9.2.11

El año continúa sin grandes cambios

Rápidamente terminó el mes de enero y lentamente empiezan a desgranarse los días de febrero. No han llegado, como tantos temíamos, cargados de dramáticos cambios. Mucho de cuanto se rumoró y se anunció al finalizar el 2010, con tan reiterados alardes publicitarios, se redujo a sus justas, modestas proporciones. El estilo de gobierno permanece inalterable: dejarse llevar por los excesos de la imaginación, cierto grado de populismo y detenerse, al fin, frente a la realidad. Estas frustraciones se originan quizá, tanto en las limitaciones de los hombres, como en las condiciones propias de países subdesarrollados y dependientes de todo como nosotros. Romper el círculo de hierro que nos encierra será posible únicamente mediante un largo batallar y por la aparición en nuestro medio, de un tipo diferente de trabajador de la política. Habría que buscarlo con lupa en el intrincado mar de contradicciones de esta folclórica república.

El panorama de todos modos es incierto, complejo, hasta irracional. Cambiar poco es difícil, mucho sería tarea de titanes. Mucho, para lograr ese fin, será necesario destruir o superar. Desgraciadamente hemos hecho de la política una actividad reservada a los mediocres; nos deslumbra el triunfo fácil, medimos el valor del ciudadano según el sitio ocupado en la jerarquía oficial y no señalamos los medios ni las razones por los que lo han alcanzado. Nuestra política no es una ciencia, ni un arte, ni siquiera una pasión, es nada más una habilidad y, en muchos casos, una aventura. “La verdadera naturaleza de la política, escribía Morgenthau, en su libro La lucha por el poder y la paz, queda oculta bajo justificaciones, ideología y racionalizaciones”.

En este país se hacen alianzas, convenios o acuerdos más por intereses personales, partidarios que pensando en el bien común o el bienestar y progreso de la nación. Un inventario esquemático, elemental, de nuestros “profesionales” de la política, -- en los niveles más altos-- nos permite advertir, en primer término, la persistencia del político tradicional. Sin preocupaciones doctrinales, la política es para él sólo en un medio. Forma la herencia que cada régimen recibe de los anteriores y es, ligado a sus iguales, un poderoso grupo de presión, una vasta gama de intereses. Lo vemos todos los días. La Asamblea Legislativa es un canto a las mayores sinvergüenzadas, a los constantes “arreglos” bajo la mesa, el centro de intercambio de favores por dinero, al concédeme ahora y tendrás réditos mañana. El partido GANA, por ejemplo, no es fruto de divergencias ideológicas, ni siquiera políticas, es un desprendimiento por intereses mezquinos, por amarguras y pleitos por cargos o candidaturas. Hablar de ética con esta clase de personas, es como mostrarles diamantes a los cerdos.

Cómo quisiéramos ver surgir políticos distintos, honestos, cultos, revestidos de al menos buenas intenciones. Se habla de los formados en la práctica, en la experiencia. Son llamados intuitivos. Nacieron de las filas de los pequeños propietarios del comercio, de la dirigencia del transporte, de los campesinos, sin una educación política sólida, pero lejos de mantenerse en “su clase”, en su natural ambiente, rápidamente adquieren las mañas y la forma fácil de “hacer dinero”, de entregar sus votos o su adhesión al mejor postor. Se pueden ver ocupando cargos de diputados, alcaldes y funcionarios públicos. De la noche a la mañana, han adquirido títulos de licenciados y hasta ingenieros. Los llama así la gente y los presentadores de televisión. No tienen el mínimo pudor ni la decencia para rechazar tales nominaciones. Es el grupo menos numeroso de la fauna política, no podemos decir por suerte o por desgracia. Pero muchos de ellos, caso de don Orlando Arévalo, ahora diputado independiente después de militar en la mayoría de partidos de la derecha, se dicen defensores de las grandes causas del pueblo salvadoreño.

En los últimos tiempos, podría decirse con este régimen, han aparecido en el foro público, otros personajes. Se gradúan o “los gradúan” en nuestras instituciones de enseñanza superior y muchos practican esa forma de turismo cultural que se concreta en breves periodos de inscripción en alguna universidad de las tantas de este país. No es posible poner en duda la utilidad de estas experiencias, ni negar cuánto significa en la formación cultural la convivencia en las aulas con jóvenes de otros orígenes y condición económica. Hay algunos que llegan graduados de universidades europeas, sobre todo de España. Hasta vienen hablando con el acento característico de los “churumbeles”. Pero todo resulta ilusorio si tal individuo después de su estancia en otros continentes, se sumerge, a su vuelta, en la burocracia o pierde sus capacidades críticas, se doma, disciplina y conforma, según la estática ortodoxia oficial. Aprende rápidamente “las gracias” de la política doméstica. Pierde así la oportunidad de ser, en la medida de sus atributos, un factor de cambio, un elemento fresco y joven en la evolución de su país.

Desde luego, en gobiernos anteriores, se dieron mayormente estos casos de “expertos” egresados de universidades europeas o de los Estados Unidos. Muchos de los dirigentes de Arena son profesionales y técnicos graduados en instituciones internacionales, con dominio del inglés y otros idiomas. Por eso era común escuchar en esos tiempos, un cambio drástico de nuestro estilo político, como si una o dos personas tuvieran la varita mágica para transformar las caducas estructuras políticas y económicas de este país. El lenguaje, las ideas, las promesas, la técnica de propaganda, no varió en lo mínimo, fueron los mismos utilizados hasta ayer por los astutos, vacíos políticos del pasado. Si hablamos de cambio, y desde luego aceptamos el reto del actual gobierno, éste debe principiar, suponemos, por un análisis mucho más científico, preciso, de la problemática nacional, y por el trazo de soluciones nuevas, novedosas, actuales, diferentes.

Cuando el jefe de Estado expresa ideas que a muchos parecen desconcertantes, quizá éstas encuentren su interpretación y motivaciones, en la necesidad política de escuchar voces de disenso o de protesta que aclaren las interrogaciones populares. Si por ejemplo habla de estar trabajando por el combate contra la delincuencia, en verdad deben disminuir los asesinatos, los asaltos y las extorsiones; pero la realidad es muy distinta. Si habla de ayudar a las mayorías en su administración económica, deben darse medidas elocuentes para reducir drásticamente el alto costo de la vida. Si se habla de protección a la niñez y a las madres, todo debe enfocarse a generar empleo masivo y evitar esa emigración permanente hacia los Estados Unidos produciendo desintegración familiar. No se puede seguir dando vueltas a la vieja noria seca y nada más. El político, como ya lo hemos dicho, tiene la edad de sus ideas, de sus impulsos, de sus inconformidades, de sus ambiciones. Pero ¿Dónde queda o se ubica el bienestar general de la nación y de sus habitantes?

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