Las grandes y buenas obras, dicen, hacen al buen gobierno. Los discursos bien elaborados, las palabras bien dichas, pueden despertar entusiasmo, encender ilusiones. En política se habla de que el sentido de las proporciones, una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y también su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.
¿El presidente Mauricio Funes estará recorriendo estos senderos cuando anuncia la formación de un Consejo Consultivo? Las palabras están bien dichas, el hecho ha sorprendido a muchos, los “analistas” se reparten por igual desafíos, aciertos, malabares y equivocaciones. Surgen los encantadores de serpientes y los vendedores de ilusiones. En la exposición verbal del mandatario no están dichas todas las verdades ni el concreto objetivo de la propuesta: es nada más, una idea lanzada al vacío, un anzuelo político sin límites en el tiempo y el espacio.
El común de los salvadoreños debe tener su particular análisis del anuncio; pero no tiene forma de expresarlo, con todo hemos escuchado varias interpretaciones. Dicen para el caso: el presidente fue electo para conducir los destinos del país, para orientar y ser la última voz cuando los ecos de otras se han extinguido. Resulta extraño entonces se convoque a ex presidentes de la república, sobre todo a quienes se responsabiliza del desastre de la economía nacional y de los alarmantes índices de delincuencia, crimen organizado y más, para actuar de asesores, consultores o mediadores en temas de interés nacional.
Se piensa en todo esto si se contempla el panorama político del país. Si hasta el momento todas las declaraciones, “las pensadas”, los discursos, los objetivos y los propósitos enunciados por el régimen se hubieran cumplido, nos rodearía un El Salvador en marcha, en despegue, esplendoroso, organizado, justo. No tenemos nada de eso, nada más nos quedamos en el intento. Como dicho está: no faltan declaraciones, ni planes, ni proyectos, pero carecemos de claridad y realismo. La política, lo hemos escrito tantas veces, no es, o por lo menos no debe ser, un puro alarde de imaginación. El agitador despierta sentimientos, aviva rencores o suscita pasiones. Su quehacer se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces.
Los políticos son maestros en el engaño, en la mentira, en la promesa. La cuestión es que la gente no vive de ilusiones ni de esperanzas. “La fe mueve montañas”, bueno pero de ello no se come ni se alimentan los pueblos. Se pueden formar miles de comisiones, se pueden realizar otras tantas reuniones de consulta; pero si las obras y los hechos no se concretan, nos encontramos en un círculo vicioso, no encontramos la luz al final del túnel y todo queda en papeles, en declaraciones rimbombantes, en fotografías publicadas en los periódicos, en noticieros repitiendo palabras de ex presidentes, de ex funcionarios, de notables e ilustres figuras.
El político se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces. Vive de eso: de prometer y de engañar, de crear falsas expectativas. Para él existen miles de palabras y es un maestro en manejarlas, pero ellas no tienen valor por sí mismas, el político honesto (habrá de buscarse con lupa) está obligado a desdeñar su encanto, su tentadora locura. En cambio para el estadista la palabra es el camino de la acción; todo discurso debe materializarse, de tal manera que el pueblo advierta que el fuego quemante del discurso, al enfriarse, se convierta en metal. No podemos envolver, ni ocultar nuestras dolorosas angustias, con un velo de palabras incumplidas.
El pueblo salvadoreño tiene años de esperar el progreso, la paz social, la felicidad y la justicia. Han desfilado por el gobierno distintos presidentes, todos han prometido el oro y el moro, han pronunciado elocuentes discursos, declaraciones emotivas, que han suscitado aplausos y encendidas emociones. Los noticieros han formado sus primeras planas con las frases más solemnes: seremos un país de propietarios, cerraremos el círculo de la pobreza, con Alianza Solidaria terminaremos con la pobreza del país, gobernaremos para los más pobres de los pobres, tendremos como guía el ejemplo de nuestro obispo mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero, gobernaremos por meritocracia. Y así por el estilo.
Nada más ejemplos de realismo verbal. Erradicar la pobreza, crear fuentes de empleo, combatir la delincuencia, invertir más en educación y salud, son las aspiraciones elementales de todos los pueblos del tercer mundo. Pero ¿cómo no serlo? Esa es la tarea del político. No basta enunciar un deseo. Ahí las palabras se rompen y se principia el duro trabajo, sin poesía, sin micrófonos, sin auditorio ardiente. Ahí es donde el estadista nos debe decir cuáles son los medios, mostrarnos las armas eficaces y trazar, comprensible y sin desviaciones la heroica, árida y, a veces, sin esperanza, estrategia de los débiles.
