La firma de 27 convenios para la construcción de viviendas populares, desarrollo energético, fomento agropecuario, relaciones comerciales más extensas y mucho más, entre Venezuela y Brasil, nos hace reflexionar sobre la verdadera realidad de la diplomacia y el papel por cumplir de los agentes externos de los Estados firmantes, esto es una empresa privada pujante y comprometida con el avance tecnológico, científico, social y económico de su pueblo.
En el mundo moderno, al menos, el ejercicio de la política exterior poco o nada tiene que ver ya con desfiles cívicos, ofrendas florales, pergaminos inútiles y susurros detrás de las cortinas. Es cosa, en verdad, de profesionales auténticos, de técnicos legítimos, de estudiosos profundos de la economía, la sociología comparada, los medios masivos de difusión de la cultura, por ejemplo. A los trajes típicos han sucedido las conferencias y simposios, a los diálogos de salón han seguido los bien disciplinados trabajos de gabinete, la ciencia estadística ha desterrado a las grabadoras secretas y así. Aunque, dicho sea en honor de seriedad, toda esa parafernalia fantasiosa, en realidad sólo se ha desenvuelto profusamente en los corto metrajes de intriga, en los novelones y en las películas baratas.
En el trabajo diplomático, asimismo, tampoco la actividad se aplana reduciéndose a las rutinas simples de las visitas de cortesía a colegas y mandatarios, a la extensión de visados a turistas de buena voluntad y a la colocación de ofrendas florales al pie de los monumentos nacionales. Nuestro embajador en Cuba, por ejemplo, no habrá de limitarse a manejar con más o menos soltura tales y cuales fórmulas de cortesía con los funcionarios y con la gente del país en que nos representa y a exponer, una vez sí y otra también, los propósitos amistosos que ahí nos animan. Tiene el poco experimentado diplomático una tarea de altísima importancia por la posibilidad de traducirla en mutuas enseñanzas valiosísimas. Tomar para nosotros las mejores experiencias cubanas en los métodos de solución aplicados a problemas de gran envergadura social como, digamos, la educación masiva del pueblo, la medicina alternativa, el desarrollo del deporte, justificaría por sí solo la más larga estancia y la labor más ardua.
Lo mismo podría pedirle al embajador en Washington, pues más de un tercio de nuestra población reside y trabaja en las más diferentes tareas en los Estados Unidos. No se trata únicamente de extender visas, entregar pasaportes o poner al día el censo de los salvadoreños, por supuesto los documentados, sino de velar por relaciones más trascendentales como el promover firma de convenios para la transferencia de tecnología, el otorgamiento de becas, o la asistencia en agricultura y capacitación para técnicos en las más variadas profesiones. El concretarse únicamente a informar sobre la ampliación del TPS, o enviar resúmenes a la Cancillería de los atropellos sufridos por los indocumentados o los problemas por venir debido a las medidas tomadas contra los inmigrantes en el Estado de Arizona, no es suficiente ni lo más importante por hacer en la nación más poderosa del mundo.
La política exterior, por tanto, está muy por encima de simples cortesanías. Pretende, en realidad, sumar el esfuerzo del país propio a las más fecundas corrientes del pensamiento y el trabajo ajenos, sin interferir en éstos ni comprometer aquél. No es, pues, labor distante ni desarticulada de la actividad general interna del país en juego; sino al contrario, la política exterior es reflejo fiel, producto lógico y consecuencia obligada de la mecánica social, económica y política de la nación que proyecta.
Quiere decir esto que, si nuestra política exterior ha sido tradicionalmente respetuosa del derecho ajeno, defensora intransigente de la autodeterminación de cada pueblo, pacifista incambiable, solidaria con los problemas de todos los hombres de buena voluntad al menos en la región centroamericana y latinoamericana, si invariablemente por esas razones del destino en determinado momento ha unido su voz a la de los pueblos oprimidos (se ha hecho desde el seno de las Naciones Unidas, al menos cuando los Estados Unidos han permitido cierta autonomía) y ha prestado su hombro fraternal al de los países débiles (al menos en momentos de desastre), no ha buscado adoptar una postura teatralizante sino expresar una convicción sostenida. No son muchos los hechos confirmadores de este aserto; pero al menos se vienen expresando en el último año.
En los gobiernos anteriores se siguió una política exterior alineada desde los Estados Unidos: se votaba en las Naciones Unidas a favor del bloqueo contra Cuba, se plegaban nuestros intereses a las prácticas del sionismo internacional; tantas veces se alabaron oprobiosas dictaduras y se condenó a regímenes democráticos como el de Salvador Allende en Chile. Nunca, bajo la dictadura militar, se buscaron los pasos necesarios para robustecer la economía interior diversificando los mercados internacionales de venta y, en fin, se planteó la reestructuración a fondo del cuerpo diplomático para su necesaria modernización en fomento de su mayor eficacia. Cuando se hablaba de abrirnos a otros países sin importar su política e ideología, rápidamente surgían los calificativos y torpemente se argumentaba el “peligro de caer en las garras del comunismo internacional”, melodía que todavía siguen entonando los nostálgicos dinosaurios políticos de Arena.
Como nación brotada, en parto doloroso, a una precaria independencia política, presionada constantemente por intereses hegemónicos mundiales y amenazada por la voraz oligarquía interna, aliada con monopolios internacionales, hemos transitado por la historia con luces y con sombras, entre infamias y glorias; muchas veces avergonzándonos ante el mundo por asumir posiciones contrarias a los intereses de las naciones más débiles del mundo. Al no contar con independencia plena en las relaciones exteriores, dejamos de defender lo que nos pertenecía y, por el contrario, nos plegamos a los dictados del imperialismo.
En el presente esperamos una verdadera independencia en relaciones internacionales y política exterior, buscando desarrollo económico, cultural, político y deportivo con las naciones del mundo que quieran colaborar con nosotros desde una posición de mutuo respeto y plena soberanía y autodeterminación. Los Estados Unidos que siempre han impuesto sus designios y han “aconsejado” todo acto de política exterior, deben entender que transitamos por otros caminos y que podemos encontrarnos con ellos siempre y cuando se acepten las reglas del juego y se dejen a un lado los chantajes y las presiones económicas y militares.





0 comentarios:
Publicar un comentario