La crisis económica, superada con base en declaraciones oficiales, es una hosca y cotidiana realidad para las amas de casa. No hay forma ni medida alguna (eso parece) capaz de contener el alto precio de los frijoles, del azúcar, los tomates, chiles verdes, papas, aguacates y paremos de contar. Desde el Ministerio de Agricultura escuchamos cantos de sirena, de buenos augurios para las cosechas entrantes; pero nada de eso alivia ni calma el descontento en los hogares de millares de salvadoreños.
El ciudadano medio hace constantemente este desolador recuento y llega a conclusiones amargas. Los más resignados, los que todavía “reconocen” los esfuerzos del señor presidente de la república, casi terminan absolviéndolo de una primera etapa de su gobierno en el que las realidades concretas son muy pálidas comparadas con las reiteradas promesas. Se dicen: “Tiene buenas intenciones; él, en lo personal, es un hombre honesto con gran capacidad de trabajo”; pero es también un hombre del sistema, lo ha hecho el sistema y no puede romper las estructuras que hicieron posible su carrera política. Y están además los intereses creados, las presiones formidables de quienes controlan a VOLUNTAD LA ECONOMIA DEL PAIS, que lo obligan frecuentemente a hacer declaraciones que no son vías para un reencuentro con el pueblo salvadoreño.
Lo vimos hace un par de año al vetar el decreto de ley para abolir el pago de acceso a la telefonía fija, al retroceder en una verdadera reforma del sistema tributario o más recientemente al ceder a las presiones de las cúpulas empresariales para crear impuestos por lo demás necesarios al patrimonio y a al “pago” de la seguridad nacional. Como panorama general ya se ve que este cúmulo de contradicciones, de tres pasos para adelante y diez para atrás, de vetos, observaciones y remiendos de leyes, es para impacientar a cualquiera, cuando no a indignarlo hasta convertirlo en profeta de la violencia como último recurso. Sin embargo, si ustedes lo prefieren, una vez hecho la reflexión y los recuentos del caso, quedémonos con el razonamiento de quienes pretenden absolver al Señor Presidente en función de lo recio que es el sistema.
¿Verdaderamente será así? Es cierto que Mauricio Funes es hechura y creación, aunque él en lo personal no hubiera tomado parte, de un Sistema cuya distinción más conspicua es la corrupción de los funcionarios: en más de 20 años de desviaciones los que fueron y algunos de los que hoy son, El Salvador ha visto nacer una enorme casta de millonarios que hicieron sus colosales fortunas con el dinero del pueblo y sin correr el menor riesgo. Para eso se garantizaron de colocar a “sus hombres” y sus “tapaderas” en la Corte de Cuentas y en la Fiscalía General de la República. De tal suerte que en largos años de “vida republicana y democrática”, no hemos asistido a una sola consignación de un funcionario importante que se haya hecho merecedor de la cárcel por sus desvergonzados latrocinios. En todo ese tiempo, políticos y ex políticos, aprovechando mañosas modificaciones a las leyes (o sin ellas, o con ellas), han podido explotar a miles de campesinos a los que, como en los peores tiempos del feudalismo y el esclavismo, convierten en peones acasillados, con la suprema ironía de que teóricamente son los dueños de la tierra. También hacen lo mismo en la industria, pero con el pretexto de “estar creando fuentes de trabajo” les pagan bajos sueldos y son reacios a prestaciones sociales contempladas en el Código de Trabajo.
Volvamos a preguntar: ¿Verdaderamente será así? Concedido que Mauricio Funes es hombre salido de un Sistema muy someramente descrito al referirnos a las profundas contradicciones. Pero es también el Presidente de la República. Es, por el momento, el jefe de ese Sistema. Lo único por averiguar es si en realidad tiene el poder suficiente que respalde sus “buenas intenciones” o ese slogan de “siente, lucha y sufre como tu”. Nos está permitido suponer que sí. Nos permite la suposición el hecho evidente de que cuantas veces se ha decidido, cuando ha tomado serias decisiones, las cosas le han salido bien y el Sistema, aún con sus golpes bajos y sus patadas debajo de la mesa, ha sido impotente para frenar las decisiones. Luego es fuerte. Luego sí puede, en la medida en que lo quiera, hacer un poco más respirable la atmósfera del país. Lo decimos por los paquetes escolares, los agrícolas, el seguro universal y la pensión mínima pero real a personas mayores de 60 años.
