Es importante señalar el uso de la palabra, de la frase, la oración y el argumento para rebatir o sugerir conceptos; lo mismo el peligroso encanto del verbo y el sustantivo, de esa palabra hablada o escrita que conmueve, vive un minuto y se deshace; del sonido efímero que no se endurece en acción y por lo mismo brilla y se consume. En este espacio lo sentimos a cada momento: nuestros estimados lectores muchas veces pretenden darnos lecciones, tanto de la gramática como del contenido de los artículos: tantas veces aciertan, otras no profundizan en la sustancia y se quedan en la superficialidad. En ambos casos, respetamos sus opiniones tan valiosas como elocuentes.
Nosotros, mis contemporáneos, contemplamos de cerca la luz de la palabra dicha o escrita por los grandes maestros: Azorín con su elegancia; Dostoievski, con su penetración psicológica o Hemingway, con su estilo preciso. Intentamos iluminar el panorama, descubrir las interioridades de la política, de las ciencias económicas y las controversias de la sociedad. El sujeto, el verbo y el predicado. Arte menospreciado hoy, pero que sin la grandeza y el orgullo de antaño se practica, clandestino, vergonzante. Deformado, enmascarado, existirá en tanto la vida política, colectiva, lo necesite; ni tan despreciable como muchos suponen, ni tan glorioso como ayer, el arte de decir estará siempre presente.
Ya el viejo de los ojos incansables, Menéndez Pelayo, escribía hace muchos años que lo más original de la poesía americana era, a su juicio, en primer lugar la descriptiva y, en segundo, la poesía política. El arte del decir político tiene entre nosotros una larga tradición y a menudo, indudable belleza. Whitman, cantor de la libertad y del hombre; Vallejo y Neruda, son nada más tres ejemplos de lo dicho. Lo hemos vivido y sentido desde de la primaria, pasando por la secundaria y los estudios superiores. Muchos lo hacen de manera autodidáctica y de seguro saben apreciar mucho más la sonoridad, la fuerza del mensaje y el sortilegio de la palabra.
Con Alfredo Espino asistimos al recital romántico de la palabra: poesía hermosa para miles de salvadoreños, ingenua para otros. Con Oswaldo Escobar Velado y Roque Dalton García la poesía adquiere otros valores. Los aprendimos a querer de la mano de los grandes forjadores y animadores de ideas. Después se volvió una manía: el confrontar ideas y conceptos, el enfrentar los grandes problemas con la palabra y el verso. La elaboración de ideas, la coherencia, la sintaxis, el ritmo. Dicen muchos que la brillantez de Masferrer no estaba tanto en sus ensayos, como en la discusión, en la conferencia y en el discurso. En la polémica, al igual que el incomparable Francisco Gavidia, manejaba un sutil proceso dialéctico. Sintetizaba los argumentos del contrario, los ordenaba y clarificaba, para destruirlos de manera fría y sistemática. Dicen sus biógrafos que con voz poco matizada, a veces casi monótona, pero incansable que sólo elevaba en algún pasaje de contenido lirismo.
Dicen que Cortazar era un caso extraordinario de expositor lógico. Lo mismo que García Márquez. Escucharlo era como abrir el revés de un reloj y ver trabajar su fina maquinaria. A veces se perdía en largas divagaciones, como es natural en la mayoría de argentinos, entre cuyos laberintos hallaba siempre el hilo sutil del discurso interrumpido. Alarde de organización mental, era un modelo elocuentísimo de la antielocuencia. En nuestra particular sociedad, se habla mucho de las virtudes de orador del doctor Alfredo Martínez Moreno, más allá de sus inclinaciones políticas. Aseguran sus amigos que sus discursos los preparaba desde el baño, salía con su bata y presto al escritorio a ordenar las ideas. Después vendría la elocuencia y la virtud de contar son sabrosura sus experiencias.
Estudiar todos estos ejemplos y otros muchas de nuestra lengua u otras, mis caros amigos, es y era un deber y una aventura alucinante para quienes, en cierta medida, nos consideramos encantadores de serpientes. Por ello puedo afirmar que la lección esencial, primaria, que recoge quien observa el trabajo de los grandes del idioma político es, sin duda, que la exposición verbal de las cuestiones, ideas y problemas ha de sujetarse, para ser viva, eficaz, a una medida, a un límite. Cuando desborda rompiendo sus diques o se hace corriente incontenible repitiéndose hora por hora, se convierte en demagogia, a la larga intrascendente y banal. El sentido de las proporciones que es una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.
