Los grandes temas y la problemática siempre aguda de este país se toman demasiado a la ligera. Existe mucho prejuicio y sesgo ideológico de los editorialistas y los llamados “analistas” de la prensa nacional. Lo vemos cuando se trata de defender el derecho a la libertad de expresión y la “oferta y la demanda”, como fórmula mágica para regular los precios, en ambos casos no hay profundidad ni respeto a la controversia y mucho menos a la disidencia. En el fondo, se impone el aspecto económico.
No creo que ninguno esté falto de capacidad interpretativa, pero estoy seguro de que muy pocos la utilizan para descender de la superficie donde ubica sus textos el redactor común y corriente, a la profundidad que raras veces dejan ver los sucesos cuando acontecen. Esta dimensión discreta, pudorosa, hipócrita de los hechos pertenece en curiosidad y avidez profesional al editorialista, cuya misión trascendente sería dada a conocer.
Nuestros estimados lectores y un servidor sabemos, y por supuesto lo conocen cuantos se integran a la cofradía comodona de la interpretación editorial, que las cosas no son así. Los editoriales de algunos medios nacionales, sobre todo el diario de hoy, no buscan orientar sobre determinados temas, digamos la libertad de expresión, el modelo económico, las inversiones, los partidos políticos de la izquierda, en realidad uno, o las políticas del gobierno, sino confundir y criticar desde su posición ideológica. Es decir: una oposición férrea a todo cambio que signifique controlar el abuso contra la población, digamos los altísimos precios de los medicamentos o la regulación en el uso de la telefonía o en las tarifas de luz eléctrica.
Desde luego, no todos los proyectos o iniciativas del gobierno deben catalogarse como buenas, para eso está el papel de la prensa: funcionar como fiscalizadores; pero, por ejemplo, acusar despiadadamente a una jueza que únicamente se limita a cumplir la ley o fustigar a la Corte Suprema de Justicia por su legítimo derecho a interpretar los alcances de la libertad de expresión, es sobrepasar las fronteras de la tolerancia y como dicho está la capacidad del debate y la disidencia. El Viceministro de Salud Pública, Eduardo Espinoza, para el caso, es el “enemigo público” número uno de los medios de difusión, sobre todo de el diario de hoy, por “atreverse” a elaborar un estudio sobre el costo y calidad de las medicinas en el país. El anteproyecto para convertirse en Ley de Medicamentos descansa actualmente en la Asamblea Legislativa.
Hasta hoy no hemos visto un análisis a fondo en los periódicos sobre los alcances de este anteproyecto. Algunos, debemos reconocerlo, intentan tímidas exploraciones, sondeos esclarecedores; lo más se limitan a fotografiar superficialmente y con posiciones sesgadas un problema que atañe a todo el pueblo salvadoreño, vistiéndola de fantasía, endomingándola de adjetivos y verbos en procesión espectacular. Uno que otro comentarista asume oficios sibilinos; la mayoría (si podemos llamar así a los “analistas” totalmente ubicados en el espectro de la derecha) se concreta a dar sablazos, a despotricar y acusar a las autoridades de Salud Pública de intervenir en el “sagrado” libre mercado, a intentar introducir regulaciones y controles de precios”, al y como lo hace “el presidente Chávez en Venezuela”, como parte de una repulsiva campaña mediática.
Tomados al azar cualquiera de tan “insignes” editorialistas y “analistas”, no alcanzaría prestigio ni autoridad suficientes para ser tomados en cuenta o siquiera para inquietar, sensibilizar, preocupar o estimular a sus lectores. Y no hago distingos entre toda esa fauna de “escritores” de periódicos. Se dicen orfebres del idioma, pero al igual que sus antecesores, son simples repetidores de gacetillas, plumíferos a sueldo o simplemente tontos útiles como tantos enlistados en las páginas de ese periódico amarillista llamado el diario de hoy. No se puede reclamar una posición distinta de tales “analistas” puesto que responden a las exigencias ideológicas del director del matutino; pero si tuvieran un mínimo de dignidad o aprecio a su familia y a su círculo de amistades, hace tiempo hubieran abandonado ese barco y buscado pasaje en un buque distinto.
Desde luego, lo hemos repetido hasta la saciedad, el periodista se encuentra delante de situaciones de hecho que dependen de factores generales mucho más potentes que la ética profesional. Y no se puede esperar luchar únicamente amparándose en la ética profesional contra fuerzas económicas, políticas y sociales. Los “analistas” y columnistas, por lo general, no son periodistas ni cobran mensualmente en la planilla de tales medios, por lo tanto quizá no entran en esta categoría; pero al menos deben respeto a los lectores y sobre todo a su dignidad, si todavía la tienen. No se debe “subestimar jamás las fuerzas morales”. Hay una tendencia materialista que consiste en creer que todo está determinado por las fuerzas materiales. La sociedad humana no es únicamente material; la fuerza de las concepciones morales es contagiosa. Hay ejemplos de resistencia a la tentación que refuerzan el poder de resistir más tarde y que son comunicativos. Así mismo, hay ejemplos de abandono que disminuyen la resistencia y que son comunicativos igualmente.
