Las relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con Brasil pasan por uno de sus momentos estelares debido a la estrecha amistad de los presidentes Lula da Silva y Mauricio Funes y, sobre todo, que el gran país del sur se ha convertido en un “referente” para la “democracia” salvadoreña, demás está citar los diversos programas de ayuda y los compromisos económicos, tecnológicos y alimenticios firmados o suscritos por ambos mandatarios.
Los diplomáticos podrían decir con bastante aproximación que son más los intereses que nos unen que las diferencias que nos separan, estas desde luego vienen cimentadas desde la época colonial y las luchas por la independencia. Apretados entre el mar, de donde venían los piratas, y la selva que no ofrecía oro ni plata sino tribus primitivas y serpientes venenosas, los aborígenes trataron de defender la faja del litoral que de norte a sur era objeto permanente de las embestidas exteriores. Por eso las primeras ciudades brasileñas fueron levantadas sobre morros y equipadas de fortines contra el pirata y el indio. Con la metáfora se puede afirmar que el colonizador permaneció durante siglos arañando la costa como los cangrejos.
¿Se puede decir algo semejante con la colonización y las luchas por la independencia en nuestro país? Nosotros no tuvimos los ataques de los piratas y corsarios, tampoco adversarios internos creados por la superstición y el exterminio étnico impuesto, caso de los Estados Unidos y el mismo Brasil, por eso no levantamos fuertes amurallados; pero sí los españoles con el temor siempre a cuestas de los invasores: por eso las iglesias coloniales tienen mucho de fortín. En cambio, las ciudades y los templos de los pueblos originarios sirvieron el doble propósito de la adoración y la defensa de su civilización. Fortalezas arquitectónicas épicas del espíritu indomable de los pobladores mayas y pipiles.
Los pueblos se crean por ese afán de aventura, también por nostalgia y supervivencia. Los que parte inevitablemente regresan o hacen el intento. El Brasil se edificó en el gran cruce de los que iban en busca del indio para aterrorizarlo y esclavizarlo y los que perseguían el país de las esmeraldas. El colonizador, portugués en este caso, siempre busca la riqueza, el dominio, el exterminio. Muchas veces sin embargo, la resignación y la fatalidad han dominado la conciencia del aventurero: “los que parten no saben si regresan y no piensan más en regresar a sus hogares, lo que frecuentemente sucede”. Los lusitanos se establecieron en la inmensidad territorial del amazonas y “dieron paso” a la “civilización”. Muchas de esas premisas, de las originales creencias, ese espíritu aún hoy predomina sobre el campesino del nordeste brasileño en su migración permanente para el sur y la selva amazónica. El éxodo interno es una constante. El brasileño pobre es un judío errante dentro de su propia patria. Una patria que tiene la dimensión de un continente ni siquiera conquistado por sus propios hijos.
El gran deuda del presidente Luiz Inácio “Lula” Da Silva, según el razonamiento del poderoso movimiento de “Los sin tierra”. El mandatario ha seguido un ideario, una línea de conducta para mantenerse en el gobierno: conciliar y armonizar con los poderosos organismos financieros mundiales, entendimiento con la oligarquía criolla y acatamiento de las directrices imperiales. El obrero metalúrgico no desconoce la historia de su país, sabe de los orígenes de su creación de “esas entradas y salidas” de los conquistadores, de los antiguos explotadores hoy resucitados en los poderosos intereses de los madereros, buscadores de piedras preciosas y de los hidrocarburos. Lula ha tenido la paciencia para “sostener un modelo de vida”, una especie de “paternalismo” para satisfacer el hambre momentánea de miles de brasileños; pero no ha sido una política estratégica, sino coyuntural. Sus adversarios políticos le achacan muchos errores, incluso señalan y documentan excesos de corrupción; sin embargo, los juicios más precisos vienen de la izquierda organizada quienes advierten con sabiduría que la patria no es la tierra sino el hombre que en ella vive.
