2.8.11

De Fucik a la masacre de estudiantes

Es difícil realizar una entrevista o un reportaje (los periodistas lo saben mejor) en el que no escape la opinión del periodista y no predominen sus pensamientos personales, y es más difícil todavía hacer un reportaje en el cual, sin utilizar más palabras que las de los testigos del hecho, impere un toque de poesía, de ternura, de ilusión.

Sobre todo, hacer compatible la poesía -- poesía amarga en este caso, pero poesía al fin-- con la cruda realidad, escuchada directamente de quienes la vivieron y sin interpretar sus palabras, sino transcribiéndolas textualmente, y obtener una calidad literaria, es indudablemente muy difícil y muy poco frecuente en la historia del periodismo salvadoreño. Lo decimos porque se cumplió un aniversario más de la masacre de estudiantes ocurrida el 30 de julio de 1975 y también por celebrarse el recién pasado 31 de julio el Día del Periodista salvadoreño.

Al no ser periodistas ni reporteros, ni estar atados o anclados a la autoridad de director o editor alguno de un medio de difusión o información, contamos entonces con cierta licencia para “hacer y emitir opinión” y, desde luego, transparentar una posición política e ideológica. Pero lo que ya resulta más insólito todavía es que todo ese magnífico reportaje en el que juegan la poesía, el dato preciso, la ilusión y la realidad, las palabras de los testigos y el toque literario, constituya, además, una importante aportación a la historia.

Y tal es el caso del libro “Reportaje al pie de la horca”, de Julio Fucik, quien supo llevar a cabo un excelente, trascendental, trabajo testimonial de sus últimos días en las ergástulas de las fuerzas fascistas en Checoslovaquia. Una obra que reúne poesía, calidad literaria y acusación histórica. Con el recuerdo de esta vida ejemplar se rinde homenaje a los auténticos periodistas y por supuesto se hace memoria de un hecho sangriento cometido por criminales militares contra estudiantes universitarios y de secundaria. Lo uno lleva a lo otro: testimonio, recuerdo y homenaje.

Esa marcha estudiantil se realizó en protesta por una incursión sucedida días antes por fuerzas militares a las instalaciones del Centro Universitario de Occidente. Las banderas, las pancartas y los banderines se extendieron en la Universidad de El Salvador. Los estudiantes no iban armados ni los animaba acción ofensiva alguna contra el régimen sanguinario de Arturo Armando Molina. Únicamente las canciones revolucionarias, las consignas y los gritos cálidos salidos de gargantas jóvenes, brillos juveniles y esperanzas al viento. Palabras de quienes vivieron ese momento o frases de sobrevivientes de los hechos, lo convierten en testimonio y escudo protector acerado para el porvenir.

Lo sucedido ese 30 de julio de 1975, sobre la 25 Avenida Sur, frente a hospitales públicos y privados, adquiere en el Reportaje al pie de la horca, el tono preciso de una tragedia clásica, tantos años después de la inmensa Praga, sin que para ello se haya requerido, por un lado, otra cosa que el talento y el talante del autor, ordenando y disponiendo las palabras auténticas desde la humedad y soledad de la prisión; por el otro, el testimonio y la memoria histórica de quienes atestiguan los hechos ocurridos en la capital salvadoreña. Julio Fucik posee, así en presente, esa rara sensibilidad que distingue a los escritores natos y legó una obra de altísimo nivel literario de lo que no es, al pie de la letra, sino Reportaje al pie de la horca, como una demostración más de lo estrechamente ligados que están el periodismo, la literatura, el testimonio y la vida misma.

Tanto en uno como en el otro (sucesos ambos de trascendencia histórica) los personajes surgen y viven, cuentan su historia, su drama o hacen su declaración oficial, como la compañera de Julio Fucik o el guardián que sacó las páginas escritas de la prisión; también los sobrevivientes de la masacre del 30 de julio, ahora convertidos en profesionales o ciudadanos marcados para siempre, y de esa serie de testimonios se van transformando en personajes -- en agonistas decía Miguel de Unamuno-- capaces de salir de lo cotidiano y entrar en lo imperecedero, como las angustiadas madres buscando sin cesar a sus hijos en los hospitales o los carceleros checos incapaces de asistir al torturado Fucik.

Los dos son hechos trágicos en la historia; pero también un ejemplo y una lección no solo periodística sino humana que hace a la historia una aportación viva y documental.

Es curiosamente impresionante cómo las palabras de las tragedias en la vida real se parecen a las palabras de las tragedias que nos legaron los clásicos de las distintas épocas. Unas, sin embargo, caen en la mitología y en la leyenda, las narradas en acontecimientos históricos imperecederos.

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