18.3.11

¿Por qué viene Obama a El Salvador?

Hace varios años Richard Nixon pronunció unas palabras proféticas: “por donde marche Brasil, marchará la América Latina”. Lo dijo el mandatario de los Estados Unidos y en todos estos países los sectores vinculados al gigante imperial se pusieron en acción inmediata. Unos para festejar el piropo y otros para estrechar o abrir relaciones comerciales con los brasileños. De cierto mucho había razones para hacerlo: la historia ha demostrado los enormes avances en todos los aspectos del país sudamericano.

El presidente Obama al iniciar su gira en Brasil no hace más que “reconocer el crecimiento y la influencia” de esta república en el resto de naciones latinoamericanas, su potencial económico y en sus grandes riquezas naturales, más allá del petróleo y otros recursos mineros(diamantes, bauxita, carbón, cobre, gas natural, hierro, etc.), así como el forestal, el algodón, el café, el banano, están las enormes reservas acuíferas, factor de controversias, disputas y guerras en el futuro. Es también un país con notables avances en el área social y preparado por su constante producción para enfrentar las amenazas de la hambruna mundial. Chile, desde luego, es un aliado valioso para los Estados Unidos en una América Latina donde el mapa político y las zonas estratégicas no le favorecen como en épocas pasadas. Es, pues, importante “estrechar en abrazo fraterno” al mandatario de ese país andino.

Los consejeros del presidente Obama, elegido por el miedo a una conflagración mundial, el horror a la realidad y el rechazo de las lecciones de la historia, verdaderos y escasos votantes decisivos en la democracia representativa de ese país del norte, saben que la política exterior no puede ser, a la larga, sino reflejo y continuación de la interna. Un país supuestamente gobernado con preocupaciones de justicia en la vida de la colectividad nacional, no puede, sin desdoro de su dignidad o sin contradecirse a sí mismo, apoyar la democracia venezolana, el régimen socialista de Cuba o la dignidad de los pueblos de Ecuador y Bolivia. El cinismo de Washington es tal que su doble rasero no les permite ver dónde se encuentra el auténtico humanismo y solidaridad con los más humildes. Lo mismo condena al gobierno libio por supuestos bombardeos “a su pueblo” que se festejan por sus “logros” en la invasión y masacres causadas en Irak y ahora en Afganistán.

En este contexto ¿por qué incluir a El Salvador en su rápido periplo por Nuestra América? No somos un mercado grande para inundarnos de su producción, no pesamos políticamente en el ámbito mundial, no contamos con recursos naturales o materias primas para ser objetos de “tanta deferencia”, y hasta estratégicamente no constituimos en punto en el mapa geopolítico para definir “grandes alianzas” o serios compromisos con las potencias industriales y militares, como China, Francia, Inglaterra y el mismo Estados Unidos. Pero en el fondo existen “otras” razones para que los asesores del mandatario norteamericano nos hayan incluido en tan apretada agenda.

El Salvador fue escogido desde la toma de posesión de Mauricio Funes, como emisario directo o si lo prefieren como representante de la política norteamericana para el área centroamericana. “Él es un verdadero demócrata”, dijo la Secretaria de Estado, Hilary Clinton, al referirse en sus primeras declaraciones al presidente Funes. “Es un interlocutor válido”, precisó a continuación. Tales vaticinios no cayeron en el vacío: cuando se dio el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya en Honduras, se produjeron una sucesión de hechos en los cuales el gobierno salvadoreño jugó un papel importante. El Salvador rápidamente se apartó de la política seguida por la mayoría de países de América Latina y se alió con “ciertas directrices” emanadas de Washington. Las hemerotecas y los archivos contienen las sendas declaraciones del Canciller Hugo Martínez, como del mismo presidente Funes.

Se condenó la asonada militar; pero eso no fue relevante, por cuanto a continuación se siguieron los planes debidamente planificados del gobierno norteamericano. La OEA entró en acción como lo que siempre ha sido: un centro de intrigas e intereses o un “Ministerio de Colonias” de los Estados Unidos. Costa Rica y su presidente Oscar Arias fueron escogidos para “mediar” y buscar una “solución” rápida y satisfactoria a “determinados intereses”, dejando perversamente a un lado los móviles o los motivos de la separación de Zelaya del gobierno, así como “proteger” a los responsables directos del Golpe de Estado. En este punto, como en los siguientes que llevaron a reconocer como legítimos los resultados de las elecciones hondureñas en las que “triunfó” Porfirio Lobo, en las diligencias para “hacer borrón y cuentas nuevas” y permitir el reingreso de Honduras a la Secretaría de Integración Centroamericana, a la OEA y otros organismos regionales, el mandatario salvadoreño fue el abanderado. Era el papel asignado “pues se estaba reconociendo los avances de la democracia salvadoreña”, como tontamente sugieren tantos analistas de este país.

El Salvador ha dado la espalda a América Latina e ideológicamente se ha puesto al lado de los intereses norteamericanos. Con Cuba “se saldó una deuda histórica”, como dijo Funes, al abrir relaciones diplomáticas, comerciales y culturales; pero esto no incomoda al coloso imperial del norte, por el contrario ve en “el gesto” una muestra de “liderazgo político”; son “otros” los gestos importantes, como el alejarse “del área de influencia” de Hugo Chávez o abstenerse de participar en la Asociación Bolivariana de los Pueblos de América (ALBA) o hacer de Petro Caribe una política de gobierno. Estados Unidos necesita crear como en el pasado una zona de influencia propia, naciones como Colombia, El Salvador, Costa Rica, Perú, Panamá y quizás hasta Chile, que sean obedientes y sumisos a sus peticiones y líneas políticas estratégicas. Brasil no es tan anuente a sus políticas intervencionistas; pero con la visita de Obama se pretende “enviarle un mensaje” a los países del ALBA y concretamente al comandante Hugo Chávez. Hay en el medio un juego perverso y como siempre las reglas del juego las pone el gigante imperial.

Cuestiones como la migración, el combate al narcotráfico, el crimen organizado o las inversiones quizás sean relevantes para los gobernantes de nuestro país; pero no lo son tanto para los Estados Unidos, en cuanto hay problemas mayores y que necesitan de rápida atención en el Oriente Medio, en el Japón y en otras regiones del mundo. Aquí nos conformamos con un “nuevo Milenio”, con ciertas cuotas para el trabajo “legal” de los inmigrantes o con donaciones para obras de infraestructura. Eso sería más que suficiente. A cambio el imperio tiene las garantías de la sumisión y de contar con un “representante legítimo” para futuras maniobras políticas.

Los disparatados análisis del apoyo a la “naciente democracia”, al liderazgo presidencial o al reconocimiento a la “independencia ideológica” con respecto al ALBA, son pura basura o si prefieren declaraciones líricas o demagógicas, en cuanto estamos perfectamente alineados a la política imperial y a los dictados y caprichos de la omnipresente oligarquía nacional e internacional. No son los gestos o las declaraciones de “buena voluntad” o de “buena vecindad”, l as que resolverán los graves problemas ya presentes como la enorme factura petrolera, el alto costo de la vida, la creciente delincuencia o la amenaza de la carestía alimenticia. Si los Estados Unidos están comprometidos con una política solidaria y humanista, deberían donar cuantiosos fondos para solucionar estos problemas, abstenerse de presiones o eso de poner condiciones a gobiernos y pueblos para que caminen con una agenda determinada. Ya todos sabemos las medidas aplicadas por el imperio cuando los pueblos proclaman su autonomía e independencia. Cuba es el ejemplo permanente y ese espejo no lo quieren ver reflejado en otras regiones.

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