La candidatura a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica de Barack Obama despertó expectativas no sólo en América Latina, sino en muchas regiones del mundo, no sólo por el hecho de ser negro, sino por su juventud y cierto hálito de liderazgo, inteligencia e ideas avanzadas respecto a privilegiar la diplomacia sobre el militarismo, al retiro de tropas en Irak y un mayor acercamiento con democracias emergentes y tolerancia más que beligerancia con gobiernos de izquierda y progresistas. “Nuevos aires se respiran y vienen del norte”, decían los expertos en geopolítica.
La verdad es que Obama, como presidente, no ha sido peor que sus antecesores en lo que a política continental se refiere. Su suerte ha consistido en no “caer mal”, y sobre todo en actuar en una época notable por el despertar de una conciencia colectiva de liberación y por una visión más clara de las responsabilidades implícitas en las relaciones de dependencia. Desde su arribo a la presidencia de los Estados Unidos, al menos cuatro son los problemas que ha debido enfrentar en el mundo: los conflictos militares creados por la intervención imperial en Irak y Afganistán; el deterioro de las relaciones con Rusia; el enorme impacto creado a la economía norteamericana por el desplome financiero mundial y las serias amenazas por el recalentamiento global.
En Latinoamérica persisten los enfrentamientos con Cuba y Venezuela, en menor medida pero no menos serios con Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En una especie de “diplomacia de bajo nivel”, las declaraciones emanadas del Departamento de Estado se refieren a respetar la autonomía e independencia de estas naciones, así como sus decisiones políticas y económicas. Eso en la superficie. Pues en el fondo se continúa conspirando con fuerzas opositoras en el plano doméstico (de los países mencionados) para crear desestabilización, producir fisuras y presentar a sus gobiernos como represores, antidemocráticos y perjudiciales para las relaciones universales de convivencia pacífica. Desde luego, que tales propósitos rebasan la competencia y sobre todo el valor que debería tener la autoridad política y diplomática supuestamente esgrimida por la administración Obama.
En esta “nueva política de vecindad” no hemos mencionado el peso de los empresarios privados, los consorcios multinacionales y los carteles que actúan en el resto del hemisferio con dinero yanqui en distintas manifestaciones internas. Los demás aspectos dependen, en gran medida, de la sensibilidad, la orientación y el interés de la Casa Blanca y otros mecanismos de poder en Washington. Su marco de referencia, o mejor dicho sus límites, son las directivas y los controles fijados por una parte, por los representantes del sector económico en el Congreso y por otra, la estrategia del Pentágono.
Con Bush, las relaciones con Cuba llegaron a su peor nivel; con el inicio de la administración Obama mejoraron en lo retórico; pero en el fondo han resultado prácticamente imposibles. En el mediano tiempo, al menos, el juego de la diplomacia es fallido, a pesar de ser inoperante el bloqueo, no sólo por la creatividad y heroísmo de los propios habitantes de la isla, sino por la solidaridad y la “rebelión” de la mayoría de naciones del mundo, condenando desde la ONU y desde distintos escenarios, la brutal medida, violatoria de los derechos humanos y de las normas elementales de convivencia pacífica. No es que Obama no sea un hombre capaz de reconocer objetivamente estos hechos, sino que el poder total y absoluto en los Estados Unidos depende de los barones de la industria armamentista, de los halcones del Pentágono y los grandes fabricantes de medicinas y productos biológicos.
Con El Salvador, apenas un raspón en la conciencia del poder en Washington, las relaciones son normales, siguen el curso de los acontecimientos y somos considerados un “aliado de bajo nivel”, con el que se mantienen estrechos contactos comerciales, migratorios y de seguridad. En nuestras entrañas contamos con una base militar supuestamente para control del narcotráfico, pero cumpliendo en lo fundamental acciones de carácter estratégico de cara a Centro América y Latinoamérica. “Son los hechos los que determinan las relaciones, no las palabras”, ha dicho una alta funcionaria del Departamento de Estado, al responder preguntas sobre supuestas declaraciones “subidas de tono” de dirigentes del FMLN y, en concreto, del vicepresidente Salvador Sánchez Cerén.
En lo personal, el presidente Obama sabe tanto de Latinoamérica (me refiero a tradiciones culturales, históricas y naturales, así como a la idiosincrasia e identidad de nuestros pueblos) como del planeta Saturno; pero carece de los rencores, de odios enfermizos y de las reticencias de su predecesor, lo cual de alguna manera lo pone en mejor pie para sacar las relaciones interamericanas de la más deteriorada situación en que casi siempre se han encontrado. Esto significa que la Secretaria de Estado, Hilary Clinton puede “gozar de un poco más de libertad” para aplicar de este lado la política que caracteriza a su gestión diplomática en el resto del mundo. La señora, representante de los “halcones demócratas”, piensa en grande y no es una mujer que cuide únicamente los detalles; su táctica es enfrentar lo más grave y lo latente. Tan no le importa rectificar y retroceder, que ahora camina en dirección opuesta a la que la condujo a meter tan estrepitosamente la pata en los Balcanes.
