El sistema de partidos políticos, el mismo modelo electoral del país, hace tiempo está en crisis. La apatía de los salvadoreños y la baja calificación otorgada al Tribunal Supremo Electoral, a los partidos y a los políticos reflejan claramente esta situación. Los errores se suceden periódicamente, aunque en pasadas elecciones presidenciales no han faltado intelectuales distinguidos que, con cierta discreción y no poca publicidad (muchos de ellos mantienen semanalmente columnas de análisis en los periódicos nacionales) apoyaron a determinado candidato, tratando de hacer creer a su auditorio o lectores que la política es un acto de voluntad de las masas y que un candidato representaría mejor las aspiraciones de las clases populares que otro, y soslayando hasta con buena fe que el sistema político salvadoreño es un superestructura derivada dialécticamente de las estructuras económico-sociales y que, por tanto, tiene cierta leyes y una dinámica más o menos definida.
En aquel momento (todavía se mantenía Arena en el gobierno) los “analistas” pasaron por alto que el monopolio del partido oficial no era más que aparente. Pasaron por alto (lo hacen actualmente al enjuiciar al FMLN y analizar sus diferencias con el presidente de la nación) que aunque política y legalmente el régimen tenía poderes absolutos, económicamente su poder se veía reducido en proporción inversa al poder de la alta burguesía y del mismo imperialismo. Actualmente no sucede lo mismo, no solo por la prudente distancia tomada por el mandatario con respecto al partido “oficial”, sino porque no es un hombre surgido o preparado en las entrañas de la oligarquía. Esas son diferencias sustanciales, si al menos nos atrevemos a compararlo con el actual presidente de Arena, Alfredo Cristiani.
La dinámica del sistema político salvadoreño se mueve por singulares vertientes: Arena, por ejemplo, es un conjunto de grupos de interés bajo un mismo techo pero ligado a otros grupos como los industriales, los comerciantes, los banqueros, los finqueros y terratenientes, los intermediarios del imperialismo y otros de carácter híbrido. Dentro de estos grupos hay jerarquías que se confunden con estratos sociales y, por debajo de todos, las masas obreras y campesinas manipuladas por sus líderes que forman parte de los grupos en pugna. Todos ellos, en su momento, maniobraron para ganar la hegemonía política, no económica, que confiere el poder presidencial.
En el FMLN la situación es distinta. Es un partido surgido de la guerra, conformado y hecho por tendencias políticas e ideológicas con variados intereses. Ninguno de sus miembros actuales pertenece a la alta burguesía, mucho menos a los poderosos grupos económicos. En su carta de principios se definen como revolucionarios, socialistas y democráticos. Al llegar al gobierno en 2009 lo hicieron partiendo de premisas básicas: un régimen de transición, prometiendo obras y hechos lógicos, manteniéndose bajo los parámetros y hegemonía del sistema burgués, compitiendo en igualdad de oportunidades y dejando a un lado los sueños de construir un paraíso socialista. Conocen las interioridades del sistema y saben perfectamente que este pueblo es muy conservador, “gobiernista”, decía los abuelos. Por eso en la misma guerra unos tres miembros de la Comandancia General siempre soñaron con la insurrección popular; mientras uno de ellos, el más consecuente, alentaba la idea de crear un verdadero ejército popular igual o superior al oficial. La misma línea de la Guerra Popular Prolongada lo asistía en su tesis. Ese hombre se llamaba Salvador Cayetano Carpio, el legendario Marcial de la clandestinidad.
La regla del juego, y esto era lo importante, es que el presidente electo formara en sus dos primeros años de gobierno su equipo (lo hizo en el gabinete económico y a nivel de asesoría política, agraria, financiera y política internacional), descalificando por deficiencias de “salud” o lo que sea a los funcionarios del equipo derrotado y buscando un estilo para gobernar de manera distinta a sus antecesores. No lo ha podido lograr porque el poder de la oligarquía permanece intacto, todavía existen mandos militares como títeres y servidores del “gran capital” y extrañamente técnicos y expertos financieros areneros en las propias entrañas del actual régimen.
Como una parte fundamental el poder real lo tiene la iniciativa privada nacional y el imperialismo (por cierto el representante de esos poderes llegará al país en el transcurso de este mes de marzo), a más de los grupos burocráticos del sector descentralizado y paraestatal, el presidente y su equipo todavía están a la búsqueda de la mejor posición frente a ese poder. En el pasado, unos presidentes la han encontrado en la alianza, otros en el regateo y muy pocos buscando el apoyo de las masas para llevar a cabo una política de balanza entre empresarios y masas trabajadoras. El Consejo Económico Social (CES), quizá es un buen intento; pero al igual que otros funcionando en el pasado, no podrá concretar nada. La experiencia así lo indica. Por ello es tan importante el estilo ya que, además, el estilo confunde a la opinión pública que en el fondo, después de tantas esperanzas frustradas y a pesar de su manifiesto escepticismo, quiere creer en sus gobernantes.
