No es cualquier cosa pensar que en El Salvador ya no hay hombres indispensables, aunque aún no sea un país de “instituciones y de leyes”, como lo escribió Montesquieu en El espíritu de las leyes. Todavía los hombres pesan mucho; pero ya no hay caudillos ni líderes carismáticos, ni gobernantes insustituibles. Ni en las pequeñas comunidades, pueblos y villas pues, donde la trilogía alcalde, cura y profesor eran lo máximo y por diversas razones se ganaban a pulso el respeto de los ciudadanos.
Debe satisfacernos haber contado con varios ciudadanos a quienes la opinión atribuyó legítimo deseo de ser postulados a la presidencia de la república por cuanto advertía en ellos no solamente posibilidades políticas sino a la vez aptitudes suficientes y dicen que muchos de ellos contaban con “principios revolucionarios”. De antaño se recuerda a Arturo Romero, Roberto Edmundo Canesa, Fabio Castillo, Rafael Menjívar, Reynaldo Galindo Polh y tantos ilustres más. Más cerca de nuestro tiempo, Jorge Schafick Handal. En varios de ellos había experiencia en la política de gobierno y de partido, capacidad administrativa bien probada, cultura y don de mando.
Los mencionados, con sus peculiaridades y matices, con preponderancia de algunas cualidades sobre otras y sus inevitables limitaciones humanas, habrían sido buenos jefes de Estado. No podemos adivinar el futuro ni las circunstancias del momento; pero si los pueblos se equivocan también pueden rectificar, ni adormecerse ni aceptar para siempre el dolor y la frustración del fracaso. Los hombres citados, con excepción de Galindo Polh, fueron perseguidos, encarcelados, exiliados y hasta intentos de asesinato como el caso del Dr. Arturo Romero.
En el presente, dicho está, no existen grandes hombres, líderes capaces, políticos con honestidad comprobada. La izquierda está desorientada, con muy poco peso para crear y formular ideas, ya no digamos programas y planes concretos para crecer y fomentar optimismo y credibilidad en la juventud, reserva estratégica de los pueblos. La derecha está en franca decadencia, no sólo dividida, fraccionada, sino herida de muerte, se ha vuelto invertebrada, dicen cualquier cosa, no razonan ni están en condiciones de ser una auténtica fuerza opositora al gobierno: sus insultos, sus calumnias, sus rabietas, han sustituido al mensaje hiriente, coherente y contundente. No tiene liderazgo ni es capaz de “producir mártires”, para al menos encontrar resonancia en el pueblo. También a la izquierda le faltan profetas y apóstoles. Un hombre de la talla de monseñor Oscar Arnulfo Romero, continúa siendo su referente.
¿Va un candidato, por revolucionario que parezca, a proclamarse izquierdista (nuestro actual presidente alguna vez lo mencionó pero rápidamente rectificó, al menos en los crudos hechos) cuando “izquierda” no significa hoy por hoy en El Salvador lo mismo que en países donde funcionan partidos respetables de diversos matices izquierdistas, con una programática definida y una actuación política congruente y franca? Si frases y consignas como: La lucha continúa o Nace la esperanza, viene el cambio, tienen todavía repercusión entre la población, en la práctica la analizamos como una evasión retórica. Lenin mismo se refirió incontablemente a la “lucha” y al “cambio” de estructuras; pero eso tenía un sentido y un compromiso de clase con los sectores más desposeídos.
Los cambios “pueden hacerse desde la Constitución”, decía Schafick Handal. Lo repiten muchos dirigentes del FMLN; pero ¿es esto sostenible” Lo decimos por lo visto en el presente: los sistemas educativos y de salud se mantienen iguales, lo mismo la tenencia de la tierra y todos los programas sociales. No se pide ir más allá de la Constitución; pero al menos interpretar algunos de sus capítulos y artículos y proceder a favorecer a la población con programas amplios, seguros y transformadores de la realidad nacional. La Carta Magna ha sufrido más de cincuenta reformas en medio siglo; perdura. No hay razón para suponer que en los años venideros deje de proseguir enmendándose el texto constitucional, y así, estadísticamente, en cien años tendremos trescientas reformas aparte de las hechas hasta aquí.
¿En qué medida tales cambios o enunciados sobre la Constitución han influido en beneficio directo a las mayorías poblacionales? No lo sabemos, quizás los políticos de una y otra tendencia nos lo podrán aclarar. La Carta Magna es un instrumento, un medio, el bien social es el fin. Lo han dicho los grandes tratadistas desde la Roma imperial, pasando por los Enciclopedistas franceses, hasta los expertos juristas de la actualidad. Si podemos mantener el marco ideológico inmutable y firme, si logramos conservar los principios cardinales como base inconmovible, en buena hora continuemos reformando, revisando, cambiando leyes y códigos; pero sin borrar ni renunciar al máximo principio de convertir al ser humano, al salvadoreño más humilde, el sujeto y objeto del bienestar general.
Los líderes, los grandes hombres, surgen por generación espontánea; pero se forman, se consolidan en el fragor de las grandes batallas, en las acciones concretas. Un presidente, un jefe de Estado, pasará a la historia al comprometerse fuertemente con su pueblo, al hacer realidad todos los sueños y esperanzas, al sumar las pequeñas cosas hasta lograr la plena felicidad de sus gobernados.
