Hace apenas unos años atrás los “problemas” de la democracia, de los intentos de la izquierda de acceder al gobierno o de los mismos movimientos de liberación, los “arreglaban” los Estados Unidos con intervenciones militares, golpes de Estado o colocando en la presidencia y en las instancias de poder, a personas alineadas a sus particulares pensamientos. Los emisarios o encargados de la diplomacia luego de “viajes de acercamiento o contactos” por algunos de nuestros países, llegaban a la imperial conclusión de que el “proyecto socioeconómico” para el continente podría cumplirse con mayor eficacia, animando y sosteniendo a los regímenes militares.
Por eso resultaban cínicas sus declaraciones en aquellos no lejanos tiempos y todavía en el presente de el “apoyo a las democracias”, a los procesos electorales y al libre mercado. Además del “estudio” y la preparación de los contingentes militares en sus distintas escuelas, comandos o academias. La guerra psicológica, los cursos de sabotajes, torturas, lucha contrainsurgente, fueron la agenda permanente de soldados, clases y mandos superiores.
Desde luego, los cursos, las becas, las misiones militares en el propio seno de los Estados Mayores de las fuerzas armadas, no fueron los únicos recursos utilizados para mantener controlados a los distintos gobiernos. También se usaron diversos mecanismos y maniobras en el terreno económico, sobre todo cuando había petróleo, oro, plata, diamantes, hierro, cemento y otros. Fresco está en la mente de muchos aquella frase famosa pronunciada por Nelson Rockefeller, cuando dijo: “Si los productores de petróleo mantienen los precios actuales, será imposible controlar la inflación en el mundo”. Si alguien desea recordarlo, las recientes alzas en los precios del “oro negro”, dejaron a las compañías, la mayoría de ellas norteamericanas, ganancias brutales.
Esto ha sido siempre así, el presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, lo recuerda cuando afirma que hace apenas 20 años el barril de petróleo en su país lo compraban las compañías norteamericanas a un promedio de ocho dólares, obteniendo exorbitantes ganancias. De modo que esto parecería uno de esos cuentos en los que tanto los personajes como sus países de origen cambian de personalidad. Es decir, los magnates y el centro de poder, se van adaptando también a los cambios cuando no son producidos por ellos para favorecer su dominio y sus monopolios. El imperialismo (hemos dicho que se trata del complejo militar, industrial, químico, biológico, espacial y más) cuando un gobierno se distancia de su dominio, diseña una serie de estrategias militares, políticas, culturales y económicas para desestabilizarlo, generarle problemas sociales internos y, al final, provocar golpes de Estado. Honduras es un claro ejemplo de ello, desde luego en Ecuador se intentó aplicar la misma medicina.
No es un caso de doctor Jeckyll y míster Hide, sino más bien de dos señores Hide, a los que si llueve les va bien y si hay sequía les va mejor. Y no es más que lo natural, si nos remitimos a nuestra propia experiencia: si se intenta generar más ingresos a las arcas del Estado o “tocar” los intereses de la “gran empresa privada”, llegan los avisos (otros les llaman presiones) y las amenazas de “paralizar la inversión” o “generar desempleo”, como lo han declarado públicamente dos altos empresarios de INQUIFAR.El asunto es dejar las “cosas” tal como están, como las administraron los cuatro regímenes de Arena, sin molestar ni “meterse” con sus importaciones, su producción, los precios y las licitaciones, mucho menos intentar aprobar declaraciones al patrimonio.
Con la voz del tunante, del mercader de las Santas Escrituras, del que se siente con las espuelas bien puestas para “librar las batallas del futuro”, el presidente de Industrias Químicas Farmacéuticas (INQUIFAR), Mario Ancalmo, propietario del Laboratorio del mismo apellido, declaró a los cuatro vientos que se deben respetar las leyes de la república y que “nosotros estamos dispuestos a competir en igualdad de condiciones”; pero aclaró que “los precios de las medicinas deben dejarse al libre juego de la oferta y la demanda”, porque en el “patrón económico que nos rige esa ley debe imperar”. Y el poético corolario: “El control de precios debe desaparecer por negativo, porque genera incertidumbre y desempleo”.
