Hace un par de semanas la periodista Arastegui formuló unas declaraciones revelando actos de corrupción, autoritarismo y conflictos de intereses del presidente de México, situación que impulsó al mandatario a exigirle disculpas públicas “sobre hechos no comprobados” y atentatorios contra “su moralidad y transparencia”. La comunicadora lejos de retractarse, puntualizó sus acusaciones al tiempo de asegurar contar con “suficiente documentación y pruebas” para respaldar lo dicho contra el primer magistrado de los Estados Unidos Mexicanos.
Pero todo el análisis parece discurrir como en el centro de una campana neumática que aísla siempre el contexto conflictivo, el trajín de los intereses que rodean, punzan y definen la acción política. Los discursos y las comparecencias presidenciales parecen dichos para ser imprecisos, no para responder a urgencias prácticas y a auditorios concretos del momento. En México como en otros países, el caso de El Salvador, por cierto, muy particular, las reformas administrativas, las electorales y constitucionales parecen brotar de un abstracto juego de mecanismos autónomos que guardan poca o ninguna relación con la realidad social que les da origen; los proyectos sobre la Agricultura Familiar, su reactivación o el anuncio de “reformas fiscales”, parecen surgir del simple hecho de que al presidente se le hayan ocurrido y no de la necesidad de dar respuestas estratégicas a problemas que ningún mandatario hubiera podido, responsablemente eludir.
Eso ocurre también con las encuestas o estudios de opinión pública otorgando distintas calificaciones de popularidad al mandatario. En este caso muy particular de El Salvador, es por lo menos extraño que ciertos sondeos de un presidente como Mauricio Funes hayan puesto a un lado las características más notables de sus primeros 18 meses de gobierno: la continua agitación en todos los niveles, la irrupción climática de graves problemas heredados por los cuatro nefastos regímenes areneros, el desplome de viejas confianzas predatorias en la bondad del camino, el forcejo de intereses que se habían expresado hasta entonces calladamente, la eficaz política de reconcentración de los inquietos sectores técnicos, profesionales, estudiantiles, intelectuales a los que duros años de conflicto armado y de ingratas administraciones derechistas de los últimos 20 años (desde Alfredo Cristiani a Antonio Saca) despojó bárbaramente de toda disyuntiva política.
Más precisamente, el estilo personal de gobernar ha puesto a un lado lo que parece políticamente crucial. A manera de ejemplos, uno se pregunta dónde han quedado, en que agitados vientos de otras tierras, cuestiones como la histórica y pendiente Reforma Agraria, la anunciada Reforma Integral de Salud, de Educación y la masiva campaña nacional de alfabetización. Desde luego, la reactivación de la agricultura y la estratégica y no tan simbólica Fábrica de Empleos; el impacto en la opinión pública de la conducta del presidente al vetar ciertos decretos de ley de beneficio popular – momento crucial, más que cualquier acumulación de discursos o frases hechas, de la credibilidad de la palabra presidencial-- ; el largo litigio de la burocracia sindical que despertó grandes esperanzas en algún momento sobre todo en la etapa de la campaña electoral cuando había tanto entusiasmo por aquello de “con Mauricio presidente, todo será diferente”, sino de una renovación total, sí de un incipiente pluralismo en el movimiento obrero, promesa y abrazo que ha terminado en reiteradas protestas e inconformidades.
En el país no contamos con periodistas de la talla de Arastegui, cosa rara el actual mandatario fue un tenaz crítico de la corrupción y el verticalismo de los regímenes areneros. Ha habido contados intelectuales con los dedos de la mano que se hayan lanzado a una crítica no condescendiente del poder público. Lamentablemente los presentadores y “ conductores de programas de entrevistas de la televisión cuentan con escasas entendederas y muy limitado acervo cultural y hasta de criterio para formular preguntas serias y agudas tanto al mandatario (estuvo en el último mes en cuatro canales de televisión) como a los ministros. Todo se diluye y se realiza como en un salón de baile con vueltas y retorcidas a tono con la melodía. No se trata de calumniar e irrespetar al funcionario o ganarse un exilio en la propia casa, sino de cuestionamientos y críticas elevadas, aprovechables para semejante audiencia. La trasgresión consiste en que esa familiaridad, ese tono supuestamente ácido y humorístico que quizás se permitirían al amigo o al colaborador en el recinto sellado de la sala o el despacho, vengan a la luz en el modo público de una caja de imprenta. Dicho de otro modo: aquí las instituciones han hecho pública su discordia y para un público que ha sido sistemáticamente condenado al puritanismo y a respetar el secreto que ronda al poder, este hecho tiene un leve sabor escandaloso
Sería bueno preguntarse porque no se decreta cuanto antes una completa Ley de Acceso y Transparencia a la Información, no sólo para los periodistas sino para todos los salvadoreños: derecho a conocer como se administran los impuestos pagados, cómo se invierten los fondos provenientes de convenios, préstamos o donaciones de gobiernos amigos o instituciones internacionales, cuánto ganan los ministros y sus asesores, cuánto gasta la Asamblea Legislativa y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a cuánto ascienden los gastos de representación y los viáticos en “giras” por diversos países del mundo, a cuanto asciende la partida secreta de Casa Presidencial. ¿Por qué un solo diputado de la Asamblea Legislativa cuenta con 16 asesores?
