libremente y por medio del mecanismo de las elecciones, diseñadas y aprobadas por las burguesías, a sus gobiernos de izquierda y con posiciones progresistas, muy alejadas de las aspiraciones de los Estados Unidos? La insolencia y la tiranía de los viejos tiempos ha pasado justamente a descansar en el panteón de los recuerdos.

“Todo lo tenía previsto, menos esto”, dicen que dijo César Borgia cuando le contaron que su padre se había bajado para siempre de la silla de San Pedro. Tal vez, a juzgar por sus “respuestas” el imperialismo lo tenía todo previsto, menos la unión de los débiles y la agudización de sus propias contradicciones. No parece que le estén cambiando las reglas del juego; más bien es el juego el que se acerca a la desaparición. Lo estamos viendo con la derrota hace unos tres años en Uruguay de la Alternativa Latinoamericana de Libre Comercio (ALCA) y el surgimiento del ALBA, un sólido bloque económico y político que ya aglutina a muchas naciones de Nuestra América y del Caribe.

Tenía que llegar la puntual paradoja: seremos nosotros, los pueblos débiles y otrora sometidos al imperio, los que prolonguemos la “agonía” del monstruo. Los pueblos débiles que por indecisión y temor a los riesgos, por una falta de nacionalismo bien entendido y practicado, los que contribuyan a demostrar los cambios históricos, los “saltos” que implica abandonar un sistema para emprender otros rumbos. En Honduras, por ejemplo, un intento de reivindicación y de dar mayor protagonismo al pueblo, está tratando de ser abortado y, al mismo tiempo, de servir de laboratorio para futuras intentos golpistas en otras regiones de América Latina. Las oligarquías y el imperialismo no descansan en su misión de retomar viejos esquemas y mantener sus privilegios e intereses hegemónicos y de clase.

Con las decisiones ya probadas en el fuego del acero, de las trascendentales nacionalizaciones de sus recursos estratégicos, tanto en Venezuela, como en Ecuador y Bolivia, lo mismo en Argentina, Chile, Brasil y Uruguay, ha comenzado hace rato la “vocación nacional” de soberanía. Un hecho ya consumado en otras regiones muy lejanas en el espacio geográfico, pero cercanas en el corazón y en el entendimiento de la solidaridad, como Libia, Irán y Siria. Muy pronto, lo advertimos, se unirán a la plena soberanía y democracia, Irak, Afganistán y Pakistán.

Pero esto, con ser importante, no resulta clave para explicar esa prolongación de la agonía imperial: está, fundamentalmente, el uso que hasta ahora han hecho emires, monarcas y príncipes del Medio Oriente, de las enormes cantidades recibidas como regalías. A los extranjeros cínicos les divierte ver cómo corren los Rolls-Royce por el desierto, mientras consultan los informes sobre el analfabetismo, la agricultura prehistórica y la falta de pan y trabajo para miles de beduinos. Nuestra esperanza y mayor deseo es que más temprano que tarde los árabes en su totalidad despierten de su “largo sueño” y destronen esas viciosas monarquías para crear auténticas democracias participativas. Un deseo que también esperamos cumplan los europeos con tantos haraganes que se nombran reyes y siguen viviendo de los impuestos de sus “súbditos”.

Y no es un simple decir. En informes consultados conocimos que aquel Sha de Irán gastaba en obras de servicio social el quince por ciento de lo que recibía por las exportaciones petroleras de su país. El ochenta y cinco por ciento restante iba a engrosar su fortuna personal. Lo que de alguna manera explicaría el intenso cultivo y comercio de opio a que se dedicaban sus compatriotas a pesar de la existencia de la pena de muerte para los infractores. En Inglaterra el príncipe Carlos es propietario de cinco palacios y uno más en Escocia: utilizan nada más y nada menos que cinco mil servidores para labores de limpieza, mantenimiento y cuido de los caballos de raza y de una jauría para la época de la caza de la liebre. Es el dulce encanto de la burguesía.

Los hombres sagaces del imperialismo, saben reír confiados cuando los demagogos de los países débiles le atribuyen al puñado de rockefellers que se congestionan con el pastel internacional, todos los males que sus pueblos sufren. Se ríen porque, además de saber que es falso, la tal demagogia ayuda no poco a prolongar la agonía. Dicho brutalmente ¿qué diablos han hecho las oligarquías para sacar a sus pueblos de la ignorancia y la miseria? Cuba, antes de la revolución socialista triunfante, era el enorme burdel de los Estados Unidos. En Venezuela, por ejemplo, hace apenas unos 15 años, todas las ganancias generadas por las exportaciones del petróleo se quedaban en los bancos norteamericanos, apenas un 2 por ciento era para disfrute del pueblo venezolano. ¿Se puede premiar a la burguesía por semejante atentado contra las necesidades de su pueblo? En este país sudamericano como en otras regiones, hablemos de Honduras, los grupos económicamente poderosos quieren volver a ese pasado que les permitía acrecentar sus riquezas, sin importarles las condiciones infrahumanas en que sobrevivían las mayorías poblacionales.

Como la novela de Patricia Cox, “El enemigo está dentro”. Claro, dentro de los países débiles como oligarquías fuertes; dentro de las naciones cuyos representantes van serios y solemnes a cuanto encuentro internacional se produce, mientras sus clases dominantes persiguen al pueblo y se horrorizan ante el más débil intento de reforma agraria. No puede resultar más chocante comprobar que las muletas del agónico se las proporcionan los mismos a los que oprime. Así, ¿para qué quiere “respuestas” si nosotros se las proporcionamos? Los dramáticos sucesos de Honduras confirman por enésima vez que tanto el imperialismo, como las oligarquías, no entregarán fácilmente el poder económico y político, sobre todo en este momento estelar de la historia cuando se ha desplomado el sistema financiero mundial. Esas urgentes reuniones del G-8 y del G-20, precisamente buscan coordinar, consolidar y ampliar esfuerzos para volver a tiempos pretéritos y recuperar privilegios perdidos.

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