En América Latina, pues, no se esperan cambios sustanciales en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, lo mismo con Venezuela, Ecuador y Bolivia. En otro comentario, nos hemos referido a las “piadosas” declaraciones del Embajador en Brasil, Thomas Shanon, quien ha pedido al presidente Hugo Chávez, dialogar con la oposición de su país para “lograr acuerdos que restablezcan la normalidad en este país”. Francamente hipócritas y cínicas, pues es sabido que los representantes de la CIA y de USIS son los que patrocinan, asesoran y financian a los pequeños grupos de revoltosos opuestos totalmente a la Revolución Bolivariana.
Para elegir y practicar una política de cambios en las relaciones interamericanas, el presidente Obama se encuentra en buenos términos. Sus nexos con el Congreso son inmejorables, a pesar de haber perdido mayoría en las últimas elecciones para Senadores. El mandatario podría aspirar a un nuevo mandato dentro de tres años, siempre y cuando restablezca el orden económico en su nación, lleve a feliz término la reforma de salud, prevalezca la diplomacia sobre el militarismo y haga honor al premio Nóbel de la Paz, restableciendo el equilibrio en el mundo, no sólo con la eliminación de las armas nucleares, sino que firmando tratados sobre el recalentamiento mundial, los derechos humanos, el irrestricto apego a la política de no intervención y el respeto absoluto a las opciones políticas y sociales de todos los pueblos del mundo. De Cualquier moto, tan mal andan las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica que sería muy difícil empeorarlas. Obama, lo reiteramos, está obligado a darse algún lustre en este campo. Pero nada muy profundo puede hacer mientras afronta los gravísimos problemas económicos internos y, sobre todo, mientras no tome independencia y se aleje de los poderosos grupos de presión, los verdaderos artífices de la política y de las decisiones estratégicas en Norteamérica.
La verdad es que Obama, como presidente, no ha sido peor que sus antecesores en lo que a política continental se refiere. Su suerte ha consistido en no “caer mal”, y sobre todo en actuar en una época notable por el despertar de una conciencia colectiva de liberación y por una visión más clara de las responsabilidades implícitas en las relaciones de dependencia. Desde su arribo a la presidencia de los Estados Unidos, al menos cuatro son los problemas que ha debido enfrentar en el mundo: los conflictos militares creados por la intervención imperial en Irak y Afganistán; el deterioro de las relaciones con Rusia; el enorme impacto creado a la economía norteamericana por el desplome financiero mundial y las serias amenazas por el recalentamiento global.
En Latinoamérica persisten los enfrentamientos con Cuba y Venezuela, en menor medida pero no menos serios con Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En una especie de “diplomacia de bajo nivel”, las declaraciones emanadas del Departamento de Estado se refieren a respetar la autonomía e independencia de estas naciones, así como sus decisiones políticas y económicas. Eso en la superficie. Pues en el fondo se continúa conspirando con fuerzas opositoras en el plano doméstico (de los países mencionados) para crear desestabilización, producir fisuras y presentar a sus gobiernos como represores, antidemocráticos y perjudiciales para las relaciones universales de convivencia pacífica. Desde luego, que tales propósitos rebasan la competencia y sobre todo el valor que debería tener la autoridad política y diplomática supuestamente esgrimida por la administración Obama.
En esta “nueva política de vecindad” no hemos mencionado el peso de los empresarios privados, los consorcios multinacionales y los carteles que actúan en el resto del hemisferio con dinero yanqui en distintas manifestaciones internas. Los demás aspectos dependen, en gran medida, de la sensibilidad, la orientación y el interés de la Casa Blanca y otros mecanismos de poder en Washington. Su marco de referencia, o mejor dicho sus límites, son las directivas y los controles fijados por una parte, por los representantes del sector económico en el Congreso y por otra, la estrategia del Pentágono.
Con Bush, las relaciones con Cuba llegaron a su peor nivel; con el inicio de la administración Obama mejoraron en lo retórico; pero en el fondo han resultado prácticamente imposibles. En el mediano tiempo, al menos, el juego de la diplomacia es fallido, a pesar de ser inoperante el bloqueo, no sólo por la creatividad y heroísmo de los propios habitantes de la isla, sino por la solidaridad y la “rebelión” de la mayoría de naciones del mundo, condenando desde la ONU y desde distintos escenarios, la brutal medida, violatoria de los derechos humanos y de las normas elementales de convivencia pacífica. No es que Obama no sea un hombre capaz de reconocer objetivamente estos hechos, sino que el poder total y absoluto en los Estados Unidos depende de los barones de la industria armamentista, de los halcones del Pentágono y los grandes fabricantes de medicinas y productos biológicos.
