En el 31 aniversario de su magnicidio queremos recordar, traer a la memoria, las horas, los días y los años amables, instructivos e imborrables de monseñor Oscar Arnulfo Romero, el “San Romero de América”, como se conoce mucho antes que el Vaticano iniciase el “largo” camino para su beatificación o como lo llamen en los intrincados recintos de uno de los más poderosos centros de poder religioso del mundo. Fueron horas no solamente de deleite, de denuncia, de revelación, sino también de aprendizaje en que el verdadero profeta del pueblo salvadoreño, asesinado por delegados de la oligarquía, pero nunca muerto sino resucitado en el corazón de su pueblo, nos esbozó el panorama político, económico y social de su tierra, al mismo tiempo que lo iba uniendo, con paciencia y sabiduría, al de la otra, la de la gran e inconmensurable patria latinoamericana.
Hombre de su tiempo, identificado como pastor más que como teórico, y como profeta, definitivamente comprometido con las luchas y ansias de justicia de su pueblo, en su heroica gesta por la defensa de los derechos humanos de los más desvalidos de la sociedad, monseñor Romero, mostró a los 66 años una vitalidad, una clarividencia, una fe y un optimismo que lograron transformar la incredulidad y el temor en esperanza. Su pensamiento no puede ser contenido en los límites de la patria estremecida, ni siquiera en los de Centro América que él empalmó en sus vigorosas manos, esas manos que le dieron y le dan fuerza al verbo fluido y cálido, ya que se desdobla sobre mareas, volcanes, llanuras infinitas y cimas inabordables, como el águila sedienta de espacio y de luz.
Por eso, al recalcar, de tiempo en tiempo, más ahora que se cumplen 31 años de su magnicidio, que la patria para él fue la América Latina, sin dejar de ser nunca un salvadoreño y un provinciano, lo universal dentro de lo regional y de lo local, sabemos, sentimos que comete una redundancia, ese bello pecado del hombre inconforme con su propia dimensión. Monseñor Romero fue un profeta porque denunció y reveló la injusticia de las estructuras económicas del poder. En sus homilías dominicales también reflexionó sobre la violación de los derechos humanos cometidos por la oprobiosa dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Cuando sus prédicas fueron retransmitidas por algunas emisoras de aquél país, el gobierno acudió a la censura, a extralimitar la libertad de prensa y expresión del pensamiento.
También se refirió a la situación política de Honduras y todo lo relacionado con las dificultades de la obra pastoral en esas regiones. Analizaba como pocos la complicada situación en toda la región centroamericana y latinoamericana, como si la viviera, por dentro y en profundidad, cosa difícil, inclusive para un nativo de esos países. Viéndolo caminar por los senderos de Arcatao, en Chalatenango, con paso firme, la cabeza bien plantada sobre los hombros todavía erguidos, como esculpida en bronce y coronada de plata, hermosa combinación de sangre mestiza, sol y luna de la gran patria centroamericana, pensamos con aquella alegría íntima de quien constata una realidad tangible y auspiciosa: Este hombre tiene fuerza y ánimo para luchar por mucho tiempo, a pesar de tener ya anunciada una crónica de muerte.
El pueblo siempre lo vio como un guía espiritual, como un hombre totalmente desprendido de todo bien terrenal, incluso cuando recibió el doctorado honoris causa en Bélgica, donde pronunció lo que ahora se conoce como su testamento bíblico, las últimas palabras para los tiempos nuevos; donde compareció como juez y como parte, juez de un país abatido por la represión y la injusticia, parte de la humanidad, 40 días antes de su testamento definitivo aquel 23 de marzo en la catedral metropolitana al “pedir, suplicar, y exigir a los militares cesar la represión contra el pueblo salvadoreño." Con el transcurrir de los años, permanecemos ahora como quien acaba de leer un ensayo de política, un ensayo vivo, militante, consciente, si así se puede decir. Caminado también por aquellas históricas calles, como en los propios Estados Unidos lo fue Abraham Lincoln, nos decimos que El Salvador es Romero, como Nicaragua es Sandino o Chile es Neruda.
En el presente cada palabra surgida de su legado tiene una sustancia política, destinada a funcionar como un ladrillo del edificio que monseñor Romero, el albañil, el arquitecto, el ingeniero de la patria está levantando con la ayuda de su pueblo. Miramos en la celebración de un aniversario más de su magnicidio, las caras de este pueblo, hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños religiosas y religiosos, acompañando a su profeta, a su líder espiritual en las calles, campesinos ya cansados por el peso de los años de bellas cabezas y miradas dulces, manos que se alargan para el encuentro con la esperanza, pies que marchan en dirección al porvenir, corazones que laten ansiosamente por el día definitivo de la victoria, bocas que repiten sus palabras proféticas y cantan estrofas de libertad.
Monseñor Romero sabía que El Salvador no sería por siempre el pasto de la voraz oligarquía y de la manda imperialista. El reino de los explotadores tenía y tiene sus días contados. El peso de la opresión que viene de afuera y de la represión que todavía se hace adentro, mediante un sistema combinado, ya necesita de más disfraces y más sofismas para subsistir. ¿Por qué? Porque dentro y fuera de este país la historia trabaja sin cesar, día y noche, sobre millones de conciencias. Ahí radica la tragedia del imperio y de todos sus lacayos. Tantas y tan extrañas e inexplicables cosas están revolviendo las entrañas del imperio que éste se tuerce y se retuerce, mientras su poder omnímodo, su gloria absoluta y su fuerza totalitaria se confinan y se fraccionan. Convocar a cada salvadoreño, a la gente más humilde, a su clase media pobre y desgarrada, al artesano, al obrero, al pescador, al soldado, al estudiante, a la costurera, para cumplir el legado de monseñor Romero es el primer paso y el paso fundamental en el sentido de la conquista de la verdadera justicia social, la solidaridad, la autonomía y la plena independencia de la república. A sus 31 años de su magnicidio San Romero de América, con su humildad de siempre, entusiasmo, valentía y plena conciencia, convoca a sus compatriotas para proseguir la marcha por la libertad y la redención de su patria.
