Todos los días desde junio de 2009 pasamos de lo insólito a lo imposible, de lo creíble a lo increíble, del asombro al estupor. Los medios de deformación nos informan de lo sucedido a nivel nacional e internacional, la agenda del gobierno y el auge delincuencial, apartamos lo que es del dominio público, el producto de la vida regular de la nación, ese mínimo de logros que no merece elogios porque de no alcanzarse revelaría incapacidad y fracaso intolerables; saber administrar es el supuesto primario, elemental, explica y justifica en parte, la existencia de la pesada, monstruosa máquina burocrática de la República. En pocas palabras, estaríamos caminando de mano de la demagogia arenera, tan cínica como su infame administración de 20 años.
Nos preocupan a veces pequeños detalles, ecos y luces del faro presidencial. No entendimos el veto de hace un par de años al decreto legislativo que anulaba el cobro por acceso a la telefonía fija; tampoco los tibios cambios al sistema tributario; no digamos las presiones para no aumentar los impuestos al consumo del tabaco y las bebidas alcohólicas. O sancionar tan rápidamente el decreto legislativo 743 para modificar de manera inconstitucional la composición o la forma de votar de los cinco magistrados de la Sala de lo Constitucional; no comprendemos todavía porque no se continuó con el impuesto al patrimonio nacional o el impuesto a la seguridad. El titular del Ejecutivo afirma convencido no haber recibido ninguna presión. ¿Será tan así? Es necesario a estas alturas de la gestión gubernamental que significado tiene el trabajo de los hombres o los personajes que dirigen el destino del país, en nuestro proceso histórico, advertir si hemos adelantado, si no perdemos el camino.
Con todo lo dicho, lo que falta todavía por señalar ¿será suficiente para juzgar el papel cumplido por el gobierno? Como ya lo hemos señalado en innumerables oportunidades, para ello contamos con un archivo y una memoria precisa, consideramos eficaz y válida la gestión de un régimen en la medida que haga posible la vigencia de un modelo social, político y económico determinado. ¿Cuál entonces el modelo seguido en la presente administración? Se nos vendió un cambio, no radical, pero al menos distinto a las anteriores gestiones. ¿Qué tenemos al inicio del tercer año? Más de lo mismo: el costo de la vida altísimo, aumento en las tarifas eléctricas, en los productos de primera necesidad, en la acumulación de riqueza en las mismas manos de siempre y ese desesperante emigrar de compatriotas hacia los Estados Unidos. El criminal modelo neoliberal con tan graves daños a la economía de muchos países latinoamericanos, sigue vigente en nuestra república. Entre nosotros las tensiones, las contradicciones, se originan en la incapacidad para trazar nítidamente el modelo conforme nuestra vida política y acorde a las exigencias de las mayorías poblacionales y no por la mezquindad y la avaricia de las minorías privilegiadas.
No podemos continuar rigiéndonos por modelos económicos arcaicos, mucho menos por la interpretación antojadiza de artículos pétreos de la Constitución de la República, esos mismos que recogen un esquema político reducido, acorde a las necesidades de la oligarquía y la insaciable burguesía nacional. Han transcurrido muchos años, desde 1983 de la actual Constitución, con ligeras modificaciones en 2003, y desde luego ha sido un instrumento útil para unos cuantos funcionarios, jueces y políticos; pero no para las mayorías poblacionales; pero no puede ser ya cuando muchos de “sus objetivos” se han cumplido y envejecido otros. Si como algunos piensan, de sus páginas podemos arrancar todavía temas que, modernizados, puedan servir para construir un modelo político dinámico, original, muy salvadoreño, diverso a los que el mundo contemporáneo ensaya, es un deber que lo demuestren. Solo así resultará válida y alcanzable la meta de hacer una revolución dentro de la ley, con la ley, como lo adelantaba Schafick Jorge Handal.
En todo caso, cuando escuchar a muchos políticos del presente, nada más encontramos la usual literatura política, nada que pueda mover la inquietud de los jóvenes o renovar la voluntad de los mayores. El estilo del mensaje -- tan aforístico, didáctico y dogmático-- no responde a las angustiosas interrogaciones de nuestra hora; el lenguaje puede ser diáfano pero expresa una doctrina política elemental, a menudo contradictoria. Y muchas veces desleída y borrosa. Ya va siendo hora de impulsar reformas serias, comenzando por la misma Constitución de la República. Lo hemos dicho nada es estático, todo está en movimiento, y así como es necesario tener memoria histórica y ver siempre el pasado para no repetir los graves errores, también es necesario pensar en el futuro, creando y manteniendo bases fuertes en el presente. Este entonces el verdadero reto de los auténticos seres humanos.
