Ante los graves hechos que están ocurriendo en Honduras, donde se ha puesto mordaza a medios de difusión independientes, así como se ha restringido el libre tránsito a las personas, queremos ver los fuertes reclamos y la posición democrática de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), de la AIR y de la ASDER salvadoreña, tan celosas y vigilantes de la libertad de prensa y de expresión del pensamiento en países donde existen gobiernos de izquierda.
Los acontecimientos actualmente en marcha en Honduras donde se ha producido un golpe de Estado en contra del gobierno legítimamente electo de Manuel Zelaya Rosales, demuestra como los sectores oligárquicos conservan el poder político y económico y pueden disponer a su antojo de sus aparatos de dominación y represión como las fuerzas armadas y los cuerpos policiales. Esto nos lleva a interpretar a la luz del materialismo histórico y dialéctico, aunque puede aparecer en cualquier tipo de relaciones humanas, el poder en esa triada (el amor, la fe y el poder) de motivaciones tiene una importancia decisiva en el campo socio-político.
La política no es- podemos decirlo in rebozo—sino la lucha por el poder. Para expresarlo de otra manera: el poder político, como todo poder, puede ser conocido, observado, explicado y valorado, sólo en lo que concierne a sus manifestaciones y resultados. Sabemos o creemos saber, lo que el poder hace, pero volvemos al punto de partida, no podemos por desgracia, definir su sustancia y su esencia. Desde luego, sabemos que la oligarquía conserva incólume su poder para mantener sus privilegios y sus intereses bastardos. Lo hemos visto en la Guatemala del pasado con el golpe de Estado contra el gobierno de Arbenz; en Chile, contra Salvador Allende; en República Dominicana, contra Juan Bosch, y podríamos acercarnos a la actualidad con la férrea oposición de los grupos privilegiados de El Salvador, contra una agenda de mínimos cambios o castigo a los culpables de corrupción, o ciertamente lo que está ocurriendo en Honduras, con el intento de conculcar todas las libertades y ahogar en sangre y fuego las aspiraciones por una auténtica democracia del pueblo de Morazán.
En esencia el poder es una relación socio-política, basada en un recíproco efecto, entre los que detentan y ejercen el poder que, en consecuencia, podríamos llamar , “los detentadores del poder” y aquéllos a los que va dirigido que, en correspondencia, podríamos llamar “los destinatarios del poder”. Esta es la sustancial realidad de la vida política: la coexistencia entre los detentadores del poder y los destinatarios del mismo. Es la clásica interpretación; pero en la práctica y en la cruda realidad de los hechos, nuestras sociedades han sido sometidas a un dominio casi absoluto y omnímodo por la oligarquía y sus aparatos de dominación.
En la sociedad estatal, el poder político aparece como el ejercicio de un efectivo control social de los detentadores del poder, sobre los destinatarios del mismo y por el control social, en el estricto sentido de la ciencia política contemporánea, se debe entender la función de tomar o determinar una decisión, así como la capacidad de los detentadores del poder, de obligar a los destinatarios a obedecer dicha decisión. “Seremos una oposición propositiva, pero seremos vigilantes de nuestras libertades y la democracia”, ha declarado el representante de la oligarquía al frente del partido Arena.
El poder, considerado en sí mismo, es un elemento objetivo del acontecer político, sin ninguna calificación ética; sin embargo, resulta evidente que el poder incontrolado es, por su propia naturaleza, malo. El poder encierra en sí mismo, la semilla de su propia degeneración. Esto quiere decir que cuando no está limitado, el poder se transforma en tiranía y en arbitrario despotismo. De ahí que el poder sin control adquiera un acento moral negativo, que revela lo demoníaco en el elemento del poder y lo patológico en su proceso. Los burgueses no conocen de moral y ética por cuanto por años han apoyado y favorecido el arribo de dictaduras en cuanto guardan sus intereses y reprimen cualquier intento de reivindicación de los pueblos. De esta doble faz del poder, fue plenamente consciente Aristóteles, cuando enfrentó las formas “puras” de gobierno a las formas “degeneradas”; las primeras están destinadas a servir al bien común de los destinatarios del poder; las segundas, al egoísta interés de los detentadores del poder. El poder, por su propia naturaleza, lo dijo Montesquieu hace muchos años, en frase inmortal, suscita en quien lo ejerce, la tendencia a abusar de él y un gran político inglés, Lord Acton, dijo que el poder tiende a corromper y el poder absoluto a corromper absolutamente.
