31.8.10

Obama es un chivo expiatorio del poder económico

A raíz del anunciado viaje a Cuba del presidente Mauricio Funes se han producido una serie de reacciones de las cúpulas empresariales y de políticos de la derecha que desde largos años han mantenido una postura en contra del gobierno y de las políticas internas desarrolladas por las autoridades de la isla. Como ha sido usual hablan de “falta de libertades públicas”, “falta de condiciones para hacer negocios” e “irrespeto a las reglas del mercado”.

El mandatario razonó sobre las distintas reacciones: “Estamos ya en el siglo XXI, donde las relaciones internacionales se construyen, no a base de las ideologías, hay que superar ya esos resabios ideológicos. Me preocupa que un líder, de la talla del presidente Cristiani, porque es el presidente del principal partido de oposición, viva anclado en el pasado, viva atado por fuertes ataduras ideológicas”, acotó.

Cristiani le respondió: “¿Por qué Mauricio Funes no le dice a Barack Obama que vive en el pasado si (Estados Unidos) no tiene relaciones con Cuba?”.

Más allá de la polémica suscitada, en la que desde luego participan las cúpulas empresariales, políticos ultra conservadores y hasta medios de difusión haciendo causa común con la iniciativa privada y en contra de un pueblo y un régimen que lejos de atentar contra sus intereses mantiene firmes relaciones comerciales con determinadas empresas del país (TACA, Industrias Capri, Laboratorios López, entre otras), queremos profundizar en los que verdaderamente toman las grandes decisiones políticas y económicas en los Estados Unidos, pues el ex presidente Alfredo Cristiani, en un intento de justificar su posición anclada en el pasado ha citado a este país como un “ejemplo” de dignidad por “no mantener relaciones con Cuba”.

Estados Unidos es un país capitalista, altamente industrializado. Lo decimos porque la concentración monopolística no es, en modo alguno, un recurso retórico. Constituye, al revés, el elemento central de un mecanismo de producción de cuyas características últimas quizá no entendamos, todavía, bien. Es un hecho que las primeras 600 empresas industriales norteamericanas –de más de 400 mil-- proporcionan ocupación al 69 por ciento de la población fabril del país y que de esas 600, las 60 mayores controlan o realizan el 50% de la cifra anual de ventas. En 1948, los 200 mayores trusts norteamericanos retenían el 48% del total de los activos globales del sector industrial; en 1990 el 48% de los activos estaban en poder de sólo 100 empresas.

Las fusiones, los conglomerados transnacionales, el poder autónomo y financiero de esas enormes empresas constituyen una fuerza global totalizadora sin precedentes en la historia económica del mundo. Eso supone, a su vez, una organización que excede las fronteras internas, las fronteras nacionales para pasar a ser factores de presión, desarrollo e intervención – todo al tiempo-- en los más variados paralelos del mundo. Cuando Marx afirmaba que el capitalismo, en su primera fase expansiva, universalizaría la producción, apenas podía sospechar las dimensiones de su prospectiva profética.

Dadas esas proporciones, ¿quién gobierna Estados Unidos? Esa pregunta no es improcedente, lo sabe muy bien Cristiani. Es, al contrario, una de las más angustiosas interrogantes que se ha hecho desde hace muchos decenios, la clase liberal e intelectual norteamericana. John Galbraith, antes y los grandes pensadores actuales, hablan de una tecnoestructura que ocupa, en ese universo industrial, los puestos claves, los centros de decisión. William Domhoff, en su libro ¿Quién gobierna América? (lo pueden encontrar en Internet como ¿Who Rules America?), intenta dar respuesta a ese vasto cuestionario. En realidad se trata, desde Galbrait a Domhoff y pasando por infinitas variantes, de contestaciones e investigaciones particulares. Se diría que en el esquema de la totalidad la tecnoestructura afecta a todo el edificio político. Una parte considerable de los dirigentes de las gigantescas empresas privadas pasan directamente al poder. Los directores generales de la General Motors han ocupado el Departamento de Defensa; la Ford, a través de Mc Namara. También han estado y están presentes las grandes corporaciones industriales, jurídicas o bancarias en todos los sectores del gobierno y del poder público. McNamara, director de la Ford, fue Ministro de Defensa del presidente John F. Kennedy. El presupuesto del Pentágono quedaba así, una vez más, en manos de las grandes empresas o, al menos, en manos de uno de sus hombres más representativos. El poder tecnoestructural guardaba de esa manera, una vez más los puestos claves. El papel de la clase dominante no podía ser puesto en duda. ¿En esa situación que representa Barack Obama, el Senado y que representa la prensa liberal norteamericana que ataca, ahora, con todo su poder total al presidente Obama?