El FMLN no es monolítico. Es un partido donde se da la lucha escondida que en otros países se manifiesta abiertamente entre varios institutos políticos. Si un presidente de la República sabe manejarse bien dentro del partido, logrará quizá hegemonía suficiente para realizar su tarea plácidamente. Y quizá tener autoridad para sugerir a su relevo. Si no sabe o se equivoca, será otro grupo el que asuma semejante responsabilidad. Ojalá no sean miembros de la rancia burguesía. En el caso nuestro, es caso insólito el aparente distanciamiento del mandatario con el partido en o con el gobierno. La población lo ha visto con “buenos ojos” porque indica independencia y autonomía para dirigir los destinos de la patria.
Es con todo, un relato de ficción política relacionado en cierta medida con la tradición presidencialista y con los intereses tan encontrados al mismo interior del partido FMLN. Este cuento se relaciona hipotéticamente con la crisis sufrida por el partido Arena, cuando el señor Saca era presidente de El Salvador y en sus “horas “libres” era el presidente de su partido según propias declaraciones. El ex presidente Saca hizo maniobras para formar un equipo hegemónico no sólo en los Ministerios y en las Directivas Departamentales, sino el mismo interior de Arena. Lo que al final llevó al descalabro de ese partido y a la formación de GANA. Ahora sus dirigentes explican que existirá una forma más “democrática” (esto supone no existía en Arena) de organización de masas para ganarse el apoyo de estas. De cierto han eliminado “antiguas” estructuras, pero manteniendo tras bambalinas a los mismos dirigentes. Para nadie es un secreto que los lineamientos y el dinero vienen del señor Saca. El mismo Secretario General de GANA, Andrés Rovira, es un títere, lacayo, servidor, como usted prefiera, del ex presidente Saca.
En síntesis, continuarán los graves errores en el sistema, la población no tendrá acceso a los centros de decisión y los partidos políticos seguirán la tradición de ser el respaldo y la agencia de viajes para llegar a puestos públicos de elección popular. El presidente continuará con su peculiar estilo de gobernar: a veces fustigar a los grupos de poder económico, otras veces disentir con dirigentes del FMLN y otras tantas anunciar proyectos de beneficio popular. Al final, llegaremos a la conclusión que de todo lo dicho, únicamente se concretará un 5% y por decir mucho. Ojalá en las próximas elecciones la población elimine a los partidos minoritarios y nos quedemos con el bipartidismo pues así el despilfarro será menor, aunque la corrupción difícilmente desaparezca de estas folclóricas tierras de Cuscatlán.
En aquel momento (todavía se mantenía Arena en el gobierno) los “analistas” pasaron por alto que el monopolio del partido oficial no era más que aparente. Pasaron por alto (lo hacen actualmente al enjuiciar al FMLN y analizar sus diferencias con el presidente de la nación) que aunque política y legalmente el régimen tenía poderes absolutos, económicamente su poder se veía reducido en proporción inversa al poder de la alta burguesía y del mismo imperialismo. Actualmente no sucede lo mismo, no solo por la prudente distancia tomada por el mandatario con respecto al partido “oficial”, sino porque no es un hombre surgido o preparado en las entrañas de la oligarquía. Esas son diferencias sustanciales, si al menos nos atrevemos a compararlo con el actual presidente de Arena, Alfredo Cristiani.
La dinámica del sistema político salvadoreño se mueve por singulares vertientes: Arena, por ejemplo, es un conjunto de grupos de interés bajo un mismo techo pero ligado a otros grupos como los industriales, los comerciantes, los banqueros, los finqueros y terratenientes, los intermediarios del imperialismo y otros de carácter híbrido. Dentro de estos grupos hay jerarquías que se confunden con estratos sociales y, por debajo de todos, las masas obreras y campesinas manipuladas por sus líderes que forman parte de los grupos en pugna. Todos ellos, en su momento, maniobraron para ganar la hegemonía política, no económica, que confiere el poder presidencial.
