La adhesión del gobierno salvadoreño a determinados sistemas o modelos económicos y políticos, sobre todo las inclinaciones del presidente Funes, de ver como referentes a los mandatarios Lula, de Brasil y Barack Obama, de los Estados Unidos, despertó en su momento diversas reacciones y hasta contradicciones en el mismo seno del partido que lo llevó al ejecutivo: cómo es posible suspirar por el gigante imperial y alentar de manera tan vehemente por determinado país en América Latina, dejando de lado intereses y amigos más afines, pareció ser la pregunta que más flotaba en el ambiente.
En la campaña presidencial de hace poco más de un año la gente se preguntaba ¿qué clase de gobierno es el que más conviene a los intereses de El Salvador? Veníamos de cuatro consecutivos regímenes autoritarios, corruptos y nefastos como los de Arena, apenas habíamos salido de una dictadura militar y de diez años de una cruenta guerra civil. Los más atrevidos hablaban de la continuación peligrosa del fantasma fascista o de la aventura delirante de los románticos por la corriente socialista. Así eran de simples las definiciones, adornadas por las campañas mediáticas y los ecos de turbulentas pitonisas, anunciado catástrofes y saltos al vacío.
La experiencia después de un año con un nuevo gobierno nos ha respondido muchas preguntas: ni caímos en el vacío ni enfrentamos serias crisis a pesar del derrumbe financiero mundial, del deterioro ambiental, el recalentamiento global y las amenazas de hambruna a nivel mundial. Debemos, eso sí, hacer frente a otros desafíos más cercanos como el combate frontal contra la delincuencia, el crimen organizado, el contrabando y la corrupción, más que alentar populismos decadentes o evitar caer en la tentación de la demagogia y las salidas puntuales a problemas de corte estructural. Los grupos recalcitrantes siempre estarán “pendientes” del comportamiento gubernamental y listos a reaccionar a la menor medida o anuncio que pretenda revertir leyes o programas de alto beneficio para los sectores oligárquicos.
Lo de los referentes podría servir en la medida de aprovechar las ventajas del intercambio comercial, la asesoría y apoyo en cuestiones científicas, tecnológicas, culturales y educativas, en el financiamiento para obras de desarrollo nacional y en el reconocimiento a nuestra soberanía e independencia. Ya hace muchos años que el presidente Nixon de los Estados Unidos pronunció aquella famosa frase: “Debemos ir por donde va Brasil”. No se equivocó en cuanto al avance económico, tecnológico, agrícola, industrial y científico logrado por este gigante de Suramérica. ¿Estaremos nosotros aprovechando todas esas ventajas y ofrecimientos formulados por el presidente Lula? Es muy poco lo que se ha informado al respecto. No se trata de estar “a las órdenes de los socios mayoritarios” del más allá, sino de estudiar las ofertas, reflexionar sobre las posibilidades de los convenios y proceder con sabiduría.
Los consejeros del presidente al cual eligió la urgente necesidad del cambio, el cansancio de los salvadoreños de veinte años de corrupción y de alguna manera el rechazo de las lecciones de la historia, saben que la política exterior no puede ser, a la larga, sino reflejo y continuación de la interna. Por eso fracasó esa infame campaña de terror impulsada por los fascistas contra el FMLN y su candidato, por eso fue rechazada la vinculación que se intentó hacer con el comandante Hugo Chávez, de Venezuela, con el gobierno de Cuba o con las guerrillas colombianas. Con el paso del tiempo hemos aprendido que un país gobernado con preocupaciones de justicia en la vida de la colectividad nacional, no puede, sin desdoro de su dignidad o sin contradecirse a sí mismo, apoyar a regímenes desacreditados, corruptos. Por suerte para los pueblos, estos están a punto de desaparecer totalmente de Nuestra América. Lamentablemente quedan unos pocos todavía entregados a las directrices de Washington.
