22.12.10

¿Quién protegerá los intereses de las mayorías?

Con las poderosas transnacionales de la telefonía, ocurre lo mismo que con los banqueros insaciables, cada año se reúnen a ver cómo marcha el negocio, cómo se ha manejado el changarro, cuánto han sido las ganancias, cómo hacer para obtener más réditos y en este mes de diciembre, cobrar más para solventar el pago de los aguinaldos a sus empleados. O de otra manera, resarcirse del par de dólares quitados por decreto legislativo al pago de acceso a la telefonía fija. ¿Y las autoridades gubernamentales? ¡muy bien, gracias! El pueblo aguanta con todo.

Entre sesión y sesión, champagne, bocadillos, caviar, ostras y langostinos, paseos en yate si el lugar se presta a ello, danzas especiales para quitarle lo áspero a las exposiciones donde se barajan esos términos tan técnicos pero tan decididamente feos, de “activos”, “superávit”, “inflacionarios”, etc., de mal sonido aunque de juego sabroso y rico, siempre, para ellos. En la sesión inaugural, condescendientes, dominan el bostezo, ponen la cara plácida, gente fina, diplomática, para escuchar el mensaje de fin de año del Ministro de Hacienda, jefe de las finanzas nacionales, filípica o piropo, según el tipo y sobre todo la época, el carácter del régimen.

Si es piropo que reciben “por sus fuertes inversiones” (?) en la expansión de sus redes y “servicio al cliente”, conceden una sonrisa arrogante; si son observaciones, igual. Al cabo, ellos -- nunca pierden, tienen el sartén por el mango o el rábano por las hojas, como a ustedes les parezca mejor--, han mantenido y mantendrán su línea, sus métodos, sus objetivos de explotación, aprovechando la tolerancia y el “dejar pasar” de los mismos clientes y, por supuesto, el respeto a la iniciativa privada, a las reglas del juego, para no “asustar la inversión”, del gobierno. La misma respuesta de una asistente de la gerencia de Ventas de Telecom para justificar el despiadado aumento a las tarifas en este mes de diciembre, lo dicen todo: “Mire es un recurso de la compañía para resarcirse del recorte al cobro del pago por acceso aprobado por la Asamblea Legislativa”. Así, claramente, sin despeinarse, ni siquiera asustarse por posibles reacciones de sus jefes por haber dejado caer públicamente lo acordado por los accionistas en sesiones privadas.

Lo mismo que los bancos: han reducido los intereses para ahorros a plazo y han aumentado los intereses para préstamos de adquisición de viviendas, construcciones o compra de maquinaria y tierras. Están hechos para captar dinero y multiplicarlo, nada más, nada menos. Dónde y cómo hay que poner, cuidar, hacer correr el dinero para que crezca, es cosa que sólo a los banqueros concierne; lo único que ha de importar es que se multiplique. Y así las cosas, a los sabios multiplicadores pertenecen las ganancias. Ellos trabajan con dinero ajeno; pero usureros y mercantilistas. Como al granjero corresponden los huevos de las gallinas. Lástima grande la pálida y triste labor de la Defensoría del Consumidor y de otros altos funcionarios que se mantienen en su limbo: el Estado impone las reglas del juego; este dicta la estrategia; pero los banqueros y los monopolios de las telefónicas dicen sus tácticas particulares. “Tenemos licencia para operar, ¿no es cierto?”, arguyen. “Pues operamos como es conveniente al negocio y punto”.

En este país no ha cambiado nada: los pícaros siguen abusando y acrecentando sus fortunas a costa del pueblo, nadie los pone en su sitio y como manda la “oferta y la demanda” y el “libre mercado impone sus reglas”, pues a subirle a las tarifas telefónicas, a la energía eléctrica, a estafar con los intereses bancarios y de las tarjetas de crédito. A los banqueros ¿algún funcionario del área económica les habrá dicho que no manejan dinero propio, sino dinero del pueblo. Y que por lo tanto, sobre su particular interés, sobre su gusto personal, está el interés de la nación, está el derecho del pueblo?. No se trata de alcanzar el desarrollo y la prosperidad permitiéndoles hacer y operar a su antojo, imponer la ley del más fuerte. De invertir en fraccionamientos, terrenos, grandes empresas industriales de capital dudosamente salvadoreño y así, sino de promover ocupación, levantar la fuerza de trabajo, ayudar a la reactivación de la agricultura que nos sustenta, estimular a la pequeña y mediana industria aunque en ello no vayan incluidos los intereses personales de los banqueros, de los monopolios, sus familiares y sus socios y sus amigos. Esto era lo normal y “correcto” con los gobiernos areneros”, ¿se estará repitiendo la misma historia?

Los “grandes empresarios”, nacionales y extranjeros, consideran, y en eso tienen la convicción firme, dura como roca, a esta nación como un país de libre empresa, aseguran que la teoría es una y la práctica económica es otra. Business is business. Y no es negocio , para ellos, mantener cuotas normales (de cobros de $25.00 mensuales por telefonía han superado los $50.00 en este mes de diciembre cuanto tienen que pagar aguinaldos, ellos siempre están quejándose de que “les cambian las reglas del juego” y que eso “genera desconfianza a los inversionistas”, “cumplimos con todas las disposiciones”, afirman, como no, el IVA, por ejemplo, no lo pagan ellos, se lo trasladan al consumidor, ¡semejantes sinvergüenzas!), cada año obligan o tuercen el brazo a los Órganos del Estado para su modificación siempre para arriba; pero los banqueros se niegan a dar créditos a campesinos pobres, por ejemplo, o meter centavos a una fabriquita de velas aromáticas o ayudar a construir casas baratas para gente modesta (el gobierno ha tenido que crear su propia banca de desarrollo para superar este grave escollo, con todo y a pesar de ello, sigue concediéndoles grandes ventajas para la despiadada explotación).

En fin, parece claro que en un país donde el desempleo es alto, donde la capacidad adquisitiva de amplios sectores de la población es desconsoladoramente baja, donde la agricultura está en crisis y la pequeña y mediana industrias, que son las nacionales, llegan al borde mismo de la bancarrota, el progreso está muy lejos de hacerse realidad, el desarrollo lo tarda, cuando no se paraliza. Pero los accionistas de los bancos, las telefónicas o los distribuidores de la energía eléctrica, no son obreros, ni campesinos, ni pequeños burócratas, ni artesanos menores. Ellos se han establecido aquí para ganar dinero, hacer grandes negocios, no conceder regalías ni mucho menos ventajas tanto al gobierno como a los consumidores. Para ellos que se modernice el sistema fiscal, siempre y cuando no les perjudique y las mayores cargas impositivas caigan sobre las espaldas del pueblo. Así con esta fórmula indestructible la minoría privilegiada de aquí y de afuera seguirá acrecentando sus fortunas, mientras la mayoría explotada se hará abrumadoramente más pobre.

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