Somos los gobernados de un Sistema donde la voracidad política ha sido muchas veces superior a la voracidad de la iniciativa privada. Somos, pues, desde hace muchos años, un país con las manos sucias. Pero un país que pese a toda su podredumbre o quizá a consecuencia de ella, deposita cada cinco años, en un solo hombre, poderes difícilmente comparables con otros mortales. Lo extraño es la simbiosis, el cambio que produce el poder, esas extrañas decisiones, omisiones y acciones, que al final se atribuyen a las enormes presiones de poderosos grupos económicos y, desde luego, a los compromisos adquiridos en plena campaña electoral. Las transnacionales subsisten y crecen por las “generosas” donaciones. La subvención compromete, escribió García Márquez.
Un gracioso amigo me comentó en una conversación de cafetín, que era necesario volver a un gobernante como Maximiliano Hernández Martínez, al menos se lo comentó su padre, en una tradición oral desde su abuelo. Martínez, me dijo, no deploró la situación heredada luego de la “gran depresión” ni la consideró fatal e inconmovible: se puso a “gobernar con el ejército y el apoyo de la oligarquía”. Nada con lo que quedaba de pueblo. Sabía que todos, o casi todos, tenían las manos sucias. Y su dictadura fue dura; pero no a la manera de Pilatos, pues “no permitió la corrupción” ni “malos manejos de los fondos del Estado” Vaya forma de mi amigo de reflexionar y aceptar las atrocidades de un gobernante. Nuestro Presidente no llegará a tanto; pero todavía la pregunta está en el aire: ¿Para quién gobierna?
El ciudadano medio hace constantemente este desolador recuento y llega a conclusiones amargas. Los más resignados, los que todavía “reconocen” los esfuerzos del señor presidente de la república, casi terminan absolviéndolo de una primera etapa de su gobierno en el que las realidades concretas son muy pálidas comparadas con las reiteradas promesas. Se dicen: “Tiene buenas intenciones; él, en lo personal, es un hombre honesto con gran capacidad de trabajo”; pero es también un hombre del sistema, lo ha hecho el sistema y no puede romper las estructuras que hicieron posible su carrera política. Y están además los intereses creados, las presiones formidables de quienes controlan a VOLUNTAD LA ECONOMIA DEL PAIS, que lo obligan frecuentemente a hacer declaraciones que no son vías para un reencuentro con el pueblo salvadoreño.
Lo vimos hace un par de año al vetar el decreto de ley para abolir el pago de acceso a la telefonía fija, al retroceder en una verdadera reforma del sistema tributario o más recientemente al ceder a las presiones de las cúpulas empresariales para crear impuestos por lo demás necesarios al patrimonio y a al “pago” de la seguridad nacional. Como panorama general ya se ve que este cúmulo de contradicciones, de tres pasos para adelante y diez para atrás, de vetos, observaciones y remiendos de leyes, es para impacientar a cualquiera, cuando no a indignarlo hasta convertirlo en profeta de la violencia como último recurso. Sin embargo, si ustedes lo prefieren, una vez hecho la reflexión y los recuentos del caso, quedémonos con el razonamiento de quienes pretenden absolver al Señor Presidente en función de lo recio que es el sistema.
