El FMLN, sobre todo su dirigencia, es actualmente el blanco de agudas críticas no sólo de sus rivales agazapados en las sombras, sino de sus mismas bases, algo insólito y anormal de una institución arraigada entre los sectores más humildes y populares, herencia de una larga y cruenta lucha por lograr una sociedad igualitaria o al menos con mayor participación en los centros de decisión política y económica. En años de la dictadura militar y con grandes núcleos en proceso de organización, muchos aspectos se marcaron con claridad casi violenta.
Lo decimos por la gente organizada, los que abrazaron un ideal y fueron incluidos en la lista de “enemigos de la patria” y “comunistas. Desde entonces, quedaron en los archivos del Estado Mayor de la Fuerza Armada, voluminosos expedientes donde miles de salvadoreños fueron cuidadosamente aislados. Esas personas eran simpatizantes, colaboradores o miembros de la entonces vanguardia revolucionaria o de las distintas corrientes político-ideológicas que la integraron. Debe entonces, a la altura de los años, recobrarse esa memoria histórica, cruzar ciertos linderos y establecer lazos más estrechos con las organizaciones obreras, campesinas, de técnicos, profesionales o intelectuales surgidas de ese oscuro pasado para permanecer y crecer en el presente cuando se supone hay mayor libertad de organización y expresión del pensamiento.
Con todo, no parece haberse superado ciertos límites, existen cuentas pendientes y rezagos históricos, peligroso cuando se trata de una fuerza política considerable y actualmente al frente de los destinos del país. Un muro invisible, pero impenetrable, ha separado al FMLN (reiteramos a su dirigencia) de las masas populares, las que por otra parte, acosadas por problemas y carencias inmediatas, inaplazables, poco quieren saber de las grandes teorías de la gobernabilidad o independencia de poderes. Les aflige la situación económica, el desempleo, la desintegración familiar, la inseguridad y el alto costo de la vida. A todo esto nos referimos cuando hablamos de abandono, de la cada vez mayor distancia entre el discurso y la realidad, entre la demagogia y los hechos. De pan y trabajo vive el ser humano, de fraternidad y libertad también. Hay excesivo conformismo frente a la angustiosa crisis económica del pueblo y en relación a la esperanza de sus resultados.
Los últimos hechos permiten trazar el panorama aún incompleto, ciertamente, pero en el que se destacan los motivos mejor definidos: la preocupación esencial de la dirigencia efemelenista parece centrarse en fallos y sentencias dados por la Sala de lo Constitucional, en acusar sin fundamento y con vago sentido a cuatro magistrados de “intentar reformar la Constitución”, de sentirse agredidos por una disposición expresa que manda votar por listas abiertas, sobre nombres y fotografías de candidatos. Una bandera nada más es un símbolo, una fuerza política como el FMLN no debería creer que sus militantes, amigos o simpatizantes nada más emiten el sufragio por los colores, los símbolos o las banderas. El sentimiento, así como la solidaridad, viene del corazón, está arraigado en la tradición, en el conocimiento y en la voluntad política.
Aparte cuestiones comerciales, industriales, técnicas, más o menos realistas, aparecen los hechos, la realidad y sus contradicciones. El FMLN no es una marca o un producto que se compra. Si hay un proyecto, un plan o un programa permanente, ese mismo habrá sido sometido a consideración de la población no ahora, sino desde siempre, cuando se comenzaron a organizar los primeros núcleos, cuando se combinó la lucha política con la militar y la diplomática. Sus militantes, los pasados y los presentes, se entregaron a una lucha sin descanso, ni tregua, por una idea, por una clara misión: transformar la sociedad, no claudicar ni regalar mucho menos vender principios. El abandono y la separación con las bases, con los sectores populares, es la negación de los ideales, es conformismo y un claro agotamiento de las energías físicas y mentales. Se impone, por lo tanto, una reconstrucción, un recambio de la dirigencia, una reflexión urgente sobre lo hecho hasta ahora y sobre los peligros y retos del futuro. No simplemente un pensar sobre cuestiones electoreras o la pérdida de puestos en el gobierno. Esto nada más es un medio no lo sustancial, lo estructural.