¿Serán oportunos y ciertos los consejos del presidente Lula a su par salvadoreño? Si lo vemos a la luz de la sobre vivencia, del “buen comportamiento” y del no “molestar a nadie” podría afirmarse que sí; pero desgraciadamente la filosofía de los diversos regímenes que han presidido el destino del gigante del sur de Latinoamérica, desde la colonia hasta los últimos días de las dictaduras militares, y desde luego la administración acomodaticia de Lula, no debería coincidir con la peculiar “democracia” salvadoreña. Lo hemos tratado de explicar con unas breves notas desde la colonización hasta la diversidad de la población, la explotación de los recursos (no contamos nosotros con materias primas de ninguna naturaleza) y la extensión territorial y capacidad productiva del Brasil.
No se trata ahora de “intentos de ampliar mercados”, sino más bien de explorar las posibilidades de los biocombustibles, sobre todo partiendo del maíz, un preciado ingrediente alimenticio de nuestra gente. Históricamente debemos precisar que Brasil siempre quiso abarcar más de lo que debía. Su comportamiento en relación a los vecinos más débiles se asemeja al de un hombre que poseyendo dentro de su casa comida suficiente para hartarse permanece con ojos golosos mirando hacia fuera. Estaría bien si se limitase a mirar. Más los pies del gigante se mueven. Y las manos trabajan. Paraguay y Argentina tienen mucho por decir al respecto. De cierto hay brasileños que encarnan con admirable talento la filosofía que a partir de la mitad del siglo XIX y principios del XX se hizo realidad concreta en lo que respecta a la definición, de una forma o de ora, de las fronteras geográficas del país. Podría decirse que bajo la administración del Partido de los Trabajadores está cuestión está solucionada definitivamente. No podemos concebir, en el momento histórico actual, que un país ose invadir a otro para tomarle un pedazo de tierra, sin el grave riesgo de provocar una guerra en que los demás países se aliarían al invadido para derrotar al invasor. Subyacen desde luego casos patéticos y malévolos como los de Inglaterra y Estados Unidos que sin permiso de nadie más que utilizando el argumento “de la fuerza” se toman espacios peninsulares para sus particulares fines y usos.
Uno podría decir bajo este ejemplo que el problema ahora es otro: la geopolítica cambió su estrategia. Ya no existe necesidad de expandirse geográficamente para que una nación se afirme como potencia imperialista o subimperialista; pero si bien se da en lo económico. En la penetración descarada del capital monopolista. En la asociación de intereses entre el extranjero y el vendepatrias; también persisten actitudes guerreristas, prepotentes y autoritarias como la de Estados Unidos ocupando a la fuerza territorios como Guantánamo en Cuba e Inglaterra usurpando la isla de las Malvinas, legítimamente propiedad de Argentina.
Brasil es un socio “mayoritario” no sólo para El Salvador, sino para la mayoría de países de América Latina. No en balde se afirma que va en camino de convertirse en la quinta economía del mundo; con todo debe tenerse cuidado que en este país amazónico existen demasiados intereses hegemónicos y transnacionales que saben como romper las barreras nacionales, cómo eliminar las soberanías, cómo engañar la vigilancia a fin de instalarse cómodamente en los lugares más distantes de las metrópolis imperiales y seguir dominando, saqueando y empobreciendo los pueblos más débiles. Brasil, desafortunadamente, está embarcado en una de esas aventuras que levantan suspicacias y provocan justos reclamos y protestas por parte de sus vecinos, como recién acaba de suceder con Bolivia y Paraguay. Desde luego, Lula ha sido un buen gobernante; pero al igual que con Obama en los Estados Unidos, no controla el poder económico y son las elites y las grandes corporaciones e industrias bélicas las que al final imponen sus designios.
El Salvador puede seguir ciertos ejemplos, no copiar modelos, sobre todo cuando existen enormes diferencias como las hemos señalado. El presidente Funes, está en su pleno derecho de tomar como referente al Brasil; pero debe tener cuidado con los chantajes y las presiones originadas desde los grupos de poder económico: la tolerancia y la prudencia, son buenas consejeras, como señala Lula; pero hay casos como la Ley de Medicamentos o la eliminación del pago por acceso a la línea fija que no deben tener marcha atrás. Las consultas y el escuchar a todos los sectores es signo de buen gobierno; pero no debe caerse en la “democratización” porque entonces se corre el riesgo de aceptar como buenas todas las recomendaciones, sobre todo cuando emanan de sectores privilegiados.
