1.12.09

Mayor presupuesto a la Universidad

El quehacer de la Universidad de El Salvador nunca ha sido fácil. Los sectores poderosamente económicos advirtieron pronto el peligro de un centro de estudios superiores crítico e independiente y trataron por todos los medios de callarlo, de ahogarlo financieramente. A la larga no era posible políticamente, no era rentable para los gobiernos de turno. En todas las latitudes la necesidad de reformas de la educación superior y los órganos encargados de impartirla, se había impuesto y, en menor o mayor grados, profesores y estudiantes compartían la responsabilidad de sus casas y conservándoles sus funciones tradicionales, las convertían en foros de enjuiciamiento político. Así sucedió en la primavera de Praga, en las luchas estudiantiles de París y en México, también en El Salvador. Había nacido la universidad crítica, contestataria, insertada en los anhelos populares.

La reacción tomó otros caminos. Instrumentos “legales” se sucedieron, substituyendo a la ley original. Los regímenes militares-oligárquicos de El Salvador, desde José María Lemus en adelante, intervinieron la Universidad, capturaron a docentes y estudiantes, los metieron presos, muchos de ellos fueron torturados y luego exiliados. Fueron años duros, de enfrentamientos constantes, de ahogo económico, nunca un presupuesto adecuado a las necesidades de la investigación, de la docencia, de justas prestaciones sociales. En ellos se comprimió paulatinamente, hasta hacerla intangible, la participación estudiantil. Los medios democráticos para resolver normalmente los problemas, establecer la comunicación y distribuir deberes y derechos, fueron pulverizados. Llegó a la universidad el estilo de la política nacional. En los años de los 70 autoridades impuestas no dudaron en practicar la compra o las amenazas. Crearon cuerpos policiales internos represivos, grupos de choque, tejieron una red de favores y de espionaje contra docentes y estudiantes. La universidad se convirtió en un campo de codicia. También de debate y de periódicos enfrentamientos.

En los años difíciles, los grupos de presión juveniles, los universitarios, fueron bárbaramente aplastados y la universidad ocupada militarmente, parecía que su destino quedaba sellado. La violencia sólo podría ya, en lo futuro, en cadena, generar violencia. La represión se extendió por toda la geografía nacional. La lucha irracional ya no sólo era contra los jóvenes universitarios, con los intelectuales, los docentes, iba dirigida contra toda manifestación de protesta pública. La oligarquía ordenaba y su aparato de dominación, respondía a sangre y fuego. Muchos de los profesionales y políticos que se formaron en las aulas, engrosaron después el equipo de represión de los gobiernos militares. No sólo en el interior del campo universitario actuaron los agentes represivos, también se formaron “cuerpos de élite” para combatir en el todos los espacios: las defensas civiles, la fatídica ORDEN y, posteriormente, los Escuadrones de la Muerte. Muy bien recordamos los 70 y los 80 cuando en las áreas universitarias se multiplicaron las provocaciones y las agresiones. Los medios de publicidad, siempre obedeciendo lineamientos de la oligarquía, describían y agigantaban una situación caótica, con tintas que no siempre correspondían exactamente a la realidad.

Desde entonces se alzó y fue creciendo la opinión de que era necesario imponer el orden de cualquier modo. Significativamente se discutió, hasta el cansancio, si la autonomía implicaba un cierto estilo de fuero o algún modo de extraterritorialidad. Discusiones de escribas, de fariseos, que jugaban con términos extraños a la cuestión. Ni fuero, ni extraterritorialidad, ni substracción al cumplimiento de las leyes comunes, naturalmente. Nadie los pedía. Pero todos sabemos que las universidades deben gozar del respeto del Estado y que las fuerzas policíacas o militares –que en los países del subdesarrollo generalmente no pueden llamarse de orden, sino de represión—no han de hallar las puertas abiertas. La intervención armada, como quedó demostrado plenamente con las sucesivas ocupaciones del Alma Mater, hiere mortalmente, no ya a la autonomía, sino al concepto esencial de lo universitario. Impedirla tanto en aquellos aciagos tiempos como en el futuro, no es rebeldía, es mantener una tradición vital. Esta actitud no se apoya en una ley. Es una conquista, no de los universitarios salvadoreños, de los intelectuales, docentes y trabajadores, sino de las universidades más antiguas e ilustres.

