No existe en estos momentos en el ámbito político nacional, en la Asamblea Legislativa, en el Ejecutivo o en el Órgano Judicial, una voz que llame a la cordura, a la reflexión o sea capaz al menos de hacer meditar o pensar al ciudadano medio; las palabras y frases que se escuchan son nada más de injuria, de malestar, de amargura. No oímos el verbo o el sustantivo que conmueve, vive un minuto y se deshace; del discurso sereno, incendiario por la pasión y la coherencia, el que deja estela luminosa y hace vibrar mentes y corazones. El que se endurece en la acción y motiva a acciones mayores.
Hacen falta los guías, los maestros de la buena oratoria, de la palabra dicha por los grandes líderes. Arte menospreciado hoy, por filibusteros de la política, sin la grandeza y el orgullo de antaño se practica, clandestino, en las cloacas, vergonzante. Deformado, enmascarado, existirá en tanto pululen en el escenario nacional los rufianes o testaferros agazapados, medrando en los llamados partidos políticos y, por supuesto, viviendo del Estado, al fin y al cabo único pretexto para continuar “sirviendo al pueblo salvadoreño”. Tienen en el presente el ejemplo nada edificante del PCN y el PDC burlando una vez más la voluntad de las mayorías poblacionales.
Cómo está a faltar la serenidad y el liderazgo para conducir al pueblo a puerto seguro, ya nunca más hemos visto la sensatez y la cordura para señalar vicios y errores y buscar los senderos correctos para poder hablar de que estamos construyendo una democracia o al menos buscar caminos civilizados que nos conduzcan a la armonía social. Evitamos el buen decir, le tenemos pánico a la elegía, a la magnifica escritura, a la pieza oratoria. Ya el viejo de los ojos incansables, Marcelino Menéndez Pelayo, escribía hace muchos años que lo más original de la poesía americana era, a su juicio, en primer lugar la descriptiva y, en segundo, la poesía política. El arte de decir político tiene entre nosotros una larga tradición, no para ennoblecer el verbo, sino para sentir desprecio por los que se dicen servidores de la cosa pública. No podemos pedir peras al olmo, ni mucho menos prudencia a diputados serviles, ignorantes e incultos.
Guardo muchos recuerdos del buen decir, de la fresca y bella oratoria del doctor Alfredo Martínez Moreno, en su momento, presidente de la Corte Suprema de Justicia. Poseía hermosa figura de hombre de asamblea, una voz educada, profunda y, gracias a su memoria, cultura y elocuencia, construía hermosas estructuras verbales. En Martínez Moreno, como sucedió con otros grandes salvadoreños de la oratoria pasada, el tono levantado, heroico del lenguaje del romanticismo se atenúa, como si sobre él pasara la brisa suave, musical del modernismo. Eran otros tiempos y otras figuras. Ahora son pequeños hombres, enanos, villanos, los que pululan en la Asamblea Legislativa y en otros engranajes administrativos del Estado.
Cómo muchos abogados habrán de extrañar en el presente a los grandes maestros de la cátedra, a ilustres pedagogos y animadores de las ideas, aquellos que desde las aulas universitarias no las creaban, sino que las transformaban, las arrancaban de los libros (por cierto me gustaría que algún medio de difusión corriera una encuesta entre los diputados y les preguntaran cuántos y qué clase de libros han leído) y las llevaban a sus alumnos a través de un decir incomparable. Ilustres hombres de antaño que supieron poner pasión en las palabras, hacerlas plásticas y vivas. Esos grandes maestros de las ideas políticas se terminaron, nadie tomó el relevo y por ello tenemos un escenario árido y confundido, raquítico, estéril.
En el presente, gracias a la magia de la televisión, escuchamos de cuando en vez a los diputados desde el seno de la Asamblea Legislativa. Y qué gran decepción, cuánta hipocresía y burla contra el pueblo salvadoreño, más contra el buen decir. Son odiosas las comparaciones; pero cuando este Órgano del Estado funcionaba en el Palacio Nacional, en el llamado centro histórico, se oían debates y discusiones a la altura de los grandes Congresos. Verdaderos representantes del pueblo que en la polémica manejaban un sutil proceso dialéctico. Sintetizaban los argumentos del contrario, los ordenaban y clarificaban, para destruirlos de manera fría y sistemática. Eran casos extraordinarios de expositores lógicos. Vecino de esa Asamblea Legislativa estaba el despacho del doctor Alfredo Martínez Moreno. Escucharlo también era como abrir el revés de un reloj y ver trabajar su fina maquinaria. A veces se perdía en largas divagaciones, entre cuyos laberintos hallaba siempre el hilo sutil del discurso interrumpido. Alarde de organización mental, era un modelo elocuentísimo de la antielocuencia. Nos alegra que todavía se haga presente en el escenario político y que muestre a las presentes generaciones, sobre todo de abogados y políticos, su estatura de gran intelectual y fecundo procesador de ideas.
Estudiar estos ejemplos y otros muchos, de nuestra enrarecida atmósfera política y también de nuestra lengua, debe ser un deber y también una aventura alucinante para las presentes generaciones. Por ello puedo afirmar que la lección esencial, primaria, que recoge quien observa el trabajo de los grandes del idioma político es, sin duda, que la exposición verbal de las cuestiones, ideas y problemas que ha de sujetarse, para ser viva, eficaz, a una medida, a un límite. Cuando desborda rompiendo diques o se hace corriente incontenible repitiéndose hora por hora, se convierte en demagogia, a la larga intrascendente y banal. El sentido de las proporciones que es una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.