La trasgresión se verifica en aquella zona esencial de nuestra cultura política -- si algo es-- que murmura, a pesar de tantos clisés democráticos adquiridos. Al señor presidente no se le dicen esas cosas. Respeto heredado y miedo concreto a la figura presidencial: la veneración es el rostro socializado del terror; la parte más arraigada de nuestra experiencia ciudadana parece saber con exactitud que quien gobierna entre nosotros es, efectivamente, el superviviente; o para recordar a Max Weber que “detrás del poder nos mira siempre la solemnidad de la muerte. El presidente de El Salvador ha tenido siempre una cierta condición fulminante: ominosa o promisoria, según el sapo que le tire la piedra. Unos en el pasado, fueron autoritarios, sanguinarios, ladrones; otros son soberbios, prepotentes y vanidosos. Uno bien quisiera que los periodistas de este país fueran sagaces, que no sólo contaran chistes malos o se dieran de besitos con el presidente y sus funcionarios, que también pusieran al descubierto la incapacidad de la ineptitud de ciertos ministros y mandos medios, su “gramática anterior a la sintaxis”, los balances desasosegados de la obra a un tercio del gobierno, la vergüenza de soportarlo todo, la imposibilidad de no soportarlo. Por un mecanismo no escrito que habla bien de la eficacia de la dominación ideológica nacional, hace mucho tiempo que la corrupción, la torpeza política, el silencio generalizado, nos parecen consecuencias lógicas y hasta pasables de un modo peculiar y obligado de vivir. De irla pasando, como decían los abuelos. Los grandes gestos morales de la vida pública están adheridos a momentos de indignación y ruptura con esa tradición de amargo acatamiento.
Vistas así las cosas, el desacato a la figura presidencial parecería ser uno de los mayores sacrilegios que pueden cometerse en el rosario teológico de normas que rigen la intimidad de la cultura política de El Salvador. Y el desacato personalizado, o individualizado, uno de los peores. El desacato de las cúpulas empresariales no es, en realidad, ni excesivo ni virulento, pero se multiplica y se comenta porque proviene de los testaferros y marionetas de la oligarquía, y como ustedes saben este poderoso grupo económico tiene bajo su tutela o pago diario a “los grandes medios” de difusión y cuando la lora mayor habla se mueven los títeres.
Pero todo el análisis parece discurrir como en el centro de una campana neumática que aísla siempre el contexto conflictivo, el trajín de los intereses que rodean, punzan y definen la acción política. Los discursos y las comparecencias presidenciales parecen dichos para ser imprecisos, no para responder a urgencias prácticas y a auditorios concretos del momento. En México como en otros países, el caso de El Salvador, por cierto, muy particular, las reformas administrativas, las electorales y constitucionales parecen brotar de un abstracto juego de mecanismos autónomos que guardan poca o ninguna relación con la realidad social que les da origen; los proyectos sobre la Agricultura Familiar, su reactivación o el anuncio de “reformas fiscales”, parecen surgir del simple hecho de que al presidente se le hayan ocurrido y no de la necesidad de dar respuestas estratégicas a problemas que ningún mandatario hubiera podido, responsablemente eludir.