Como proyecto capitalista, sería perder el tiempo oponerle uno o dos peros. Lo que cuenta no es eso, sino el que estas declaraciones sean portavoz de capitales nacionales; pero también de las transnacionales, siguiendo ese patrón del señor Rockefeller y los lineamientos de los monopolios de las medicinas. Aquí está la almendra de todo el asunto: la desordenada carrera de los precios produce a determinados sectores de la economía, unas ganancias “brutales”. Se imaginan ustedes al señor Ancalmo, al señor Cristiani o a los hermanos López, de otro laboratorio químico-farmacéutico, contando sus enormes ganancias al final de cada mes. Pero como son varias las empresas que se cubren con el tapete de la sociedad anónima, lo que les permite ponerse al servicio de los capitales extranjeros, resulta así que al manifestar su tenaz oposición a una Ley de Medicamentos y a una posible regulación de precios y de la calidad de los productos, lo puesto en claro son las preocupaciones imperiales por una economía que aspire a un mínimo de nacionalismo, de transparencia y quizás también de justicia social.
Sin embargo, el gobierno, por medio del Secretario de Asuntos Estratégicos, aunque con la tibieza que parece serle característica, anuncia que seguirán por el camino trazado y legislar correctamente en materia de importación y comercialización de los medicamentos. Una vez más citamos al presidente Hugo Rafael Chávez, quien cada vez que una empresa o una compañía internacional se niega a colaborar con los proyectos gubernamentales para beneficio de las mayorías poblacionales, inmediatamente las nacionaliza o las expropia. Exactamente así se gobierna y se distingue a los pusilánimes de los verdaderos estadistas. Aquí en nuestro país podemos regirnos por la misma Constitución que prevé que el Estado podrá imponer a la propiedad privada las modalidades que dicta el interés público, y que ésta es la base legal para legislar en materia económica.
Cada vez que se invoca la Constitución uno siente un curioso estremecimiento habida cuenta de lo poco que se han apoyado en ella nuestros gobiernos, sobre todo en eso de “acudir a las necesidades de las mayorías”. Aquí no se trata de conciliar intereses con los “grandes empresarios”, se trata de justicia social, de brindar bienestar a las familias más vulnerables y éstas se ubican en más de dos millones de habitantes. Porqué buscarle tres pies al gato cuando el rumbo está totalmente claro y el mismo presidente de la república fue enfático al declarar en el discurso de toma de posesión de su cargo que “mi guía será monseñor Romero” y “gobernaremos en la opción por los pobres” y para rematar: “No tenemos derecho a equivocarnos”. El camino es uno sólo y por el debemos transitar los que amamos, respetamos y vivimos por El Salvador.
Por eso resultaban cínicas sus declaraciones en aquellos no lejanos tiempos y todavía en el presente de el “apoyo a las democracias”, a los procesos electorales y al libre mercado. Además del “estudio” y la preparación de los contingentes militares en sus distintas escuelas, comandos o academias. La guerra psicológica, los cursos de sabotajes, torturas, lucha contrainsurgente, fueron la agenda permanente de soldados, clases y mandos superiores.
Desde luego, los cursos, las becas, las misiones militares en el propio seno de los Estados Mayores de las fuerzas armadas, no fueron los únicos recursos utilizados para mantener controlados a los distintos gobiernos. También se usaron diversos mecanismos y maniobras en el terreno económico, sobre todo cuando había petróleo, oro, plata, diamantes, hierro, cemento y otros. Fresco está en la mente de muchos aquella frase famosa pronunciada por Nelson Rockefeller, cuando dijo: “Si los productores de petróleo mantienen los precios actuales, será imposible controlar la inflación en el mundo”. Si alguien desea recordarlo, las recientes alzas en los precios del “oro negro”, dejaron a las compañías, la mayoría de ellas norteamericanas, ganancias brutales.
Esto ha sido siempre así, el presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, lo recuerda cuando afirma que hace apenas 20 años el barril de petróleo en su país lo compraban las compañías norteamericanas a un promedio de ocho dólares, obteniendo exorbitantes ganancias. De modo que esto parecería uno de esos cuentos en los que tanto los personajes como sus países de origen cambian de personalidad. Es decir, los magnates y el centro de poder, se van adaptando también a los cambios cuando no son producidos por ellos para favorecer su dominio y sus monopolios. El imperialismo (hemos dicho que se trata del complejo militar, industrial, químico, biológico, espacial y más) cuando un gobierno se distancia de su dominio, diseña una serie de estrategias militares, políticas, culturales y económicas para desestabilizarlo, generarle problemas sociales internos y, al final, provocar golpes de Estado. Honduras es un claro ejemplo de ello, desde luego en Ecuador se intentó aplicar la misma medicina.
