Un escritor hondureño tiene un libro titulado La puta política donde profundiza en la realidad y en la ficción descubriendo a “personajes” vinculados a las mafias, al poder económico, a los militares y una serie de prácticas reñidas con la moral y las buenas costumbres. Un recorrido interesante sobre el pasado y el presente de esa todavía “república bananera” donde los políticos, militares y los empresarios se vinculan para cometer toda clase de fechorías como el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya Rosales y desde luego la alegre represión, los asesinatos selectivos y persecución contra líderes y bases del Frente de Resistencia Popular.
En muy contados países la política y los que la ejercen sirve para el bienestar de la colectividad y lograr el desarrollo de los pueblos, mucho menos la felicidad de los habitantes. Está concebida para favorecer intereses particulares, lograr cargos públicos y hacer carrera desde el “barril sin fondo” del Estado. El Salvador no escapa a esta triste realidad. Uno estaría tentado a pensar o decir que los surgidos de las corrientes de la izquierda son más “potables” y poseen algún grado de sensibilidad para encarnar el sentir de las mayorías poblacionales. Pero la práctica y la más cruda realidad señalan otras cosas.
Desde luego, los actos más bochornosos, censurables y perversos se producen en el espectro de la derecha, pues su misma concepción política e ideológica los lleva a defender un programa definido por los grupos de poder económico a quienes responden y al mismo modelo creado para mantener un estado de cosas, privilegios e intereses de clase. Los dirigentes de Arena, por ejemplo, no pueden “ser servidores del pueblo”, como lo expresa cínicamente su presidente Alfredo Cristiani, pues se estarían contradiciendo en su carta de principios, en sus estatutos. Es decir, no se puede servir a dos amos, ya lo dice claramente la máxima A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Servir al pueblo salvadoreño sería olvidarse de defender privilegios, de favorecer el bienestar y la felicidad de las mayorías, de olvidarse de prácticas corruptas, de no evadir impuestos y, en concreto, de permitir una democracia participativa y la construcción de un sistema social con equidad, con amor por la justicia social y pleno respeto a los derechos humanos.
Eso no sería un modelo plenamente ideal, pero se estarían dando los primeros pasos para acceder a una mejor sociedad, a la construcción de un país con oportunidades donde todos los salvadoreños pudieran acceder gratuitamente a la educación, a la salud, a un trabajo y a la vivienda. Si el capitalismo con remanentes feudales como el nuestro, no ofrece estas condiciones, los funcionarios de alta jerarquía desde el ejecutivo, pasando por el legislativo hasta el judicial, están en el deber y en la obligación de estudiar otras posibilidades y no aferrarse a un modelo que ha dado muestras de no funcionar y no responder enteramente a los requerimientos y necesidades de sus habitantes.
Sin embargo, en este país continuamos viviendo en los mismos errores, viendo pasar los veranos y los inviernos, sufriendo los embates de los fenómenos naturales, destruyendo nuestros escasos recursos naturales, socavando las reservas forestales, dando permisos de construcción de viviendas o centros comerciales en suelos erosionados o dañados por las mismas prácticas aberrantes de los constructores e instituciones gubernamentales. La ANDA, por ejemplo, repara una fuga de agua o una cañería rota, pero NUNCA deja el pavimento o el propio suelo como lo encontró. Vienen después los grandes hoyos o cárcavas como técnicamente se les llama.
Eso en el aspecto físico; pero en otra realidad, vemos como tantos políticos dejan de ser miembros de un partido para pasarse alegremente a otro; pero luego de insultar, de hacer “duros” señalamientos contra la institución a la cual pertenecieron o contra sus antiguos compañeros, regresan nuevamente “a mi casa”, porque “es aquí donde me siento a gusto”. Lo estamos viendo actualmente con el alcalde de Ahuachapán, Rafael Morán, quien luego de abandonar al partido Arena y acusarlo de mantenerse “anclado en el pasado” y de señalar a sus dirigentes de “verticalistas y autoritarios”, se afilia a otro instituto político, GANA, de reciente formación.
Sin embargo, a los pocos meses abandona a GANA y vuelve al partido Arena. No hay excusa ni explicación alguna; pero todo indica que en tan poco tiempo, la derechista Arena dejó la “prehistoria” y sus dirigentes ya no son autoritarios ni verticalistas. La puta política, como dice el escritor hondureño, ha cambiado, como el camaleón, y todo es color de rosas y se transita por el sendero de la democracia, la tolerancia y la verdad. Lo mismo ocurrió con un diputado del departamento de Ahuachapán, regresó como hijo pródigo al “hogar donde me he sentido bien” y “vengo a trabajar sin condición alguna”. Así de simple, así de fácil.
No serán los únicos casos, vendrán próximamente otros, como una crónica anunciada. Hay “miles de razones” para ejercer la función tan apreciada de tránsfugas por esta fauna política. Ustedes conocen el caso del señor Orlando Arévalo, quien inició como funcionario del partido Demócrata Cristiano; luego pasó a Arena, siguió con el PCN y en la actualidad ha formado su propio partido político; también el caso del señor Will Salgado, alcalde de San Miguel (por cierto esta ciudad merece un jefe edilicio con otras características), quien llegó a ese cargo de la mano del partido Arena, pasó luego al PCN, después al PDC y actualmente es miembro de GANA, que de seguro lo postulará para un periodo más como candidato a Alcalde. En el FMLN también han ocurrido casos similares; la ambición no tiene ideología ni colores políticos.
Si la Ley de Partidos Políticos es aprobada en ese circo de la fantasía como es la Asamblea Legislativa, de seguro se incluirán artículos donde se contemple estas prácticas aberrantes, lo mismo la obligación de los dirigentes políticos de declarar sus ingresos y de dónde provienen los dineros para financiar las campañas electorales. Como dicen los abogados “hecha la ley, hecha la trampa”; pero al menos existirá una especie de reglamento para que los políticos sin escrúpulos tengan un mayor cuidado antes de introducir las extremidades en suelo falso.