Eso ocurre también con las encuestas o estudios de opinión pública otorgando distintas calificaciones de popularidad al mandatario. En este caso muy particular de El Salvador, es por lo menos extraño que ciertos sondeos de un presidente como Mauricio Funes hayan puesto a un lado las características más notables de sus primeros 18 meses de gobierno: la continua agitación en todos los niveles, la irrupción climática de graves problemas heredados por los cuatro nefastos regímenes areneros, el desplome de viejas confianzas predatorias en la bondad del camino, el forcejo de intereses que se habían expresado hasta entonces calladamente, la eficaz política de reconcentración de los inquietos sectores técnicos, profesionales, estudiantiles, intelectuales a los que duros años de conflicto armado y de ingratas administraciones derechistas de los últimos 20 años (desde Alfredo Cristiani a Antonio Saca) despojó bárbaramente de toda disyuntiva política.
Más precisamente, el estilo personal de gobernar ha puesto a un lado lo que parece políticamente crucial. A manera de ejemplos, uno se pregunta dónde han quedado, en que agitados vientos de otras tierras, cuestiones como la histórica y pendiente Reforma Agraria, la anunciada Reforma Integral de Salud, de Educación y la masiva campaña nacional de alfabetización. Desde luego, la reactivación de la agricultura y la estratégica y no tan simbólica Fábrica de Empleos; el impacto en la opinión pública de la conducta del presidente al vetar ciertos decretos de ley de beneficio popular – momento crucial, más que cualquier acumulación de discursos o frases hechas, de la credibilidad de la palabra presidencial-- ; el largo litigio de la burocracia sindical que despertó grandes esperanzas en algún momento sobre todo en la etapa de la campaña electoral cuando había tanto entusiasmo por aquello de “con Mauricio presidente, todo será diferente”, sino de una renovación total, sí de un incipiente pluralismo en el movimiento obrero, promesa y abrazo que ha terminado en reiteradas protestas e inconformidades.
En el país no contamos con periodistas de la talla de Arastegui, cosa rara el actual mandatario fue un tenaz crítico de la corrupción y el verticalismo de los regímenes areneros. Ha habido contados intelectuales con los dedos de la mano que se hayan lanzado a una crítica no condescendiente del poder público. Lamentablemente los presentadores y “ conductores de programas de entrevistas de la televisión cuentan con escasas entendederas y muy limitado acervo cultural y hasta de criterio para formular preguntas serias y agudas tanto al mandatario (estuvo en el último mes en cuatro canales de televisión) como a los ministros. Todo se diluye y se realiza como en un salón de baile con vueltas y retorcidas a tono con la melodía. No se trata de calumniar e irrespetar al funcionario o ganarse un exilio en la propia casa, sino de cuestionamientos y críticas elevadas, aprovechables para semejante audiencia. La trasgresión consiste en que esa familiaridad, ese tono supuestamente ácido y humorístico que quizás se permitirían al amigo o al colaborador en el recinto sellado de la sala o el despacho, vengan a la luz en el modo público de una caja de imprenta. Dicho de otro modo: aquí las instituciones han hecho pública su discordia y para un público que ha sido sistemáticamente condenado al puritanismo y a respetar el secreto que ronda al poder, este hecho tiene un leve sabor escandaloso
Sería bueno preguntarse porque no se decreta cuanto antes una completa Ley de Acceso y Transparencia a la Información, no sólo para los periodistas sino para todos los salvadoreños: derecho a conocer como se administran los impuestos pagados, cómo se invierten los fondos provenientes de convenios, préstamos o donaciones de gobiernos amigos o instituciones internacionales, cuánto ganan los ministros y sus asesores, cuánto gasta la Asamblea Legislativa y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a cuánto ascienden los gastos de representación y los viáticos en “giras” por diversos países del mundo, a cuanto asciende la partida secreta de Casa Presidencial. ¿Por qué un solo diputado de la Asamblea Legislativa cuenta con 16 asesores?