No es un caso de doctor Jeckyll y míster Hide, sino más bien de dos señores Hide, a los que si llueve les va bien y si hay sequía les va mejor. Y no es más que lo natural, si nos remitimos a nuestra propia experiencia: si se intenta generar más ingresos a las arcas del Estado o “tocar” los intereses de la “gran empresa privada”, llegan los avisos (otros les llaman presiones) y las amenazas de “paralizar la inversión” o “generar desempleo”, como lo han declarado públicamente dos altos empresarios de INQUIFAR.El asunto es dejar las “cosas” tal como están, como las administraron los cuatro regímenes de Arena, sin molestar ni “meterse” con sus importaciones, su producción, los precios y las licitaciones, mucho menos intentar aprobar declaraciones al patrimonio.
Con la voz del tunante, del mercader de las Santas Escrituras, del que se siente con las espuelas bien puestas para “librar las batallas del futuro”, el presidente de Industrias Químicas Farmacéuticas (INQUIFAR), Mario Ancalmo, propietario del Laboratorio del mismo apellido, declaró a los cuatro vientos que se deben respetar las leyes de la república y que “nosotros estamos dispuestos a competir en igualdad de condiciones”; pero aclaró que “los precios de las medicinas deben dejarse al libre juego de la oferta y la demanda”, porque en el “patrón económico que nos rige esa ley debe imperar”. Y el poético corolario: “El control de precios debe desaparecer por negativo, porque genera incertidumbre y desempleo”.
Como proyecto capitalista, sería perder el tiempo oponerle uno o dos peros. Lo que cuenta no es eso, sino el que estas declaraciones sean portavoz de capitales nacionales; pero también de las transnacionales, siguiendo ese patrón del señor Rockefeller y los lineamientos de los monopolios de las medicinas. Aquí está la almendra de todo el asunto: la desordenada carrera de los precios produce a determinados sectores de la economía, unas ganancias “brutales”. Se imaginan ustedes al señor Ancalmo, al señor Cristiani o a los hermanos López, de otro laboratorio químico-farmacéutico, contando sus enormes ganancias al final de cada mes. Pero como son varias las empresas que se cubren con el tapete de la sociedad anónima, lo que les permite ponerse al servicio de los capitales extranjeros, resulta así que al manifestar su tenaz oposición a una Ley de Medicamentos y a una posible regulación de precios y de la calidad de los productos, lo puesto en claro son las preocupaciones imperiales por una economía que aspire a un mínimo de nacionalismo, de transparencia y quizás también de justicia social.
Sin embargo, el gobierno, por medio del Secretario de Asuntos Estratégicos, aunque con la tibieza que parece serle característica, anuncia que seguirán por el camino trazado y legislar correctamente en materia de importación y comercialización de los medicamentos. Una vez más citamos al presidente Hugo Rafael Chávez, quien cada vez que una empresa o una compañía internacional se niega a colaborar con los proyectos gubernamentales para beneficio de las mayorías poblacionales, inmediatamente las nacionaliza o las expropia. Exactamente así se gobierna y se distingue a los pusilánimes de los verdaderos estadistas. Aquí en nuestro país podemos regirnos por la misma Constitución que prevé que el Estado podrá imponer a la propiedad privada las modalidades que dicta el interés público, y que ésta es la base legal para legislar en materia económica.
Cada vez que se invoca la Constitución uno siente un curioso estremecimiento habida cuenta de lo poco que se han apoyado en ella nuestros gobiernos, sobre todo en eso de “acudir a las necesidades de las mayorías”. Aquí no se trata de conciliar intereses con los “grandes empresarios”, se trata de justicia social, de brindar bienestar a las familias más vulnerables y éstas se ubican en más de dos millones de habitantes. Porqué buscarle tres pies al gato cuando el rumbo está totalmente claro y el mismo presidente de la república fue enfático al declarar en el discurso de toma de posesión de su cargo que “mi guía será monseñor Romero” y “gobernaremos en la opción por los pobres” y para rematar: “No tenemos derecho a equivocarnos”. El camino es uno sólo y por el debemos transitar los que amamos, respetamos y vivimos por El Salvador.





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