18.4.11

No hay ética en los partidos políticos

Los partidos políticos tradicionales han emprendido la larga marcha hacia las elecciones de diputados y concejos municipales del próximo año. Lo único que parece preocuparles, no los graves problemas de la nación: la espiral de la delincuencia, el alto costo de la vida, la imparable factura petrolera y sus derivados, sobre todo el gas licuado consumido en miles de hogares salvadoreños, el deterioro ambiental y el recalentamiento global y paremos de contar.


La gente no está pensando en alianzas, arreglos o convenios partidarios. Deja eso a los vividores del Estado, a los políticos y sus seguidores. Es fácil hablar de candidatos, de quienes serán los próximos alcaldes, de planes y proyectos. El hablar así, el futurismo, pues, tiene como resulta inevitable, circunstancias y estímulos muy peculiares y ese en ese campo de previsión por el futuro inmediato del país donde se muestran con más diáfana claridad muchas de las tradiciones negativas de El Salvador “surgido” luego del Acuerdo de Paz, firmado en Chapultepec, México, en enero de 1992.


Los salvadoreños ya no querían guerra y ansiaban la paz, suficiente dolor, sangre y muerte había llenado de luto a miles de hogares. Se esperaba entonces nuevos horizontes, cambios promisorios, aciertos en el quehacer nacional. Se sabía de la política y de los partidos tradicionales. De la persistencia de un partido monopolizador de los triunfos electorales, en realidad una secuencia histórica desde el Pro Patria, continuando con el PRUD, luego el PCN y al final Arena. Ratas del mismo piñal. Una mezcolanza sui generis, poca entendida por los observadores extranjeros (llamados así los delegados internacionales de las distintas elecciones), blanco cada vez más directo de quienes aspiran por avances nacionales en el camino de la democratización política.


Desde luego, con el surgimiento de Arena, desde las cenizas mismas de miles de cadáveres de los Escuadrones de la Muerte, un partido que -- excepción quizás única en la historia nuestra del siglo pasado-- no luchó por conquistar el poder sino en él nació y su esfuerzo hasta hoy es por conservarlo sin ortodoxos escrúpulos de fidelidad ideológica, sino más bien en el uso y abuso de los recursos del poder mismo. De cierto en el presente sufre serias contradicciones, luchas intestinas y desaires de algunos de sus patrocinadores, miembros del selecto grupo de la poderosa oligarquía. Con todo no habrá de resignarse pues basan su supervivencia en el retorno al gobierno y en la derrota de su encarnizado rival político.


Es decir, el FMLN. Un partido con principios y estatutos bien definidos, pero no siempre llevados a la práctica con la celeridad y la claridad demandada por sus exigentes bases y por muchos sectores de la población. Pues no se trata simplemente de “tener más diputados” y “lograr mayor número de alcaldías”. Eso sería una simple progresión aritmética. Se trata de ser más contundentes y acertados en la política nacional, en volver realidad todos los anhelos de la gente, de no sucumbir a los halagos, de ni siquiera “tener la intención” de meter la mano en el arca abierta. De estar prestos a las grandes batallas junto a las necesidades más apremiantes de la población. Sus diferencias con los partidos de la derecha deben ser reales, concretas y efectivas.


A partir de estas realidades puede hablarse en abierta discusión pública sobre la calidad de los presuntos candidatos y el acierto de programas y de acuerdos con “otras” fuerzas políticas. Cuando se habla de frente, con entera claridad, no hay donde perderse. Las conspiraciones y las campañas mediáticas promovidas por los rivales, caen por su propio peso; pero cuando se negocia bajo la mesa, con las cartas escondidas y se escuchan contradicciones, puntos encontrados, entre los mismos dirigentes, confunde y engaña a la población. No estamos diciendo nada nuevo ni tratando de enmendar la plana de probados dirigentes políticos. Simplemente externando lo dicho en corrillos, en cafetines, en universidades, en sindicatos, en la calle.


Se puede trabajar para las próximas elecciones, desde luego es la misión de un partido político; pero sin descuidar el presente, los reclamos y el sentimiento de agonía de los más humildes y sufridos. Ese pensar en el mañana, sin resolver los problemas del presente, ese futurismo de encrucijada, de trampa, de rumor destructivo es, desde luego, una de las consecuencias inevitables de nuestras más lamentables peculiaridades políticas y también de nuestros procedimientos electorales. Con todos los problemas, dudas e incertidumbres se puede vivir; pero no para siempre. Por eso es necesario limpiar continuamente la casa, sacarle brillo a los pisos, escuchar opiniones. El político tradicional es demagogo, engaña, miente, confunde. El nuevo político, ese ansiado por la población luego de terminada la guerra, debe ser distinto, no un “hombre nuevo”, como quería el Che Guevara, sería lo ideal, pero sí envuelto en valores, revestido de energía y preparado para las grandes luchas por la justicia social, la solidaridad y la paz.

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