Hombre de su tiempo, identificado como pastor más que como teórico, y como profeta, definitivamente comprometido con las luchas y ansias de justicia de su pueblo, en su heroica gesta por la defensa de los derechos humanos de los más desvalidos de la sociedad, monseñor Romero, mostró a los 66 años una vitalidad, una clarividencia, una fe y un optimismo que lograron transformar la incredulidad y el temor en esperanza. Su pensamiento no puede ser contenido en los límites de la patria estremecida, ni siquiera en los de Centro América que él empalmó en sus vigorosas manos, esas manos que le dieron y le dan fuerza al verbo fluido y cálido, ya que se desdobla sobre mareas, volcanes, llanuras infinitas y cimas inabordables, como el águila sedienta de espacio y de luz.
Por eso, al recalcar, de tiempo en tiempo, más ahora que se cumplen 31 años de su magnicidio, que la patria para él fue la América Latina, sin dejar de ser nunca un salvadoreño y un provinciano, lo universal dentro de lo regional y de lo local, sabemos, sentimos que comete una redundancia, ese bello pecado del hombre inconforme con su propia dimensión. Monseñor Romero fue un profeta porque denunció y reveló la injusticia de las estructuras económicas del poder. En sus homilías dominicales también reflexionó sobre la violación de los derechos humanos cometidos por la oprobiosa dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Cuando sus prédicas fueron retransmitidas por algunas emisoras de aquél país, el gobierno acudió a la censura, a extralimitar la libertad de prensa y expresión del pensamiento.
También se refirió a la situación política de Honduras y todo lo relacionado con las dificultades de la obra pastoral en esas regiones. Analizaba como pocos la complicada situación en toda la región centroamericana y latinoamericana, como si la viviera, por dentro y en profundidad, cosa difícil, inclusive para un nativo de esos países. Viéndolo caminar por los senderos de Arcatao, en Chalatenango, con paso firme, la cabeza bien plantada sobre los hombros todavía erguidos, como esculpida en bronce y coronada de plata, hermosa combinación de sangre mestiza, sol y luna de la gran patria centroamericana, pensamos con aquella alegría íntima de quien constata una realidad tangible y auspiciosa: Este hombre tiene fuerza y ánimo para luchar por mucho tiempo, a pesar de tener ya anunciada una crónica de muerte.
El pueblo siempre lo vio como un guía espiritual, como un hombre totalmente desprendido de todo bien terrenal, incluso cuando recibió el doctorado honoris causa en Bélgica, donde pronunció lo que ahora se conoce como su testamento bíblico, las últimas palabras para los tiempos nuevos; donde compareció como juez y como parte, juez de un país abatido por la represión y la injusticia, parte de la humanidad, 40 días antes de su testamento definitivo aquel 23 de marzo en la catedral metropolitana al “pedir, suplicar, y exigir a los militares cesar la represión contra el pueblo salvadoreño." Con el transcurrir de los años, permanecemos ahora como quien acaba de leer un ensayo de política, un ensayo vivo, militante, consciente, si así se puede decir. Caminado también por aquellas históricas calles, como en los propios Estados Unidos lo fue Abraham Lincoln, nos decimos que El Salvador es Romero, como Nicaragua es Sandino o Chile es Neruda.
En el presente cada palabra surgida de su legado tiene una sustancia política, destinada a funcionar como un ladrillo del edificio que monseñor Romero, el albañil, el arquitecto, el ingeniero de la patria está levantando con la ayuda de su pueblo. Miramos en la celebración de un aniversario más de su magnicidio, las caras de este pueblo, hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños religiosas y religiosos, acompañando a su profeta, a su líder espiritual en las calles, campesinos ya cansados por el peso de los años de bellas cabezas y miradas dulces, manos que se alargan para el encuentro con la esperanza, pies que marchan en dirección al porvenir, corazones que laten ansiosamente por el día definitivo de la victoria, bocas que repiten sus palabras proféticas y cantan estrofas de libertad.
Monseñor Romero sabía que El Salvador no sería por siempre el pasto de la voraz oligarquía y de la manda imperialista. El reino de los explotadores tenía y tiene sus días contados. El peso de la opresión que viene de afuera y de la represión que todavía se hace adentro, mediante un sistema combinado, ya necesita de más disfraces y más sofismas para subsistir. ¿Por qué? Porque dentro y fuera de este país la historia trabaja sin cesar, día y noche, sobre millones de conciencias. Ahí radica la tragedia del imperio y de todos sus lacayos. Tantas y tan extrañas e inexplicables cosas están revolviendo las entrañas del imperio que éste se tuerce y se retuerce, mientras su poder omnímodo, su gloria absoluta y su fuerza totalitaria se confinan y se fraccionan. Convocar a cada salvadoreño, a la gente más humilde, a su clase media pobre y desgarrada, al artesano, al obrero, al pescador, al soldado, al estudiante, a la costurera, para cumplir el legado de monseñor Romero es el primer paso y el paso fundamental en el sentido de la conquista de la verdadera justicia social, la solidaridad, la autonomía y la plena independencia de la república. A sus 31 años de su magnicidio San Romero de América, con su humildad de siempre, entusiasmo, valentía y plena conciencia, convoca a sus compatriotas para proseguir la marcha por la libertad y la redención de su patria.





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