Debe satisfacernos haber contado con varios ciudadanos a quienes la opinión atribuyó legítimo deseo de ser postulados a la presidencia de la república por cuanto advertía en ellos no solamente posibilidades políticas sino a la vez aptitudes suficientes y dicen que muchos de ellos contaban con “principios revolucionarios”. De antaño se recuerda a Arturo Romero, Roberto Edmundo Canesa, Fabio Castillo, Rafael Menjívar, Reynaldo Galindo Polh y tantos ilustres más. Más cerca de nuestro tiempo, Jorge Schafick Handal. En varios de ellos había experiencia en la política de gobierno y de partido, capacidad administrativa bien probada, cultura y don de mando.
Los mencionados, con sus peculiaridades y matices, con preponderancia de algunas cualidades sobre otras y sus inevitables limitaciones humanas, habrían sido buenos jefes de Estado. No podemos adivinar el futuro ni las circunstancias del momento; pero si los pueblos se equivocan también pueden rectificar, ni adormecerse ni aceptar para siempre el dolor y la frustración del fracaso. Los hombres citados, con excepción de Galindo Polh, fueron perseguidos, encarcelados, exiliados y hasta intentos de asesinato como el caso del Dr. Arturo Romero.
En el presente, dicho está, no existen grandes hombres, líderes capaces, políticos con honestidad comprobada. La izquierda está desorientada, con muy poco peso para crear y formular ideas, ya no digamos programas y planes concretos para crecer y fomentar optimismo y credibilidad en la juventud, reserva estratégica de los pueblos. La derecha está en franca decadencia, no sólo dividida, fraccionada, sino herida de muerte, se ha vuelto invertebrada, dicen cualquier cosa, no razonan ni están en condiciones de ser una auténtica fuerza opositora al gobierno: sus insultos, sus calumnias, sus rabietas, han sustituido al mensaje hiriente, coherente y contundente. No tiene liderazgo ni es capaz de “producir mártires”, para al menos encontrar resonancia en el pueblo. También a la izquierda le faltan profetas y apóstoles. Un hombre de la talla de monseñor Oscar Arnulfo Romero, continúa siendo su referente.
¿Va un candidato, por revolucionario que parezca, a proclamarse izquierdista (nuestro actual presidente alguna vez lo mencionó pero rápidamente rectificó, al menos en los crudos hechos) cuando “izquierda” no significa hoy por hoy en El Salvador lo mismo que en países donde funcionan partidos respetables de diversos matices izquierdistas, con una programática definida y una actuación política congruente y franca? Si frases y consignas como: La lucha continúa o Nace la esperanza, viene el cambio, tienen todavía repercusión entre la población, en la práctica la analizamos como una evasión retórica. Lenin mismo se refirió incontablemente a la “lucha” y al “cambio” de estructuras; pero eso tenía un sentido y un compromiso de clase con los sectores más desposeídos.
Los cambios “pueden hacerse desde la Constitución”, decía Schafick Handal. Lo repiten muchos dirigentes del FMLN; pero ¿es esto sostenible” Lo decimos por lo visto en el presente: los sistemas educativos y de salud se mantienen iguales, lo mismo la tenencia de la tierra y todos los programas sociales. No se pide ir más allá de la Constitución; pero al menos interpretar algunos de sus capítulos y artículos y proceder a favorecer a la población con programas amplios, seguros y transformadores de la realidad nacional. La Carta Magna ha sufrido más de cincuenta reformas en medio siglo; perdura. No hay razón para suponer que en los años venideros deje de proseguir enmendándose el texto constitucional, y así, estadísticamente, en cien años tendremos trescientas reformas aparte de las hechas hasta aquí.
¿En qué medida tales cambios o enunciados sobre la Constitución han influido en beneficio directo a las mayorías poblacionales? No lo sabemos, quizás los políticos de una y otra tendencia nos lo podrán aclarar. La Carta Magna es un instrumento, un medio, el bien social es el fin. Lo han dicho los grandes tratadistas desde la Roma imperial, pasando por los Enciclopedistas franceses, hasta los expertos juristas de la actualidad. Si podemos mantener el marco ideológico inmutable y firme, si logramos conservar los principios cardinales como base inconmovible, en buena hora continuemos reformando, revisando, cambiando leyes y códigos; pero sin borrar ni renunciar al máximo principio de convertir al ser humano, al salvadoreño más humilde, el sujeto y objeto del bienestar general.
Los líderes, los grandes hombres, surgen por generación espontánea; pero se forman, se consolidan en el fragor de las grandes batallas, en las acciones concretas. Un presidente, un jefe de Estado, pasará a la historia al comprometerse fuertemente con su pueblo, al hacer realidad todos los sueños y esperanzas, al sumar las pequeñas cosas hasta lograr la plena felicidad de sus gobernados.





1 comentarios:
LA VERDAD FUNES DESDE HACE MUCHO YA NO SIMBOLIZA EL CAMBIO Y MENOS LA ESPERANZA
SE NOTA QUE NO TIENE NI LA MAS MINIMA INTENCION DE REALIZAR LOS CAMBIO QUE EL PUEBLO POR DECADAS A ANHELADO
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