Los métodos y los operativos para combatir el tráfico ilegal de estupefacientes, así como a los productores, se han intensificado en muchos países y zonas fronterizas, sobre todo en México, Colombia, Venezuela y el Perú. En nuestro país cuando se quiere tirar una cortina de humo o justificar los dineros internacionales para tal fin, fuerzas especializadas de la PNC acuden a La Fortaleza u otras zonas deprimidas para hacer las “grandes” redadas y presentar a los medios de difusión a los capturados con unos cuantos puchitos de marihuana y el tan extendido y “barato” crack.
Los investigadores de la policía saben de dónde proceden los cargamentos de droga, quienes la procesan y en donde se distribuye. Desde luego, los suministros, de acuerdo con datos de la Comisión de Estupefacientes, proceden generalmente de las mismas fuentes que desde hace muchos años, pero ahora los traficantes están más organizados y cada vez dan pruebas del mayor ingenio en los métodos de encubrimiento de la mercancía y en la elección de las rutas. El Salvador es prácticamente un territorio utilizado para el paso de las drogas, un mínimo queda para “los detallistas” y su distribución en clubes privados, en colegios, centros de diversión y más. En todos los puntos ha habido expansión: en volumen, en extensión geográfica y en el número de personas afectadas.
La droga no conoce de clases sociales ni distingue sexos o edades. Los magnates del negocio no tienen conciencia ni clemencia por la vida humana. Sus grandes fortunas en bancos suizos y otros paraísos fiscales sirven para “comprar voluntades”, penetrar los cuerpos policiales, las fuerzas armadas y altos funcionarios estatales. En México, a pesar de que un extenso ejército represivo y educativo, policiaco y administrativo, rastrea el poderoso aparato de esta delincuencia específica, que en sus más altas cabezas se viste de blanco, se parapeta tras negocios diferentes y dispone de fuertes cuentas y depósitos en los bancos, no ha sido posible desmantelar y destruir semejante telaraña. Es más, las poderosas organizaciones de la droga han constituido verdaderos ejércitos con armas sofisticadas que se enfrentan y vencen a los cuerpos oficiales. Se ha conocido que agentes de la PNC de El Salvador han estado al servicio de los narcotraficantes en Taumalipas, Tijuana y otras ciudades mexicanas fronterizas con los Estados Unidos.
Al parecer nunca se sabrá bien hasta dónde llegan y en que finas manos están los más eficaces hilos de las mafias dedicadas a las drogas, ni cuáles son sus eficaces e implacables estados mayores, pues cuando se detiene a un alto capo no se conocen las posteriores investigaciones, si existen, que conduzcan a estructuras superiores en los países productores y comercializadores de la heroína, el opio o la cocaína. En El Salvador el año recién pasado se encontraron sendos barriles enterrados repletos de millones de dólares. Se conoció quienes eran los dueños de las fincas y de las casas dónde se hallaron los publicitados barriles, pero nunca se capturaron a los responsables, a pesar de que muchos habitantes de esos lugares dijeron conocer a los propietarios y a las personas que con regularidad visitaban esos lugares.
Con este negocio floreciente se mueven y se financian muchas campañas políticas. Y es que el negocio de las drogas ha llegado a constituir una variante especial, bien protegida y dispuesta a matar en el acto, del sistema financiero del capitalismo internacional. En sus cimas, los bajos mundos del tráfico de drogas resultan altos dominios enmascarados en el entresijo del poder financiero y aunque son violadores criminales de la ley, aparecen en eso como “defensores” del orden. Es decir, de un sistema que les permite enriquecerse si burlan algunas de sus leyes. (Recuérdese, a tal efecto, la expresión de uno de los personajes de El Padrino, que mataba a los policías que se le interpusieran, pero que defendía cínicamente la existencia de la policía y del sistema a fin de mantener un orden que la sociedad necesita). En El Salvador hace varios años un destacado ciudadano viene denunciando la impunidad en el accionar de los narcotraficantes, al mismo tiempo de pedir serias investigaciones en el negocio de la construcción, en el sistema financiero y en las importaciones masivas en furgones de mercancía procedente de Panamá y Colombia. Pero sus reclamos y denuncias encuentran oídos sordos y nunca se toman en cuenta sus precisas y bien fundamentadas denuncias.
Para nadie tampoco es un secreto que ciertos centros bancarios de Suiza, de Estados Unidos, Colombia y Panamá -- ya sabemos que son el absorbente de muchos caudales mal habidos en otras naciones, entre ellas algunas de las empobrecidas de América Latina-- están informados sobre la concentración de capitales derivados del tráfico ilícito. Están informados, pero –añadimos-- no se encuentran esos capitales tan desprotegidos como para poder ser afectados. El dinero es dinero, dicen los capitalistas norteamericanos, y lo mismo expresa el sudor de una frente honrada que la manipulación de los gángsteres.
Cuando se dificulta el uso de un tipo especial de droga, la organización recurre al fomento de otro tipo. Si un gobierno tiene algún éxito en su lucha contra un determinado estupefaciente o fármaco-dependiente, la organización se compensa aumentando el precio de la droga, pues su mercado es cautivo y seguro, formado por gente dispuesta a robar o matar para obtenerla. La cuestión de fondo que imposibilita vencer a los traficantes en forma tal que signifique una disminución sensible de este inmundo comercio o su derrumbe, es que los golpes se asestan contra los pequeños traficantes y sus intermediarios, como dijimos al principio de este comentario, y no se dan contra los grandes manipuladores y los máximos productores e introductores de la droga. Según el grado de desarrollo de los países, así se ha ido especializando el uso de un tipo determinado de droga. Por lo tanto, la compraventa de estupefacientes se relaciona directamente con la riqueza y el nivel de vida de cada país. El opio, que ha ilustrado tan ricamente la novelística, resulta un culto atrasado y subsiste básicamente en los países en desarrollo. La heroína y la cocaína, en cambio, dominan en los países industrializados. La heroína, transformación del opio, es el estupefaciente por excelencia de la sociedad de consumo, y tiene su más alta manifestación en los Estados Unidos. La Marihuana sigue siendo “pan” de los pobres, pero en la proporción masiva también resultan los Estados Unidos un gran mercado. En esto tampoco se desmiente su fama de ser el mercado más fuerte de la Tierra en todo.





2 comentarios:
a que correo me puedo comunicar con ustedes?
indio.atlacatl@gmail.com
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