La sensación de alivio que produjo la leve recuperación de la economía norteamericana, así como el control de la recesión en Europa no duró mucho tiempo. Ningún economista de los que divulgan sus ideas y sus pronósticos a través de los grandes periódicos y las revistas especializadas le concedió valor definitivo; pero más con temor que con esperanza y razón, los arreglos de Washington se tomaron como una sólida base para estabilizar el enloquecido mundo de las finanzas occidentales. Nadie regateó a los norteamericanos haber jugado sus cartas magistralmente, convirtiendo la derrota política (ustedes recuerdan la dolorosa derrota en el Congreso y la Cámara de Diputados sufrida por Obama y el partido Demócrata) en un buen negocio y comprometiendo a los grandes mercados del dinero en la necesidad de cuidar la suerte futura del dólar para su propio beneficio, si tomamos en cuenta el gran repunte del Euro.
Pero el entarimado o el escenario de las apariencias, tan cuidadosamente remendado en Washington, hace apenas unos meses, ha comenzando a tronar con fuerza más siniestra que antes. La crisis en el mercado de cambios de Alemania, Bruselas y el pavoroso desempleo en España, más el colapso del Japón, se hace patente, y esta vez sin maniobras europeas o japonesas contra la hegemonía internacional de la moneda norteamericana. Para nadie es un secreto la baja del dólar en los centros financieros de Europa, así como en otros mercados débiles y por lo tanto más sensibles a las divisas internacionales. Hemos comprobado por las mediciones bancarias que en países como Portugal, España y Alemania, el dólar ni siquiera se cotiza todas las mañanas cuando se aperturas las bolsas de valores.
Debe reconocerse que la política comercial, financiera y presupuestal de los países de Europa no ha variado mucho desde el inicio de la grave recesión en los Estados Unidos. No es allí, pues, donde deben buscarse las fuentes de la crisis sino en Norteamérica, donde una medida tan trascendental como la devaluación exige forzosamente un reajuste de otros mecanismos económicos. El mismo presupuesto federal aprobado para este año ya había contemplado un déficit superior a los 15 mil millones de dólares, es decir una suma equivalente a más del conjunto de los presupuestos nacionales de América Latina. La balanza de pagos de los Estados Unidos arrojó el año pasado la cifra de 40 mil millones de dólares de pérdida en la cuenta externa, lo cual significa que tan monstruosa cifra anda regada por el mundo y sujeta a dos fuerzas encontradas: por una parte nadie quiere guardar dólares por mucho tiempo, en vista de su tendencia a la baja, y por la otra, nadie puede devolverlos a los Estados Unidos sin acelerar una nueva depreciación y un desastre para su propia moneda.
El gobierno de los Estados Unidos parece confiar demasiado en esa especie de quemante equilibrio forzoso. Sus portavoces hablan de una recuperación paulatina de la economía; pero no cesan en sus intervenciones y bombardeos contra pueblos indefensos, el sostén del dólar sigue siendo el pavoroso aparato militar. Los economistas y los mismos asesores financieros de ese país ceden a las presiones de los halcones del Pentágono. Desde luego, detrás de ellos, está la poderosa industria tecnológica, bacteriológica, petrolera y bancaria.. Las preguntas de los financieros europeos y de los incautos de estas regiones latinoamericanas, tienen su fácil respuesta o su teórico desenlace: hasta dónde puede un solo país, involucrado en los negocios de gran parte de la tierra, plantear el problema y resolverlo en función de sus exclusivos intereses. Desde hace tiempo, son los gendarmes del planeta.
La lucha actual de los Estados Unidos no sólo es por mantener la hegemonía del dólar, ante una moneda tan fuerte como el Euro, sino en expandir su dominio en zonas estratégicas del planeta. La posesión de las riquezas minerales y recursos indispensables como el petróleo, no cesarán mientras el imperio conserve intactas sus garras. El descarado ataque contra un pueblo tan digno como Libia no tiene parangón en la historia, con la excepción del bestial bombardeo contra el heroico pueblo vietnamita, de donde salieron totalmente derrotados los filibusteros norteamericanos. El problema financiero de Norteamérica no se reduce, pues, solo a la estabilidad del dólar, Keynes está muerto y el problema actual es infinitamente más complejo y grave que el de la primera y segunda posguerra..
Y es más grave porque está acentuando la crisis de todo el sistema capitalista en cada país, y particularmente en los países más grandes. Muchos de los graves problemas financieros los resuelve la Reserva Federal de los Estados Unidos con la acelerada producción de papel moneda. Pero esa emisión no responde a un aumento de la producción ni a un aumento en las ventas externas. Esto, en castellano, se llama inflación y viene a sumarse a la que ya padece, agudamente, el pueblo norteamericano, pese a las medidas que supuestamente la han diferido o controlado hasta el pasado mes.
Me parece repugnante ser pobre y preocuparse por las grandes finanzas. Más a ello conduce la probabilidad de un derrumbe peor que el de 1929. En circunstancias normales podría esperarse que los norteamericanos lo evitaran o cuando menos lo retardaran algunos años, de igual modo que con indiscutible genio salieron de la depresión de los años treintas. Pero ya es tarde y actúan intereses locales de orden superior a todos los demás. Más de la mitad del presupuesto de los Estados Unidos se destina a preparaciones bélicas, es decir al mantenimiento de una producción y un nivel de empleo ficticio; la campaña presidencial ya comenzó y el señor Obama busca la reelección. El momento no puede ser más inoportuno para ofrecer una política de austeridad o una política exterior solidaria, tema que no emociona al sufragista medio, pues se continúa golpeando militarmente a países débiles del mundo, como el caso de Libia o Afganistán.. Para los belicistas, la intervención en Afganistán, Irak y Libia debe seguir, y con ello se limpia la conciencia nacional, puesto que tales invasiones son una especie de cruzada.