¿El presidente Mauricio Funes estará recorriendo estos senderos cuando anuncia la formación de un Consejo Consultivo? Las palabras están bien dichas, el hecho ha sorprendido a muchos, los “analistas” se reparten por igual desafíos, aciertos, malabares y equivocaciones. Surgen los encantadores de serpientes y los vendedores de ilusiones. En la exposición verbal del mandatario no están dichas todas las verdades ni el concreto objetivo de la propuesta: es nada más, una idea lanzada al vacío, un anzuelo político sin límites en el tiempo y el espacio.
El común de los salvadoreños debe tener su particular análisis del anuncio; pero no tiene forma de expresarlo, con todo hemos escuchado varias interpretaciones. Dicen para el caso: el presidente fue electo para conducir los destinos del país, para orientar y ser la última voz cuando los ecos de otras se han extinguido. Resulta extraño entonces se convoque a ex presidentes de la república, sobre todo a quienes se responsabiliza del desastre de la economía nacional y de los alarmantes índices de delincuencia, crimen organizado y más, para actuar de asesores, consultores o mediadores en temas de interés nacional.
Se piensa en todo esto si se contempla el panorama político del país. Si hasta el momento todas las declaraciones, “las pensadas”, los discursos, los objetivos y los propósitos enunciados por el régimen se hubieran cumplido, nos rodearía un El Salvador en marcha, en despegue, esplendoroso, organizado, justo. No tenemos nada de eso, nada más nos quedamos en el intento. Como dicho está: no faltan declaraciones, ni planes, ni proyectos, pero carecemos de claridad y realismo. La política, lo hemos escrito tantas veces, no es, o por lo menos no debe ser, un puro alarde de imaginación. El agitador despierta sentimientos, aviva rencores o suscita pasiones. Su quehacer se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces.
Los políticos son maestros en el engaño, en la mentira, en la promesa. La cuestión es que la gente no vive de ilusiones ni de esperanzas. “La fe mueve montañas”, bueno pero de ello no se come ni se alimentan los pueblos. Se pueden formar miles de comisiones, se pueden realizar otras tantas reuniones de consulta; pero si las obras y los hechos no se concretan, nos encontramos en un círculo vicioso, no encontramos la luz al final del túnel y todo queda en papeles, en declaraciones rimbombantes, en fotografías publicadas en los periódicos, en noticieros repitiendo palabras de ex presidentes, de ex funcionarios, de notables e ilustres figuras.
El político se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces. Vive de eso: de prometer y de engañar, de crear falsas expectativas. Para él existen miles de palabras y es un maestro en manejarlas, pero ellas no tienen valor por sí mismas, el político honesto (habrá de buscarse con lupa) está obligado a desdeñar su encanto, su tentadora locura. En cambio para el estadista la palabra es el camino de la acción; todo discurso debe materializarse, de tal manera que el pueblo advierta que el fuego quemante del discurso, al enfriarse, se convierta en metal. No podemos envolver, ni ocultar nuestras dolorosas angustias, con un velo de palabras incumplidas.
El pueblo salvadoreño tiene años de esperar el progreso, la paz social, la felicidad y la justicia. Han desfilado por el gobierno distintos presidentes, todos han prometido el oro y el moro, han pronunciado elocuentes discursos, declaraciones emotivas, que han suscitado aplausos y encendidas emociones. Los noticieros han formado sus primeras planas con las frases más solemnes: seremos un país de propietarios, cerraremos el círculo de la pobreza, con Alianza Solidaria terminaremos con la pobreza del país, gobernaremos para los más pobres de los pobres, tendremos como guía el ejemplo de nuestro obispo mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero, gobernaremos por meritocracia. Y así por el estilo.
Nada más ejemplos de realismo verbal. Erradicar la pobreza, crear fuentes de empleo, combatir la delincuencia, invertir más en educación y salud, son las aspiraciones elementales de todos los pueblos del tercer mundo. Pero ¿cómo no serlo? Esa es la tarea del político. No basta enunciar un deseo. Ahí las palabras se rompen y se principia el duro trabajo, sin poesía, sin micrófonos, sin auditorio ardiente. Ahí es donde el estadista nos debe decir cuáles son los medios, mostrarnos las armas eficaces y trazar, comprensible y sin desviaciones la heroica, árida y, a veces, sin esperanza, estrategia de los débiles.





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