Nosotros todavía dudamos en avanzar a otros estadios de progreso y desarrollo. Con todo, no será para siempre pues las bases y los cimientos están echados. En este ambiente, mientras el gobierno parece titubear y dudar de cada leve avance en el camino reformista, la combinada acción de las fuerzas regresivas de la oligarquía, de los altos mandos militares, de políticos sin escrúpulos, se muestran cada vez más agresivos, amenazantes, dispuestos a evitar que se aprueben leyes como la de los Medicamentos o la portabilidad numérica, el cobro del segundo exacto por llamada o la no cancelación del saldo en tarjeta pagada; por el contrario la rancia burguesía quisiera que “las reglas se mantuvieran claras”, se “respetara” su libre iniciativa y se dejara al libre mercado regular los precios de las medicinas, de los productos básicos de la canasta básica y todo lo demás. Es decir, la extrema derecha no está dispuesta a permitir que el gobierno llegue algún día, hasta donde “el pueblo quiera”, como lo ha proclamado tantas veces, pues la simple adhesión al pensamiento de monseñor Romero, indica claramente eso y mucho más.
Nos preocupa eso sí que en las altas esferas gubernamentales “pululan y hostigan” los timoratos aunque eruditos técnicos, tan inteligente y prudentemente partidarios del “realismo político” que sentencian que no debe profundizarse en la Reforma Agraria y nada más continuar entregando títulos de propiedad sobre parcelas agrícolas, para “no molestar” a los terratenientes; que la democracia sindical debe tener un límite irrebasable: el de la tolerancia y aceptación de las condiciones esclavizantes en las maquileras y que, en fin, la justicia social y el nacimiento deben cultivarse sólo mientras no provoque malestar entre los inversionistas extranjeros, las cúpulas empresariales locales y hasta de “nuestros amigos” en Washington. A esos absurdos lleva el “realismo” tal y como lo entienden muchos de los cerebros mágicos, adornados con doctorados y licenciaturas y que retuercen lenguaje y realidades para ajustar nuestra problemática a esquemas tradicionalistas.
El país debe avanzar en todos los campos, no ser simple resonancia de intereses mezquinos, la política exterior debe basarse en principios internos, en la necesidad de obtener ayuda de naciones avanzadas, jamás estar signada por criterios ideológicos. Las críticas siempre estarán presentes, como dicho está, los retardatarios de la historia, jamás aceptarán cambios por modestos que sean en el modelo político, económico y social, por lo tanto el gobierno debe apoyarse en la fuerza del pueblo, en las mayorías poblacionales, que por largos años, siglos diríamos, han permanecido marginados, excluidos de todo beneficio social, esas mismas palabras que el presidente Funes pronunció en cadena nacional al dar a conocer la extensión del TPS para más de 250 mil salvadoreños que viven y trabajan en los Estados Unidos.
En la campaña presidencial de hace poco más de un año la gente se preguntaba ¿qué clase de gobierno es el que más conviene a los intereses de El Salvador? Veníamos de cuatro consecutivos regímenes autoritarios, corruptos y nefastos como los de Arena, apenas habíamos salido de una dictadura militar y de diez años de una cruenta guerra civil. Los más atrevidos hablaban de la continuación peligrosa del fantasma fascista o de la aventura delirante de los románticos por la corriente socialista. Así eran de simples las definiciones, adornadas por las campañas mediáticas y los ecos de turbulentas pitonisas, anunciado catástrofes y saltos al vacío.
La experiencia después de un año con un nuevo gobierno nos ha respondido muchas preguntas: ni caímos en el vacío ni enfrentamos serias crisis a pesar del derrumbe financiero mundial, del deterioro ambiental, el recalentamiento global y las amenazas de hambruna a nivel mundial. Debemos, eso sí, hacer frente a otros desafíos más cercanos como el combate frontal contra la delincuencia, el crimen organizado, el contrabando y la corrupción, más que alentar populismos decadentes o evitar caer en la tentación de la demagogia y las salidas puntuales a problemas de corte estructural. Los grupos recalcitrantes siempre estarán “pendientes” del comportamiento gubernamental y listos a reaccionar a la menor medida o anuncio que pretenda revertir leyes o programas de alto beneficio para los sectores oligárquicos.
Lo de los referentes podría servir en la medida de aprovechar las ventajas del intercambio comercial, la asesoría y apoyo en cuestiones científicas, tecnológicas, culturales y educativas, en el financiamiento para obras de desarrollo nacional y en el reconocimiento a nuestra soberanía e independencia. Ya hace muchos años que el presidente Nixon de los Estados Unidos pronunció aquella famosa frase: “Debemos ir por donde va Brasil”. No se equivocó en cuanto al avance económico, tecnológico, agrícola, industrial y científico logrado por este gigante de Suramérica. ¿Estaremos nosotros aprovechando todas esas ventajas y ofrecimientos formulados por el presidente Lula? Es muy poco lo que se ha informado al respecto. No se trata de estar “a las órdenes de los socios mayoritarios” del más allá, sino de estudiar las ofertas, reflexionar sobre las posibilidades de los convenios y proceder con sabiduría.