El Salvador cruza uno de los momentos más inciertos de su historia. Por muchas razones: tenemos desde luego el crecimiento de la delincuencia común y los peligros del crimen organizado penetrando ya a la fuerza armada y la Policía Nacional Civil, el alto costo de la vida, el cierre de fuentes de trabajo y el aumento considerable de la emigración hacia los Estados Unidos. También los miles de “indocumentados” enviados de regreso a su país. En esta república la violencia es casi ley. El porvenir inescrutable. La leyenda y los mitos al mismo tiempo contienen e impulsan a las masas. Las medidas de seguridad o inseguridad son, consecuentemente, inseparables de la vida nacional. Son todos elementos para discutirse, para reflexionar, para enfocar el futuro y pensar en cómo llevar adelante una política integral para ayudar a los salvadoreños a realizarse aquí y no en tierras lejanas.
Cuando estas palabras se escriben otra historia se inicia en la vida de este país. Sin banderas ni entusiasmo. Una antesala desdeñosa, casi hostil: la terrible carestía y el aumento desmesurado de los artículos de primera necesidad. Agreguemos el 13% más a la tarifa eléctrica. No son momentos para seguir insistiendo en cuestiones pueriles, en símbolos o banderas, en fallos o sentencias. Dejemos a la Sala de lo Constitucional cumplir con sus obligaciones y pensemos un poco más en el futuro y en la realidad de este país, inmensamente rico y desgarradoramente pobre.
Lo decimos por la gente organizada, los que abrazaron un ideal y fueron incluidos en la lista de “enemigos de la patria” y “comunistas. Desde entonces, quedaron en los archivos del Estado Mayor de la Fuerza Armada, voluminosos expedientes donde miles de salvadoreños fueron cuidadosamente aislados. Esas personas eran simpatizantes, colaboradores o miembros de la entonces vanguardia revolucionaria o de las distintas corrientes político-ideológicas que la integraron. Debe entonces, a la altura de los años, recobrarse esa memoria histórica, cruzar ciertos linderos y establecer lazos más estrechos con las organizaciones obreras, campesinas, de técnicos, profesionales o intelectuales surgidas de ese oscuro pasado para permanecer y crecer en el presente cuando se supone hay mayor libertad de organización y expresión del pensamiento.
Con todo, no parece haberse superado ciertos límites, existen cuentas pendientes y rezagos históricos, peligroso cuando se trata de una fuerza política considerable y actualmente al frente de los destinos del país. Un muro invisible, pero impenetrable, ha separado al FMLN (reiteramos a su dirigencia) de las masas populares, las que por otra parte, acosadas por problemas y carencias inmediatas, inaplazables, poco quieren saber de las grandes teorías de la gobernabilidad o independencia de poderes. Les aflige la situación económica, el desempleo, la desintegración familiar, la inseguridad y el alto costo de la vida. A todo esto nos referimos cuando hablamos de abandono, de la cada vez mayor distancia entre el discurso y la realidad, entre la demagogia y los hechos. De pan y trabajo vive el ser humano, de fraternidad y libertad también. Hay excesivo conformismo frente a la angustiosa crisis económica del pueblo y en relación a la esperanza de sus resultados.
Los últimos hechos permiten trazar el panorama aún incompleto, ciertamente, pero en el que se destacan los motivos mejor definidos: la preocupación esencial de la dirigencia efemelenista parece centrarse en fallos y sentencias dados por la Sala de lo Constitucional, en acusar sin fundamento y con vago sentido a cuatro magistrados de “intentar reformar la Constitución”, de sentirse agredidos por una disposición expresa que manda votar por listas abiertas, sobre nombres y fotografías de candidatos. Una bandera nada más es un símbolo, una fuerza política como el FMLN no debería creer que sus militantes, amigos o simpatizantes nada más emiten el sufragio por los colores, los símbolos o las banderas. El sentimiento, así como la solidaridad, viene del corazón, está arraigado en la tradición, en el conocimiento y en la voluntad política.