Con El Salvador, apenas un raspón en la conciencia del poder en Washington, las relaciones son normales, siguen el curso de los acontecimientos y somos considerados un “aliado de bajo nivel”, con el que se mantienen estrechos contactos comerciales, migratorios y de seguridad. En nuestras entrañas contamos con una base militar supuestamente para control del narcotráfico, pero cumpliendo en lo fundamental acciones de carácter estratégico de cara a Centro América y Latinoamérica. “Son los hechos los que determinan las relaciones, no las palabras”, ha dicho una alta funcionaria del Departamento de Estado, al responder preguntas sobre supuestas declaraciones “subidas de tono” de dirigentes del FMLN y, en concreto, del vicepresidente Salvador Sánchez Cerén.
En lo personal, el presidente Obama sabe tanto de Latinoamérica (me refiero a tradiciones culturales, históricas y naturales, así como a la idiosincrasia e identidad de nuestros pueblos) como del planeta Saturno; pero carece de los rencores, de odios enfermizos y de las reticencias de su predecesor, lo cual de alguna manera lo pone en mejor pie para sacar las relaciones interamericanas de la más deteriorada situación en que casi siempre se han encontrado. Esto significa que la Secretaria de Estado, Hilary Clinton puede “gozar de un poco más de libertad” para aplicar de este lado la política que caracteriza a su gestión diplomática en el resto del mundo. La señora, representante de los “halcones demócratas”, piensa en grande y no es una mujer que cuide únicamente los detalles; su táctica es enfrentar lo más grave y lo latente. Tan no le importa rectificar y retroceder, que ahora camina en dirección opuesta a la que la condujo a meter tan estrepitosamente la pata en los Balcanes.
En América Latina, pues, no se esperan cambios sustanciales en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, lo mismo con Venezuela, Ecuador y Bolivia. En otro comentario, nos hemos referido a las “piadosas” declaraciones del Embajador en Brasil, Thomas Shanon, quien ha pedido al presidente Hugo Chávez, dialogar con la oposición de su país para “lograr acuerdos que restablezcan la normalidad en este país”. Francamente hipócritas y cínicas, pues es sabido que los representantes de la CIA y de USIS son los que patrocinan, asesoran y financian a los pequeños grupos de revoltosos opuestos totalmente a la Revolución Bolivariana.
Para elegir y practicar una política de cambios en las relaciones interamericanas, el presidente Obama se encuentra en buenos términos. Sus nexos con el Congreso son inmejorables, a pesar de haber perdido mayoría en las últimas elecciones para Senadores. El mandatario podría aspirar a un nuevo mandato dentro de tres años, siempre y cuando restablezca el orden económico en su nación, lleve a feliz término la reforma de salud, prevalezca la diplomacia sobre el militarismo y haga honor al premio Nóbel de la Paz, restableciendo el equilibrio en el mundo, no sólo con la eliminación de las armas nucleares, sino que firmando tratados sobre el recalentamiento mundial, los derechos humanos, el irrestricto apego a la política de no intervención y el respeto absoluto a las opciones políticas y sociales de todos los pueblos del mundo. De Cualquier moto, tan mal andan las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica que sería muy difícil empeorarlas. Obama, lo reiteramos, está obligado a darse algún lustre en este campo. Pero nada muy profundo puede hacer mientras afronta los gravísimos problemas económicos internos y, sobre todo, mientras no tome independencia y se aleje de los poderosos grupos de presión, los verdaderos artífices de la política y de las decisiones estratégicas en Norteamérica.





1 comentarios:
"pequeños grupos de revoltosos opuestos totalmente a la Revolución Bolivariana"
Chavez tiene ya solamente un 48% de apoyo segun sus propia gente. Aun si tiene el 51%, en ese caso un 49% de oposicion no es un grupito de revoltosos.
Y si lo que te gusta es la democracia participativa, igual que chavez llenaba antes estadios, y ahora llena auditorios, porque le ha bajado la audiencia, asi la oposicion llena calles y calles y calles y calles de gente que no son acarreados, a diferencia de los que se van con chavez por el mercal y la naranjita........
Yo creo que ya no necesitas visa para ir a venezuela si sos salvadoreno, asi que te deberias de dar un viajecito....para expander tus horizontes vos....
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