Los diplomáticos podrían decir con bastante aproximación que son más los intereses que nos unen que las diferencias que nos separan, estas desde luego vienen cimentadas desde la época colonial y las luchas por la independencia. Apretados entre el mar, de donde venían los piratas, y la selva que no ofrecía oro ni plata sino tribus primitivas y serpientes venenosas, los aborígenes trataron de defender la faja del litoral que de norte a sur era objeto permanente de las embestidas exteriores. Por eso las primeras ciudades brasileñas fueron levantadas sobre morros y equipadas de fortines contra el pirata y el indio. Con la metáfora se puede afirmar que el colonizador permaneció durante siglos arañando la costa como los cangrejos.
¿Se puede decir algo semejante con la colonización y las luchas por la independencia en nuestro país? Nosotros no tuvimos los ataques de los piratas y corsarios, tampoco adversarios internos creados por la superstición y el exterminio étnico impuesto, caso de los Estados Unidos y el mismo Brasil, por eso no levantamos fuertes amurallados; pero sí los españoles con el temor siempre a cuestas de los invasores: por eso las iglesias coloniales tienen mucho de fortín. En cambio, las ciudades y los templos de los pueblos originarios sirvieron el doble propósito de la adoración y la defensa de su civilización. Fortalezas arquitectónicas épicas del espíritu indomable de los pobladores mayas y pipiles.
Los pueblos se crean por ese afán de aventura, también por nostalgia y supervivencia. Los que parte inevitablemente regresan o hacen el intento. El Brasil se edificó en el gran cruce de los que iban en busca del indio para aterrorizarlo y esclavizarlo y los que perseguían el país de las esmeraldas. El colonizador, portugués en este caso, siempre busca la riqueza, el dominio, el exterminio. Muchas veces sin embargo, la resignación y la fatalidad han dominado la conciencia del aventurero: “los que parten no saben si regresan y no piensan más en regresar a sus hogares, lo que frecuentemente sucede”. Los lusitanos se establecieron en la inmensidad territorial del amazonas y “dieron paso” a la “civilización”. Muchas de esas premisas, de las originales creencias, ese espíritu aún hoy predomina sobre el campesino del nordeste brasileño en su migración permanente para el sur y la selva amazónica. El éxodo interno es una constante. El brasileño pobre es un judío errante dentro de su propia patria. Una patria que tiene la dimensión de un continente ni siquiera conquistado por sus propios hijos.
El gran deuda del presidente Luiz Inácio “Lula” Da Silva, según el razonamiento del poderoso movimiento de “Los sin tierra”. El mandatario ha seguido un ideario, una línea de conducta para mantenerse en el gobierno: conciliar y armonizar con los poderosos organismos financieros mundiales, entendimiento con la oligarquía criolla y acatamiento de las directrices imperiales. El obrero metalúrgico no desconoce la historia de su país, sabe de los orígenes de su creación de “esas entradas y salidas” de los conquistadores, de los antiguos explotadores hoy resucitados en los poderosos intereses de los madereros, buscadores de piedras preciosas y de los hidrocarburos. Lula ha tenido la paciencia para “sostener un modelo de vida”, una especie de “paternalismo” para satisfacer el hambre momentánea de miles de brasileños; pero no ha sido una política estratégica, sino coyuntural. Sus adversarios políticos le achacan muchos errores, incluso señalan y documentan excesos de corrupción; sin embargo, los juicios más precisos vienen de la izquierda organizada quienes advierten con sabiduría que la patria no es la tierra sino el hombre que en ella vive.
¿Serán oportunos y ciertos los consejos del presidente Lula a su par salvadoreño? Si lo vemos a la luz de la sobre vivencia, del “buen comportamiento” y del no “molestar a nadie” podría afirmarse que sí; pero desgraciadamente la filosofía de los diversos regímenes que han presidido el destino del gigante del sur de Latinoamérica, desde la colonia hasta los últimos días de las dictaduras militares, y desde luego la administración acomodaticia de Lula, no debería coincidir con la peculiar “democracia” salvadoreña. Lo hemos tratado de explicar con unas breves notas desde la colonización hasta la diversidad de la población, la explotación de los recursos (no contamos nosotros con materias primas de ninguna naturaleza) y la extensión territorial y capacidad productiva del Brasil.
