Los salvadoreños son muy dados ha asistir a actos culturales, como conciertos de la sinfónica, populares, teatro y festivales folclóricos. Lo hemos comprobado en los últimos días en ocasión de las actividades programadas por la presidencia de la república para conmemorar el décimo octavo aniversario de la firma del Acuerdo de Paz, que puso fin al conflicto armado que por doce años se libró en los más variados escenarios de la geografía nacional. No debería sorprendernos por cuanto son muy pocos los momentos de diversión para el gran público, sobre todo cuando son gratis y pueden asistir todos los miembros de la familia.
Lo que sí me pareció asombroso, digno de encomio, era el público que llenaba la sala para escuchar el concierto de la Sinfónica Nacional. Indica cierta preferencia por la música clásica, al menos para un buen segmento de la población. El verbo llenar no sugiere la impresión que provocaba aquello: una muchedumbre amontonada en todos los sitios, en los sillones como en los pasillos. No es cierto tampoco que en tan pocas veces he visto un teatro tan rebosante de público entusiasta, tantas veces solos por la gente de a pié por lo carísimo de las entradas. Algo por destacar y quizás hasta curioso es que en su gran mayoría se trataba de jóvenes (en recitales de poesía, en conciertos clásicos y populares, en el teatro): estudiantes mezclados con obreros, maestros y médicos, amas de casa y señoras encopetadas.
Lo espiritual, de cualquier grado o naturaleza que sea, me parece infinitamente digno de respeto; no habrá pues en lo que voy a decir la menor brizna de crítica malévola y menos aún de ironía. Pero me fue imposible –y ésta es la primera observación que hago—dejar de asombrarme ante el conocimiento y la alegría que brotaba de ese apasionado público en el concierto de la sinfónica. Muy bien recuerdo cuando ya hace algunos meses ingresé por curiosidad a un templo cristiano donde se hablaba mucho de Cristo, por ejemplo, pero se tenía la neta y desoladora impresión de que muy pocos se habían dado el trabajo de leerse los Evangelios y, rechazando toda traba psíquica, de pensar en ellos seriamente. Se discutía de vida interior, del camino por seguir para hallar en sí mismo una fuente de paz, pero todo demostraba que casi ninguna de las personas que se encontraban ahí había tenido en sus manos las obras de los grandes o pequeños místicos producidos por más de veinte siglos de cristianismo. Se confundía el Antiguo con el Nuevo Testamento; se mezclaba la astrología con la ciencia-ficción; se disertaba acerca del Espíritu con la misma desenvoltura y aproximación de lenguaje con que se hubiera podido hablar del vino viejo en odres viejos, tal como está ocurriendo actualmente con la fundación de partidos políticos de la derecha reaccionaria. En fin: a pesar de la inquietud, del entusiasmo, y de tantos aplausos, en esa sala reinaba cual ama absoluta –por lo menos en la gran mayoría del público ahí presente—una pasmosa ignorancia acerca de los principios básicos de lo espiritual como cultura o como ejercicio.
Pero había, lo reitero, aquel asombroso interés de la muchedumbre juvenil: y es ésta la segunda observación que me parece útil consignar. Tremendamente desprovistos de cualquier género de cultura que no fuera la más elemental, y dando la impresión de ser hijos de una sociedad que no les proporciona a los jóvenes ninguna ilustración concerniente a las ineludibles necesidades del alma: pero inquietos, abiertos, disponibles, verdaderamente agitados por el deseo de saber. ¡Y esto sí es algo maravilloso! La pasión que según las evidencias despiertan en los jóvenes las infinitas posibilidades de la investigación o de la práctica espiritual (fe congénita en un más allá, religiones en sentido estrecho, exigencias morales), esta pasión contraría todas las ideas que solemos hacernos sobre nuestra época y de alguna manera las pone en duda. Pues se habla sin cesar de materialismo imperante, y vemos a cientos de jóvenes de toda clase social acudir a una sala donde se tartamudea, nada más, un lenguaje que proclama su rechazo de la simple materia. Se habla de crisis de las religiones, como en el siglo pasado no se dejaba de hablar de la muerte de Dios, y comprobamos que las almas –empleo deliberadamente esta palabra tan discutida—están sedientas de enseñanzas y doctrinas acerca de lo divino.
Salí trastornado del anfiteatro. No es fácil epilogar en pocas palabras lo que he sentido y lo que, más tarde, he argumentado conversando conmigo mismo; sin embargo, unas conclusiones se imponen de por sí solas. La primera concierne, creo yo, al terrible fracaso del cristianismo de este y anteriores siglos ante el papel que había d actuar para que no se crease ese vacío espiritual, y ese afán de llenarlo con algo, con cualquier cosa que sea, en las generaciones jóvenes. La segunda conclusión es más bien una pregunta, una más: me estoy preguntando si no estaríamos equivocados rotundamente en juzgar materialista una época que, mediante su búsqueda algo alocada de lo No Material, demuestra a gritos que en resumidas cuentas no lo es.
Hay algo más: ¿qué hacen las instituciones como la Secretaría de Cultura y el Ministerio de Educación para orientar a los jóvenes? ¿El papel de las iglesias evangélicas y católicas se limita simplemente a enseñar religión a los jóvenes y a convencerlos de aceptar a Cristo para ser salvos? Por lo demás, qué triste papel y ejemplo dado por añejos y decrépitos políticos de ufanarse de estar fundando partidos políticos con “ideas y propuestas nuevas”, cuando vemos las mismas caras desencajadas, corruptas, buscando el botín y vivir siempre cobijados por el presupuesto de la nación, es decir protegidos de nuestros impuestos. ¿Será posible que estos caballeros sean el horizonte y la guía de las presentes y futuras generaciones? El frío cala hasta los huesos y no terminaremos nunca de reflexionar sobre el impacto generado en nuestra juventud por las manifestaciones culturales y artísticas y el efecto tan negativo producido por esos hombres tan hipócritas, perversos y sinvergüenzas que son nada más vendedores de ilusiones y mercaderes de las necesidades más sentidas de nuestro pueblo.
Lo que sí me pareció asombroso, digno de encomio, era el público que llenaba la sala para escuchar el concierto de la Sinfónica Nacional. Indica cierta preferencia por la música clásica, al menos para un buen segmento de la población. El verbo llenar no sugiere la impresión que provocaba aquello: una muchedumbre amontonada en todos los sitios, en los sillones como en los pasillos. No es cierto tampoco que en tan pocas veces he visto un teatro tan rebosante de público entusiasta, tantas veces solos por la gente de a pié por lo carísimo de las entradas. Algo por destacar y quizás hasta curioso es que en su gran mayoría se trataba de jóvenes (en recitales de poesía, en conciertos clásicos y populares, en el teatro): estudiantes mezclados con obreros, maestros y médicos, amas de casa y señoras encopetadas.
Lo espiritual, de cualquier grado o naturaleza que sea, me parece infinitamente digno de respeto; no habrá pues en lo que voy a decir la menor brizna de crítica malévola y menos aún de ironía. Pero me fue imposible –y ésta es la primera observación que hago—dejar de asombrarme ante el conocimiento y la alegría que brotaba de ese apasionado público en el concierto de la sinfónica. Muy bien recuerdo cuando ya hace algunos meses ingresé por curiosidad a un templo cristiano donde se hablaba mucho de Cristo, por ejemplo, pero se tenía la neta y desoladora impresión de que muy pocos se habían dado el trabajo de leerse los Evangelios y, rechazando toda traba psíquica, de pensar en ellos seriamente. Se discutía de vida interior, del camino por seguir para hallar en sí mismo una fuente de paz, pero todo demostraba que casi ninguna de las personas que se encontraban ahí había tenido en sus manos las obras de los grandes o pequeños místicos producidos por más de veinte siglos de cristianismo. Se confundía el Antiguo con el Nuevo Testamento; se mezclaba la astrología con la ciencia-ficción; se disertaba acerca del Espíritu con la misma desenvoltura y aproximación de lenguaje con que se hubiera podido hablar del vino viejo en odres viejos, tal como está ocurriendo actualmente con la fundación de partidos políticos de la derecha reaccionaria. En fin: a pesar de la inquietud, del entusiasmo, y de tantos aplausos, en esa sala reinaba cual ama absoluta –por lo menos en la gran mayoría del público ahí presente—una pasmosa ignorancia acerca de los principios básicos de lo espiritual como cultura o como ejercicio.
Pero había, lo reitero, aquel asombroso interés de la muchedumbre juvenil: y es ésta la segunda observación que me parece útil consignar. Tremendamente desprovistos de cualquier género de cultura que no fuera la más elemental, y dando la impresión de ser hijos de una sociedad que no les proporciona a los jóvenes ninguna ilustración concerniente a las ineludibles necesidades del alma: pero inquietos, abiertos, disponibles, verdaderamente agitados por el deseo de saber. ¡Y esto sí es algo maravilloso! La pasión que según las evidencias despiertan en los jóvenes las infinitas posibilidades de la investigación o de la práctica espiritual (fe congénita en un más allá, religiones en sentido estrecho, exigencias morales), esta pasión contraría todas las ideas que solemos hacernos sobre nuestra época y de alguna manera las pone en duda. Pues se habla sin cesar de materialismo imperante, y vemos a cientos de jóvenes de toda clase social acudir a una sala donde se tartamudea, nada más, un lenguaje que proclama su rechazo de la simple materia. Se habla de crisis de las religiones, como en el siglo pasado no se dejaba de hablar de la muerte de Dios, y comprobamos que las almas –empleo deliberadamente esta palabra tan discutida—están sedientas de enseñanzas y doctrinas acerca de lo divino.
Salí trastornado del anfiteatro. No es fácil epilogar en pocas palabras lo que he sentido y lo que, más tarde, he argumentado conversando conmigo mismo; sin embargo, unas conclusiones se imponen de por sí solas. La primera concierne, creo yo, al terrible fracaso del cristianismo de este y anteriores siglos ante el papel que había d actuar para que no se crease ese vacío espiritual, y ese afán de llenarlo con algo, con cualquier cosa que sea, en las generaciones jóvenes. La segunda conclusión es más bien una pregunta, una más: me estoy preguntando si no estaríamos equivocados rotundamente en juzgar materialista una época que, mediante su búsqueda algo alocada de lo No Material, demuestra a gritos que en resumidas cuentas no lo es.
Hay algo más: ¿qué hacen las instituciones como la Secretaría de Cultura y el Ministerio de Educación para orientar a los jóvenes? ¿El papel de las iglesias evangélicas y católicas se limita simplemente a enseñar religión a los jóvenes y a convencerlos de aceptar a Cristo para ser salvos? Por lo demás, qué triste papel y ejemplo dado por añejos y decrépitos políticos de ufanarse de estar fundando partidos políticos con “ideas y propuestas nuevas”, cuando vemos las mismas caras desencajadas, corruptas, buscando el botín y vivir siempre cobijados por el presupuesto de la nación, es decir protegidos de nuestros impuestos. ¿Será posible que estos caballeros sean el horizonte y la guía de las presentes y futuras generaciones? El frío cala hasta los huesos y no terminaremos nunca de reflexionar sobre el impacto generado en nuestra juventud por las manifestaciones culturales y artísticas y el efecto tan negativo producido por esos hombres tan hipócritas, perversos y sinvergüenzas que son nada más vendedores de ilusiones y mercaderes de las necesidades más sentidas de nuestro pueblo.





1 comentarios:
Más crítica y menos retórica, Pocote!
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