3.9.10

La amenaza nuclear y la hambruna

Las reflexiones semanales de Fidel Castro, líder y dirigente indiscutible de la Revolución cubana, nos hacen recordar que si bien la bomba atómica ha sido enterrada como arma de guerra por un tiempo, quedan, obviamente, las experiencias nucleares. Pero no como una simple amenaza sino como un recurso tecnológico y como una inversión metódica, racionalizada, en el discurso científico del dominio. Estados Unidos, al frente de la industria bélica, sabe mucho de esto, lo mismo de las comunicaciones y los alimentos. Desde ese punto de vista la bomba atómica es un concepto. El trigo, sin embargo, puede ser un arma absolutamente tan efectiva, radical, concreta y objetiva como una espada. Hay una novela del genial escritor inglés Frederick Forsyth, El manifiesto negro, que nos habla cuando una barra de pan alcanzó el millón de rublos. En forma novelada nos introduce en la convulsa Rusia de 1999. La otrora gran superpotencia zozobra en un mar de hiperinflación.

En el seno de la Organización de Cooperación y Desarrollo Europeo (OCDE) están los más poderosos países industriales y los mayores productores de trigo del mundo: los Estados Unidos, Canadá, Australia y Francia. Sus representantes han alertado al mundo, como ya lo hicieron en años pasados, de que el desarrollo de la producción agrícola es una necesidad absoluta en la mayor parte de los países en desarrollo para mejorar su aprovisionamiento, el empleo de las poblaciones y la balanza de pagos. Pero ese mejoramiento supone, entre otras cosas, de parte de las naciones industriales, un esfuerzo colectivo e individual para sostener el desarrollo global de los países pobres en orden a acrecentar su producción, para facilitar las exportaciones de sus productos y en unas condiciones competitivas que los permitan aumentar sus ingresos comerciales. Contra toda las campañas mediáticas y ataques sin fundamento, Cuba es la nación mejor preparada para enfrentar una eventual hambruna mundial, no sólo porque su pueblo ha sido educado en la disciplina y la autonomía alimenticia, sino porque han aprendido a sobrevivir en condiciones infames de un bloqueo económico y amenazados constantemente por el mayor imperio militar de la historia. Por eso las reflexiones de Fidel Castro, tienen un asidero lógico y un respaldo moral inobjetable.

En las actuales circunstancias la ayuda marginal que proporcionan algunos países, sobre todo de Europa, a los pueblos africanos y de otros continentes, no va a resolver el angustiante problema de la crisis alimenticia. No digamos los efectos invernadero o del recalentamiento global. Ese es ya un hecho insoslayable. Como se hundió un día la hipótesis teórica del justo pago de las materias primas – el deterioro de los precios constituyó la palanca dialéctica del Tercer Mundo en los años 50-- se hace preciso aceptar ahora que la donación, de una u otra manera, no es el instrumento para la transformación del mundo. Desde la caridad parroquial o de las benditas alcancías en las iglesias, es asunto viejo.

En el ínterin, como dicen los países productores y la misma FAO de las Naciones Unidas, los alimentos se han convertido en un arma estratégica. El trigo es el poder. ¡Los cereales al poder! La dependencia externa respecto a los cereales puede ser, para los países industrialmente fuertes, un mecanismo de negociación más (internamente lo es para México, cuantas veces el gobierno ha intentado subir los precios del maíz, los millones dependientes de las tortillas y los tacos han amenazado con tumbarlo; “la consigna de la oligarquía era tumbar al indio”, repite constantemente el presidente Evo Morales, en Bolivia) – para los que compran y para los que venden-- , pero no es así para las naciones proletarias. La Reforma Agraria, tan fervientemente combatida por la oligarquía terrateniente tanto en El Salvador como en la mayoría de países de América Latina, es hoy, antes que nada, un camino directo hacia la autonomía alimenticia o no es nada. La reforma o la revolución pasa por el desarrollo de unas prioridades inexorables. No saberlo es jugar a los juegos artificiales.

Hace poco leíamos en Internet y escuchábamos de la radio alemana en español que el incremento de los precios de los artículos básicos se sitúa en los países más ricos de Europa, para el primer semestre de este año, en una tasa de incremento promedio del 9 por ciento en relación al año anterior. Los países en vías de desarrollo (nunca despegamos sin concluimos con este ciclo fatal) están comprando los cereales y muchos productos alimenticios esenciales a unos precios tres veces mayores que hace un año. En Venezuela la inflación se estima en una tasa del 25%, un poco menos en Argentina y Brasil. En Chile, considerado un país estable económicamente hablando, se ha incrementado a más del 11% mensualmente. Es la gran pirámide del bloqueo y de la crisis estructural.