Aparte cuestiones comerciales, industriales, técnicas, más o menos realistas, aparecen los hechos, la realidad y sus contradicciones. El FMLN no es una marca o un producto que se compra. Si hay un proyecto, un plan o un programa permanente, ese mismo habrá sido sometido a consideración de la población no ahora, sino desde siempre, cuando se comenzaron a organizar los primeros núcleos, cuando se combinó la lucha política con la militar y la diplomática. Sus militantes, los pasados y los presentes, se entregaron a una lucha sin descanso, ni tregua, por una idea, por una clara misión: transformar la sociedad, no claudicar ni regalar mucho menos vender principios. El abandono y la separación con las bases, con los sectores populares, es la negación de los ideales, es conformismo y un claro agotamiento de las energías físicas y mentales. Se impone, por lo tanto, una reconstrucción, un recambio de la dirigencia, una reflexión urgente sobre lo hecho hasta ahora y sobre los peligros y retos del futuro. No simplemente un pensar sobre cuestiones electoreras o la pérdida de puestos en el gobierno. Esto nada más es un medio no lo sustancial, lo estructural.
El Salvador cruza uno de los momentos más inciertos de su historia. Por muchas razones: tenemos desde luego el crecimiento de la delincuencia común y los peligros del crimen organizado penetrando ya a la fuerza armada y la Policía Nacional Civil, el alto costo de la vida, el cierre de fuentes de trabajo y el aumento considerable de la emigración hacia los Estados Unidos. También los miles de “indocumentados” enviados de regreso a su país. En esta república la violencia es casi ley. El porvenir inescrutable. La leyenda y los mitos al mismo tiempo contienen e impulsan a las masas. Las medidas de seguridad o inseguridad son, consecuentemente, inseparables de la vida nacional. Son todos elementos para discutirse, para reflexionar, para enfocar el futuro y pensar en cómo llevar adelante una política integral para ayudar a los salvadoreños a realizarse aquí y no en tierras lejanas.
Cuando estas palabras se escriben otra historia se inicia en la vida de este país. Sin banderas ni entusiasmo. Una antesala desdeñosa, casi hostil: la terrible carestía y el aumento desmesurado de los artículos de primera necesidad. Agreguemos el 13% más a la tarifa eléctrica. No son momentos para seguir insistiendo en cuestiones pueriles, en símbolos o banderas, en fallos o sentencias. Dejemos a la Sala de lo Constitucional cumplir con sus obligaciones y pensemos un poco más en el futuro y en la realidad de este país, inmensamente rico y desgarradoramente pobre.





1 comentarios:
Totalmente de acuerdo con este serio y atinado artículo de su blog. Se puede leer esta mañana en los diarios nacionales que el paranoico de Medardo Gonzalez sigue muy empeñado hablando neciamente puros disparates acerca de los 4 magistrados y el decreto 743. Toda esa cúpula de pseudo-dirigentes ha usado, burlado la confianza y traicionado al pueblo salvadoreño, con el espurio interés de beneficiarse en cuanto a altas dosis de poder y económicamente. También es conocido por la población que todos ellos son aliados y muy devotos servidores de los imperialistas yankis, por tanto las bases efemelenistas actuales sin ninguna demora deben exigir y efectuar cambios profundos en esa pérfida y enviciada "Dirección" con que cuenta el partido en esta coyuntura. En esta segunda década del Siglo XXI queremos auténticos revolucionarios como dirigentes. Compas que sepan entrar en estrecho contacto con la miseria y desgracias que sufre nuestro pueblo y ayudando ilimitadamente con su propio esfuerzo personal. No queremos más destrucción del FMLN ni más engaños. Y todo esto lo digo en el nombre mas que sagrado de todos los compas que cayeron creyendo en un destino mejor para El Salvador. Los que murieron imaginando que se transformaría en nuestro país radicalmente el régimen capitalista existente, con todas sus instituciones y podridas estructuras sociales. Aspiramos a vivir en una sociedad con libertad plena y en igualdad de beneficios para todos; en concreto, en una verdadera sociedad socialista.
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