En Honduras, como en ningún otro país de América Latina, la población encara hoy, con pocas posibilidades de evitarlo, a uno de los protagonistas que desde siempre han ejercido la violencia y el terror desde el Estado: las fuerzas armadas. Desde luego, marionetas y títeres manejados y dirigidos por la oligarquía y otros poderes fácticos empeñados en mantener sus privilegios políticos y económicos.
La fiesta de la represión desatada desde el pasado domingo 28 de junio, cuando mediante un golpe militar fue derrocado el gobierno constitucional de Manuel Zelaya, expone a la violencia y la ilegalidad como instrumentos que la clase dominante está dispuesta a echar mano siempre que ella, y sólo ella, lo considere necesario. En Honduras, las fórmulas rimbombantes de la democracia representativa que desde hace 30 años han formado parte de la lista de promesas que el Poder ofrece al pueblo, estallan en mil pedazos ante la obscenidad de quienes desde la oscuridad y el anonimato, aprueban el golpe de Estado y la represión como una lección cívica ejemplar.
Pero Honduras no sólo sirve como laboratorio de las oligarquías para probar hasta donde pueden resistir los pueblos y la comunidad internacional. Ahí también se evidencia la profundidad de las desigualdades de la sociedad y cómo ésta ha logrado internalizar la violencia represiva, hasta convertirla en sedimento aceptado en la vida cotidiana. Entre nosotros, ya se ha dicho, la violencia, el terrorismo de Estado, ha devenido un hecho trivial ante el cual el mero estupor puede llevar a un rápido marginamiento. En los tristes y dramáticos hechos de Honduras ha quedado comprobado lo frágil de las nacientes democracias y cómo todavía la impunidad y el Poder de la burguesía se mantiene intacto.
De otra parte, el uso sistemático de la violencia física y el recurso de la mentira, la guerra psicológica y mediática por parte de los usurpadores del gobierno, no sólo ha producido la “privatización” (idiotización dirían los griegos) del grueso de la sociedad hondureña, sino que también ha dado lugar a formas brutalizadas y prepotentes contra los organismos diplomáticos internacionales y la casi totalidad de gobiernos y naciones del mundo opuestos a la barbarie del militarismo y la ceguera política de una oligarquía primitiva.
La violencia represiva no es una forma última de la política sino la política misma para la burguesía. El silencio cómplice de políticos primitivos del partido Liberal y de grandes núcleos de la sociedad conservadora, se engarza así con la lumpenización alarmante de algunos sectores “enfermos” del movimiento sindical, profesional y estudiantil que no han querido reaccionar ante el despojo de una mínima porción de la democracia representativa, por la cual ellos votaron en algún momento de su triste vida.
Los acontecimientos de Honduras también han permitido conocer el pensamiento de sectores retrógrados de la oligarquía salvadoreña. No sólo han festejado el golpe de Estado, sino que han enviado “alertas” al gobierno del FMLN para que “se cuide de atentar contra sus intereses económicos”. Una posición claramente definida por el presidente del Coena, Alfredo Cristiani, al momento de anunciar una reestructuración de la dirigencia de Arena y al “aceptar” de los dientes a los labios, el triunfo inobjetable de la izquierda. Esos dramáticos sucesos revelan también la imposibilidad del propio bloque dominante tanto de allá como de acá, de escapar de la violencia verbal y física que sustenta y envuelve a su política.
Es claro que la pretendida modernización, tibias reformas o prestaciones económicas, así como buscar un mayor protagonismo del pueblo, iniciadas por el presidente Zelaya, choca inevitablemente con las formas y usos de la estructura tradicional del poder oligárquico de Honduras. La renovación del conservadurismo, no económico, necesaria desde la perspectiva global del sistema, adquiere sin embargo formas que no son precisamente las que uno esperaría habrían de usarse para resolver un dilatado conflicto social interno (como la consulta ciudadana para colocar una cuarta urna); con todo es lo mínimo por hacer, si tomamos en cuenta cómo está estructurado EL PODER en estos países centroamericanos. En Honduras ha quedado evidenciado el saldo represivo y doloroso que para los dominados del sistema traen consigo las necesidades de “ajuste” en la máquina del poder impuestas por el propio desarrollo capitalista.
En este contexto, la caída inmediata de los usurpadores se impone como una vacuna necesaria e impostergable para prevenir hechos similares en cualquier otro país latinoamericano y, sobre todo, en Centro América donde quedan impunes muchos nostálgicos de los golpes de Estado. Cuando nosotros llamamos a organizar comités populares es para garantizar la supervivencia del gobierno de izquierda presidido por el FMLN. Los jóvenes tan entusiasmados deben ser involucrados en tareas de alfabetización, de ayuda a comunidades, en actividades deportivas, educativas y recreativas pues constituyen sí sólo así lo quieren ver, las reservas estratégicas de los futuros regímenes democráticos.
Trascender el círculo hipnótico de la violencia impuesta como trampa mortal por el poder, por medio de la organización amplia y la definición precisa de objetivos transformadores no sólo son requisitos de eficacia sino de mera supervivencia. El gobierno salvadoreño debe curarse en salud, y como ya lo hemos dicho anteriormente, jamás debe ceder ante las presiones de la oligarquía, mucho menos de los ataques mediáticos de una prensa banal y vergonzante. De la manera más urgente posible debe nombrar nuevos embajadores, y colocar funcionarios competentes y leales en las distintas dependencias estatales. Alejarse de los cantos de sirena y de las amenazas veladas o no de la burguesía y de todos sus testaferros, marionetas y títeres. La consigna de hoy en adelante debe ser TODO EL PODER AL PUEBLO.