Pero la inflación depara, para utilizar una palabrita de los economistas, al mismo tiempo, un campo abierto para la reflexión. De un lado, en los países desarrollados del mundo capitalista, opera como un mecanismo de acumulación y como una prueba – la prueba y el error-- de que ya no son formas yuxtapuestas una inflación “razonada” y el “pleno empleo”. Ahora se aceptan, con sosiego, varias cosas heréticas hace un decenio: que el paro puede subsistir con la inflación y, a su vez, que el crecimiento económico, aunque con ciclos delicados, se continuará. El paro estructural es otro cartucho explosivo. Ahí está: coronado e integrado en el desarrollo tecnocrático.

En las grandes naciones industriales el paro estructural se considera ya, en suma, como un hecho social asimilable. Sólo en este año en el último año en España se han perdido un millón de empleos. Cifras concretas hablan de que el desempleo alcanzó el 6.5 por 100 de la población activa. En Estados Unidos la recesión es escalofriante donde el 60 por 100 del sector industrial y construcción –en algunos sectores se llega al 70 por 100—es una continuidad de la economía europea. En Inglaterra, según los expertos alemanes, pionera de la revolución industrial y, con Lord Keynes, del pleno empleo, se está ya en una tasa de 4.6 por 100 de paro obrero. Pero con una curva inflacionaria del 7 por 100, como promedio general, para finales de año. El diagnóstico de crecimiento para nosotros es de 0.5%.

En conjunto en los países más ricos de Europa hay ahora más de 10 millones de desempleados. Un diente de ajo en relación con América Latina donde se calcula que el 17 por ciento de la población activa no tiene ocupación y donde el 15 por ciento en su conjunto, goza de ese subterfugio literario llamado subempleo. En el espejo caliente del referente de nuestro presidente, el nordeste brasileño – azúcar y espacios radiante en el corazón de la tierra—se estima que hay 2 millones 500 mil personas sin empleo real –subempleadas-- y a tenor del crecimiento demográfico se requerirá sólo en esa zona, la creación de más de tres millones de empleos nuevos en el curso de la próxima década. Para estos problemas, adecuándolos a circunstancias específicas, se necesitan soluciones como en China.

Todo es lejano. Ello obedece, en gran parte, a la utilización, en términos legendarios, de conceptos que requerirían precisión. El concepto es la unidad del discurso científico; la categoría la unidad del discurso filosófico. En términos estrictos de conceptos el Tercer Mundo es un vocablo legendario. Se utiliza como un arma; retrocede como un bumerang. Ello es así porque el Tercer Mundo no es, contrariamente a lo que se cree, una unidad ni de conceptos ni de categorías. Es una situación específica. Una gran parte de estos pueblos o naciones – aunque la estructura de sus problemas sea semejante--, están integrados en la economía del mundo capitalista. Sufre, en consecuencia, sus distorsiones; se asocia, como los satélites, a sus buenos momentos y absorbe la corriente inflacionaria que importa con la dependencia.

La tesis de Fidel Castro es cierta: la acumulación de riquezas nos lleva al desastre si estas no se utilizan para el desarrollo y la paz del mundo. La avaricia, el desorden financiero, la injusticia, no son buenas consejeras: si Estados Unidos y sus aliados siguen con su terquedad, con la dicotomía de dividir al mundo entre buenos y malos, de prejuzgar sin profundizar en las verdaderas causas que llevan a los pueblos a protestar y exigir mejor trato en las relaciones nacionales e internacionales, pronto estaremos llegando al fin de la humanidad, no sólo por la amenaza latente de conflicto nuclear, sino por la falta de trigo, dicho no como simbolismo, sino por la aterradora presencia de una hambruna mundial, además de la extinción paulatina de los mantos acuíferos y de las zonas forestales. El destino pronto nos alcanzará.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Como me gustaría que muchas personas jovenes fueran tan lucidas como el mismo Fidel Castro a sus 84 años.

A la larga nosotros la humanidad terminaremos pagando por haber creido en el cruel y despiadado capitalismo de EUA.

En verdad a veces me pregunto: ¿que es peor? Morir en medio de una guerra nuclear... o morir de hambre...

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