Un día de estos escuché en la televisión expresar a un caballero de las derechas que “es una aberración culpar a Washington de todos los males de éste y otros países”, visto en términos generales y superficiales uno estaría tentado a compartir semejante tesis; pero si vamos a la historia y examinamos los acontecimientos político ocurridos en todos y cada uno de los países de América Latina, por ejemplo, del último siglo, comprobaremos como los Estados Unidos por razones estratégicas, económicas y políticas ha ejercido un dominio y tutelaje sobre la región.
Los Estados Unidos es una potencia militar y económica a escala mundial, para mantener su hegemonía necesita, por lo tanto, controlar bastas regiones y, sobre todo, tener acceso a materias primas y recursos energéticos, donde el petróleo y el gas siempre han sido esenciales para su desarrollo. Se razonó, Keynes, es uno de esos teóricos de la post guerra, que después de la depresión de 1930 el capitalismo había aprendido a controlar sus ciclos económicos y a neutralizar sus efectos, es decir, dejar de comportarse cíclicamente para siempre, para ingresar en una eterna fase post-cíclica.
Este postulado se convirtió en la base de toda una serie de interpretaciones erróneas sobre el sistema capitalista mundial y, en consecuencia, de interpretaciones equivocadas sobre la realidad latinoamericana. El derrumbe del sistema financiero y el fracaso del modelo neoliberal, variante del “capitalismo salvaje”, son pruebas contundentes de lo afirmado. Los Estados Unidos han estado a la cabeza tanto de las mega inversiones como del fracaso planetario. El capital norteamericano se internacionaliza cada vez más, invade todos los poros de las economías nacionales y las convierte en apéndices suyos. En conclusión, los Estados Unidos tienen a incrementar y a consolidar su hegemonía sobre el sistema capitalista mundial.
A su vez, las interpretaciones erróneas sobre América Latina derivadas de la tesis anterior, así como de los equivocados y tendenciosos análisis hechos por mentes reaccionarias de tantos economistas y políticos salvadoreños, pueden sintetizarse en la tesis siguiente: la dilatada y creciente penetración del capitalismo norteamericano en esta región ha eliminado las posibilidades económicas de un desarrollo del capitalismo nacional. El incremento de la hegemonía mundial de los EU se manifiesta en América Latina en la progresiva eliminación de las posibilidades políticas de un desarrollo del Estado nacional, en un control sobre las clases dominantes y en la represión sobre las clases dominadas. El presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez, con una visión de estadista ha denunciado todas estas maniobras y encaminado a su país a una verdadera y definitiva independencia y soberanía, lo que ha provocado la reacción y los ataques airados del imperialismo norteamericano y la rancia oligarquía local.
Desde luego, la recesión y la depresión económica actual de los Estados Unidos ha venido a refutar en cierta manera estas extrapolaciones optimistas para Washington, y pesimistas para el resto del mundo capitalista. La teoría de la inevitable satelización progresiva de la economía mundial en torno a la metrópoli norteamericana es puesta en entredicho por las contradicciones nacionales que aparecieron durante el reciente desplome financiero mundial (intervención del Estado en el mercado, subsidios para socorrer al sistema financiero y grandes monopolios, aprobación de leyes para “echar mano de recursos” propios de la población, disminución del aparato burocrático, etc.,) contradicciones tanto entre las propias potencias imperialistas como entre éstas y los países dependientes. La depresión vino a recordar que las extrapolaciones lineales de las fases de prosperidad son contradichas por el advenimiento de las fases de depresión, y que la extrapolación lineal en este periodo era el efecto ideológico de la dominación de la teoría del capitalismo sin ciclos, del capitalismo en eterno progreso y expansión lineales. La misma recesión ha venido a demostrar una vez más que la única prospectiva válida e historia es aquella que se funda en el comportamiento cíclico de los procesos sociales.
Si hiciéramos una revisión histórica de las interpretaciones sobre el comportamiento de la sociedad, veríamos que en épocas de prosperidad económica surgen teorías optimistas que minimizan el papel de las leyes económicas independientes del control de los Estados, como son las leyes de los ciclos del capital, y exageran el papel de la política, haciendo de la voluntad de los políticos el factor determinante del proceso social. Pero cuando sobreviene una nueva depresión y el elemento económico se vuelve indomable, esas teorías ceden el paso a interpretaciones que reflejan mejor la realidad del desarrollo social y la relación entre el factor económico y el político.