Cuando se produjo la destitución del presidente Nixon, no quedó duda alguna que Watergate fue un escándalo que ni de lejos permitió observar el fondo del problema. Este consistió, en su último sentido, en una crisis profunda en la tecnoestructura del poder económico que se escinde en dos enormes sectores muy complejos y cuyas raíces económicas, políticas e ideológicas se confunden: el capitalismo histórico que había llevado a los Estados Unidos, a partir de la guerra de 1898, a la cumbre del poder mundial y el capitalismo postindustrial que abarca ya los nuevos sectores de computación, electrónica, energía nuclear e ingeniería y física del espacio –entre otros-- y cuyo proyecto de poder es el siglo XXI y más.

En esta inmensa lucha – la más vasta, implacable y dramática que hayan vivido las sociedades industriales contemporáneas-- el hombre llamado Barack Obama, señor Cristiani, NO ES NADA. Hijo de inmigrante africano, negro, de la clase media pobre, conservador por casta, pero reaccionario en su día por las necesidades precisas de una promoción social, que no deparará a los grupos económicamente débiles otra posibilidad que el ascenso desde la derecha, Obama es desbordado ahora por una lucha cuyos caracteres les son tan incógnitos para él como la corriente matemática que conduce a los astronautas norteamericanos desde Cabo Kennedy al polvoriento e ingrávido paraíso desierto llamado Luna. Nixon en su momento no dudó en enterrar el hacha de la guerra fría en Pekín y Moscú. Obama tampoco dudará en sacrificar a Palestina e Irán en beneficio de los judíos y del poder económico.

Y es así, en síntesis, porque Obama no pertenece a la plutocracia tecnoestructural que gobierna, en su raíz misma, la nación norteamericana. Esa sociedad corporativa – nunca en el espacio económico del mundo se ha visto un poder industrial de ese carácter-- teñida ideológicamente de moralismo idealista, recontando ahora el dinero “de bolsillo” de Obama procede, contra él, desde la estructura absolutista de una casta social que considera, sin más, que el poder le pertenece. Se acusa a Obama de emplear en “su favor” sus cualidades de orador y de ciertas donaciones – a su vez ilegales-- que entregaran las “mismas” corporaciones que le propusiera al partido Demócrata que financiaron su campaña electoral. Lo que ocurre es: Obama no es uno de los grandes millonarios de la estructura política del país. Es el hijo de un inmigrante africano cuyo ascenso social ha sido jalonado por una infatigable, dramática, terrible carrera de humillaciones sociales, pese al hecho de haberse ajustado, matemáticamente, a las peores posiciones ideológicas de la extrema derecha americana.

Como lo dijimos en su momento, al analizar ¿Quién tiene el poder en El Salvador?, tratamos ahora de reflexionar sobre el poder en los Estados Unidos y todos esos ángulos particulares tomados por la prensa liberal para atacar y defender determinados privilegios, pues de manera hipócrita se cuida de denunciar la estructura y la tecnoestructura que produce o hace posible, técnicamente, la corrupción que ha ganado, inclusive, la Casa Blanca. Se cuida de investigar y denunciar las verdaderas causas que llevan a la muerte a los soldados norteamericanos en las gélidas montañas de Afanistán. La prensa liberal no integra los hechos en un marco de la totalidad que haga mentalmente inteligibles las causas del conflicto. Obama es el eslabón más débil de una cadena y ese eslabón vale, en términos de corrupción y de prepotencia, lo que la cadena entera. Convertir a Obama, como lo hace el señor Cristiani, en el chivo expiatorio de la sociedad postindustrial es eliminar del contexto, objetivamente, la reflexión iluminadora que nos revelaría el contenido global del problema.

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