15.11.10

Todos somos culpables de nuestra agonía

La Defensoría del Consumidor ha adelantado que un ominoso porvenir se presenta para nuestra economía. No se necesitaba el aviso oficial para saberlo, sentirlo en carne propia todos los días. En todos los hogares salvadoreños, de capas medias hacia abajo, los padres de familia resienten el requerimiento insistente e imperioso en demanda de una elevación del “gasto diario” porque los precios suben en forma vertiginosa, y preocupa más a las amas de casa la carencia o escasez de muchos artículos de primera necesidad.

El mismo Ministro de Agricultura, luego de comprobar la escasez y acaparamiento del frijol, hizo públicas declaraciones del alza inmoderada de los precios de este producto y de otros artículos de la canasta básica, la esencial donde se “meten” los tomates, los chiles verdes, los aguacates, el maíz, el azúcar, las cebollas, el aceite, y señaló cuáles eran en su opinión las causas de ello. Conocimos de al menos tres importadores de cereales que “embodegaron” los frijoles y esperaron el momento oportuno para sacarlos al mercado y comerciarlos a precios muy altos. En el año por terminar nada eficaz pudo lograrse para aliviar la pesada carga que agobia a los campesinos y, lo peor, las perspectivas para el próximo año no son las mejores para los hombres más empobrecidos del país. Los fenómenos naturales también concurren a la ya grave situación de este país.

Así pues, existe escasez, carencias, alza de los precios, amenazas de huelgas, pérdida o disminución de las cosechas, necesidad de continuar importando maíz, frijoles, arroz, verduras, frutas, falta de productos para exportar, con el agravante del aumento de los precios del petróleo a nivel internacional que influyen directamente en nuestra precaria economía. Y para colmo, nos seguimos endeudando y parte de esos intereses deben pagarse en el primer semestre del próximo año. Luego están las calles deterioradas, la falta de incentivos fiscales, la nula inversión nacional y extranjera, la nula colaboración de los empresarios y la tenaz oposición a la aprobación de una Ley de Medicamentos para controlar la calidad y los precios de las medicinas.

Todo esto ofrece un panorama oscuro y más aún tenebroso. Falta agregar el impacto más a fondo en nuestra economía de la crisis y recesión en marcha en los Estados Unidos. Ya es un hecho la disminución de las remesas, la situación inestable de nuestros compatriotas en el país del Norte y la fluctuación del dólar. La derrota electoral de los Demócratas tendrá algunas variaciones sobre todo en el recrudecimiento de las guerras, en la política migratoria y en la seguridad social. El presidente Obama no es el chivo expiatorio en todo esto, es simplemente el culpable por levantar falsas expectativas y asumir compromisos más allá de sus posibilidades y de la realidad del poder político y económico en manos del complejo militar e industrial.

Todos estos datos, aunados a la terrible realidad objetiva de la complejidad cada día mayor de la lucha por la vida: precios de los artículos de consumo necesario elevados a la estratosfera, insuficiencia de los salarios para atender las necesidades vitales de las familias. Acentuación de las abismales diferencias entre reducido grupo de quienes lo tienen todo, viven en mansiones suntuosas, son dueños de lujosos automóviles, viajan a cualquier parte del mundo por negocios o placer, se van cacería a países del África y, por otra parte, la gran mayoría de quienes viven apenas, sosteniendo sus cuerpos de mala manera, habitan insalubres y estrechas casuchas y gozan y se divierten de ilusiones insatisfechas, consumiéndose en el resentimiento, el odio y el rencor; todo esto, ha hecho y no podemos soslayarlo, que en el ánimo de millones de salvadoreños – con el apoyo y la autoridad de los altos funcionarios – cunda la desilusión y el desencanto y piensen – no sin razón—que vivimos en épocas de crisis, que nuestro desarrollo, como dicen los economistas está seriamente deteriorado y cada vez se aleja más de nosotros la meta de una vida normal en que todos disfrutemos, con sencillez y holgura, del pan nuestro de cada día.

Y, como asimismo todos pagamos -- poco o mucho-- nuestros impuestos, que son “equitativos y proporcionales” como dice el Código Tributario; y como estos impuestos los cobra y administra el gobierno, esta razón nos lleva a concluir que es, precisamente, el régimen quien debe aplicar estos impuestos para procurar nuestra paz y nuestra felicidad, ordenar el país y velar por la satisfacción de nuestras necesidades, materiales y espirituales, como lo dice textualmente la Constitución. Un sentimiento al parecer lógico y justo nos hace atribuir a los gobernantes, la culpa directa inmediata y exclusiva de nuestros males personales y los de la nación. Y gritamos, increpamos, maldecimos a las autoridades culpables de la falta de medicinas en los hospitales, de los hoyos en las calles, del alza inmoderada de los productos de primera necesidad, de la falta de empleos, de la continúa emigración de compatriotas hacia los Estados Unidos.

Porque díganme ¿quiénes son los culpables de la gigantesca alza de los precios? Los gobernantes son los culpables del terrible caos de nuestra agricultura; culpables de la atonía financiera; de la dolarización; ellos los culpables del endeudamiento nacional, así como de la ineficacia de una burocracia indolente, voraz y monstruosa. Los regímenes areneros se llevaron el “premio mayor” y no es eufemístico, pues saquearon el erario nacional, practicaron alegremente la corrupción, la evasión y la elusión fiscal, el contrabando y entregaron esta “hacienda” conocida como El Salvador, a la oligarquía.

Una nación, mis amigos, sin crítica y sin opinión pública, es una nación inerte, sin vida, anquilosada. Pero no olvidemos que la culpa de nuestros males y los de la comunidad, no es exclusiva de los gobernantes, que por cierto no surgieron de la nada, no aparecieron por un acto de magia, sino que los creamos, o bien los ratificamos en sus puestos nosotros, con nuestros votos o con nuestra deliberada voluntad de aceptación y consentimiento por lo menos tácito. Todos somos culpables de los males de la nación y la vida -- o más bien la historia--- a todos nos pedirá cuentas rigurosas de nuestras conductas. Arena estuvo 20 años en el poder total porque nosotros fuimos ilusos, confiamos en los mafiosos y permitimos el mayor daño posible a nuestra economía, a la agricultura y a la integración familiar. Por supuesto, al abuso permanente a los derechos humanos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

COMO SE REPARA Y SE RECUPERA TODO ESE TIEMPO ROBADO SABIENDO QUIENES FUERON LOS ARTIFICES DE LA ACTUAL SITUACION, LOS TRIBUNALES DE JUSTICIA,LAS ORGANIZACIONES DE DERECHOS HUMANOS,LA JUSTICIA POPULAR, NO BASTA LA DENUNCIA,AUNQUE ES IMPORTANTE NO PUEDE REYNAR LA IMPUNIDAD ESTO NO SE LE DEBE OLVIDAR A NADIE,LA LUCHA DEL PPUEBLO ORGANIZADO SE PUEDE EVAPORAR EN LA DISCUCION DE QUIEN FUE PRIMERO SI EL HUEVO O LA GALLINA,SE LE TIENE QUE EXIGIR AL PARTIDO QUE REPRESENTA LOS INTERESES DEL PUEBLO QUE ES LO CORRECTO PERO NO TRATAR DE DESTRUIRLO CON CRITICAS Y CALUMNIAS, QUE NO RESUELBEN NADA Y QUE SOLO LE DAN GANACIA POLITICA A LOS CULPABLES DE ESTA SITUACION.

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