Sin embargo, la influencia ideológica de las teorías dominantes que aparecen en épocas de prosperidad logran penetrar a tal grado en las mentes de los estudiosos del comportamiento social, que ni la evidencia de la crisis económica les hace reaccionar para desterrar las interpretaciones voluntaristas. Este fenómeno es más frecuente entre los sociólogos y los politólogos, debido a que durante su formación intelectual como “especialistas” del factor sociológico o del factor político aprendieron a situar a estos factores como los determinantes del proceso histórico global. Pero también los “economistas” se dejan llevar a hacia estas interpretaciones que surgen en épocas de prosperidad o fatalistas surgidas en periodos de depresión. Esto se debe a que en sus estudios de desarrollo económico, el análisis de las tendencias a “corto plazo” predomina sobre el análisis de las tendencias a “largo plazo”. El economismo tiende a interpretar los procesos históricos como procesos económicos sin una relación clara con la lucha de clases. A menudo, cuando el economista predice la catástrofe, el estado de la lucha de clases se modifica e invierte la tendencia económica. O, al contrario, cuando predice el fortalecimiento de las clases dominadas gracias a reformas económicas tales como la nacionalización, el “largo plazo” se encarga de revelar que la nacionalización ha debilitado el poder de las clases dominadas porque ha fortalecido el potencial represivo del capitalismo de Estado.
En El Salvador, donde no existen organizaciones políticas independientes, sino un monopolio del control de los aparatos políticos y sindicales en el seno de los cuales la lucha de clases se realiza únicamente en forma atenuada, sin hacer evidente su determinación sobre el proceso histórico, las condiciones para el surgimiento de interpretaciones voluntaristas son muy favorables. Las reformas efectuadas por la clase dominante a través del aparato estatal aparecen, a los ojos de las interpretaciones voluntaristas, como reformas decididas por la voluntad del equipo gobernante: bien como la “buena voluntad” del gobernante que ha decidido ponerse al lado del pueblo (razonamiento de la derecha), bien como la “mala voluntad” de hacer reformas para mejor manipular y explotar la fuerza de las masas (razonamiento de la izquierda).
En fin, las teorías sobre el populismo como factor del desarrollo capitalista incurren muchas veces en estas interpretaciones. La ideología dominante no sólo tiende a negar la existencia de los ciclos económicos de “corta duración”, sino que también tiende a negar en bloque la naturaleza cíclica de los procesos sociales, en especial los de “larga duración”. Si es verdad que la ideología dominante ha tomado a su cargo el negar la existencia cíclica de los procesos sociales, también es verdad que esta ideología ha logrado influir en ocasiones al pensamiento marxista. Afirmar simplemente que se “acusa gratuitamente” a los Estados Unidos de la dependencia económica de nuestros pueblos, ya que “miles de nuestros compatriotas emigran hacia ese país en busca de trabajo” y que por “ello deberíamos estarles agradecidos”, es darle la espalda a la historia y desconocer el desarrollo del capitalismo, de las fuerzas productivas y de las evidentes contradicciones del sistema.
Los Estados Unidos es una potencia militar y económica a escala mundial, para mantener su hegemonía necesita, por lo tanto, controlar bastas regiones y, sobre todo, tener acceso a materias primas y recursos energéticos, donde el petróleo y el gas siempre han sido esenciales para su desarrollo. Se razonó, Keynes, es uno de esos teóricos de la post guerra, que después de la depresión de 1930 el capitalismo había aprendido a controlar sus ciclos económicos y a neutralizar sus efectos, es decir, dejar de comportarse cíclicamente para siempre, para ingresar en una eterna fase post-cíclica.
Este postulado se convirtió en la base de toda una serie de interpretaciones erróneas sobre el sistema capitalista mundial y, en consecuencia, de interpretaciones equivocadas sobre la realidad latinoamericana. El derrumbe del sistema financiero y el fracaso del modelo neoliberal, variante del “capitalismo salvaje”, son pruebas contundentes de lo afirmado. Los Estados Unidos han estado a la cabeza tanto de las mega inversiones como del fracaso planetario. El capital norteamericano se internacionaliza cada vez más, invade todos los poros de las economías nacionales y las convierte en apéndices suyos. En conclusión, los Estados Unidos tienen a incrementar y a consolidar su hegemonía sobre el sistema capitalista mundial.
A su vez, las interpretaciones erróneas sobre América Latina derivadas de la tesis anterior, así como de los equivocados y tendenciosos análisis hechos por mentes reaccionarias de tantos economistas y políticos salvadoreños, pueden sintetizarse en la tesis siguiente: la dilatada y creciente penetración del capitalismo norteamericano en esta región ha eliminado las posibilidades económicas de un desarrollo del capitalismo nacional. El incremento de la hegemonía mundial de los EU se manifiesta en América Latina en la progresiva eliminación de las posibilidades políticas de un desarrollo del Estado nacional, en un control sobre las clases dominantes y en la represión sobre las clases dominadas. El presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez, con una visión de estadista ha denunciado todas estas maniobras y encaminado a su país a una verdadera y definitiva independencia y soberanía, lo que ha provocado la reacción y los ataques airados del imperialismo norteamericano y la rancia oligarquía local.