En el FMLN la situación es distinta. Es un partido surgido de la guerra, conformado y hecho por tendencias políticas e ideológicas con variados intereses. Ninguno de sus miembros actuales pertenece a la alta burguesía, mucho menos a los poderosos grupos económicos. En su carta de principios se definen como revolucionarios, socialistas y democráticos. Al llegar al gobierno en 2009 lo hicieron partiendo de premisas básicas: un régimen de transición, prometiendo obras y hechos lógicos, manteniéndose bajo los parámetros y hegemonía del sistema burgués, compitiendo en igualdad de oportunidades y dejando a un lado los sueños de construir un paraíso socialista. Conocen las interioridades del sistema y saben perfectamente que este pueblo es muy conservador, “gobiernista”, decía los abuelos. Por eso en la misma guerra unos tres miembros de la Comandancia General siempre soñaron con la insurrección popular; mientras uno de ellos, el más consecuente, alentaba la idea de crear un verdadero ejército popular igual o superior al oficial. La misma línea de la Guerra Popular Prolongada lo asistía en su tesis. Ese hombre se llamaba Salvador Cayetano Carpio, el legendario Marcial de la clandestinidad.
La regla del juego, y esto era lo importante, es que el presidente electo formara en sus dos primeros años de gobierno su equipo (lo hizo en el gabinete económico y a nivel de asesoría política, agraria, financiera y política internacional), descalificando por deficiencias de “salud” o lo que sea a los funcionarios del equipo derrotado y buscando un estilo para gobernar de manera distinta a sus antecesores. No lo ha podido lograr porque el poder de la oligarquía permanece intacto, todavía existen mandos militares como títeres y servidores del “gran capital” y extrañamente técnicos y expertos financieros areneros en las propias entrañas del actual régimen.
Como una parte fundamental el poder real lo tiene la iniciativa privada nacional y el imperialismo (por cierto el representante de esos poderes llegará al país en el transcurso de este mes de marzo), a más de los grupos burocráticos del sector descentralizado y paraestatal, el presidente y su equipo todavía están a la búsqueda de la mejor posición frente a ese poder. En el pasado, unos presidentes la han encontrado en la alianza, otros en el regateo y muy pocos buscando el apoyo de las masas para llevar a cabo una política de balanza entre empresarios y masas trabajadoras. El Consejo Económico Social (CES), quizá es un buen intento; pero al igual que otros funcionando en el pasado, no podrá concretar nada. La experiencia así lo indica. Por ello es tan importante el estilo ya que, además, el estilo confunde a la opinión pública que en el fondo, después de tantas esperanzas frustradas y a pesar de su manifiesto escepticismo, quiere creer en sus gobernantes.
El FMLN no es monolítico. Es un partido donde se da la lucha escondida que en otros países se manifiesta abiertamente entre varios institutos políticos. Si un presidente de la República sabe manejarse bien dentro del partido, logrará quizá hegemonía suficiente para realizar su tarea plácidamente. Y quizá tener autoridad para sugerir a su relevo. Si no sabe o se equivoca, será otro grupo el que asuma semejante responsabilidad. Ojalá no sean miembros de la rancia burguesía. En el caso nuestro, es caso insólito el aparente distanciamiento del mandatario con el partido en o con el gobierno. La población lo ha visto con “buenos ojos” porque indica independencia y autonomía para dirigir los destinos de la patria.
Es con todo, un relato de ficción política relacionado en cierta medida con la tradición presidencialista y con los intereses tan encontrados al mismo interior del partido FMLN. Este cuento se relaciona hipotéticamente con la crisis sufrida por el partido Arena, cuando el señor Saca era presidente de El Salvador y en sus “horas “libres” era el presidente de su partido según propias declaraciones. El ex presidente Saca hizo maniobras para formar un equipo hegemónico no sólo en los Ministerios y en las Directivas Departamentales, sino el mismo interior de Arena. Lo que al final llevó al descalabro de ese partido y a la formación de GANA. Ahora sus dirigentes explican que existirá una forma más “democrática” (esto supone no existía en Arena) de organización de masas para ganarse el apoyo de estas. De cierto han eliminado “antiguas” estructuras, pero manteniendo tras bambalinas a los mismos dirigentes. Para nadie es un secreto que los lineamientos y el dinero vienen del señor Saca. El mismo Secretario General de GANA, Andrés Rovira, es un títere, lacayo, servidor, como usted prefiera, del ex presidente Saca.
En síntesis, continuarán los graves errores en el sistema, la población no tendrá acceso a los centros de decisión y los partidos políticos seguirán la tradición de ser el respaldo y la agencia de viajes para llegar a puestos públicos de elección popular. El presidente continuará con su peculiar estilo de gobernar: a veces fustigar a los grupos de poder económico, otras veces disentir con dirigentes del FMLN y otras tantas anunciar proyectos de beneficio popular. Al final, llegaremos a la conclusión que de todo lo dicho, únicamente se concretará un 5% y por decir mucho. Ojalá en las próximas elecciones la población elimine a los partidos minoritarios y nos quedemos con el bipartidismo pues así el despilfarro será menor, aunque la corrupción difícilmente desaparezca de estas folclóricas tierras de Cuscatlán.





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