¡Cómo seríamos todos un poco más felices si al menos las grandes potencias dispusieran de un día de guerra para la paz! Es decir si en el primer día del bestial y cobarde bombardeo contra Libia los “países aliados” lanzaron no menos de 110 misiles, al valor de un millón de dólares cada uno, tendríamos 110 millones de dólares para atender graves problemas de salud o desnutrición de niños en regiones paupérrimas de África, Asia o América Latina. Lo mismo ocurriría si el costo de un tan solo avión se destinara para investigaciones sobre desastres o el recalentamiento global.
No todo es un día de vino y rosas, los presagios no son alentadores. Todos los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lejos de pensar en la paz mundial y en la fraternidad de los pueblos, unieron sus presupuestos para invadir y atacar a Libia, con el pretexto de “defender a la población civil de las amenazas del presidente Gadafi”. Se han olvidado de su misma Carta de Principios (“Defender la paz y la armonía mundial”) y de esa misma Jornada Mundial de la Paz, por la cual se comprometieron en su momento a “tomar de sus presupuestos respectivos” lo que les cuesta un día de armamento y a ponerlo en común para luchar contra el hambre, el tugurio “y las grandes endemias que diezman a la humanidad”.
Fue una utopía, como lo han sido todos los llamados a mantener la paz y seguridad mundiales y “promover la cooperación entre las naciones”, formulados desde su constitución al finalizar la Segunda Guerra Mundial. La conversión de unas armas de muerte en obras de vida sería un gesto de gran repercusión, capaz de fomentar la salvación de una humanidad que “con las manos atadas y la boca cosida, asiste impotente a su propio suicidio”, como escribía ya hace muchos años al entonces Secretario General de la ONU, U Thant, Raoul Follereau, poeta y humanista entregado las mejores causas para aliviar el sufrimiento de los leprosos.
Por cierto en ese no tan lejano pasado, más de tres millones de jóvenes pertenecientes a 125 países firmaron su adhesión a ese gran movimiento en contra de la guerra y a favor de la paz. Los llamados “Comandos de la Fraternidad”, todavía están librando en el mundo los combates por la paz más entusiastas y eficaces. En el presente cuando las bombas caen brutalmente contra la población civil, lanzadas impunemente por países europeos (Inglaterra, Francia, Dinamarca y otros), así como por la nación más guerrerista de la historia de la humanidad, Estados Unidos, pues, se hace necesario rescatar todos esos legados de protesta y solidaridad y ejercer presión por distintos medios para al menos disuadir a estas fuerzas oscuras y retardatarias a evitar un baño de sangre mayor contra el pueblo libio. Aquí les dejamos un pequeño poema de Folleraeau, para que sus versos no sólo sean escuchados, sino seguidos:
No basta dar, hay que darse.
Dar sin amor, es una ofensa…
¡Nadie tiene derecho a ser feliz a solas!
Este hombre que en su momento renunció a todo lo personal (¿recuerdan al Ché Guevara?) para luchar por todo lo que jamás le fue ajeno, bien pudo decir lo que quisiera que otros dijeran:
Ser feliz es hacer felices a otros
Todo lo que yo tengo es lo que he dado.
Aquella mañana amanecí con un dolor preciso
Y un deber preciso también.
Traté de valorizarlos.
No existe justificación ni pretexto alguno para el cobarde y bestial ataque contra Libia. Desde luego, para todas las naciones industriales encabezados por los Estados Unidos, lo único que importa es hacerse con el mar de petróleo y los recursos hídricos de ese país ubicado al norte de África. También están las reservas de 200 mil millones de dólares en bancos de Dubai y europeos. La codicia y la ambición de las “grandes potencias” se han aliado en contra de la dignidad y la plena independencia de esa nación islámica. Como ayer, Libia lucha, en condiciones desventajosas, por su supervivencia, por dar a su pueblo una vida justa y una prosperidad basada en el trabajo, y por hacer digno, respetable, vigente, el derecho de todos los débiles.
No todo es un día de vino y rosas, los presagios no son alentadores. Todos los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lejos de pensar en la paz mundial y en la fraternidad de los pueblos, unieron sus presupuestos para invadir y atacar a Libia, con el pretexto de “defender a la población civil de las amenazas del presidente Gadafi”. Se han olvidado de su misma Carta de Principios (“Defender la paz y la armonía mundial”) y de esa misma Jornada Mundial de la Paz, por la cual se comprometieron en su momento a “tomar de sus presupuestos respectivos” lo que les cuesta un día de armamento y a ponerlo en común para luchar contra el hambre, el tugurio “y las grandes endemias que diezman a la humanidad”.
Fue una utopía, como lo han sido todos los llamados a mantener la paz y seguridad mundiales y “promover la cooperación entre las naciones”, formulados desde su constitución al finalizar la Segunda Guerra Mundial. La conversión de unas armas de muerte en obras de vida sería un gesto de gran repercusión, capaz de fomentar la salvación de una humanidad que “con las manos atadas y la boca cosida, asiste impotente a su propio suicidio”, como escribía ya hace muchos años al entonces Secretario General de la ONU, U Thant, Raoul Follereau, poeta y humanista entregado las mejores causas para aliviar el sufrimiento de los leprosos.
Por cierto en ese no tan lejano pasado, más de tres millones de jóvenes pertenecientes a 125 países firmaron su adhesión a ese gran movimiento en contra de la guerra y a favor de la paz. Los llamados “Comandos de la Fraternidad”, todavía están librando en el mundo los combates por la paz más entusiastas y eficaces. En el presente cuando las bombas caen brutalmente contra la población civil, lanzadas impunemente por países europeos (Inglaterra, Francia, Dinamarca y otros), así como por la nación más guerrerista de la historia de la humanidad, Estados Unidos, pues, se hace necesario rescatar todos esos legados de protesta y solidaridad y ejercer presión por distintos medios para al menos disuadir a estas fuerzas oscuras y retardatarias a evitar un baño de sangre mayor contra el pueblo libio. Aquí les dejamos un pequeño poema de Folleraeau, para que sus versos no sólo sean escuchados, sino seguidos:
No basta dar, hay que darse.
Dar sin amor, es una ofensa…
¡Nadie tiene derecho a ser feliz a solas!
Este hombre que en su momento renunció a todo lo personal (¿recuerdan al Ché Guevara?) para luchar por todo lo que jamás le fue ajeno, bien pudo decir lo que quisiera que otros dijeran:
Ser feliz es hacer felices a otros
Todo lo que yo tengo es lo que he dado.
Aquella mañana amanecí con un dolor preciso
Y un deber preciso también.
Traté de valorizarlos.
No existe justificación ni pretexto alguno para el cobarde y bestial ataque contra Libia. Desde luego, para todas las naciones industriales encabezados por los Estados Unidos, lo único que importa es hacerse con el mar de petróleo y los recursos hídricos de ese país ubicado al norte de África. También están las reservas de 200 mil millones de dólares en bancos de Dubai y europeos. La codicia y la ambición de las “grandes potencias” se han aliado en contra de la dignidad y la plena independencia de esa nación islámica. Como ayer, Libia lucha, en condiciones desventajosas, por su supervivencia, por dar a su pueblo una vida justa y una prosperidad basada en el trabajo, y por hacer digno, respetable, vigente, el derecho de todos los débiles.





1 comentarios:
Deberian poner para poder compartir estos mensajes en las redes social
Esa es la cruel realidad del mundo en donde solo vale lo que hacen y digan los imperialistas sin importarles nada.
ellos si pueden bombardear y atar gente los demas no.....estamos volviendo a años padados.
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