La fiesta de la represión desatada desde el pasado domingo 28 de junio, cuando mediante un golpe militar fue derrocado el gobierno constitucional de Manuel Zelaya, expone a la violencia y la ilegalidad como instrumentos que la clase dominante está dispuesta a echar mano siempre que ella, y sólo ella, lo considere necesario. En Honduras, las fórmulas rimbombantes de la democracia representativa que desde hace 30 años han formado parte de la lista de promesas que el Poder ofrece al pueblo, estallan en mil pedazos ante la obscenidad de quienes desde la oscuridad y el anonimato, aprueban el golpe de Estado y la represión como una lección cívica ejemplar.
Pero Honduras no sólo sirve como laboratorio de las oligarquías para probar hasta donde pueden resistir los pueblos y la comunidad internacional. Ahí también se evidencia la profundidad de las desigualdades de la sociedad y cómo ésta ha logrado internalizar la violencia represiva, hasta convertirla en sedimento aceptado en la vida cotidiana. Entre nosotros, ya se ha dicho, la violencia, el terrorismo de Estado, ha devenido un hecho trivial ante el cual el mero estupor puede llevar a un rápido marginamiento. En los tristes y dramáticos hechos de Honduras ha quedado comprobado lo frágil de las nacientes democracias y cómo todavía la impunidad y el Poder de la burguesía se mantiene intacto.
De otra parte, el uso sistemático de la violencia física y el recurso de la mentira, la guerra psicológica y mediática por parte de los usurpadores del gobierno, no sólo ha producido la “privatización” (idiotización dirían los griegos) del grueso de la sociedad hondureña, sino que también ha dado lugar a formas brutalizadas y prepotentes contra los organismos diplomáticos internacionales y la casi totalidad de gobiernos y naciones del mundo opuestos a la barbarie del militarismo y la ceguera política de una oligarquía primitiva.
La violencia represiva no es una forma última de la política sino la política misma para la burguesía. El silencio cómplice de políticos primitivos del partido Liberal y de grandes núcleos de la sociedad conservadora, se engarza así con la lumpenización alarmante de algunos sectores “enfermos” del movimiento sindical, profesional y estudiantil que no han querido reaccionar ante el despojo de una mínima porción de la democracia representativa, por la cual ellos votaron en algún momento de su triste vida.
Los acontecimientos de Honduras también han permitido conocer el pensamiento de sectores retrógrados de la oligarquía salvadoreña. No sólo han festejado el golpe de Estado, sino que han enviado “alertas” al gobierno del FMLN para que “se cuide de atentar contra sus intereses económicos”. Una posición claramente definida por el presidente del Coena, Alfredo Cristiani, al momento de anunciar una reestructuración de la dirigencia de Arena y al “aceptar” de los dientes a los labios, el triunfo inobjetable de la izquierda. Esos dramáticos sucesos revelan también la imposibilidad del propio bloque dominante tanto de allá como de acá, de escapar de la violencia verbal y física que sustenta y envuelve a su política.
Es claro que la pretendida modernización, tibias reformas o prestaciones económicas, así como buscar un mayor protagonismo del pueblo, iniciadas por el presidente Zelaya, choca inevitablemente con las formas y usos de la estructura tradicional del poder oligárquico de Honduras. La renovación del conservadurismo, no económico, necesaria desde la perspectiva global del sistema, adquiere sin embargo formas que no son precisamente las que uno esperaría habrían de usarse para resolver un dilatado conflicto social interno (como la consulta ciudadana para colocar una cuarta urna); con todo es lo mínimo por hacer, si tomamos en cuenta cómo está estructurado EL PODER en estos países centroamericanos. En Honduras ha quedado evidenciado el saldo represivo y doloroso que para los dominados del sistema traen consigo las necesidades de “ajuste” en la máquina del poder impuestas por el propio desarrollo capitalista.
En este contexto, la caída inmediata de los usurpadores se impone como una vacuna necesaria e impostergable para prevenir hechos similares en cualquier otro país latinoamericano y, sobre todo, en Centro América donde quedan impunes muchos nostálgicos de los golpes de Estado. Cuando nosotros llamamos a organizar comités populares es para garantizar la supervivencia del gobierno de izquierda presidido por el FMLN. Los jóvenes tan entusiasmados deben ser involucrados en tareas de alfabetización, de ayuda a comunidades, en actividades deportivas, educativas y recreativas pues constituyen sí sólo así lo quieren ver, las reservas estratégicas de los futuros regímenes democráticos.
Trascender el círculo hipnótico de la violencia impuesta como trampa mortal por el poder, por medio de la organización amplia y la definición precisa de objetivos transformadores no sólo son requisitos de eficacia sino de mera supervivencia. El gobierno salvadoreño debe curarse en salud, y como ya lo hemos dicho anteriormente, jamás debe ceder ante las presiones de la oligarquía, mucho menos de los ataques mediáticos de una prensa banal y vergonzante. De la manera más urgente posible debe nombrar nuevos embajadores, y colocar funcionarios competentes y leales en las distintas dependencias estatales. Alejarse de los cantos de sirena y de las amenazas veladas o no de la burguesía y de todos sus testaferros, marionetas y títeres. La consigna de hoy en adelante debe ser TODO EL PODER AL PUEBLO.





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada