Hace unos tres años se conoció una especie de encuesta en la cual se afirmaba que los fines de semana los salvadoreños gastan un promedio de 25 millones de dólares, suponemos una suma mensual, en alimentos como las pupusas, hamburguesas, hot dog, pizzas, cerveza y mariscos, especialmente ostras y conchas. Estamos hablando de ciudadanos con vida política y económica organizada por tecnócratas, en ello cabemos desde campesinos con mínimos ingresos hasta subgerentes de robusto sueldo, pero también compatriotas recibiendo puntualmente sus remesas desde los Estados Unidos. Esta categoría con perdón de los puristas del lenguaje podría calificarse como tecnodependientes.
Pues bien, la técnica al servicio del pueblo y debidamente lubricada con los óleos de la democracia y la justicia social (¿?), no ha logrado detener el alza de los precios de los artículos de primera necesidad, pese a las lecturas de Keynes o Galbraith, de economistas, demógrafos, expertos en estadística y toda laya de estudiosos en procurar la dicha de, como dicen mediante un barbarismo sin posible disculpa en labios de sedicentes universitarios, la ciudadanía. No obstante el uso frecuente de vocablos espeluznantes como problemática, contexto, estructura, subió primero el tradicional aguacate, el azúcar, los frijoles, después la leche, luego la carne –no sólo el lomo de aguja, según las amas de casa—sino la distribuida en retazos con hueso o cola, pulpa y filete. Sigue la leche, en un país donde un gran porcentaje de niños no la conoce (a propósito y ¿qué pasó con el programa del Vaso de Leche anunciado por el Ministerio de Educación para todos los escolares a partir de este año?), y desde luego las medicinas con un altísimo costo.
A siete meses del arribo del nuevo gobierno ya los precios de las medicinas deberían de estar controladas, máxime que el viceministro de Salud Pública, Eduardo Espinoza, es el autor de un estudio riguroso, bien documentado, donde se establece que los medicamentos vendidos en este país están en la para nada honrosa categoría de ser los más caros del mundo. Como no hemos tenido acceso al índice supuestamente elaborado por el Ministerio de Economía y por no ser un experto en cibernética (ciencia de la dirección) ni en estructuralismo, no podemos señalar con helada matemática o inserto en febril contexto, el porcentaje exacto del alza de los precios, la curva de la incidencia ni la correspondiente gráfica. Pero todas las Juanas, Marías, Modestas, Eufrasias de la nación, aun las sacralizadas Guadalupes, conocen los detalles, sin ecuaciones de tercer grado, mas con estricta y doliente aritmética.
Por lo menos, ya sabemos que la cosecha de frijoles será deficitaria y se tendrá que importar no menos de 500 mil quintales desde las cálidas y heroicas tierras de Nicaragua, tan repudiada y calumniada por los hipócritas y cínicos areneros, pues siempre establecieron grandes negocios con productos originales de ese país. Por lo tanto, a partir de un par de semanas las amas de casa estarán pagando un poco más por el costo de una libra de frijoles. También aumentará el precio del pan francés pues las harinas, materia prima, ha subido. El gobierno deberá tomar medidas efectivas para evitar se disparen otros precios, especialmente de los servicios básicos. Los recibos de agua y luz todavía mantienen afligidas a las familias salvadoreñas.
Por desgracia, nadie es capaz de multiplicar panes y peces, tortillas y tamales, ni se sabe de computadora alguna capaz de emitir en lugar de signos cabalísticos, yuca con chicharrón y salsa. Ni siquiera, OH, dolor, chilate con nuégados o sopa de pata, como la vendida en el Mercado Central, allá por la iglesia El Calvario, en el añejo San Salvador. No se debe olvidar, naturalmente, cómo la dolarización es la causante directa de todos los males económicos padecidos por las nuevas generaciones de salvadoreños. El culpable y responsable de todo, es el tristemente célebre Francisco Flores. La culpable estructural desde luego la oligarquía, ese poderoso cuerpo económico moviendo siempre los títeres detrás del escenario. En el presente algunos de esos “emperadores vencidos” dan la cara preocupados por la escalofriante ola delincuencial, de la que también son responsables.
El gobierno “del cambio” debe hilar fijo, mover los teclados con sabiduría y creatividad, no temblarle la mano para apretar las tuercas siempre y cuando la consigna sea trabajar en beneficio de las mayorías poblacionales. Las cifras enredadas, los términos “estructurales” son incomprensibles para Policarpo, el albañil; Anacleto, el hojalatero, para Chabelo, el sastre y mucho menos para Sebastián, carpintero aficionado a despertar arpegios en las dormidas cuerdas de un violín. Las amas de casa nada más quieren precios bajos, buena atención en los hospitales públicos y en el Seguro Social, los que gozan de este servicio. Paquetes escolares, uniformes y zapatos a tiempo hacen sonreír y aliviar el bolsillo de las humildes familias salvadoreñas.
Todos sabemos que una cosa es sentarse frente a la computadora y escribir inconformidades y otra muy distinta dar la cara a la realidad. Nos sentimos, Narcisos incurables, químicamente puros y todavía vemos en políticos de la derecha ancestral y también en uno que otro funcionario la más turbia impureza. Así como el combate frontal a la criminalidad nos convoca a la unidad a todos, también el combate a la carestía, a los altos precios impuestos por comerciantes sin escrúpulos, a los costos incesantes de las medicinas, debe provocar una reacción en cadena y exigir sanas medidas de control o regulación. El agua es inodora e incolora; pero el dinero huele y más rápido que temprano se nos escapa de las manos, sobre todo cuando los salarios no corresponden al grado de inflación y la recesión tan de moda en éste y en otros países del mundo.
Pues bien, la técnica al servicio del pueblo y debidamente lubricada con los óleos de la democracia y la justicia social (¿?), no ha logrado detener el alza de los precios de los artículos de primera necesidad, pese a las lecturas de Keynes o Galbraith, de economistas, demógrafos, expertos en estadística y toda laya de estudiosos en procurar la dicha de, como dicen mediante un barbarismo sin posible disculpa en labios de sedicentes universitarios, la ciudadanía. No obstante el uso frecuente de vocablos espeluznantes como problemática, contexto, estructura, subió primero el tradicional aguacate, el azúcar, los frijoles, después la leche, luego la carne –no sólo el lomo de aguja, según las amas de casa—sino la distribuida en retazos con hueso o cola, pulpa y filete. Sigue la leche, en un país donde un gran porcentaje de niños no la conoce (a propósito y ¿qué pasó con el programa del Vaso de Leche anunciado por el Ministerio de Educación para todos los escolares a partir de este año?), y desde luego las medicinas con un altísimo costo.
A siete meses del arribo del nuevo gobierno ya los precios de las medicinas deberían de estar controladas, máxime que el viceministro de Salud Pública, Eduardo Espinoza, es el autor de un estudio riguroso, bien documentado, donde se establece que los medicamentos vendidos en este país están en la para nada honrosa categoría de ser los más caros del mundo. Como no hemos tenido acceso al índice supuestamente elaborado por el Ministerio de Economía y por no ser un experto en cibernética (ciencia de la dirección) ni en estructuralismo, no podemos señalar con helada matemática o inserto en febril contexto, el porcentaje exacto del alza de los precios, la curva de la incidencia ni la correspondiente gráfica. Pero todas las Juanas, Marías, Modestas, Eufrasias de la nación, aun las sacralizadas Guadalupes, conocen los detalles, sin ecuaciones de tercer grado, mas con estricta y doliente aritmética.
Por lo menos, ya sabemos que la cosecha de frijoles será deficitaria y se tendrá que importar no menos de 500 mil quintales desde las cálidas y heroicas tierras de Nicaragua, tan repudiada y calumniada por los hipócritas y cínicos areneros, pues siempre establecieron grandes negocios con productos originales de ese país. Por lo tanto, a partir de un par de semanas las amas de casa estarán pagando un poco más por el costo de una libra de frijoles. También aumentará el precio del pan francés pues las harinas, materia prima, ha subido. El gobierno deberá tomar medidas efectivas para evitar se disparen otros precios, especialmente de los servicios básicos. Los recibos de agua y luz todavía mantienen afligidas a las familias salvadoreñas.
Por desgracia, nadie es capaz de multiplicar panes y peces, tortillas y tamales, ni se sabe de computadora alguna capaz de emitir en lugar de signos cabalísticos, yuca con chicharrón y salsa. Ni siquiera, OH, dolor, chilate con nuégados o sopa de pata, como la vendida en el Mercado Central, allá por la iglesia El Calvario, en el añejo San Salvador. No se debe olvidar, naturalmente, cómo la dolarización es la causante directa de todos los males económicos padecidos por las nuevas generaciones de salvadoreños. El culpable y responsable de todo, es el tristemente célebre Francisco Flores. La culpable estructural desde luego la oligarquía, ese poderoso cuerpo económico moviendo siempre los títeres detrás del escenario. En el presente algunos de esos “emperadores vencidos” dan la cara preocupados por la escalofriante ola delincuencial, de la que también son responsables.
El gobierno “del cambio” debe hilar fijo, mover los teclados con sabiduría y creatividad, no temblarle la mano para apretar las tuercas siempre y cuando la consigna sea trabajar en beneficio de las mayorías poblacionales. Las cifras enredadas, los términos “estructurales” son incomprensibles para Policarpo, el albañil; Anacleto, el hojalatero, para Chabelo, el sastre y mucho menos para Sebastián, carpintero aficionado a despertar arpegios en las dormidas cuerdas de un violín. Las amas de casa nada más quieren precios bajos, buena atención en los hospitales públicos y en el Seguro Social, los que gozan de este servicio. Paquetes escolares, uniformes y zapatos a tiempo hacen sonreír y aliviar el bolsillo de las humildes familias salvadoreñas.
Todos sabemos que una cosa es sentarse frente a la computadora y escribir inconformidades y otra muy distinta dar la cara a la realidad. Nos sentimos, Narcisos incurables, químicamente puros y todavía vemos en políticos de la derecha ancestral y también en uno que otro funcionario la más turbia impureza. Así como el combate frontal a la criminalidad nos convoca a la unidad a todos, también el combate a la carestía, a los altos precios impuestos por comerciantes sin escrúpulos, a los costos incesantes de las medicinas, debe provocar una reacción en cadena y exigir sanas medidas de control o regulación. El agua es inodora e incolora; pero el dinero huele y más rápido que temprano se nos escapa de las manos, sobre todo cuando los salarios no corresponden al grado de inflación y la recesión tan de moda en éste y en otros países del mundo.





1 comentarios:
Muy bien, pero en realidad podriamos apretarnos nosotros mismos el cincho?? Apegarnos a la ley???, negarnos a comer comida chatarra de las transnacionales y dejar de aparentar lo que no somos ni lo que tenemos???
Lo veo dificil, este pueblo esta muy mal educado en el sentido de que no respeta las leyes, es aprovechado y malcriado. igualmente nos "fregamos" entre nosotros mismos, no hay un verdadero pensamiento como pais, mas que solo el que da el futbol u otro deporte, como vamos a cambiar eso en 4 años???
Imposible, solo se me viene a la mente el pasaje de la Biblia en el cual Moises, el legislador tuvo que esperar 40 años vagando en el desierto, porque Dios le ordeno para que "esta generacion rebelde" se terminara y la nueva, mas apegada a la ley tomara las riendas de su destino. Sera algo asi necesario para este pueblo??.
Enseñar desde cero el respeto a las leyes, a sus compatriotas, buenas costumbres, a debatir ideas y tomar las mejores en pro de el bien de la "mayoria y lo mejor para el pais". Una tarea que no terminaremos en 5 años como ya en ese libro antiguo se ha recogido en sus letras. Pero es la unica forma para ya trazar hacia donde queremos ir como pais.
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