8.1.10

Las palabras deben convertirse en alimentos

El año que recién inicia nos ha dado algunas sorpresas, noticias de mediano impacto y esperanzas para el futuro del país: el despedido de funcionarios de tercer nivel, el nombramiento de “especialistas”, la subida en los precios de los combustibles y el aumento en los costos de productos de la canasta básica. El presidente Funes, como ya lo comentamos, se mostró optimista sobre la recuperación económica en el transcurso de 2010. Por lo tanto, un caldo de cultivo, un escenario propicio, para hacer las más variadas predicciones. También para el gusto de los agoreros y profetas del desastre.

Con todo, las amas de casa son las que tienen la última palabra. No conocen de inflación o deflación, pero sí de cómo las está afectando el baile de precios, saben de la pérdida de capacidad adquisitiva del salario de sus esposos o compañeros de vida, así como de la incertidumbre de las remesas –cuando las reciben—provenientes de los Estados Unidos. A todos estos problemas y dudas, se une la época escolar: el contar con el dinero suficiente para hacer frente a los iniciales gastos y con la esperanza de que se concrete la ayuda gubernamental de los útiles, los uniformes y los zapatos. Mientras tanto, a sufrir de impaciencia y de insomnio.

Han escuchado en la radio y en las noticias de la televisión al Ministro de Hacienda, asegurando que las “nuevas medidas fiscales no afectarán el bolsillo de los salvadoreños más humildes”; lamentablemente no tienen manera de conocer en qué consisten las “revisiones tributarias”, o esas cifras macroeconómicas o índices de precios repetidos hasta el cansancio, con excepción, naturalmente, de expertas en economía dueñas de bonitas pestañas o agraciadas damas tecnócratas con curvas peligrosas o galanteos todavía del romanticismo, pese a la difusión de los términos estructuralistas, los contextos, los parámetros, la problemática y todo lo demás. Pero las doctoras o licenciadas en economía o administración de empresas, no son estrictamente amas de casas, sino directoras, funcionarias, o algo así, de algunos destinos del país.

Y en este apartado podía enumerar tantos casos. Por ejemplo, no conocen tampoco las explicaciones económicas, los trabajadores del salario mínimo, los campesinos ni los burócratas. Tal vez ciertos profesores, pero de muy poco les sirve. Esta gente, como mi abuela y su amiga dueña de la tiendita, sólo sabe del alza de los precios y de la imposibilidad de hacer elástico un dólar (recordamos que no gozamos de política monetaria ni tenemos capacidad para emitir nuestra propia moneda, por gracia y voluntad del tristemente célebre Francisco Flores), para obtener, no filete de boca colorada, sino punches, no leche sino agua de masa, no pan francés, sino las tradicionales tortillas cada vez más delgaditas, perdida ya su blancura de antaño y su calidad suave, trocadas hoy, pues son de olote, en correosos discos amarillentos o morados, color de señora iracunda por bilis, neurosis o falta de cariño, o de matrona esclava de berrinches o víctima de autoritario, incomprensivo y feudal marido.

Y qué decir de las pupusas. Ahora apenas les ponen un poquito de queso y más parecen de elástico o chicle; pero el precio ha aumentado, lo mismo las revueltas con loroco; ya no se diga las de “chicharrón”. Tortillas para perder el apetito; hueso de cola para mortificar la dentadura. Todo como contradicho de una tecnocracia, según se dice, al servicio del pueblo. Los funcionarios medios o de alto nivel deben estar en contacto permanente con la gente del pueblo, a esa humilde que dicen servir, y entonces se darán cuenta cuál es su verdadera situación, cómo están afectados por los altos precios y hasta que grado ha llegado la extrema pobreza. El presidente Funes parece haberlo entendido, pues al ampliar Red Solidaria y asistir a las personas de la tercera edad que no tienen pensión, se está enviando un mensaje positivo, ojalá también se enseñe a pescar a miles de salvadoreños que en el pasado únicamente los acostumbraron al asistencialismo y al paternalismo mal entendido. Y podemos seguir con el listado…