Nos preocupan a veces pequeños detalles, ecos y luces del faro presidencial. No entendimos el veto de hace un par de años al decreto legislativo que anulaba el cobro por acceso a la telefonía fija; tampoco los tibios cambios al sistema tributario; no digamos las presiones para no aumentar los impuestos al consumo del tabaco y las bebidas alcohólicas. O sancionar tan rápidamente el decreto legislativo 743 para modificar de manera inconstitucional la composición o la forma de votar de los cinco magistrados de la Sala de lo Constitucional; no comprendemos todavía porque no se continuó con el impuesto al patrimonio nacional o el impuesto a la seguridad. El titular del Ejecutivo afirma convencido no haber recibido ninguna presión. ¿Será tan así? Es necesario a estas alturas de la gestión gubernamental que significado tiene el trabajo de los hombres o los personajes que dirigen el destino del país, en nuestro proceso histórico, advertir si hemos adelantado, si no perdemos el camino.
Con todo lo dicho, lo que falta todavía por señalar ¿será suficiente para juzgar el papel cumplido por el gobierno? Como ya lo hemos señalado en innumerables oportunidades, para ello contamos con un archivo y una memoria precisa, consideramos eficaz y válida la gestión de un régimen en la medida que haga posible la vigencia de un modelo social, político y económico determinado. ¿Cuál entonces el modelo seguido en la presente administración? Se nos vendió un cambio, no radical, pero al menos distinto a las anteriores gestiones. ¿Qué tenemos al inicio del tercer año? Más de lo mismo: el costo de la vida altísimo, aumento en las tarifas eléctricas, en los productos de primera necesidad, en la acumulación de riqueza en las mismas manos de siempre y ese desesperante emigrar de compatriotas hacia los Estados Unidos. El criminal modelo neoliberal con tan graves daños a la economía de muchos países latinoamericanos, sigue vigente en nuestra república. Entre nosotros las tensiones, las contradicciones, se originan en la incapacidad para trazar nítidamente el modelo conforme nuestra vida política y acorde a las exigencias de las mayorías poblacionales y no por la mezquindad y la avaricia de las minorías privilegiadas.
No podemos continuar rigiéndonos por modelos económicos arcaicos, mucho menos por la interpretación antojadiza de artículos pétreos de la Constitución de la República, esos mismos que recogen un esquema político reducido, acorde a las necesidades de la oligarquía y la insaciable burguesía nacional. Han transcurrido muchos años, desde 1983 de la actual Constitución, con ligeras modificaciones en 2003, y desde luego ha sido un instrumento útil para unos cuantos funcionarios, jueces y políticos; pero no para las mayorías poblacionales; pero no puede ser ya cuando muchos de “sus objetivos” se han cumplido y envejecido otros. Si como algunos piensan, de sus páginas podemos arrancar todavía temas que, modernizados, puedan servir para construir un modelo político dinámico, original, muy salvadoreño, diverso a los que el mundo contemporáneo ensaya, es un deber que lo demuestren. Solo así resultará válida y alcanzable la meta de hacer una revolución dentro de la ley, con la ley, como lo adelantaba Schafick Jorge Handal.
En todo caso, cuando escuchar a muchos políticos del presente, nada más encontramos la usual literatura política, nada que pueda mover la inquietud de los jóvenes o renovar la voluntad de los mayores. El estilo del mensaje -- tan aforístico, didáctico y dogmático-- no responde a las angustiosas interrogaciones de nuestra hora; el lenguaje puede ser diáfano pero expresa una doctrina política elemental, a menudo contradictoria. Y muchas veces desleída y borrosa. Ya va siendo hora de impulsar reformas serias, comenzando por la misma Constitución de la República. Lo hemos dicho nada es estático, todo está en movimiento, y así como es necesario tener memoria histórica y ver siempre el pasado para no repetir los graves errores, también es necesario pensar en el futuro, creando y manteniendo bases fuertes en el presente. Este entonces el verdadero reto de los auténticos seres humanos.





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