16.5.11

La política del tiburón y las sardinas

El mayor abuso de las potencias imperialistas está ocurriendo actualmente en Libia, donde diariamente centenares de bombas y misiles caen sobre las ciudades y eliminan a niños, mujeres, ancianos y todo vestigio de población civil, a la que descaradamente dicen “defender”. Exactamente en este país del norte de África, por cierto el de mayor nivel de ingresos económicos y prestaciones sociales para sus habitantes, sucede esa maldita relación de la añeja anécdota del tiburón y las sardinas, es decir Estados Unidos y sus aliados tratando de dominar una zona estratégica para “engullirse” todo el petróleo y las cuantiosas reservas monetarias de esa digna nación africana.

Es el atropello flagrante a las condiciones humanas de ese pueblo, como también se ha dado y sigue aconteciendo en América Latina. El imperialismo asoma su carácter inevitablemente intervencionista para interferir en las decisiones plenamente autónomas de Libia. En el colmo del cinismo y contra cualquier ley humana y de la naturaleza los países de la OTAN se erigen en “guardianes universales” para atacar salvajemente a un pueblo valeroso, con el único pretexto de “defender a la población” de la represión del gobierno presidido por el coronel Gadafi. Es el uso y abuso de ciertas actitudes febrilmente radicalizadas, que atribuyen, venga o no a cuento, todos los males al poderío industrial, militar y económico de los Estados Unidos.

A la luz de los históricos acontecimientos mundiales, la realidad nos coloca con no poca frecuencia frente a la verdadera naturaleza de esa colosal desproporción entre las posibilidades prácticas de una treintena de países aún no desarrollados, que necesitan como del oxígeno de los capitales indispensables para el aprovechamiento de sus propios recursos y los de la potencia súper industrializada, cuyos sobrantes de capital no pueden estar ociosos y se convierten en instrumento de eficaz dominio de la economía mundial y, por ende, también de influencia política decisiva. No ocurre lo mismo con Libia, pues sus millonarios ingresos en concepto de la exportación de petróleo liviano y de otros recursos mineros, lo han concedido independencia y autonomía con respecto a potencias militares y económicas. Y paradójicamente esta posición de dignidad es lo que ha dado lugar al ataque despiadado y criminal encabezado por los Estados Unidos y los países miembros de la OTAN.

Nosotros lo hemos vivido en carne propia. En la dramática historia de nuestro continente, esa realidad es no sólo muy frecuente, sino signo constante, factor que ha sostenido en el pasado reciente gobiernos oligárquicos ya civiles o castrenses, dóciles a la consigna de la gran potencia y frontalmente opuestos a los intereses de sus gobernados. En esta línea histórica, Cuba tiene una reiterada y muy costosa experiencia y no es caso de enumerar todas y cada una de las agresiones cruentas e incruentas registradas desde el triunfo de la revolución en 1959, además cada vez que su política nacional se orienta hacia rumbos de una efectiva independencia y una soberanía no meramente teórica, sino en plenitud de funciones. La reiterada proclama de “territorio libre en América”, nunca le cayó en gracia a los soberbios imperialistas.

Hace apenas unos cuantos días en otro país de América Latina, Ecuador, el presidente Rafael Correa denunciaba las maniobras de “ciertos aliados del imperialismo” intentando maniobrar para retardar el conteo y el resultado de la consulta popular para cambiar ciertos artículos de la Constitución y garantizar el pleno funcionamiento de la democracia popular. En Chile, años atrás, los monopolios yanquis en las comunicaciones y en la explotación del cobre, aliados con la tristemente célebre Agencia Central de Inteligencia (CIA), pusieron en marcha un plan masivo de desestabilización que al final terminó con el gobierno socialista de Salvador Allende y con la democracia en ese país. Tanto en el pasado como en el presente es sencillamente injustificada e inadmisible desde todos los puntos de vista cualquier intervención en asuntos que sólo corresponde decir a los pueblos. Lo mismo ha ocurrido con la heroica Cuba, con Venezuela y Bolivia. Todos esos intentos de desestabilización e invasiones militares llegan al colmo del absurdo si tomamos en cuenta que es la democracia representativa la fórmula o sistema de organización política que los Estados Unidos pregonan como ruta ideal para lo que llaman “mundo libre” y considerada, para su país y para los demás, como la más alta, noble y eficaz garantía de libertad y civilización.

Si de eso se trata, Chile fue el país de nuestro continente donde la democracia representativa alcanzó sus más elevados niveles de superación y donde esa tradición afianzó sus raíces más respetadas y respetables y precisamente por la vía de la voluntad mayoritaria de los electores, la Unidad Popular llevó al poder al valiente gobierno presidido por el doctor Salvador Allende. Ocurre lo mismo en Venezuela donde el pueblo en diferentes consultas populares y democráticas ha votado y elegido al comandante Hugo Rafael Chávez Frías. Ejemplos similares se dan en Ecuador y Bolivia. ¿En el fondo cuál es el malestar de los Estados Unidos? Todos esos pueblos han reivindicado su independencia y su autonomía y se han alejado del dominio político, militar y económico de la potencia imperial. Exactamente lo mismo ocurre en Libia y otros países del mundo. El tiburón queriendo comerse las sardinas y los pueblos dignos resistiendo valientemente.

Los aliados del imperialismo siempre buscarán pretextos, como eso de “están amenazadas las libertades públicas y la democracia”, o “políticas erradas e intervencionistas que alejan la inversión privada” o las “amenazas del comunismo internacional y del socialismo del siglo XXI”. Ya los habitantes de los pueblos dignos deben estar alertas de todas esas intervenciones y reiteradas declaraciones que nada más retrasan la ansiada independencia de los pueblos latinoamericanos. No se debe olvidar JAMAS que atrás de las “hazañas” de los “halcones” de Washington, de la misma estampa de la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, está la sombra y la protección de la CIA. Y hay motivos reiterados para suponer que no es ésta, tampoco, una simple frase de mitin ni un recurso cómodo para rechazar realidades nacionales. Al fin y al cabo contamos con Escuelas Básicas de Entrenamiento militar y una base militar enclavada en el corazón de Comalapa.

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