La trasgresión se verifica en aquella zona esencial de nuestra cultura política -- si algo es-- que murmura, a pesar de tantos clisés democráticos adquiridos. Al señor presidente no se le dicen esas cosas. Respeto heredado y miedo concreto a la figura presidencial: la veneración es el rostro socializado del terror; la parte más arraigada de nuestra experiencia ciudadana parece saber con exactitud que quien gobierna entre nosotros es, efectivamente, el superviviente; o para recordar a Max Weber que “detrás del poder nos mira siempre la solemnidad de la muerte. El presidente de El Salvador ha tenido siempre una cierta condición fulminante: ominosa o promisoria, según el sapo que le tire la piedra. Unos en el pasado, fueron autoritarios, sanguinarios, ladrones; otros son soberbios, prepotentes y vanidosos. Uno bien quisiera que los periodistas de este país fueran sagaces, que no sólo contaran chistes malos o se dieran de besitos con el presidente y sus funcionarios, que también pusieran al descubierto la incapacidad de la ineptitud de ciertos ministros y mandos medios, su “gramática anterior a la sintaxis”, los balances desasosegados de la obra a un tercio del gobierno, la vergüenza de soportarlo todo, la imposibilidad de no soportarlo. Por un mecanismo no escrito que habla bien de la eficacia de la dominación ideológica nacional, hace mucho tiempo que la corrupción, la torpeza política, el silencio generalizado, nos parecen consecuencias lógicas y hasta pasables de un modo peculiar y obligado de vivir. De irla pasando, como decían los abuelos. Los grandes gestos morales de la vida pública están adheridos a momentos de indignación y ruptura con esa tradición de amargo acatamiento.
Vistas así las cosas, el desacato a la figura presidencial parecería ser uno de los mayores sacrilegios que pueden cometerse en el rosario teológico de normas que rigen la intimidad de la cultura política de El Salvador. Y el desacato personalizado, o individualizado, uno de los peores. El desacato de las cúpulas empresariales no es, en realidad, ni excesivo ni virulento, pero se multiplica y se comenta porque proviene de los testaferros y marionetas de la oligarquía, y como ustedes saben este poderoso grupo económico tiene bajo su tutela o pago diario a “los grandes medios” de difusión y cuando la lora mayor habla se mueven los títeres.





1 comentarios:
Cuando el otrora excelentisimo Sr. presidente de la Republica de El Salvador, fue anunciado como candidato a la Presidencia por el FMLN, me parecio una copia barata, ya que el anarquista partido ARENA, habia lanzado su ultima estocada para salvar a su partido politico, lanzando a un tipo que no haria nada por El Salvador, y si lo hizo, no lo vi, me refiero al pueblo comun, a los que como yo, vivimos en una incertidumbre social, no sabemos cuando nos van a matar, si tenemos suerte solo nos van asaltar.
Pero, que mas atraco es el de trabajar mas de 8 horas, por un sueldito, salario o pago por nuestra fuerza laboral.
En trabajos en donde tenemos que producir 200% de produccion para ganar un 5%.
Ya se cuenta con 6 millones de salvadoreños, pero, aun siguemos en las peores situaciones politicas, sociales, economicas, militares, la mayoria de gente de mi edad (51) y mas, dicen, era mejor cuando estaba la guerra de disputa de los Oligarcas radicados en El Salvador, y mucho mas pacifico y respeto cuando existian los cuerpos de seguridad publica, hoy disueltos por causa de sus corruptos comandantes, que se dedicaron a oprimir al pueblo, a nosotros el pueblo, aunque yo soy uno de los que tuvieron suerte de salir vivo de aquel infierno, otros no la tuvieron.
Ahora no hay cambios, por mas que se quiera hacer no se lograra, si la gente que llega al poder viene de la pobreza, de la avaricia, de gente que tiene riquezas pero por acaudalar sus fortunas por medio de la explotacion laboral.
El actual Presidente de El Salvador, solo es elocuente y se quita las obligaciones como si tuviera un tizon al rojo vivo en el trasero.
Desde sus campañas electorales, especialmente en Mejicanos el dijo cosas, que se sentia que solo iva al poder para lograr salir de su pobreza economica y llenar mas su ego personal.
Cada vez fue diciendo mentiras que nunca las cumpliria, hasta la fecha sus promesas electorales solo han sido propaganda politica y nefastas sugerencias.
Pueden salir grupos que quieran reactificar cualquier partido politico, ya lo hizo ARENA, el PCN, PDC, pero en estos ultimos solo son unos borrachitos asolapados, que llegaron a es puesto por que Dios es grande o en verdad existe, aunque lo dudo.
Bien, la unica forma de lograr que el pueblo tenga buenos dirigentes, partidos politicos, funcionario publicos, no es tan dificil, solo es de radicar la ignorancia, la avaricia y fomentar la CONCIENCIA SOCIAL.
De lo contrario seguiremos igual hasta llegar a lo peor, pero, asi como esta la situacion, ya solo falta que nos maten y se termina el problema.
El problema de los Opresores, Oligarcas, Anarquistas, Corruptos, que NO DEJAN QUE UNO TENGA LIBRE EXPRESION, ya que lo mandan a matar.
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