22.8.11

El periodismo y el caso jesuita

El juez español Eloy Velasco alborotó el panal. Los familiares de los sacerdotes jesuitas asesinados en noviembre de 1989, pusieron su parte, también la comunidad religiosa, aquella comprometida con los grandes valores de la solidaridad, el bien común y la justicia. A su manera todos han contribuido a “poner la trampa” como dice la jauría y los interesados en ocultar hechos y acontecimientos.

Los hechos, la noticia misma, no podían pasar inadvertida. El juez español ha demostrado conocer el piso y el techo, la capacidad de asombro, de temor e impunidad de los reos, sus familiares, los implicados en ese y otros crímenes de lesa humanidad. También era previsible adelantar el papel de periodistas y la prensa sometida, secuestrada y falta de los valores tan esenciales de la libertad de expresión. Tantos se han aventurado sobre la brecha que la maleza deja ver apenas. Los señores reporteros jamás desbrozan ni trazan a sus informaciones camino alguno. Apenas perciben una senda por reducida que ésta sea por ella enfilan su vocación de jauría, sin detenerse a meditar quién la abrió y por qué. Los medios de este país tienen una agenda y un papel por cumplir: todo dentro y nada fuera del sistema.

Ustedes, mis amigos, han visto a los perros aguacateros. También de esos que cuidan la ranchería. Uno atraviesa corriendo el caserío ladrando desesperadamente y los demás se van detrás de él descuajándose las mandíbulas en sonidos enloquecedores. De repente el provocador del escándalo se detiene y con él todos sus seguidores que sin hacerle caso ya se retornan a sus huecos de polvo para continuar sesteando con la cola entre las patas. De ahí volverán a levantarse si alguno otro de su especie repite la carrerita que no conduce a ninguna parte; que le viene por inspiración obviamente perruna. Los campesinos dicen que persigue a una sombra difunta o al aire que se enrosca en espirales, dialogando con los chiriviscos. Ellos sabrán por qué lo dicen.

Pues bien igual a lo descrito son los “reporteros” de la gran prensa. Basta que uno embista la ambigüedad de una noticia, la silueta de una información, el equivalente de una sombra difunta o del aire arremolinado para que todos los demás lo sigan. ¿Alguno de los medios de difusión de este país ha enviado a España a uno de sus periodistas para entrevistas al juez Eloy Velasco o siquiera investigar los términos de la petición judicial hecha por los familiares de los sacerdotes jesuitas? Si de verdad quisieran llegar a la verdad, dar a conocer todo el contexto de la demanda y la resolución de la Corte de España deberían gastar unos cuantos dólares en una entrevista e investigación sensacional. Lo hacen con la cobertura deportiva, también cuando se trata de desprestigiar o desinformar sobre el gobierno de Venezuela. Para eso cuentan con un cantinero a sueldo.

La gran prensa conoce donde está el problema de fondo; pero no le interesa la verdad, ésta, siempre secuestrada. Se buscan nada más los equívocos, la manipulación y le tergiversación noticiosa, mordaces y mal intencionadas. Eso lo hemos visto hasta el día de hoy con el tratamiento dado al proceso contra diez militares salvadoreños abierto en los tribunales españoles. Lo hemos visto tantas veces con noticias sesgadas, distorsionadas, sobre el ejemplar gobierno venezolano. De hecho son muy pocos los países en el mundo donde la libertad de prensa y de expresión de cierto sea un canto a la justicia, a la imparcialidad y la objetividad. Todos los medios, casi siempre, por espíritu de contradicción profesional, difieren las versiones de un suceso. Unos exaltan; otros destrozan.

Los “analistas” de la derecha por supuesto hacen coro a los bufones de la prensa. Luego de escucharlos por televisión o leer algunas de sus “reflexiones” todavía estoy tratando de entender lo que quisieron decir. Intentan un poco el chiste, otro poco la ironía, los dardos lanzados contra un solo blanco. Rozan el anecdotario, lo vimos con lo sucedido hace unos tres años en Honduras: era imposible lograr o convencerlos de que lo ocurrido era un golpe de Estado, una asonada militar. Se plegaron a un solo discurso: una deposición del cargo del presidente Manuel Zelaya por parte de la Asamblea Legislativa y cumplida por la Corte Suprema de Justicia. Que ambas instancias hayan interpretado el papel después de la captura en horas de la madrugada y de la expulsión hacia Costa Rica, les tuvo sin cuidado. Había que seguir una agenda.

Ocurre lo mismo en el presente con el proceso judicial seguido en España: el gran debate se sostiene aquí, tratando de meter miedo a la población, de confundir, se habla de “atentando contra la paz y la reconciliación”, de violación a la Constitución y de querer “abrir heridas” de guerra cuando éstas nunca se han cerrado. De paso los juristas, también siguiendo una agenda, se refieren a la Ley de Amnistía y a un “crimen ya juzgado”. Basta conocer un poquito de convenios y de tratados internacionales, para saber que los crímenes de lesa humanidad no son cubiertos por amnistía o amnesia alguna. El vil asesinato de los sacerdotes jesuitas, como tantas masacres cometidas por militares salvadoreños durante el conflicto armado, han sido tipificados por la Corte Internacional de Justicia como crímenes de lesa humanidad.

Lo cierto es que tantos “periodistas”, “analistas” y juristas se han empolvado. El tiempo que llevan de rezago les ha incorporado reumas sino que artritis progresiva. Están fuera de cancha, como dicen los expertos en deporte. Ya no esgrimen la espada de combate, o la pluma de consumados articulistas, sino simplemente una navajita de rasurar para cortar la arteria que conduce a la verdad. Son tantos los casos y tantas las paradojas ocurridas en los últimos tiempos que junto con el Apocalipsis bíblico habremos de decir: este pueblo ya no tiene esperanzas, al menos mientras lo más rastrero, siniestro y malévolo siga campeando en los campos de Cuscatlán.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

el frente ya va de salidaaaa

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