17.11.10

El país se nos termina por la tala y la corrupción

Ya nadie discute que el recalentamiento global, la mayoría de desastres naturales, se deben al deterioro ambiental, a la tala excesiva de árboles, al despiadado trato dado por el ser humano al recurso suelo. No basta contemplar los casos de otros países, nosotros lo vivimos constantemente. Hace un poco más de dos años la tragedia de la colonia Málaga fue el pálido reflejo de lo comentado: las aguas de una quebrada crecieron y en su fuerza arrastraron un bus trasladando a miembros de una congregación religiosa.

Apenas unos días antes habíamos escuchado a las autoridades de entonces del Ministerio del Medio Ambiente explicar sobre las medidas que se estaban tomando para impedir la tala de árboles en la finca El Espino y en otras construcciones en la parte alta de la colonia El Carmen, rumbo al volcán de San Salvador. Ustedes preguntarán ¿Cuál relación entre semejante tragedia con las urbanizaciones en esa zona? Sencillo: al no haber una barrera natural en la parte alta de la zona poniente, las corrientes de agua toman como su cauce el Paseo General Escalón, el bulevar Los Héroes y el Venezuela y desembocan en la quebrada del Acelhuate. Cuando llueve torrencialmente podemos ver las correntadas de agua arrastrando piedras, troncos y ramas de árboles, lodo y toda clase de objetos. Como las realidades medio feas no parecen convenir a nuestro carácter dramático ésta que mencionamos quedó sellada y agravada para siempre en la memoria de los responsables de haber sancionado a tiempo a los culpables, así como tomar las medidas de prevención y de mitigación en la propia zona donde se produjo el desastre.

Cualquiera pensaría que este nuestro país tan folclórico no sólo es dueño de su energía eléctrica, de sus recursos pesqueros, de sus puertos y aeropuertos, sino también de sus mermados bosques. Lo pensaría cualquiera que no desee tomarse la molestia de ver las cosas como son y no como le dice que son. Con las zonas hace unos cuantos años todavía boscosas se han hecho millonarios, o han aumentado su fortuna, muchos constructores, a cambio de dejar en la miseria a miles de salvadoreños y en condiciones lamentables los recursos forestales de nuestro país. Feas realidades que a diario se vivieron con los cuatro gobiernos areneros; pero siendo honestos ni aquéllos ni éste, no encontraron (o no lo quisieron) el instrumento o la simple decisión para salirles al paso. Bueno hasta titulares de Obras Públicas se dedicaron a construir zonas residenciales en zonas forestales de la calle al Puerto de La Libertad.

Nosotros no contamos con los extensos bosques de Honduras, Guatemala o Nicaragua, mucho menos que los de Finlandia, uno de los mayores países productores de papel periódico. Resulta curioso que en la actualidad con un gobierno distinto no se impulsen políticas para proteger con blindaje las áreas forestales, pues si analizamos bien tampoco se toman decisiones definitivas y precisas en contra de la minería metálica y de la explotación de los caudalosos ríos para construir presas hidroeléctricas. Y no nos vamos a preguntar por qué, porque tendríamos que pasar revista a tantos problemas que gobiernos corruptos anteriores dejaron intocados. Pendientes, desde luego, muchos más, como la Reforma Agraria o al menos la entrega de títulos de propiedad de parcelas agrícolas para dedicarlas al cultivo de cereales.

Objetivamente, nada parece impedirle al gobierno tomar medidas urgentes para controlar a los violadores de los recursos naturales, a los que tomando la Constitución en sus propias manos esgrimen “razones” y argumentos para continuar alegremente talando árboles y construyendo en la Cordillera del Bálsamo. Los alcaldes muy poco pueden hacer para imponer sanciones a los constructores, muchos de ellos, hasta colaboran con los “grandes” empresarios para levantar lujosos centros comerciales o residencias de lujo. Muy poco les interesa destruir los “pulmones naturales”, eliminar las pocas cuencas acuíferas y por supuesto destruir los nichos ecológicos de tantas especies de la fauna y la flora. Poderoso caballero es don dinero, escribiría en su momento Francisco de Quevedo.

Todo lo ilícita y canallesca que se quiera, pero una de las grandes riquezas que un puñado de salvadoreños explota desde hace muchísimo tiempo, es la corrupción de los campesinos. Como cualquier hombre “necesitado” el campesino o el cooperativista está a la espera de venderse, en este caso de entregar su macizo boscoso, literalmente por tortillas duras. Y no nos dejemos asustar por la expresión de “corrompidos”. Uno de los viejos trucos de nuestra demagogia es poner a nuestros hombres del campo como pacientes y sufridos seres que confían en el advenimiento algún día de la justicia social prometida. Ustedes lo pueden escuchar en cada proceso electoral, sea para elegir presidente de la república o simplemente alcaldes o diputados. La cantaleta es la misma. ¡A la gente de mi pueblo!

¿Cómo unos cuantos vivos explotan una zona boscosa que no es de ellos? Dicho del modo más simplista, así: Se “aceita” en donde se debe la maquinaria oficial. Ya sobre el terreno, se ponen a mano con los líderes campesinos o el terrateniente del lugar. La compañía extranjera, si es el caso de la explotación minera, ofrece construir escuelas, clínicas de salud, viviendas, mucho trabajo para todos y también unos cuantos miles de dólares al señor alcalde. Se buscan los permisos legislativos y del Ejecutivo con “abogados” comprometidos “con el desarrollo” y ya está el plan totalmente armado. No sería el caso de los jefes edilicios de Antiguo Cuscatlán, Zaragoza, Nuevo Cuscatlán, Santa Tecla o La Libertad; pero muchos de esos funcionarios ahora poseen unos cuantos bienes más. Lo sabrá la Corte de Cuentas o quizás la oficina de probidad de la Corte Suprema de Justicia. ¡Vaya usted a saber!

Si estas verdades cotidianas las estuviéramos leyendo en algún texto sobre ficción, pensaríamos que nada más es pura fantasía, pero no es así, ni tampoco corresponde al tiempo del dictador Martínez, quien se dice aplicó mano verdaderamente dura a los corruptos. Por supuesto no apoyamos ni alabamos un ápice de semejante asesino; pero si recordamos un triste episodio de la historia patria. Queden en paz los restos del dictador; para estas injusticias no necesitamos recurrir ni a su anécdotas ni a sus aguas de color. Nosotros en el presente acudimos a la lámpara de Diógenes para buscar al hombre y al funcionario honesto quizás sucumbamos en la búsqueda par al menos habremos hecho el intento.

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