25.12.10

Crisis de políticos, de empresarios y de educación

El presidente del Banco Central de Reserva de El Salvador, Carlos Acevedo, hombre honrado y capaz, hasta donde nosotros conocemos, expresó en una entrevista en Canal 7 que la dolarización no fue la mejor medicina aplicada a la economía, “pero que tampoco es conveniente revertir en estos momentos la medida porque ello provocaría una desbandada de los capitales y sería como la gente huyendo de un cine abarrotado si a alguien se le ocurre gritar ¡fuego!” Habló de cierta recuperación de las remesas, de la estabilidad financiera y otros aspectos relacionados con las finanzas públicas y la lenta recuperación de la economía nacional.

El funcionario, al igual que altos dirigentes de la empresa privada, no se refirió a la necesidad de invertir fuertemente en la educación como una tabla de salvación para el presente y el futuro desarrollo de El Salvador. La decadencia de la enseñanza universitaria y técnica es ostensible y ominosa y por tanto hemos resentido la carencia de hombres de ciencia, investigadores y profesionales preparados, eficaces y con capacidad para crear e impulsar nuestro desarrollo. Esta es la triste realidad de nuestros días: la ausencia de los mejores. En otros países, en Costa Rica, para no ir muy lejos, el Estado destina un porcentaje alto para la educación, la ciencia y la tecnología. Los resultados están a la vista de todos. En los Estados Unidos las universidades y las grandes corporaciones invierten millones de dólares en la investigación en medicina, ciencias naturales, métodos de conservación, física, química y tecnología. Todos conocemos hasta donde han llegado, no sólo por los premios Nóbel recibidos, sino por los grandes descubrimientos a todo nivel.

Nosotros estamos muy lejos de llegar a tales estadios. Y en medio de éste páramo, como en la Edad Media, han surgido los alquimistas empeñados en transformar la materia en oro puro, han surgido unos seres indefinidos que no se sabe si son cultivadores de una ciencia, de una técnica o bien son simple y sencillamente cultivadores de una nueva magia. Estos son los economistas, metidos a analistas y también los filósofos y sociólogos, nueva fauna de la vida política y social que se presentan armados de un léxico esotérico y críptico, de una serie de estadísticas falsas y prefabricadas y unas manuables reglas de cálculo, que eran antes instrumento propio de los ingenieros, y que nos recetan, con engolada voz y complejo léxico, cataplasmas de ilusión y sinapismos de pedantería vacía y oropelesca.

Desde luego, están los políticos que se presentan como los redentores y únicos responsables de la conducción social y administrativa de la nación. Escuchar a los diputados tanto en las aburridas sesiones parlamentarias como en las entrevistas por los canales de televisión, es asistir a una magistral conferencia, con la diferencia que unos muestran la sapiencia de profesionales y científicos en determinada materia y éstos, los “padres de la patria” son los artífices de la mentira, del engaño y la demagogia. Por eso la población en cuanta encuesta se realiza los castigan con el látigo del desprecio ubicándoles como seres despreciables, no con éstos términos, pero sí con dureza. De esta decadencia de la “clase política” y pongamos en primer lugar, a la cultura superior, es responsable sin duda alguna pero en mínima parte el gobierno, o bien la mayoría de los gobernantes; pero, en la realidad lo somos todos y cada uno de nosotros, profesores, estudiantes y pueblo en general; unos por acción -- criminal muchas veces-- y otros por omisión, también criminal en alto grado.

¿Cómo entonces exigir crecimiento a la economía sino hemos invertido en la educación, la ciencia y la tecnología y por el contrario apoyamos con nuestros votos a políticos sin escrúpulos? Nuestra industria progresa desde hace largos años con lentitud y llena de taras y deficiencias y la llamo nuestra industria con indudable optimismo, ya que la exitosa, la verdaderamente desarrollada, está en manos de extranjeros y con capital extranacional. Pero esta falta de desarrollo industrial no es tampoco imputable en su totalidad a los gobernantes. Si no tenemos una adecuada planeación, si no existe espíritu creativo, la culpa es de nuestros inversionistas, de los negociantes, de los que se llaman a sí mismos tan ostentosa, pero tan indebidamente, hombres de empresa. A ellos los anima un solo incentivo: el enriquecimiento, la avaricia y para ello la previsión, el método, la investigación y el sentido social, son cosas superfluas, divagaciones de ilusos; al capital se le debe sacar el mayor provecho posible, con el menor esfuerzo, lo que es peor, sin tener en cuenta si en una explotación despiadada y deshumanizada, se atropellan los derechos de los trabajadores y de los consumidores. Industrias de invernadero, edificadas gracias al paternalismo de los gobiernos derechistas de todos los tiempos; en ellas las máquinas y los obreros deben ser exprimidos al máximo, para obtener, con el menor riesgo posible, dinero, dinero y más dinero.

Y si en esta desenfrenada explotación, se atora alguna de las ruedecillas de la máquina productora, para nuestros gloriosos hombres de empresa han quedado dos caminos fáciles: no la rectificación de puntos de vista humanos o técnicos eso nunca; sino, en primer lugar tratar de que un consorcio o una empresa extranjera se interese por la nacional (en este país no existe inversión internacional, nada más se adquiere las ya establecidas y a seguir con el mambo, como ha ocurrido con las compañías telefónicas, las de distribución de energía eléctrica, los bancos, etc.,) y que sea capaz de arrojarle, a la manera de un hueso con lagunas hebras de carne, un puñado de dólares y adquiera la empresa y la incorpore de inmediato al sistema succionador de nuestros recursos naturales, de nuestro esfuerzo humano y de nuestras utilidades. Y si esto no es posible, queda el segundo camino, se puede recurrir, en implorante actitud (cuando les conviene, amenazas cuando hace falta), a quien tanto se critica, a quien tanto se hace víctima de injurias y de desprecios, al mismísimo gobierno, para suplicarle que con prontitud y eficiencia adquiera la empresa atorada o quebrada, pague por ella una razonable cantidad y se haga responsable de su explotación, para en seguida el valor de la venta destinarlo con presteza a adquirir inmuebles, o bien cédulas hipotecarias, bonos financieros o certificados de participación inmobiliaria y, en conclusión, que sea el paternal gobierno el que cargue con el muerto. ¡Al fin y al cabo él es quien cobra los impuestos!

A todos les asusta, aun cuando hay muchos que únicamente fingen asustarse, que nuestra economía se encuentra enajenada al capital extranjero, que nuestra independencia económica no exista y vivamos bajo la férula rigurosa de empresas transnacionales que rigen nuestra vida en todos los órdenes; pero, convendría recordar, en primer lugar el entreguismo de “nuestros hombres de empresa” que han puesto en bandeja de plata “nuestro” sistema financiero, “nuestra” industria y “nuestro” comercio para que la voracidad de los consorcios extranjeros devore nuestros ínfimos recursos naturales y nuestras posibilidades de desarrollo. La minería metálica es un eslabón a punto de perderse en esta carrera contra el tiempo. Para ello están los “audaces” políticos de “experiencia” siempre de rodillas ante los verdes billetes que emite la tesorería del gobierno norteamericano. Sigamos votando por esta clase despreciable y sobre todo, aceptando todos los reclamos y “garantías” de inversión exigidas por la voraz oligarquía.

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