No se trata ahora de “intentos de ampliar mercados”, sino más bien de explorar las posibilidades de los biocombustibles, sobre todo partiendo del maíz, un preciado ingrediente alimenticio de nuestra gente. Históricamente debemos precisar que Brasil siempre quiso abarcar más de lo que debía. Su comportamiento en relación a los vecinos más débiles se asemeja al de un hombre que poseyendo dentro de su casa comida suficiente para hartarse permanece con ojos golosos mirando hacia fuera. Estaría bien si se limitase a mirar. Más los pies del gigante se mueven. Y las manos trabajan. Paraguay y Argentina tienen mucho por decir al respecto. De cierto hay brasileños que encarnan con admirable talento la filosofía que a partir de la mitad del siglo XIX y principios del XX se hizo realidad concreta en lo que respecta a la definición, de una forma o de ora, de las fronteras geográficas del país. Podría decirse que bajo la administración del Partido de los Trabajadores está cuestión está solucionada definitivamente. No podemos concebir, en el momento histórico actual, que un país ose invadir a otro para tomarle un pedazo de tierra, sin el grave riesgo de provocar una guerra en que los demás países se aliarían al invadido para derrotar al invasor. Subyacen desde luego casos patéticos y malévolos como los de Inglaterra y Estados Unidos que sin permiso de nadie más que utilizando el argumento “de la fuerza” se toman espacios peninsulares para sus particulares fines y usos.
Uno podría decir bajo este ejemplo que el problema ahora es otro: la geopolítica cambió su estrategia. Ya no existe necesidad de expandirse geográficamente para que una nación se afirme como potencia imperialista o subimperialista; pero si bien se da en lo económico. En la penetración descarada del capital monopolista. En la asociación de intereses entre el extranjero y el vendepatrias; también persisten actitudes guerreristas, prepotentes y autoritarias como la de Estados Unidos ocupando a la fuerza territorios como Guantánamo en Cuba e Inglaterra usurpando la isla de las Malvinas, legítimamente propiedad de Argentina.
Brasil es un socio “mayoritario” no sólo para El Salvador, sino para la mayoría de países de América Latina. No en balde se afirma que va en camino de convertirse en la quinta economía del mundo; con todo debe tenerse cuidado que en este país amazónico existen demasiados intereses hegemónicos y transnacionales que saben como romper las barreras nacionales, cómo eliminar las soberanías, cómo engañar la vigilancia a fin de instalarse cómodamente en los lugares más distantes de las metrópolis imperiales y seguir dominando, saqueando y empobreciendo los pueblos más débiles. Brasil, desafortunadamente, está embarcado en una de esas aventuras que levantan suspicacias y provocan justos reclamos y protestas por parte de sus vecinos, como recién acaba de suceder con Bolivia y Paraguay. Desde luego, Lula ha sido un buen gobernante; pero al igual que con Obama en los Estados Unidos, no controla el poder económico y son las elites y las grandes corporaciones e industrias bélicas las que al final imponen sus designios.
El Salvador puede seguir ciertos ejemplos, no copiar modelos, sobre todo cuando existen enormes diferencias como las hemos señalado. El presidente Funes, está en su pleno derecho de tomar como referente al Brasil; pero debe tener cuidado con los chantajes y las presiones originadas desde los grupos de poder económico: la tolerancia y la prudencia, son buenas consejeras, como señala Lula; pero hay casos como la Ley de Medicamentos o la eliminación del pago por acceso a la línea fija que no deben tener marcha atrás. Las consultas y el escuchar a todos los sectores es signo de buen gobierno; pero no debe caerse en la “democratización” porque entonces se corre el riesgo de aceptar como buenas todas las recomendaciones, sobre todo cuando emanan de sectores privilegiados.





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