Pero el entarimado o el escenario de las apariencias, tan cuidadosamente remendado en Washington, hace apenas unos meses, ha comenzando a tronar con fuerza más siniestra que antes. La crisis en el mercado de cambios de Alemania, Bruselas y el pavoroso desempleo en España, más el colapso del Japón, se hace patente, y esta vez sin maniobras europeas o japonesas contra la hegemonía internacional de la moneda norteamericana. Para nadie es un secreto la baja del dólar en los centros financieros de Europa, así como en otros mercados débiles y por lo tanto más sensibles a las divisas internacionales. Hemos comprobado por las mediciones bancarias que en países como Portugal, España y Alemania, el dólar ni siquiera se cotiza todas las mañanas cuando se aperturas las bolsas de valores.
Debe reconocerse que la política comercial, financiera y presupuestal de los países de Europa no ha variado mucho desde el inicio de la grave recesión en los Estados Unidos. No es allí, pues, donde deben buscarse las fuentes de la crisis sino en Norteamérica, donde una medida tan trascendental como la devaluación exige forzosamente un reajuste de otros mecanismos económicos. El mismo presupuesto federal aprobado para este año ya había contemplado un déficit superior a los 15 mil millones de dólares, es decir una suma equivalente a más del conjunto de los presupuestos nacionales de América Latina. La balanza de pagos de los Estados Unidos arrojó el año pasado la cifra de 40 mil millones de dólares de pérdida en la cuenta externa, lo cual significa que tan monstruosa cifra anda regada por el mundo y sujeta a dos fuerzas encontradas: por una parte nadie quiere guardar dólares por mucho tiempo, en vista de su tendencia a la baja, y por la otra, nadie puede devolverlos a los Estados Unidos sin acelerar una nueva depreciación y un desastre para su propia moneda.
El gobierno de los Estados Unidos parece confiar demasiado en esa especie de quemante equilibrio forzoso. Sus portavoces hablan de una recuperación paulatina de la economía; pero no cesan en sus intervenciones y bombardeos contra pueblos indefensos, el sostén del dólar sigue siendo el pavoroso aparato militar. Los economistas y los mismos asesores financieros de ese país ceden a las presiones de los halcones del Pentágono. Desde luego, detrás de ellos, está la poderosa industria tecnológica, bacteriológica, petrolera y bancaria.. Las preguntas de los financieros europeos y de los incautos de estas regiones latinoamericanas, tienen su fácil respuesta o su teórico desenlace: hasta dónde puede un solo país, involucrado en los negocios de gran parte de la tierra, plantear el problema y resolverlo en función de sus exclusivos intereses. Desde hace tiempo, son los gendarmes del planeta.
La lucha actual de los Estados Unidos no sólo es por mantener la hegemonía del dólar, ante una moneda tan fuerte como el Euro, sino en expandir su dominio en zonas estratégicas del planeta. La posesión de las riquezas minerales y recursos indispensables como el petróleo, no cesarán mientras el imperio conserve intactas sus garras. El descarado ataque contra un pueblo tan digno como Libia no tiene parangón en la historia, con la excepción del bestial bombardeo contra el heroico pueblo vietnamita, de donde salieron totalmente derrotados los filibusteros norteamericanos. El problema financiero de Norteamérica no se reduce, pues, solo a la estabilidad del dólar, Keynes está muerto y el problema actual es infinitamente más complejo y grave que el de la primera y segunda posguerra..
Y es más grave porque está acentuando la crisis de todo el sistema capitalista en cada país, y particularmente en los países más grandes. Muchos de los graves problemas financieros los resuelve la Reserva Federal de los Estados Unidos con la acelerada producción de papel moneda. Pero esa emisión no responde a un aumento de la producción ni a un aumento en las ventas externas. Esto, en castellano, se llama inflación y viene a sumarse a la que ya padece, agudamente, el pueblo norteamericano, pese a las medidas que supuestamente la han diferido o controlado hasta el pasado mes.
Me parece repugnante ser pobre y preocuparse por las grandes finanzas. Más a ello conduce la probabilidad de un derrumbe peor que el de 1929. En circunstancias normales podría esperarse que los norteamericanos lo evitaran o cuando menos lo retardaran algunos años, de igual modo que con indiscutible genio salieron de la depresión de los años treintas. Pero ya es tarde y actúan intereses locales de orden superior a todos los demás. Más de la mitad del presupuesto de los Estados Unidos se destina a preparaciones bélicas, es decir al mantenimiento de una producción y un nivel de empleo ficticio; la campaña presidencial ya comenzó y el señor Obama busca la reelección. El momento no puede ser más inoportuno para ofrecer una política de austeridad o una política exterior solidaria, tema que no emociona al sufragista medio, pues se continúa golpeando militarmente a países débiles del mundo, como el caso de Libia o Afganistán.. Para los belicistas, la intervención en Afganistán, Irak y Libia debe seguir, y con ello se limpia la conciencia nacional, puesto que tales invasiones son una especie de cruzada.





0 comentarios:
Publicar un comentario