Los “analistas” pueden hacer críticas agudas al gobierno, pero no deben hacerlo con fanatismo ni mucho menos calumniar o hacerlo de manera superficial. Al Ministerio de Obras Públicas, por ejemplo, lo acusan de no “hacer nada para aliviar el dolor de las personas” con el deterioro de las cárcavas; de manera perversa “se olvidan” de mencionar que tales cavernas vienen de años atrás y obedecen a varios factores, a saber: los gobiernos anteriores dieron permisos de construcción de viviendas y centros comerciales en terrenos altamente vulnerables, permitieron alegremente la deforestación, el deterioro ambiental y nunca supervisaron las obras de drenaje. Con el paso de los años las cañerías se han reventado, el suelo agrietado y las lluvias han contribuido a los deslaves.
A tales “analistas” como a periodistas es necesario recordarles que hay ciertas fórmulas prácticas que pueden limitar la dependencia frente a ciertos grupos de presión, en el plano material. Primeramente, en materia de publicidad: mientras más se desarrolla un país, el número de empresas económicas y comerciales crece y para resistir a los grupos de presión, la única solución es el fraccionamiento de empresas de publicidad, pero también una posición firme y ecuánime de determinados funcionarios gubernamentales. Desde luego, el criterio y la dignidad de los escritores. En todos debe prevalecer el deber de permanecer libres y no someterse a “don dinero”, a la promesa de un empleo bien remunerado o tristemente aceptar como válido que la lucha es contra “los comunistas” o porque están en peligro la democracia, nuestros valores y las libertades. El gran dilema está, pues, entre la independencia y la dignidad, y el sometimiento al poder.
Finalmente, estos “analistas” y, desde luego, muchos periodistas, tienen a veces la tendencia de halagar los instintos del público para supuestamente atraer a un número mayor de lectores. Esta tendencia, sin embargo, hace bajar la calidad de la prensa, puesto que lo que hace aumentar el tiraje de los diarios es la exaltación de los vicios del público y no la exaltación de sus virtudes. En efecto, son el sadismo, el crimen, la sensualidad, las fotografías pornográficas, los cadáveres sin cabeza, lo que más atrae a los lectores. Ustedes lo están viendo en la actualidad con la despiadada cobertura que se hace a tales hechos, que pareciera obedecer a una determinada agenda política y no al interés de la sociedad por lograr paz, justicia y bienestar general. En síntesis, tanto “analistas” como periodistas,deben tratar de frenar lo malsano en esa forma de sensacionalismo. La mayoría de los códigos de honor indican la necesidad de mantener un espíritu de decencia, y proteger a los débiles.
No creo que ninguno esté falto de capacidad interpretativa, pero estoy seguro de que muy pocos la utilizan para descender de la superficie donde ubica sus textos el redactor común y corriente, a la profundidad que raras veces dejan ver los sucesos cuando acontecen. Esta dimensión discreta, pudorosa, hipócrita de los hechos pertenece en curiosidad y avidez profesional al editorialista, cuya misión trascendente sería dada a conocer.
Nuestros estimados lectores y un servidor sabemos, y por supuesto lo conocen cuantos se integran a la cofradía comodona de la interpretación editorial, que las cosas no son así. Los editoriales de algunos medios nacionales, sobre todo el diario de hoy, no buscan orientar sobre determinados temas, digamos la libertad de expresión, el modelo económico, las inversiones, los partidos políticos de la izquierda, en realidad uno, o las políticas del gobierno, sino confundir y criticar desde su posición ideológica. Es decir: una oposición férrea a todo cambio que signifique controlar el abuso contra la población, digamos los altísimos precios de los medicamentos o la regulación en el uso de la telefonía o en las tarifas de luz eléctrica.
Desde luego, no todos los proyectos o iniciativas del gobierno deben catalogarse como buenas, para eso está el papel de la prensa: funcionar como fiscalizadores; pero, por ejemplo, acusar despiadadamente a una jueza que únicamente se limita a cumplir la ley o fustigar a la Corte Suprema de Justicia por su legítimo derecho a interpretar los alcances de la libertad de expresión, es sobrepasar las fronteras de la tolerancia y como dicho está la capacidad del debate y la disidencia. El Viceministro de Salud Pública, Eduardo Espinoza, para el caso, es el “enemigo público” número uno de los medios de difusión, sobre todo de el diario de hoy, por “atreverse” a elaborar un estudio sobre el costo y calidad de las medicinas en el país. El anteproyecto para convertirse en Ley de Medicamentos descansa actualmente en la Asamblea Legislativa.