Desde luego, la recesión y la depresión económica actual de los Estados Unidos ha venido a refutar en cierta manera estas extrapolaciones optimistas para Washington, y pesimistas para el resto del mundo capitalista. La teoría de la inevitable satelización progresiva de la economía mundial en torno a la metrópoli norteamericana es puesta en entredicho por las contradicciones nacionales que aparecieron durante el reciente desplome financiero mundial (intervención del Estado en el mercado, subsidios para socorrer al sistema financiero y grandes monopolios, aprobación de leyes para “echar mano de recursos” propios de la población, disminución del aparato burocrático, etc.,) contradicciones tanto entre las propias potencias imperialistas como entre éstas y los países dependientes. La depresión vino a recordar que las extrapolaciones lineales de las fases de prosperidad son contradichas por el advenimiento de las fases de depresión, y que la extrapolación lineal en este periodo era el efecto ideológico de la dominación de la teoría del capitalismo sin ciclos, del capitalismo en eterno progreso y expansión lineales. La misma recesión ha venido a demostrar una vez más que la única prospectiva válida e historia es aquella que se funda en el comportamiento cíclico de los procesos sociales.
Si hiciéramos una revisión histórica de las interpretaciones sobre el comportamiento de la sociedad, veríamos que en épocas de prosperidad económica surgen teorías optimistas que minimizan el papel de las leyes económicas independientes del control de los Estados, como son las leyes de los ciclos del capital, y exageran el papel de la política, haciendo de la voluntad de los políticos el factor determinante del proceso social. Pero cuando sobreviene una nueva depresión y el elemento económico se vuelve indomable, esas teorías ceden el paso a interpretaciones que reflejan mejor la realidad del desarrollo social y la relación entre el factor económico y el político.
Sin embargo, la influencia ideológica de las teorías dominantes que aparecen en épocas de prosperidad logran penetrar a tal grado en las mentes de los estudiosos del comportamiento social, que ni la evidencia de la crisis económica les hace reaccionar para desterrar las interpretaciones voluntaristas. Este fenómeno es más frecuente entre los sociólogos y los politólogos, debido a que durante su formación intelectual como “especialistas” del factor sociológico o del factor político aprendieron a situar a estos factores como los determinantes del proceso histórico global. Pero también los “economistas” se dejan llevar a hacia estas interpretaciones que surgen en épocas de prosperidad o fatalistas surgidas en periodos de depresión. Esto se debe a que en sus estudios de desarrollo económico, el análisis de las tendencias a “corto plazo” predomina sobre el análisis de las tendencias a “largo plazo”. El economismo tiende a interpretar los procesos históricos como procesos económicos sin una relación clara con la lucha de clases. A menudo, cuando el economista predice la catástrofe, el estado de la lucha de clases se modifica e invierte la tendencia económica. O, al contrario, cuando predice el fortalecimiento de las clases dominadas gracias a reformas económicas tales como la nacionalización, el “largo plazo” se encarga de revelar que la nacionalización ha debilitado el poder de las clases dominadas porque ha fortalecido el potencial represivo del capitalismo de Estado.
En El Salvador, donde no existen organizaciones políticas independientes, sino un monopolio del control de los aparatos políticos y sindicales en el seno de los cuales la lucha de clases se realiza únicamente en forma atenuada, sin hacer evidente su determinación sobre el proceso histórico, las condiciones para el surgimiento de interpretaciones voluntaristas son muy favorables. Las reformas efectuadas por la clase dominante a través del aparato estatal aparecen, a los ojos de las interpretaciones voluntaristas, como reformas decididas por la voluntad del equipo gobernante: bien como la “buena voluntad” del gobernante que ha decidido ponerse al lado del pueblo (razonamiento de la derecha), bien como la “mala voluntad” de hacer reformas para mejor manipular y explotar la fuerza de las masas (razonamiento de la izquierda).
En fin, las teorías sobre el populismo como factor del desarrollo capitalista incurren muchas veces en estas interpretaciones. La ideología dominante no sólo tiende a negar la existencia de los ciclos económicos de “corta duración”, sino que también tiende a negar en bloque la naturaleza cíclica de los procesos sociales, en especial los de “larga duración”. Si es verdad que la ideología dominante ha tomado a su cargo el negar la existencia cíclica de los procesos sociales, también es verdad que esta ideología ha logrado influir en ocasiones al pensamiento marxista. Afirmar simplemente que se “acusa gratuitamente” a los Estados Unidos de la dependencia económica de nuestros pueblos, ya que “miles de nuestros compatriotas emigran hacia ese país en busca de trabajo” y que por “ello deberíamos estarles agradecidos”, es darle la espalda a la historia y desconocer el desarrollo del capitalismo, de las fuerzas productivas y de las evidentes contradicciones del sistema.





1 comentarios:
Kiubole, soy Juan Carlos Sura, del blog Sura’s Way. He escrito una entrada donde estoy suplicando de la ayuda de blogs, redes sociales y webs para que se unan a la iniciativa que ahí propongo. ¿Me podrías ayudar?
Por favor lee la entrada a ver si te parece
http://surasway.blogspot.com/2010/04/quisiera-escribirle-al-senor-fiscal.html
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