11.5.11

El ejemplo soberano de Venezuela

En El Salvador con el solo anuncio de la llegada del presidente constitucional de Venezuela, se “asustan” los trogloditas y los recalcitrantes de siempre. La fábula de “ahí viene el lobo” parece quitarles el sueño y no dejarlos tranquilos. Algo huele aquí que parece denunciar que el simple marbete de ideología resulta insuficiente para “explicar” tales realidades históricas.


La República Bolivariana de Venezuela se prepara para celebrar por todo lo alto el bicentenario de su independencia patria. No hace falta recurrir a ninguna biblioteca para hacer patente el recuerdo de que fue este país donde con mayor frenesí encendió sus hogueras la barbarie fascista, la explotación inclemente de sus recursos por la oligarquía criolla y los nefastos intereses del imperialismo norteamericano. Todavía en el presente se pueden observar los restos de grandes yacimientos petrolíferos y las exorbitantes ganancias de su factura en bancos extranjeros.

Y una agricultura casi feudal era la base de una subsistencia bien precaria. El camino recorrido en un poco más de diez años por la revolución bolivariana encabezada por el comandante Hugo Rafael Chávez Frías parece ahora sacarle la lengua a los “milagritos” y “milagrotes” de los países latinoamericanos. Dicho con la mayor brevedad: hoy Venezuela es uno de los tres países con las mayores reservas mundiales de petróleo y gas. En la franja del Orinoco muchas empresas de varios países del orbe están trabajando en proyectos conjuntos para desarrollar plenamente toda la zona con base en la riqueza petrolera y el gas natural.

Lo realizado hasta ahora por el gobierno revolucionario de ese país sudamericano no ha sido sencillo ni fácil. Se han librado recias luchas contra los grupos atrincherados en la oligarquía y las empresas transnacionales con fuertes inversiones en la explotación del petróleo, el gas, el cemento, el acero y los centros financieros. También se han dedicado jornadas agotadoras con base en el trabajo voluntario, con racionamientos implacables, mediante el sacrificio de una generación completa en la que la juventud ha cumplido plenamente integrándose a las misiones por la erradicación del analfabetismo, así como en el combate contra epidemias que en el pasado reciente causaban graves estragos en la población más vulnerable de Venezuela.

La deuda externa fue otro de los problemas por resolver, lo mismo que controlar el manejo de las reservas monetarias y lograr que el país fuera dueño absoluto de la factura petrolera en manos de las insaciables compañías internacionales, teniendo como aliado a la oligarquía criolla. De esas ventas al extranjero por cada diez dólares Venezuela únicamente recibía un dólar, para graficarlo rápidamente. Se diría en ese tiempo que el país había alcanzado “estabilidad política y jurídica y plenas garantías para la inversión y los negocios”, como gustan decir los burgueses. Pero esa “paz” lograda, según el gobierno presidido por Carlos Andrés Pérez y otros similares surgidos siempre de pactos entre los Adecos y el COPEI, es decir entre Social Demócratas y Social Cristianos, resultaba una paz cara, se perdían los ingresos por el petróleo, el gas y no había tal soberanía ni independencia patria como lo había soñado el libertador Simón Bolívar.

Los gobiernos estaban totalmente enajenados y de rodillas ante los dictados del imperialismo norteamericano. Cuando no solicitaban un crédito, pagaban puntualmente sus vencimientos. Creció la deuda internacional y no se observaban progresos en la sociedad venezolana. La población languidecía en la más absoluta pobreza, la corrupción carcomía los cimientos de la patria y los políticos continuaban aferrados a la demagogia, lo mismo que al presupuesto de la nación. Como se puede apreciar, sin profundizar demasiado en la triste historia de ese país, como de la mayoría de América Latina y Centro América, lo que delatan los recuerdos, no es la fórmula, que se vuelve absurda cuando se la comprime demasiado, del “mejor sistema”, el capitalismo con remanentes feudales, siempre abrazado por los partidos tradicionales del gran país sudamericano; pero el “capitalismo benévolo”, acariciado “hasta las últimas consecuencias” por adecos y del COPEI, nada más hizo más ricos a los explotadores de siempre y más miserables a los desheredados de siempre.

Se dice pronto; pero uno tendría que estar ciego, para no deslumbrarse ante lo que se convirtieron en los últimos años Venezuela, Ecuador y Bolivia, dejando a un lado a Argentina, Uruguay y Cuba, por surgir de otras vertientes populares; pero siempre pensando en el bienestar general de sus habitantes. Los pueblos de los primeros tres países se cansaron de las “regalías” y los mendrugos del modelo neoliberal, su paciencia se terminó y terminaron con la demagogia y el populismo de políticos tradicionales para darse sus propios gobiernos y elegir el camino de la participación democrática.

En El Salvador con el solo anuncio de la llegada del presidente constitucional de Venezuela, se “asustan” los trogloditas y los recalcitrantes de siempre. La fábula de “ahí viene el lobo” parece quitarles el sueño y no dejarlos tranquilos. Algo huele aquí que parece denunciar que el simple marbete de ideología resulta insuficiente para “explicar” tales realidades históricas. Eso que huele indica que no es posible pontificar satanizando lo “malo” y sacralizando lo “bueno”. A Obama, representante del imperio se le recibe como al vaquero; pero al presidente Chávez, se intenta restarle méritos y nada más recibirlo como el villano de la película. Así somos de odiosos los salvadoreños, al menos los que ideológicamente están sometidos a los intereses del gran capital.

¿Es verdad que las comparaciones son odiosas? ¿No pueden ser, con perdón del refrán popular, ilustrativas y ejemplares? Nos referimos a tomar como base las campañas de alfabetización, de salud y promoción humana realizadas con tanto éxito en Venezuela. El Salvador necesita mucha inversión, capacitación tecnológica, preparación integral en materia educativa y en salud, el gran país del sur tiene mucho de esto y generosamente podríamos solicitar ayuda o firmar convenios para empezar a graduarnos como demócratas y soberanos, dueños de nuestro propio destino. Lo mismo podíamos lograr al afiliarnos o ser socios de Petro Caribe. La factura petrolera se reduciría drásticamente y con convenios sanos y firmes alcanzar metas superiores. ¿No lo cree así señor presidente Funes?

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