En muy contados países la política y los que la ejercen sirve para el bienestar de la colectividad y lograr el desarrollo de los pueblos, mucho menos la felicidad de los habitantes. Está concebida para favorecer intereses particulares, lograr cargos públicos y hacer carrera desde el “barril sin fondo” del Estado. El Salvador no escapa a esta triste realidad. Uno estaría tentado a pensar o decir que los surgidos de las corrientes de la izquierda son más “potables” y poseen algún grado de sensibilidad para encarnar el sentir de las mayorías poblacionales. Pero la práctica y la más cruda realidad señalan otras cosas.
Desde luego, los actos más bochornosos, censurables y perversos se producen en el espectro de la derecha, pues su misma concepción política e ideológica los lleva a defender un programa definido por los grupos de poder económico a quienes responden y al mismo modelo creado para mantener un estado de cosas, privilegios e intereses de clase. Los dirigentes de Arena, por ejemplo, no pueden “ser servidores del pueblo”, como lo expresa cínicamente su presidente Alfredo Cristiani, pues se estarían contradiciendo en su carta de principios, en sus estatutos. Es decir, no se puede servir a dos amos, ya lo dice claramente la máxima A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Servir al pueblo salvadoreño sería olvidarse de defender privilegios, de favorecer el bienestar y la felicidad de las mayorías, de olvidarse de prácticas corruptas, de no evadir impuestos y, en concreto, de permitir una democracia participativa y la construcción de un sistema social con equidad, con amor por la justicia social y pleno respeto a los derechos humanos.
Eso no sería un modelo plenamente ideal, pero se estarían dando los primeros pasos para acceder a una mejor sociedad, a la construcción de un país con oportunidades donde todos los salvadoreños pudieran acceder gratuitamente a la educación, a la salud, a un trabajo y a la vivienda. Si el capitalismo con remanentes feudales como el nuestro, no ofrece estas condiciones, los funcionarios de alta jerarquía desde el ejecutivo, pasando por el legislativo hasta el judicial, están en el deber y en la obligación de estudiar otras posibilidades y no aferrarse a un modelo que ha dado muestras de no funcionar y no responder enteramente a los requerimientos y necesidades de sus habitantes.
Sin embargo, en este país continuamos viviendo en los mismos errores, viendo pasar los veranos y los inviernos, sufriendo los embates de los fenómenos naturales, destruyendo nuestros escasos recursos naturales, socavando las reservas forestales, dando permisos de construcción de viviendas o centros comerciales en suelos erosionados o dañados por las mismas prácticas aberrantes de los constructores e instituciones gubernamentales. La ANDA, por ejemplo, repara una fuga de agua o una cañería rota, pero NUNCA deja el pavimento o el propio suelo como lo encontró. Vienen después los grandes hoyos o cárcavas como técnicamente se les llama.
Eso en el aspecto físico; pero en otra realidad, vemos como tantos políticos dejan de ser miembros de un partido para pasarse alegremente a otro; pero luego de insultar, de hacer “duros” señalamientos contra la institución a la cual pertenecieron o contra sus antiguos compañeros, regresan nuevamente “a mi casa”, porque “es aquí donde me siento a gusto”. Lo estamos viendo actualmente con el alcalde de Ahuachapán, Rafael Morán, quien luego de abandonar al partido Arena y acusarlo de mantenerse “anclado en el pasado” y de señalar a sus dirigentes de “verticalistas y autoritarios”, se afilia a otro instituto político, GANA, de reciente formación.
Sin embargo, a los pocos meses abandona a GANA y vuelve al partido Arena. No hay excusa ni explicación alguna; pero todo indica que en tan poco tiempo, la derechista Arena dejó la “prehistoria” y sus dirigentes ya no son autoritarios ni verticalistas. La puta política, como dice el escritor hondureño, ha cambiado, como el camaleón, y todo es color de rosas y se transita por el sendero de la democracia, la tolerancia y la verdad. Lo mismo ocurrió con un diputado del departamento de Ahuachapán, regresó como hijo pródigo al “hogar donde me he sentido bien” y “vengo a trabajar sin condición alguna”. Así de simple, así de fácil.
No serán los únicos casos, vendrán próximamente otros, como una crónica anunciada. Hay “miles de razones” para ejercer la función tan apreciada de tránsfugas por esta fauna política. Ustedes conocen el caso del señor Orlando Arévalo, quien inició como funcionario del partido Demócrata Cristiano; luego pasó a Arena, siguió con el PCN y en la actualidad ha formado su propio partido político; también el caso del señor Will Salgado, alcalde de San Miguel (por cierto esta ciudad merece un jefe edilicio con otras características), quien llegó a ese cargo de la mano del partido Arena, pasó luego al PCN, después al PDC y actualmente es miembro de GANA, que de seguro lo postulará para un periodo más como candidato a Alcalde. En el FMLN también han ocurrido casos similares; la ambición no tiene ideología ni colores políticos.
Si la Ley de Partidos Políticos es aprobada en ese circo de la fantasía como es la Asamblea Legislativa, de seguro se incluirán artículos donde se contemple estas prácticas aberrantes, lo mismo la obligación de los dirigentes políticos de declarar sus ingresos y de dónde provienen los dineros para financiar las campañas electorales. Como dicen los abogados “hecha la ley, hecha la trampa”; pero al menos existirá una especie de reglamento para que los políticos sin escrúpulos tengan un mayor cuidado antes de introducir las extremidades en suelo falso.





1 comentarios:
Nice to see you back. And again by having an interesting post.
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