“En caso de vida o muerte, se debe estar siempre con el más prójimo"
Antonio Machado
Cada 31 de julio se celebra en nuestro país el día del periodista, una fecha oficializada por la Asamblea Legislativa para “rendir homenaje” a los hombres y mujeres que supuestamente son los “garantes de la libertad de prensa”, pero más allá los responsables de informar diariamente de todos los acontecimientos, generadores de noticias, que ocurren diariamente en El Salvador. Más allá de felicitar a estos profesionales quisiéramos, en su honor, recordar un hecho ocurrido hace 69 años.
El 8 de septiembre de 1943, uno de los años negros de la dominación nazi, un hombre fue ahorcado en el corazón de Europa. Podríamos decir, otro hombre entre muchos hombres. Pero este hombre era también un periodista. Desaparecía él, pero quedaba su testimonio, su ejemplar lucha, sus ideas y su limpia trayectoria. “La obra de aquel periodista no podía ser ahorcada”. Al contrario, desde entonces es como una horca moral para sus verdugos, que hoy son los enemigos de la verdad, los sojuzgadores del periodismo y quienes lo ejercen para propiciar que se siga ahorcando, fusilando, bombardeando, matando. Como capucha que encubre a los verdugos de los pueblos y como responso que “santifica” sus acciones y echa un poco de lástima sobre las víctimas.
Esos constantes atropellos contra la palabra, las ideas, y contra los escritores, periodistas, intelectuales y los más humildes de los seres humanos, lo ven ustedes perpetrado todos los días en Irak, Afganistán, Palestina, Honduras, donde la fuerza de las armas, la bestialidad y la prehistoria han regresado para sojuzgar a los pueblos, someterlos e imponerles un catálogo de muerte y sangre. Los imperialistas y las oligarquías están siempre a la cabeza, porque su poder económico supuestamente está encima de la razón y la voluntad que debería ser soberana de los pueblos. Regresemos al tema central de nuestras reflexiones:
Aquel periodista fue el gran patriota checoslovaco Julio Fucik. Su testimonio, el “Reportaje al pie de la horca”. Un estrujante legado, conmovedor relato, para cualquier periodista que viva su tiempo. También para este tiempo, para hoy y para todos. Fucik hizo su reportaje sobre él mismo y sobre “su” horca. Pero describió el drama del hombre ante un paisaje de horcas. Fustigó las horcas, defendió al hombre. Aunque el pago fuera su propia vida.
A Julio Fucik habrá de recordársele siempre. De eso no sólo se encarga la historia, el testimonio emocionado de los patriotas, sino también su excelente reportaje, escrito sin mano temblorosa, al saberse ante la muerte. El espíritu indoblegable. Quizás por eso no tembló: porque el periodista estaba firme en su decisión de dejar a los hombres –y en especial a los periodistas— un testimonio de tan grande valor. No tembló porque el periodista verdadero, quien siempre lo es, se yergue y sucumbe envuelto en el oficio, si el oficio es contar, descubrir, informar hasta el último suspiro del drama y la gota más dulce de la alegría.
Cada día el periodista es menos un simple transmisor de vibraciones y acontecimientos, ajenos a él mismo. Cada día le sucede más como al escritor, al creador, que no puede evitar en su obra la influencia de su propia experiencia. El testimonio del reportaje –y por eso no puede ser objetivo a secas, o con la sequedad que pretende un inexistente “no compromiso”—está vinculado a la vibración personal del periodista, a su conciencia, a cuanto a él mismo le pasa. En ese momento, para ese reportaje, en las circunstancias concretas, el reportaje es asimismo un poco de autobiografía. Esto es, la autobiografía del periodista en ese momento dado de su misión.
Y en el caso de Fucik con mucha más fuerza: el reportaje era él, y de ese modo se extendía hasta ser también los otros, los demás, todos los hombres, a través de su terrible experiencia personal al pie de la horca. Pero Fucik no quiso, y no dejó, un testimonio para llorar. El suyo, ante la muerte, fue un testimonio periodístico para vivir. Y por eso escribió: “He vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate. Por la alegría muero; que la tristeza no sea nunca unida a mi nombre”.
Los comunicadores que en el presente cubren acontecimientos perversos e infames como el de Honduras, o las incalificables invasiones militares en Irak y Afganistán, habrán de recordar esa frase inolvidable de Fucik. Su actitud permite valorar el drama, pero también consiente sonreír, cuando la serenidad y el amor a la vida –pero no para aferrarse a él a costa de la dignidad y de los otros—es lo que lleva a la horca. Los que han conocido en el cumplimiento de su deber, los horrores de la guerra en Vietnam y en los presentes conflictos en el mundo, se solidarizan con esos pueblos y el sufrimiento de sus habitantes. Hay que contribuir a desmontarlos, cortar sus lazos, paralizar a los verdugos. Por eso decimos a pesar de la barbarie, de los gorilas sueltos, pueblos como el hondureño, los afganos e iraquíes, viven y vivirán para siempre. Y como Fucik muere porque quiere vivir. Y como Fucik no quiere que le tengan lástima ni que nadie se ponga triste, sino que otros vayan al combate contra las horcas.
No puede haber día de periodistas sin que tenga una significación por algo y por más que el periodista o el periodismo mismo, en la medida en que ni el periodista ni el periodismo pueden separarse de los problemas, las angustias o las alegrías de los hombres. El periodismo es testimonio, pero no testifica con hielo, sino con fuego, por más que quiera dominarlo. Consume al testigo, domina al periodista. Para no quemarse en él, convirtiéndose en cenizas, el periodista anima su trabajo al fuego de cada situación. Por eso también sufre. Y cuando no sufre, ni goza, se advierte luego y demasiado en su trabajo. No se comunica porque no se identifica con el dolor ni con la alegría, con la muerte de los demás ni con la vida propia.
Al recordar a Fucik, creemos que los periodistas que sienten el mandato vital que a él le hizo ser más grande que su horca, recordarán a todos los periodistas que también murieron (en el conflicto salvadoreño murieron un promedio de 17 periodistas), y a los hombres que mueren y viven víctimas de las horcas, de las represiones, de las persecuciones. En Honduras la represión contra la prensa es constante y así seguirá porque la soldadesca, los imbéciles y los gorilas no cuentan con ideas para combatir las ideas, acuden al grito insolente de aquel militar franquista que en el momento histórico intentó callar el talento y la imaginación de Unamuno con la frase. “¡muera la inteligencia!”