Hasta hoy no hemos visto un análisis a fondo en los periódicos sobre los alcances de este anteproyecto. Algunos, debemos reconocerlo, intentan tímidas exploraciones, sondeos esclarecedores; lo más se limitan a fotografiar superficialmente y con posiciones sesgadas un problema que atañe a todo el pueblo salvadoreño, vistiéndola de fantasía, endomingándola de adjetivos y verbos en procesión espectacular. Uno que otro comentarista asume oficios sibilinos; la mayoría (si podemos llamar así a los “analistas” totalmente ubicados en el espectro de la derecha) se concreta a dar sablazos, a despotricar y acusar a las autoridades de Salud Pública de intervenir en el “sagrado” libre mercado, a intentar introducir regulaciones y controles de precios”, al y como lo hace “el presidente Chávez en Venezuela”, como parte de una repulsiva campaña mediática.
Tomados al azar cualquiera de tan “insignes” editorialistas y “analistas”, no alcanzaría prestigio ni autoridad suficientes para ser tomados en cuenta o siquiera para inquietar, sensibilizar, preocupar o estimular a sus lectores. Y no hago distingos entre toda esa fauna de “escritores” de periódicos. Se dicen orfebres del idioma, pero al igual que sus antecesores, son simples repetidores de gacetillas, plumíferos a sueldo o simplemente tontos útiles como tantos enlistados en las páginas de ese periódico amarillista llamado el diario de hoy. No se puede reclamar una posición distinta de tales “analistas” puesto que responden a las exigencias ideológicas del director del matutino; pero si tuvieran un mínimo de dignidad o aprecio a su familia y a su círculo de amistades, hace tiempo hubieran abandonado ese barco y buscado pasaje en un buque distinto.
Desde luego, lo hemos repetido hasta la saciedad, el periodista se encuentra delante de situaciones de hecho que dependen de factores generales mucho más potentes que la ética profesional. Y no se puede esperar luchar únicamente amparándose en la ética profesional contra fuerzas económicas, políticas y sociales. Los “analistas” y columnistas, por lo general, no son periodistas ni cobran mensualmente en la planilla de tales medios, por lo tanto quizá no entran en esta categoría; pero al menos deben respeto a los lectores y sobre todo a su dignidad, si todavía la tienen. No se debe “subestimar jamás las fuerzas morales”. Hay una tendencia materialista que consiste en creer que todo está determinado por las fuerzas materiales. La sociedad humana no es únicamente material; la fuerza de las concepciones morales es contagiosa. Hay ejemplos de resistencia a la tentación que refuerzan el poder de resistir más tarde y que son comunicativos. Así mismo, hay ejemplos de abandono que disminuyen la resistencia y que son comunicativos igualmente.
Los “analistas” pueden hacer críticas agudas al gobierno, pero no deben hacerlo con fanatismo ni mucho menos calumniar o hacerlo de manera superficial. Al Ministerio de Obras Públicas, por ejemplo, lo acusan de no “hacer nada para aliviar el dolor de las personas” con el deterioro de las cárcavas; de manera perversa “se olvidan” de mencionar que tales cavernas vienen de años atrás y obedecen a varios factores, a saber: los gobiernos anteriores dieron permisos de construcción de viviendas y centros comerciales en terrenos altamente vulnerables, permitieron alegremente la deforestación, el deterioro ambiental y nunca supervisaron las obras de drenaje. Con el paso de los años las cañerías se han reventado, el suelo agrietado y las lluvias han contribuido a los deslaves.
A tales “analistas” como a periodistas es necesario recordarles que hay ciertas fórmulas prácticas que pueden limitar la dependencia frente a ciertos grupos de presión, en el plano material. Primeramente, en materia de publicidad: mientras más se desarrolla un país, el número de empresas económicas y comerciales crece y para resistir a los grupos de presión, la única solución es el fraccionamiento de empresas de publicidad, pero también una posición firme y ecuánime de determinados funcionarios gubernamentales. Desde luego, el criterio y la dignidad de los escritores. En todos debe prevalecer el deber de permanecer libres y no someterse a “don dinero”, a la promesa de un empleo bien remunerado o tristemente aceptar como válido que la lucha es contra “los comunistas” o porque están en peligro la democracia, nuestros valores y las libertades. El gran dilema está, pues, entre la independencia y la dignidad, y el sometimiento al poder.
Finalmente, estos “analistas” y, desde luego, muchos periodistas, tienen a veces la tendencia de halagar los instintos del público para supuestamente atraer a un número mayor de lectores. Esta tendencia, sin embargo, hace bajar la calidad de la prensa, puesto que lo que hace aumentar el tiraje de los diarios es la exaltación de los vicios del público y no la exaltación de sus virtudes. En efecto, son el sadismo, el crimen, la sensualidad, las fotografías pornográficas, los cadáveres sin cabeza, lo que más atrae a los lectores. Ustedes lo están viendo en la actualidad con la despiadada cobertura que se hace a tales hechos, que pareciera obedecer a una determinada agenda política y no al interés de la sociedad por lograr paz, justicia y bienestar general. En síntesis, tanto “analistas” como periodistas,deben tratar de frenar lo malsano en esa forma de sensacionalismo. La mayoría de los códigos de honor indican la necesidad de mantener un espíritu de decencia, y proteger a los débiles.





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