Todas estas reflexiones, considero un deber hacerlas no sólo por los hechos históricos de los pueblos latinoamericanos y de forma particular el caso salvadoreño, sino por las circunstancias actuales cuando un gobierno considerado de izquierda ha arribado al poder por voluntad soberana del pueblo, y ya se vislumbran y arrecian los ataques mediáticos y por otros canales de la rancia burguesía, acostumbrada a imponer sus designios, a que “se respeten” sus privilegios y, sobre todo, a que no se discutan sus órdenes, ya sea en materia económica, social o en que tipo de leyes son las más indicadas para “la convivencia y el progreso pacífico del pueblo salvadoreño”. Ustedes lo pueden apreciar casi todos los días en los editoriales del dinosaurio de el diario de hoy, al decir que “antes nuestra economía era sólida y crecía todos los años, nuestra agricultura era próspera y se producían suficientes granos básicos hasta por la exportación…las reglas del juego estaban claramente definidas…” Ciertamente, el 60% de las mejores tierras estaban en poder de un 2% de la población, la riqueza en manos de esa minoría y todos los privilegios para la despiadada oligarquía.
Los salvadoreños, nadie puede refutar esto, desde hace muchos años, estamos acostumbrados a que las autoridades hagan gala, demuestren su titularidad del poder, con sonoras bofetadas en el aire, puñetazos rotundos que hunden y resquebrajan las cubiertas de las mesas, o bien con “ukases” definitivos de Júpiteres tronantes, que ponen a temblar a los pobres y sufridos ciudadanos. Y en relación con las cualidades estrictamente humanas: amor al prójimo, amistad, agradecimiento, se las considera absolutamente irrelevantes signos de debilidad, romanticismos femeninos, enemigos mortales del viril y rudo ejercicio del poder ¿verdad señor dinosaurio de el diario de hoy?
De todo eso la historia está llena de anécdotas y recuerdos. En lo personal fui testigo de un guardia nacional que en aquellos tiempos de la dictadura militar, por supuesto impuesta, apoyada y financiada por la oligarquía, cuidaba una urna electoral en la escuela del pueblo. Lucía su flamante uniforme y sus brillantes botas y con destreza jugaba –a la manera de un malabarista—con un garrote o porra –casi símbolo de su autoridad que antes únicamente había visto en manos de la policía nacional—de que se le había dotado, mientras se paseaba en el interior del recinto y en la acera de la institución educativa. Tambaleándose ligeramente se aproximaba un humilde ciudadano, empleado público o privado, que sin duda había tomado algunas copas de más y como expresión de su euforia, dirigía piropos inocuos a todas las mujeres que se encontraba. Entonces el guardia, de pronto, como obedeciendo a una inspiración, sin conminar para nada al modesto y feliz ciudadano, se aproximó a él, le asestó dos rotundos garrotazos y acto seguido, casi arrastrándolo, lo condujo a la delegación ¿Qué había pasado? Únicamente que el guardia había recordado que era “autoridad” --¡la autoridad!—y consideró que era imperioso demostrarlo, ponerlo de manifiesto, afirmarlo en una palabra, aunque fuera con la elocuencia de un “garrotazo”. De paso recuerdo que los guardias nacionales y la policía de hacienda “estaban también para custodiar la buena marcha de las elecciones”.
Una vez más esta situación ha hecho volver a mi recuerdo la consideración de los clásicos, el oasis que nos hace detenernos para revisar las personas y las cosas con mayor serenidad y ponderación, fuente segura de información y enseñanza y a sus reflexiones sobre las cualidades y virtudes de quien ejerce la autoridad –monarca, príncipe, gobernante ¡o simple guardia o policía!—y esto fue lo que vino a mi memoria. Por supuesto, estoy más que seguro, que mis caros lectores recordarán muchas anécdotas o habrá conocido de esos guardianes a suelo que siempre han custodiado los bienes de la burguesía. En estos tiempos, son sistemas más sofisticados, pero el fin es el mismo.
La ciencia y el arte de gobernar es, sin duda, la ciencia y el arte de manejar, dirigir y proteger a una colectividad de seres; pero, no debe olvidarse nunca –pero nunca—que esos seres son personas, por lo que la idea, tan popular de que el gobernante es muy parecido en sus funciones al trabajo de un pastor que cuida su rebaño es, únicamente, metáfora, falsa en lo absoluto. El mando del hombre –sobre el hombre—no es un mando gregario. La explicación mejor que conozco nos la da Platón, quien nos ofrece el símil o la metáfora del tejedor: El arte de gobernar es como el arte de tejer: consiste en componer una trama elástica y resistente de hilos que son hombres –hilos vivos—hombres con su alma en su almario, con su personalidad propia –carácter, pasiones, hábitos, inquietudes, y esperanzas—que es necesario conjugar en bien de todos y de la paz social.