25.4.11

USA y la historia de sus genocidios

El descarado y bárbaro ataque contra el pueblo libio sí tiene parangón en la historia pues los Estados Unidos con el pretexto de “defender los derechos humanos, la democracia y las libertades” han procedido a invadir y bombardear a distintas naciones del mundo. Los golpes de Estado, las asonadas militares, las ocupaciones por la fuerza, siempre han estado a la orden del día.


Hace más de un siglo, cuando en una sesión del Congreso el presidente Polk trataba de obtener una partida presupuestal extraordinaria para proseguir la guerra contra México, todos los presentes, los congresistas pues, apoyaron al invasor desenfrenado con sendos discursos en los que se habló de la necesidad de lavar la afrenta de Texas, de desbarbarizar a los zafios mexicanos y de ganar para la nueva gran nación americana el espacio vital indispensable para cumplir sus objetivos nobilísimos de llevar la misión civilizadora hasta el Cabo de Hornos. Todos, menos uno: Thomas Corwin, senador por Ohio, quien los llamó en fuerte y firme voz mentirosos y rapaces. “Desde Alejandro Magno hasta Napoleón -- les advirtió, palabras más, palabras menos, -- todos los conquistadores y depredadores de tierras inocentes y ajenas han tratado de justificar su ambición y su servicia con el pretexto del espacio vital. Yo fui juez alguna vez -- prosiguió-- y traté con toda laya de maleantes; pero jamás me enfrenté a un ladrón de caballos tan cínico que alegará en su descargo que se había apoderado de uno sólo porque era el mejor que había visto en el contorno y aquí un colega ha dicho que es necesario tener el dominio de California porque San Francisco es el mejor puerto en el Pacífico. No olvidéis, sin embargo -- concluyó--, que el hijo de Ammon (nombre éste de Ammon dado en la antigüedad a Alejandro de Macedonia) terminó sus días borracho en las calles de Babilonia”.


¿Quién hizo caso a Corwin? ¿Quién dudó de “las buenas intenciones” de los ladrones y rapaces para apoderarse de los tres grandes Estados de México? La bandera de las barras y estrellas, impulsadas por prenazis como Polk, siguió su carrera Río Bravo abajo hasta el Cabo de Hornos, como lo proclamó y reclamó Monroe, y aún se desbordó a través de los océanos a los cuatros confines del mundo, guerras “civilizadoras y democráticas” para expandir su dominio territorial, para apoderarse de las riquezas, como el petróleo y minerales preciosos. Así ha sido desde siempre y así continuará hasta que el propio imperio se desmorone y terminé sus días borracho en las cenizas de sus propias contradicciones.


Y podríamos seguir hurgando en la historia para develar las mentiras, las difamaciones, invasiones y atropellos internacionales del “gran gendarme del mundo”. Cuentan, frontera arriba, que el patriarca de la Independencia, George Washington, no dijo jamás una mentira. De niño, una vez, se relata en su biografía, travieso, cortó un cerezo de la casa y cuando su padre le preguntó el nombre del autor, el pequeño George no vaciló en responder: “Yo he sido”. Sin embargo, en la Constitución que emanó de la guerra de Independencia en el país emancipado de la Inglaterra imperial y despótica, cobradora de altos impuestos al té vendido a las colonias, se dice que “todos los hombres han nacido iguales y han nacido libres”, más el señor Washington siempre tuvo esclavos negros a montones en su hermosa y vasta finca de Virginia, a medio paso de la ciudad capital que había de llevar su nombre.


En el recinto del Capitolio de la ciudad de Washington, el visitante mira asombrado, en la galería de las estatuas de los próceres, la de San Houston, el artífice del despojo de Texas a punta de rifle y de pistola, previa la engañifa de la “colonización pacífica”. ¿Por qué, entonces, para la imaginería popular no se iban a adobar también santos bizarros al estilo de Crochet, Búfalo Bill, los ladrones de bancos y trenes y aun del general Custer, asesino de indios? Como dicen en los refranes populares para una buena imaginería sacralizada, basta una rica imaginación mentirosa.


Podríamos continuar con los ejemplos y las grandes contradicciones de una sociedad y gobiernos cínicos. En el actual Chicago, en la añeja plaza de Haymarket, el visitante acude a buscar lo que señala la gesta del 1º. De Mayo. Quizás espera ver algo que recuerde, aunque sencillo, a los obreros de la McCormick que la policía baleó al tratar de romper su huelga por la jornada de ocho horas; tal vez algo que señale el infamante patíbulo donde fueron ahorcados Spies y sus compañeros conocidos en el todo el orbe como los Mártires de Chicago, ejecutados por luchar contra las fábricas inhumanas. Pero no. Se encuentra el pedestal de un monumento erigido en honor de la policía de Chicago, represora brutal en aquellos sucesos sangrientos y gloriosos: unas veces, la estatua del gendarme, casco firme y garrote en alto; otras, no más sus restos, porque más tarda el ayuntamiento en restaurarla que los estudiantes de la Universidad en bombardearla de nuevo. Pero si aquí durante las celebraciones del 1 de Mayo se enjuicia y se recuerda el terrorismo interno como internacional cometido por los halcones de los Estados Unidos, la prensa fascista publica al día siguiente en primera plana que los “comunistas continúan ofendiendo a la gran nación del norte”. Cínicos y pusilánimes.


Al final del siglo XIX, se hizo la guerra contra España “por ayudar a la liberación de Cuba” y los marines ebrios -- los consorcios detrás-- se quedaron en Cuba, gracias a la Enmienda Platt, hasta el despuntar de enero de 1959. Y vino luego Nicaragua. Y Guatemala. Y Santo Domingo. Y cuatro docenas más de falaces incursiones semejantes, de “liberación democrática” a punta de bayoneta y a golpe de cañón, para la mayor gloria de Teddy Roosevelt o Woodrow Wilson o Edgar J. Hoover, incluso. ¿Para que insistir en la falacia de Bahía de Cochinos o del genocidio de Vietnam bajo la sombra augusta del santurrón John F. Kennedy, si el mismísimo Lincoln, tras de salir triunfante de los años agotadores y cruentos de la Guerra de Secesión, hizo pacto con los hacendados del Sur esclavista para conquistar votos, y los esclavos negros “liberados” fueron sacados de los algodonales para lanzarlos a los estercoleros de los ghettos y ser linchados, si de ellos osaban salir un día, y para ser enfrentados luego a sus hermanos de discriminación, los chicanos, en el azuzamiento de perros y gatos para tener mano de obra, fuerza de trabajo, más barata?


En el presente, el glorioso Premio Nóbel de la Paz hace su propia guerra contra el pueblo de Libia en busca de los cuantiosos yacimientos de petróleo y para apoderarse de los 200 mil millones de dólares en reservas del pueblo. Puede ser, como sucedió cono Nixon, que Obama escape como moderno Houdini, de semejante carnicería; pero no lo podrá hacer del juicio de la historia. De cierto, Obama irá públicamente al banquillo de los acusados y con él se enjuicia, y por lógica se revisa, la historia de tantas maldades cometidas por su país y sus gobernantes.

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