Nosotros, mis contemporáneos, contemplamos de cerca la luz de la palabra dicha o escrita por los grandes maestros: Azorín con su elegancia; Dostoievski, con su penetración psicológica o Hemingway, con su estilo preciso. Intentamos iluminar el panorama, descubrir las interioridades de la política, de las ciencias económicas y las controversias de la sociedad. El sujeto, el verbo y el predicado. Arte menospreciado hoy, pero que sin la grandeza y el orgullo de antaño se practica, clandestino, vergonzante. Deformado, enmascarado, existirá en tanto la vida política, colectiva, lo necesite; ni tan despreciable como muchos suponen, ni tan glorioso como ayer, el arte de decir estará siempre presente.
Ya el viejo de los ojos incansables, Menéndez Pelayo, escribía hace muchos años que lo más original de la poesía americana era, a su juicio, en primer lugar la descriptiva y, en segundo, la poesía política. El arte del decir político tiene entre nosotros una larga tradición y a menudo, indudable belleza. Whitman, cantor de la libertad y del hombre; Vallejo y Neruda, son nada más tres ejemplos de lo dicho. Lo hemos vivido y sentido desde de la primaria, pasando por la secundaria y los estudios superiores. Muchos lo hacen de manera autodidáctica y de seguro saben apreciar mucho más la sonoridad, la fuerza del mensaje y el sortilegio de la palabra.
Con Alfredo Espino asistimos al recital romántico de la palabra: poesía hermosa para miles de salvadoreños, ingenua para otros. Con Oswaldo Escobar Velado y Roque Dalton García la poesía adquiere otros valores. Los aprendimos a querer de la mano de los grandes forjadores y animadores de ideas. Después se volvió una manía: el confrontar ideas y conceptos, el enfrentar los grandes problemas con la palabra y el verso. La elaboración de ideas, la coherencia, la sintaxis, el ritmo. Dicen muchos que la brillantez de Masferrer no estaba tanto en sus ensayos, como en la discusión, en la conferencia y en el discurso. En la polémica, al igual que el incomparable Francisco Gavidia, manejaba un sutil proceso dialéctico. Sintetizaba los argumentos del contrario, los ordenaba y clarificaba, para destruirlos de manera fría y sistemática. Dicen sus biógrafos que con voz poco matizada, a veces casi monótona, pero incansable que sólo elevaba en algún pasaje de contenido lirismo.
Dicen que Cortazar era un caso extraordinario de expositor lógico. Lo mismo que García Márquez. Escucharlo era como abrir el revés de un reloj y ver trabajar su fina maquinaria. A veces se perdía en largas divagaciones, como es natural en la mayoría de argentinos, entre cuyos laberintos hallaba siempre el hilo sutil del discurso interrumpido. Alarde de organización mental, era un modelo elocuentísimo de la antielocuencia. En nuestra particular sociedad, se habla mucho de las virtudes de orador del doctor Alfredo Martínez Moreno, más allá de sus inclinaciones políticas. Aseguran sus amigos que sus discursos los preparaba desde el baño, salía con su bata y presto al escritorio a ordenar las ideas. Después vendría la elocuencia y la virtud de contar son sabrosura sus experiencias.
Estudiar todos estos ejemplos y otros muchas de nuestra lengua u otras, mis caros amigos, es y era un deber y una aventura alucinante para quienes, en cierta medida, nos consideramos encantadores de serpientes. Por ello puedo afirmar que la lección esencial, primaria, que recoge quien observa el trabajo de los grandes del idioma político es, sin duda, que la exposición verbal de las cuestiones, ideas y problemas ha de sujetarse, para ser viva, eficaz, a una medida, a un límite. Cuando desborda rompiendo sus diques o se hace corriente incontenible repitiéndose hora por hora, se convierte en demagogia, a la larga intrascendente y banal. El sentido de las proporciones que es una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.





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