No hablemos de los huevos o la leche, pues nos acusan de disolución social, o como al pobre vecino de Apopa, nos rompen las costillas y luego nos dicen, más o menos compungidos: perdone usted, lo confundimos con un marero. Así le pasó también a un locutor de radio en San Miguel. Hay que tener cuidado con las declaraciones y los rumores. Por cierto, dicen que se han removido de sus cargos a ciertos funcionarios medios o bien por caso sexual o por tráfico de influencias; también por no “estar de acuerdo con ciertas disposiciones emanadas” desde muy arriba, en concreto un informe de impacto ambiental que descalificaba los permisos de construcción de la presa hidroeléctrica de El Chaparral. Cómo son las cosas ¡y cuando son del alma!, como dice la canción.

El hecho es muy concreto: los expertos en economía desde los que apadrinaron la Ley de Integración Monetaria, en el tiempo del nefasto Francisco Flores, hasta muy puntuales tecnócratas, señalan al dólar como una moneda dura y firme (¿será tan cierto que los europeos y los países de América del Sur han creado su propia moneda?), más a campesinos y obreros se les derrite en la palma de la mano o, para no olvidar una vieja apariencia de poesía, se les convierte en una pompa de jabón o una voluta de humo, frágiles ambas según los datos penúltimos de la física nuclear. Para los maestros de escuela y aun para los investigadores científicos de alto nivel, la dureza del dólar es igual, o menor, a la de una gelatina o un polvorón. ¿Cuánto pueden comprar actualmente en el mercado las amas de casa con un dólar? Y ello, para su desdicha, no hace lucir muy airosos a los teóricos oficiales. A los solemnes y pomposos les hace el mismo efecto de una aguja o la punta de un cigarro a un colorido globo de fiesta quinceañera y a los discretos, pues no deja de haberlos, el de la veleidad de un caballero, en este caso la imagen de un prócer norteamericano retratado en el dólar. Al menos los mexicanos tienen la opción de cantar (¿se recuerdan de México en una laguna, Guadalajara en un llano…?) y hacer mofa de sus propias debilidades…Nosotros no llegamos a tanto.

En fin, no se trata de hacer leña del árbol caído ni de ocultos desengaños de teóricos, sino de la alimentación de enorme cantidad de salvadoreños tantos años desnutridos y explotados y, muy especialmente, de niños para quienes la leche es un producto exótico y la carne un bien apenas conocido en su mesa. La esperanza en El Salvador y la perfectibilidad de sus hombres y mujeres, la vida y el espíritu nacional –lo dice quien jamás ha renunciado a ello—no se nutre sólo de palabras o de frases, sino de pan y tortillas, carne y leche, proteínas, frijoles, maíz y tamales de chipilín. Pero en la dosis necesaria y suficiente para trabajo, pensamiento, deporte y ensueño. Miles de salvadoreños han comido, durante largo tiempo, sólo palabras y no siempre bien dichas (“Con Duarte aunque no me harte”, fue una frase muy popular acuñada por mis célebres compatriotas), con unas pocas tortillas y algo de sal. Y a pesar de todo, son optimistas, rebeldes, creativos. Pero esto ya no puede durar más señor Presidente Funes, usted lo sabe muy bien.

¿Quiénes son los responsables de la aparente carestía o del acaparamiento? ¿Quiénes son los responsables de ese fatídico baile de precios de los productos de primera necesidad? Lo sabemos todos. Pero no es con voces de convencimiento como renunciarán al lucro criminal, sino con castigos. Y sanciones duras. De otro modo continuarán con su proceder y su perversa forma de actuar. Las amenazas de retirar inversiones o de despedir a salvadoreños de sus trabajos, no deben ser presiones para detener leyes o actuar con energía: esta ha sido la política seguida por 188 años de “vida independiente” de la nación. ¿No será ya hora de actuar en beneficio de millones de salvadoreños? La decisión la tiene el “gobierno del cambio”.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

viva el cambio cambiado!!!!!

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