6.9.10

Vivimos de apariencias

Los turistas, los visitantes ocasionales, funcionarios de gobiernos de otros países en misiones oficiales o participando en congresos, cuando arriban a esta tierra se llevan una impresión muy alejada de la realidad, se deslumbran por centros comerciales lujosos, residencias ostentosas, hoteles de cuatro estrellas, carros maravillosos recorriendo calles y avenidas, gente vistiendo camisas de marcas famosas. Sus ojos nada más ven una cara de la moneda y no están para estudiar o ahondar en índices de desnutrición ni mucho menos en cómo se distribuye la riqueza en esta nación de tan encendidos contrastes.

Es lo mismo: si uno se da una vuelta en viernes en la noche por restaurantes, bares, tiendas de artículos que no sean el “miserable” frijol, la modesta tortilla, el popular maíz, la tela corriente; por comercios donde se vende lo bonito y se ingiere lo sabroso, llega a hacerse la falsa pregunta de ¿cuál crisis? La reconocida y proporcional inflación, la carestía de que nos dolemos, ¿qué restricciones ejercen sobre ese mercado específico y selectivo de cosas buenas y anheladas por una demanda que no se restringe? ¿Dónde está la crisis, si no se detienen las ventas de bebidas, de buenos y costosos servicios, de carros, refrigeradoras, televisores, computadoras, etc. etc.?

Desde hace muchos años muchas familias se han acostumbrado a vivir de las remesas enviadas por sus familiares desde los Estados Unidos; también consumen pagando con dinero “plástico”, acumulando deudas y pagando como se pueda mañana. Vivimos de apariencias. Pero la crisis, en las formas aceptables de inflación y carestía, sí existe. Sólo es soportable y no afecta la capacidad de compra de las clases altas y capas medias de la población. Les cuesta un poco más, pero tienen dinero. Siempre ha sido así. Una reducida minoría de la población salvadoreña constituye el mercado de los artículos suntuarios, o menos necesarios, y de los servicios placenteros con una costosa carga de factores superfluos, parte no de la eficacia real sino de la vanidosa condición que proporciona la servidumbre. Hay que pasar un viernes por la noche por la zona de Metrocentro, detrás de un conocido hotel, o por la Zona Rosa en San Benito para llegar, grosso modo, a esa conclusión y entonces volver a preguntar: ¿cuál crisis, que inflación, dónde está la carestía restrictiva?

Pero miles de salvadoreños, por lo menos más de la mitad de los seis millones de habitantes actuales, sufren la restricción causada por el alza de los precios. Una gran parte con ingresos moderados y bajos, menos marginados que los otros, y parte ya de una sociedad de consumo todavía modesta; en la base piramidal de los que consumen y soportan los vaivenes de la economía ahora expuesta a circunstancias internacionales y nacionales consecuentes, padecen las tendencias inflacionarias –el menor valor de esa moneda, el dólar que nunca ha sido nuestro--- y no pueden salirse de la enajenación causada por la lucha comercial, con el fuerte apoyo publicitario que los induce a comprar artículos caros y de prestigio social. Aunque la sociedad salvadoreña forma un todo, un conjunto con sus diferencias de clases, y con los succionadores propios del carácter capitalista – matizado por las formas socializantes en el campo y en los agrupamientos mixtos y estatales-- , podría decirse, desde el punto de vista del mercado, que en su seno hay una sociedad más o menos industrial bastante limitada, y otra, mucho mayor, subdesarrollada y de escaso acceso a la producción. Y de ninguno a ciertas líneas productivas nacionales e importadas.

En épocas de dificultades económicas como la presente, la minoría, esa especie de sociedad industrial – desde el punto de vista del consumo, una vez más--, acostumbrada al uso y disfrute de bienes y de artículos caros, no interrumpe su ritmo de compras. Esas líneas no resienten a fondo la carestía determinada por las tendencias inflacionarias y por el aumento que, en todos los renglones – bienes caros y artículos populares-- impone la especulación general del comercio. La producción o la búsqueda de los artículos por la vía de la importación, subsiste. Pero, en cambio, baja la producción de artículos de consumo necesarios. La producción hace rato se ha vuelto estática y el consumo se restringe por la carestía. Las compras se reducen por eso, y por el otro factor inseparable que es la desvalorización real del salario e ingreso familiar a causa de los efectos inflacionarios del dinero.

Al llegarse a coyunturas económicas como la presente, el país paga, en la cabeza y en el estómago de la mayoría, que son la población trabajadora y las capas medias consumidoras, la equivocación de enfoque, a cuya rectificación tiende una política de austeridad y auto inflacionaria, así como una necesaria corrección en la tasa de impuestos a ciertas bebidas embriagantes anunciada por Hacienda, que irrita a las minorías, privilegiadas siempre. Estamos en una sociedad de contrastes, determinados por un buen número de salvadoreños cuyo ingreso per capita los mantiene en condiciones de subsistencia, y otro número, mucho menor, de ingresos exagerados que origina la estrechez del mercado. Junto a eso, sufrimos la presión de los medios publicitarios típicos de un sistema capitalista con remanentes feudales, que manipulan la masa de consumidores, y le imponen patrones de consumo que no sólo no corresponden a la idiosincrasia, sino que, y esto es lo más grave, sobrepasan los índices reales de su ingreso.

1 comentarios:

o.Diaz dijo...

Lo que Arena convirtio con su economia de servicio una sociedad de consumo, alienada al sistema capitalista,los pocos que nos damos cuenta y queremos cambiar esta situacion en cotramos gran oposicion,mucha gente quiere vivir esa irealidad para no sentir los estragos de la pobresa y la miseria,esa felicidad pasajera de unos cuantos, es la degracia de miles,la izquierda tiene una gran responsabilidad con la poblacion,la contrarrevolucion tiene materia prima para seguir sosteniendo esta sociedad de consumo.

Translate