Los consejeros del presidente al cual eligió la urgente necesidad del cambio, el cansancio de los salvadoreños de veinte años de corrupción y de alguna manera el rechazo de las lecciones de la historia, saben que la política exterior no puede ser, a la larga, sino reflejo y continuación de la interna. Por eso fracasó esa infame campaña de terror impulsada por los fascistas contra el FMLN y su candidato, por eso fue rechazada la vinculación que se intentó hacer con el comandante Hugo Chávez, de Venezuela, con el gobierno de Cuba o con las guerrillas colombianas. Con el paso del tiempo hemos aprendido que un país gobernado con preocupaciones de justicia en la vida de la colectividad nacional, no puede, sin desdoro de su dignidad o sin contradecirse a sí mismo, apoyar a regímenes desacreditados, corruptos. Por suerte para los pueblos, estos están a punto de desaparecer totalmente de Nuestra América. Lamentablemente quedan unos pocos todavía entregados a las directrices de Washington.
Nosotros todavía dudamos en avanzar a otros estadios de progreso y desarrollo. Con todo, no será para siempre pues las bases y los cimientos están echados. En este ambiente, mientras el gobierno parece titubear y dudar de cada leve avance en el camino reformista, la combinada acción de las fuerzas regresivas de la oligarquía, de los altos mandos militares, de políticos sin escrúpulos, se muestran cada vez más agresivos, amenazantes, dispuestos a evitar que se aprueben leyes como la de los Medicamentos o la portabilidad numérica, el cobro del segundo exacto por llamada o la no cancelación del saldo en tarjeta pagada; por el contrario la rancia burguesía quisiera que “las reglas se mantuvieran claras”, se “respetara” su libre iniciativa y se dejara al libre mercado regular los precios de las medicinas, de los productos básicos de la canasta básica y todo lo demás. Es decir, la extrema derecha no está dispuesta a permitir que el gobierno llegue algún día, hasta donde “el pueblo quiera”, como lo ha proclamado tantas veces, pues la simple adhesión al pensamiento de monseñor Romero, indica claramente eso y mucho más.
Nos preocupa eso sí que en las altas esferas gubernamentales “pululan y hostigan” los timoratos aunque eruditos técnicos, tan inteligente y prudentemente partidarios del “realismo político” que sentencian que no debe profundizarse en la Reforma Agraria y nada más continuar entregando títulos de propiedad sobre parcelas agrícolas, para “no molestar” a los terratenientes; que la democracia sindical debe tener un límite irrebasable: el de la tolerancia y aceptación de las condiciones esclavizantes en las maquileras y que, en fin, la justicia social y el nacimiento deben cultivarse sólo mientras no provoque malestar entre los inversionistas extranjeros, las cúpulas empresariales locales y hasta de “nuestros amigos” en Washington. A esos absurdos lleva el “realismo” tal y como lo entienden muchos de los cerebros mágicos, adornados con doctorados y licenciaturas y que retuercen lenguaje y realidades para ajustar nuestra problemática a esquemas tradicionalistas.
El país debe avanzar en todos los campos, no ser simple resonancia de intereses mezquinos, la política exterior debe basarse en principios internos, en la necesidad de obtener ayuda de naciones avanzadas, jamás estar signada por criterios ideológicos. Las críticas siempre estarán presentes, como dicho está, los retardatarios de la historia, jamás aceptarán cambios por modestos que sean en el modelo político, económico y social, por lo tanto el gobierno debe apoyarse en la fuerza del pueblo, en las mayorías poblacionales, que por largos años, siglos diríamos, han permanecido marginados, excluidos de todo beneficio social, esas mismas palabras que el presidente Funes pronunció en cadena nacional al dar a conocer la extensión del TPS para más de 250 mil salvadoreños que viven y trabajan en los Estados Unidos.





2 comentarios:
Les dejo una iniciativa ciudadana que debería de ser divulgada.
http://www.efirmas.com/4049163/ok.html#firmar
NO, LOS CAMBIOS HASTA DONDE TU PRESIDENTE QUIERA...
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