Los salvadoreños han llegado al límite de su aguante, del “ya no podemos con esta situación”, la ofensiva propaganda de los vendedores de ilusiones se estrella contra la agobiante realidad, con 88 colones, es decir con $10.00 ya no se compra nada, lo mínimo para “engañar el hambre”, el agua azucarada para suplir la leche de los niños, las tortillas empeñadas, el “préstame un dólar mañana te lo pago”.
La gente se ha cansado de escuchar promesas y tonterías, aceptan las bolsas con comida y los útiles escolares entregados por el policía fracasado ahora postulado a presidente de la república, porque “al menos tenemos para un tiempo” es decir el desayuno o el almuerzo, así “salteado” como les toca a los pobres de este país. Los salvadoreños regresan fatigados a sus tristes hogares de ver a Ávila cargado de inmundicias, de frutos en descomposición, las ramas reventando purulencias pestilentes.
No existen políticos más cínicos y mentirosos que los areneros, funcionarios del mismo gobierno que ahora “prometen” y “firman compromisos”, cuando en veinte años no han podido generar oportunidades para los miles de desempleados, para contribuir a la integridad familiar. Aquí se sigue engañando, intentando darle “atole con el dedo” a los compatriotas, explotadores que de un día para otro se tornan benevolentes, insignes patriotas, humanitarios y señores del servicio. Parten de un estudio psicológico y sociológico que aquí aguantamos todo intemporalmente casi. Pero aguantar es suspender solamente. De ninguna manera eliminarse la facultad de enjuiciar y decidirse.
Y ese enjuiciar y decidirse significa el analizar la enorme miseria que nos han dejado 20 años de gobiernos areneros, comparar lo que hace 20 años comprábamos con 80 colones y lo que en el presente cuesta una libra de frijoles, una de arroz, un aguacate (mexicano por cierto), una botella o un litro de leche o una simple aspirina para calmar el dolor de cabeza. El decidirse es tomar la opción de “sacar a Arena del gobierno”, como en su momento pidiera el tránsfuga de Arturo Zablah y actual candidato a la vicepresidencia, y llevar a la presidencia a la fórmula presidencial del FMLN.
El prepotente de Norman Quijano visitó por única vez en su vida, mientras andaba en campaña electoral, las comunidades más deprimidas y abandonadas de San Salvador, les llevó bolsas con comida, paquetes escolares, cuadrillas de activistas para sacar basura acumulada, pintar chozas y mesones, cortar la maleza, ofrecer consultas médicas gratis. Los capitalinos agradecidos “por la gentileza” emitieron su voto por Arena. Se aprovecharon de la necesidad apremiante del momento y, por supuesto, de la debilidad de las actuales autoridades municipales.
La gente –desprendiendo sus esperanzas de esa campaña populista—espera que a partir de mayo del año en curso, se construyan las bóvedas sobre todas las quebradas, se construyan los modernos y populares centros comerciales y las viviendas de bajo costo para “integrarse a la modernidad”. Los capitalinos también desean un nuevo sistema de transporte, sobre todo los buses articulados recorriendo de norte a sur y de oeste al este las arterias de San Salvador. El señor Quijano lo prometió y como se “firmaron compromisos” los primeros 100 días serán de grandes resultados. El diario de hoy siempre atento a la ejecución de programas en beneficio de la población no deberá quitar el dedo del renglón.
Las ordenanzas municipales se emitirán urgentemente y con todo lo prometido bastará y hasta sobrará para hacer hasta una nueva Constitución y todos los decretos y leyes para alcanzar un renacimiento administrativo, político, cultural y comercial del gran San Salvador. Todos escuchamos sus promesas, así como ahora presenciamos los “compromisos firmados” por el policía fracasado y el tránsfuga de Zablah: ¡250 mil nuevos empleos y 300 mil casas para los salvadoreños! El diario de hoy, órgano oficial de propaganda de Arena, deberá dar seguimiento a todos estos proyectos, no esperamos menos del gran adalid de las causas justas, benefactor de la patria y defensor de la libertad de expresión, como es y se proclama Enrique Altamirano Madriz.
¡Al diablo los textos herrumbrosos, impositivos de un estilo abominable; al diablo con el cuento del constitucionalismo imperfectible; las ideas del policía fracasado (le concedemos la gracia de las ideas) vueltas jurisprudencias e ilusiones, aseguran al país plenitud de derecho, dignidad ciudadana, equidad social y económica, felicidad y paz, libertad y desarrollo sostenido, igual que ahora lo disfrutamos con más de 70 mil salvadoreños emigrando anualmente hacia los Estados Unidos, con un promedio de diez homicidios diarios, legado del actual candidato presidencial de Arena, con el alto costo de la vida y con hospitales públicos y Seguro Social sin medicinas en sus farmacias.
Un refrán popular dice: “de buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno”; el policía fracasado está en su pleno derecho de organizar festivales nacionalistas del empleo, también de “regalar” una o dos casas del Fondo Social para la Vivienda, eso cae dentro del populismo, de la arrogancia y de la manipulación popular con fines electorales; pero no puede engañar por siempre a los salvadoreños, como en 20 años lo han hecho los presidentes Cristiani, Calderón Sol, Flores y Saca. Se puede engañar y mentir varias veces; pero no siempre, les recuerdo la fábula del pastorcito y las ovejas.
La oligarquía, en sentido contrario a las frustraciones del pueblo, está desesperada, por eso acude a la infame campaña sucia, a la propaganda negra, a la guerra psicológica. Están “tirando millones de dólares” porque al igual que con los cuatro gobiernos areneros esperan recuperarlos con ganancias al cabo de cinco años; con todo, saben lo difícil del momento, el pueblo, quiere un cambio, una alternancia en el gobierno, una mínima oportunidad para educar y alimentar a sus hijos, un empleo digno y tranquilidad familiar. “Sigan repartiendo bolsas con comida, frijoles, maíz y arroz, esos miserables se conforman con poco y votarán una vez más por nosotros” parece ser su consigna. Sin embargo, “no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”.