26.4.10

La ciudad de los grandes contrastes

San Salvador se ha movido, ha crecido, en la suciedad, el bullicio, el desorden y la alegría. En años no tan lejanos, las movilizaciones de obreros, estudiantes y campesinos, estremecieron la conciencia de ciudadanos tradicionales, los capitalinos asistieron a la violencia incontrolable: los estruendos de los disparos se confundían con los gritos, las consignas, nada más que los resultados al final de la jornada eran mortales: la sangre se trocaba por el sudor y los cuerpos quedaban tirados en las calles y avenidas.

Los pocos árboles en plazas céntricas fueron mudos testigos de la barbarie, del odio irracional de unos contra otros; los aparadores brillantes mostrando artículos electrodomésticos de toda marca y precio, también sufrieron los embates, lo mismo que pequeños jardines en casas de cierta alcurnia. Con todo, fuentes de líquida gallardía, edificios y almacenes como los de cualquier sitio del mundo, se mantuvieron en pie, sobrevivieron junto con sus propietarios y ahora ancianos, añejos, pueden contar las más variadas anécdotas de esa larga noche trágica.

Quienes en el presente vean postales e imágenes del centro de San Salvador sin conocer la historia de esta urbe, nos imaginará como habitantes de un país desarrollado más o menos dichoso y ciudadanos de una de las ciudades más armoniosas, contrastantes y tranquilas del planea, con una deslumbradora leyenda en cada mano, una melodía costumbrista, como esas de nuestro creador Pancho Lara, a punto de brotar de nuestro espíritu y un poema de Roque Dalton o Pipo Escobar Velado, con las puertas abiertas para vivirlo. Versos, por supuesto, de arraigo popular, júbilo, idilio y ensueño. No como los tan conceptuales y fina estructura clásica de Hugo Lindo.

La capital salvadoreña siempre nos ha engañado, pues basta salir de ese centro bullicioso, sucio y desordenado, pasar del parque Bolívar hacia unas cuadras al oeste, mucho antes incluso de llegar al monumento a El Salvador del Mundo, para encontrar una ciudad diferente: en lugar de charcos, fuentes; en vez de tristes árboles viudos y deshojados, jardines con claveles, rosas y jazmines; ya no más niños desnutridos, harapientos, pidiendo limosna o lavando parabrisas en las esquinas, sino rostros de infantes asomando en las ventanillas de carros lujosos. Ya no más mujeres paupérrimas, sucias tabernas, estancos o cantinas, donde se expende el licor más barato, sino elegantes locales, con aire acondicionado y licores de marcas famosas, cervezas de tres y cuatro estrellas, vodka y ron de sabor y olor exquisitos.

Los escenarios para los enérgicos y brillantes poemas de Oswaldo Escobar Velado se mantienen como estampas del tiempo, los sucesivos alcaldes de la ciudad se han encargado de conservar “nuestras tradiciones”, de mantener los mismos espacios, las ventas ambulantes, la suciedad, el bullicio, el desorden y los malos olores en esa otra “gran mitad” de San Salvador. Quién todavía dude de nuestras aseveraciones nomás camine por los alrededores de la iglesia El Calvario, por el mercado Central, la plaza Zurita o el antiguo Mercado Cuartel, frente y detrás del Palacio Nacional, antigua sede de la Asamblea Legislativa y aposento de los ministerios de Defensa y del Interior; también de la Corte Suprema de Justicia, y entonces comprobará la hipocresía de las estampas, de las encendidas metáforas y de las postales amarillentas por el tiempo.

En la “otra mitad” las residencias más caras y lujosas de esta parcela, no siempre de buen gusto. Son de los potentados de El Salvador, también de antiguos funcionarios que de la noche a la mañana encontraron su fortuna en las arcas del Estado, los que hasta el día de hoy se mantienen fieles al partido otrora oficial, apéndice o simbiosis de otro en plena agonía. También hay propietarios conocidos como agiotistas o acaparadores de predios urbanos, disfrazados de capitanes de la iniciativa privada y campeones de la libre empresa; pero naturalmente “mamando” de una misma chicha. En San Benito, la Escalón y similares, no se ven las escenas tradicionales y pintorescas tan crudamente captadas por el pincel de Polanco o la pluma de Escobar Velado. Don Víctor Hugo hubiera escrito muchos “Miserables” en el centro o los contornos de esta atribulada capital.

En esta ciudad se pueden ver todos los contrastes inimaginables, desde un enfrentamiento de vendedores informales con agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden, hasta una señora estacionaria vendiendo verduras con cinco niños y dos teléfonos celulares; desde quema de llantas en protesta pública, hasta millones de copias piratas de películas y canciones de última generación. Nos olvidamos fácilmente de la casa donde vivió Arturo Ambrogi o Francisco Gavidia; pero reconstruimos el Palacio y el Teatro Nacional, el uno sede del Archivo de la nación y el otro dormitorio de connotados directores y actores nacionales. En las cercanías las luces multicolores ofreciendo chicas en tangas o el tradicional strip-tease, tangos en carpas melancólicas o melodramas cursi en sala de polendas. Cada cierto tiempo, conciertos de marimba, también las tribunas abiertas del partido en el gobierno. De todo, para todos los gustos.

Hay comidas populares para todos los gustos, muy distinto a los platos exquisitos consumidos o vendidos en las colonias de la “otra mitad”; en el centro de la capital y en los alrededores, se pueden degustar todavía las mejores pupusas, los panes con chompipe y su salsa bien preparada, la sopa de Mondongo y los sabrosos nuégados con chilate; también yuca con chicharrones, empanadas y semita mieluda. En los atardeceres aparecen las tradicionales vendedoras de shuco, carne asada y elotes locos.

¡Y luego hay quienes todavía se asombran de la inconformidad juvenil, de las expresiones de protesta y de los muchachos entregados a las drogas y a la delincuencia, las pandillas y las maras! Pero, entre tanto, veamos las páginas sociales a todo color donde los nietos de los burgueses se confunden con los bisnietos de los “nuevos ricos” y se divierten junto, aunque no compartan el rancio origen. Es, dirá el dinosaurio de el diario de hoy, una nuestra de estabilidad política y económica.

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