¿Verdaderamente será así? Es cierto que Mauricio Funes es hechura y creación, aunque él en lo personal no hubiera tomado parte, de un Sistema cuya distinción más conspicua es la corrupción de los funcionarios: en más de 20 años de desviaciones los que fueron y algunos de los que hoy son, El Salvador ha visto nacer una enorme casta de millonarios que hicieron sus colosales fortunas con el dinero del pueblo y sin correr el menor riesgo. Para eso se garantizaron de colocar a “sus hombres” y sus “tapaderas” en la Corte de Cuentas y en la Fiscalía General de la República. De tal suerte que en largos años de “vida republicana y democrática”, no hemos asistido a una sola consignación de un funcionario importante que se haya hecho merecedor de la cárcel por sus desvergonzados latrocinios. En todo ese tiempo, políticos y ex políticos, aprovechando mañosas modificaciones a las leyes (o sin ellas, o con ellas), han podido explotar a miles de campesinos a los que, como en los peores tiempos del feudalismo y el esclavismo, convierten en peones acasillados, con la suprema ironía de que teóricamente son los dueños de la tierra. También hacen lo mismo en la industria, pero con el pretexto de “estar creando fuentes de trabajo” les pagan bajos sueldos y son reacios a prestaciones sociales contempladas en el Código de Trabajo.
Volvamos a preguntar: ¿Verdaderamente será así? Concedido que Mauricio Funes es hombre salido de un Sistema muy someramente descrito al referirnos a las profundas contradicciones. Pero es también el Presidente de la República. Es, por el momento, el jefe de ese Sistema. Lo único por averiguar es si en realidad tiene el poder suficiente que respalde sus “buenas intenciones” o ese slogan de “siente, lucha y sufre como tu”. Nos está permitido suponer que sí. Nos permite la suposición el hecho evidente de que cuantas veces se ha decidido, cuando ha tomado serias decisiones, las cosas le han salido bien y el Sistema, aún con sus golpes bajos y sus patadas debajo de la mesa, ha sido impotente para frenar las decisiones. Luego es fuerte. Luego sí puede, en la medida en que lo quiera, hacer un poco más respirable la atmósfera del país. Lo decimos por los paquetes escolares, los agrícolas, el seguro universal y la pensión mínima pero real a personas mayores de 60 años.
Somos los gobernados de un Sistema donde la voracidad política ha sido muchas veces superior a la voracidad de la iniciativa privada. Somos, pues, desde hace muchos años, un país con las manos sucias. Pero un país que pese a toda su podredumbre o quizá a consecuencia de ella, deposita cada cinco años, en un solo hombre, poderes difícilmente comparables con otros mortales. Lo extraño es la simbiosis, el cambio que produce el poder, esas extrañas decisiones, omisiones y acciones, que al final se atribuyen a las enormes presiones de poderosos grupos económicos y, desde luego, a los compromisos adquiridos en plena campaña electoral. Las transnacionales subsisten y crecen por las “generosas” donaciones. La subvención compromete, escribió García Márquez.
Un gracioso amigo me comentó en una conversación de cafetín, que era necesario volver a un gobernante como Maximiliano Hernández Martínez, al menos se lo comentó su padre, en una tradición oral desde su abuelo. Martínez, me dijo, no deploró la situación heredada luego de la “gran depresión” ni la consideró fatal e inconmovible: se puso a “gobernar con el ejército y el apoyo de la oligarquía”. Nada con lo que quedaba de pueblo. Sabía que todos, o casi todos, tenían las manos sucias. Y su dictadura fue dura; pero no a la manera de Pilatos, pues “no permitió la corrupción” ni “malos manejos de los fondos del Estado” Vaya forma de mi amigo de reflexionar y aceptar las atrocidades de un gobernante. Nuestro Presidente no llegará a tanto; pero todavía la pregunta está en el aire: ¿Para quién gobierna?





1 comentarios:
no se necesita ser sabio para saber para quien gobierna mauricio funes, en primer lugar para aumentar su megalomania(diosito) en segundo lugar para una derecha que fue la que le pago la campaña( nico salume, hato hasbun, y los de la casa de prestamos etc.) esta es una derecha pero no la de arena aunque tambien salen beneficiados, pero el traidor de funes, esta gobernando para la derecha de este pais.
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