Cuando el presidente Arturo Armando Molina, actuó con “decisión, definición y firmeza” para ocupar la universidad en 1972, nada más estaba cumpliendo una etapa en su dilatada carrera represiva: atacando la inteligencia y la memoria colectiva de los salvadoreños. “Destruyan, capturen, repriman” a los comunistas “donde quiera que se encuentren, incluyendo las instalaciones universitarias”, era la orden proveniente de las poderosas estructuras económicas del país, llamado multiplicado mil veces por la asquerosa prensa nacional. La represión y la intervención militar se acompañaba con el estrangulamiento económico, mínimo presupuesto, nada para la investigación mucho menos para nivelar el salario de trabajadores y docentes. En los años más difíciles, el rector Carlos Alfaro Castillo no sólo toleró las permanentes represiones sino que las avaló al instalar en el campo universitario un cuerpo de vigilantes surgido de las entrañas de la guardia nacional y la policía de hacienda. Su gestión fue políticamente grave, inútil e irreparable. En poco tiempo encontró la necesaria respuesta: fue ajusticiado por las fuerzas revolucionarias del pueblo.

La dictadura militar ciegamente continuó con su esquema represivo contra la universidad. No advirtieron hacia dónde, políticamente, el país marchaba y cuántos intereses, fuera de los mezquinos de la oligarquía, estaban en juego para desvanecer los juicios críticos, acallar las protestas y debilitar así las defensas de los genuinos intereses nacionales. Y nadie ignora que las universidades y sus jóvenes eran entonces y en el presente la única voz clara y disidente en medio de la corrupción y el desaliento. Paradójicamente la intervención militar, desde esos años posible, permitida, autorizada, inicia quizá en los centros culturales, ese sombrío orden impuesto por la fuerza que es, en la historia contemporánea, el preludio de las organizaciones totalitarias.

Los militares continuaron cometiendo estupideces, cegados por el odio y el temor a las ideas. Aquel grito de un militar en España a Unamuno de “Muera la inteligencia” se multiplicó miles de veces en nuestro El Salvador hasta llegar al execrable asesinato del rector Félix Ulloa, mártir de la docencia y la decencia, de las luchas universitarias. Con su muerte lo único que se extinguió fue el estricto cumplimiento del derecho, fue solamente una tímida y ruborosa evasiva, porque a las arbitrarias detenciones, a tan espectacular como inútil despliegue de fuerzas –evidentemente ofensivo para la universidad—vino la generosa y valiente lucha de grandes contingentes de la población. La masacre estudiantil de 1975 no fue en vano, aunque falta por esclarecer y enjuiciar a los responsables intelectuales y materiales, porque no sólo rescató el valor de las ideas y la fortaleza de la convicción, sino que desde entonces brilla en lo más alto de nuestra patria la estrella del heroísmo, de la honestidad y la integridad de los humanos.

Al recordar esos tristes episodios, vida y razón de ser de la universidad, queremos pedirle al nuevo gobierno que duplique el presupuesto a nuestra primera casa de estudios superiores para que más salvadoreños de escasos recursos económicos tengan acceso a coronar una carrera profesional, que se establezcan becas de estudio para miles de compatriotas humildes, así como se intensifique la investigación, otra de las áreas totalmente descuidada en el Alma Mater. Nos preocupa que en los últimos años se ha dibujado una imagen intencionalmente deformada. Ese centro tan ultrajado en los regímenes militares de un escenario de desastre en el que actúan apátridas, drogadictos, delincuentes, representando día a día una tragedia intolerable. El tema es la lucha de una mayoría de jóvenes ansiosos hasta el delirio por estudiar, enfrentándose a una minoría satánica y demente. Todavía podemos leer en periódicos tan extremistas como el diario de hoy diciendo que la universidad es un “centro de adoctrinamiento”, “nido de comunistas”, “una cloaca” que es preciso limpiar. Triste vergüenza en medio de “una capital diáfana”. Pero la verdad no es esa. La universidad no puede ser mejor ni peor que el medio que la circunda. No es la universidad la que sufre agonía, es la república. Los universitarios –muchos de ellos—lo entienden y oponen, a menudo sin fortuna, sin medios justos e inteligentes, equivocados con toma de facultades, su protesta. Tal vez equivoquen los procedimientos, no el propósito. La gran tarea, la fecunda, es aceptar las inconformidades, expresarlas. En armonía con el Estado o contra él. Y lograr –fin de la universidad moderna—el equilibrio entre la capacitación técnica y la politización. ¿Tienen quienes hoy dirigen los destinos de la Universidad de El Salvador, decisión e inteligencia bastantes, pasión y claridad? Esa es otra historia. Lo mismo decimos del gobierno, del Ministerio de Educación.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

es triste ver que en la Universidad Nacional que se supone una prioridad en todo gobierno hayan estudiantes que no tienen ni pupitres y se sientan en el suelo

yo como presidente me sentiria avergonzado al ver la situacion la universidad

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