Los presagios y los vaticinios son cosa normal en las festividades de Navidad y Año Nuevo. Las pitonisas y los magos se encargan de predecir los acontecimientos por venir. No siempre aciertan porque en tales señales o anuncios hay mucho de charlatanería. Desde luego, hay miles de personas alrededor del mundo consultando a estos “adivinadores” porque en el ser humano siempre habrá poco o mucho temor, ilusiones, deseos y esperanzas. Nuestra recomendación es consultar cifras, comparar con años anteriores, ver la evolución personal y familiar, y entonces hacer aproximaciones sobre el estado de la economía en los próximos años.
Es decir, nada como las estadísticas y el análisis científico para tener resultados sólidos y consolidados. En la premisa “Todo cambia, todo se transforma” hay un ritmo y una velocidad, que no son físicos -- sobre todo cuando se aplican a los fenómenos sociales-- pero dentro de los cuales existen los pasos, las marchas, las aceleraciones y, cómo no, también las detenciones. En pequeñas naciones como la nuestra es más fácil advertir el impacto de los fenómenos naturales y los provocados por la falta de previsión de los gobernantes. Si se anuncian sequías deben tomarse con urgencia las distintas medidas para asegurar la alimentación de la población. Lo mismo cuando se pronostican huracanes o permanentes lluvias: deben prepararse los albergues y bodegas para guardar alimentos, colchones, ropa, medicinas y todo lo demás.
Perdidas en la bruma de la prehistoria están las peregrinaciones que nutrieron de seres míticos, nuestras ya cálidas tierras. Del año 0 de nuestra era al comienzo del siglo XX, lo que hoy es nuestro país tenía una serie de giros internos, como si a las pequeñas planicies y cordilleras acudiesen los hombres y mujeres de la costa y de las montañas bajas, formando un río a la inversa, que del mar sube hacia los volcanes. Luego El Salvador se fue perfilando y asentando en su peculiar topografía y en sus vertientes naturales, pero, lo que antes era pretensión, se hizo realidad. El salvadoreño siempre ha querido saltar hacia el Cosmos y puso en la más alta meseta su rampa de lanzamiento. Y mientras puede hacerlo derrama, sobre todo el territorio nacional, un río suntuoso de ideas de todo tipo que son la mejor expresión de la presencia del salvadoreño. Esas rampas y su afán de superación más que el espíritu aventurero lo hicieron zarpar hacia otros mares, otros destinos y forjar la más grande diáspora que recuerda la historia.
Hasta mediados del siglo XIX nuestros procesos sociales fueron muy lentos. Los 300 años de la Colonia representan nuestra Edad Media, como dicen los mexicanos “de caminar quedo y funeral”; más a partir de la Independencia, iniciamos una marcha después convertida en carrera. Se produjeron los acontecimientos de la sublevación indígena con Anastasio Aquino, luego otra serie de revueltas, hasta llegar a la rebelión campesina de 1932, con el indígena Feliciano Ama y destacados cuadros del Partido Comunista. Hoy ya es posible elegir rumbos, la organización y el movimiento social es fuerte y los partidos políticos corren el peligro de quedarse a la zaga de alejarse de las masas y no adquirir compromisos sólidos con el presente y el futuro de la patria.
Todos los caminos vienen del hombre y van hacia el hombre. El los hace con su pie y metafóricamente se puede afirmar que todos los caminos van hacia la luz y la verdad. El que sale, debe llegar y quien parte debe volver. País que no contó con bestias de carga o de tiro y tampoco grandes ríos navegables, El Salvador tuvo, en la era prehispánica, caminos siempre ennoblecidos por la planta del hombre. Los mayas pudieron enorgullecerse de una auténtica Vía Apia Antica y, sobre el dorso de las sierras madres -- que ya lo eran desde entonces-- los caminantes eran guiados por pájaros, viniendo de Aztlán, por estrellas en el recinto nahoa y palomas y quetzales en al ámbito maya. Poca carga para el tameme. Era poco el interés. Quizá fue más el afecto o la enseñanza que, de uno a otro lado llevaban los visitantes.
Los caminos reales y de herradura fueron los primeros de nuestra explotación. Los principales senderos terminaban en la mar, especialmente de Acajutla y La Libertad de donde partían los galeones. Con inverso sentido, del mar nos vinieron las invasiones y sería por eso que dimos la espalda al mar. Durante muchos siglos se endureció la planta del pie, se nos hicieron callos y se acumuló la costra. Por ello durante tanto tiempo el pionero de estas tierras tuvo, como máxima velocidad de desplazamiento cuatro kilómetros por hora, la velocidad de su pie. Cuando fue caballero, en el siglo XIX, pasó a los 25. Habrían de ser esos procesos revolucionarios iniciales los que llevarían a las velocidades modernas que reducen el tiempo, aminoran las grandes distancias del país y hacen posible la comunicación instantánea, la entrega inmediata y aquel “momento exacto” de que hablaban los griegos.
Siempre nos asombramos ante el ingenio humano y nos detenemos ante lo imposible. Cómo no admirar a esos ingeniosos navegantes, invasores del mar, que construyeron el puerto de entrada a pocos pasos del actual Acajutla. Pontífice es el que hace puentes y caminos y el primero nuestro ¿quién sería? No importa, pero han trazado el camino y el destino, no siempre para favorecer a las mayorías, pero sí para darle ese signo de aparente modernidad a este país de tan encendidos contrastes.
Pero la era moderna no precisa de caminos, solamente. Necesita de buenos caminos que cumplan su función específica de llevar bien y pronto a las personas. El amor está menos lejano, el pan más cercano, la enseñanza más accesible, la ganancia más fácil, el bien más hacedero si entre salvadoreño y salvadoreño hay un camino, un puente o un barco. ¿Para quiénes? Es la gran pregunta, la interrogante para los gobernantes. De esto se construyen esperanzas y no pasajeras ilusiones. Sobre ello volveremos en próximo artículo.





0 comentarios:
Publicar un comentario