Hacen falta los guías, los maestros de la buena oratoria, de la palabra dicha por los grandes líderes. Arte menospreciado hoy, por filibusteros de la política, sin la grandeza y el orgullo de antaño se practica, clandestino, en las cloacas, vergonzante. Deformado, enmascarado, existirá en tanto pululen en el escenario nacional los rufianes o testaferros agazapados, medrando en los llamados partidos políticos y, por supuesto, viviendo del Estado, al fin y al cabo único pretexto para continuar “sirviendo al pueblo salvadoreño”. Tienen en el presente el ejemplo nada edificante del PCN y el PDC burlando una vez más la voluntad de las mayorías poblacionales.
Cómo está a faltar la serenidad y el liderazgo para conducir al pueblo a puerto seguro, ya nunca más hemos visto la sensatez y la cordura para señalar vicios y errores y buscar los senderos correctos para poder hablar de que estamos construyendo una democracia o al menos buscar caminos civilizados que nos conduzcan a la armonía social. Evitamos el buen decir, le tenemos pánico a la elegía, a la magnifica escritura, a la pieza oratoria. Ya el viejo de los ojos incansables, Marcelino Menéndez Pelayo, escribía hace muchos años que lo más original de la poesía americana era, a su juicio, en primer lugar la descriptiva y, en segundo, la poesía política. El arte de decir político tiene entre nosotros una larga tradición, no para ennoblecer el verbo, sino para sentir desprecio por los que se dicen servidores de la cosa pública. No podemos pedir peras al olmo, ni mucho menos prudencia a diputados serviles, ignorantes e incultos.
Guardo muchos recuerdos del buen decir, de la fresca y bella oratoria del doctor Alfredo Martínez Moreno, en su momento, presidente de la Corte Suprema de Justicia. Poseía hermosa figura de hombre de asamblea, una voz educada, profunda y, gracias a su memoria, cultura y elocuencia, construía hermosas estructuras verbales. En Martínez Moreno, como sucedió con otros grandes salvadoreños de la oratoria pasada, el tono levantado, heroico del lenguaje del romanticismo se atenúa, como si sobre él pasara la brisa suave, musical del modernismo. Eran otros tiempos y otras figuras. Ahora son pequeños hombres, enanos, villanos, los que pululan en la Asamblea Legislativa y en otros engranajes administrativos del Estado.
Cómo muchos abogados habrán de extrañar en el presente a los grandes maestros de la cátedra, a ilustres pedagogos y animadores de las ideas, aquellos que desde las aulas universitarias no las creaban, sino que las transformaban, las arrancaban de los libros (por cierto me gustaría que algún medio de difusión corriera una encuesta entre los diputados y les preguntaran cuántos y qué clase de libros han leído) y las llevaban a sus alumnos a través de un decir incomparable. Ilustres hombres de antaño que supieron poner pasión en las palabras, hacerlas plásticas y vivas. Esos grandes maestros de las ideas políticas se terminaron, nadie tomó el relevo y por ello tenemos un escenario árido y confundido, raquítico, estéril.
En el presente, gracias a la magia de la televisión, escuchamos de cuando en vez a los diputados desde el seno de la Asamblea Legislativa. Y qué gran decepción, cuánta hipocresía y burla contra el pueblo salvadoreño, más contra el buen decir. Son odiosas las comparaciones; pero cuando este Órgano del Estado funcionaba en el Palacio Nacional, en el llamado centro histórico, se oían debates y discusiones a la altura de los grandes Congresos. Verdaderos representantes del pueblo que en la polémica manejaban un sutil proceso dialéctico. Sintetizaban los argumentos del contrario, los ordenaban y clarificaban, para destruirlos de manera fría y sistemática. Eran casos extraordinarios de expositores lógicos. Vecino de esa Asamblea Legislativa estaba el despacho del doctor Alfredo Martínez Moreno. Escucharlo también era como abrir el revés de un reloj y ver trabajar su fina maquinaria. A veces se perdía en largas divagaciones, entre cuyos laberintos hallaba siempre el hilo sutil del discurso interrumpido. Alarde de organización mental, era un modelo elocuentísimo de la antielocuencia. Nos alegra que todavía se haga presente en el escenario político y que muestre a las presentes generaciones, sobre todo de abogados y políticos, su estatura de gran intelectual y fecundo procesador de ideas.
Estudiar estos ejemplos y otros muchos, de nuestra enrarecida atmósfera política y también de nuestra lengua, debe ser un deber y también una aventura alucinante para las presentes generaciones. Por ello puedo afirmar que la lección esencial, primaria, que recoge quien observa el trabajo de los grandes del idioma político es, sin duda, que la exposición verbal de las cuestiones, ideas y problemas que ha de sujetarse, para ser viva, eficaz, a una medida, a un límite. Cuando desborda rompiendo diques o se hace corriente incontenible repitiéndose hora por hora, se convierte en demagogia, a la larga intrascendente y banal. El sentido de las proporciones que es una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y su dignidad, porque la palabra evade, con frecuencia, las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y, a veces, para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.





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