25.8.11

Gobernar con el pueblo

La crisis económica, el alto costo de la vida, el alarmante desempleo, son ramas del mismo árbol, su origen viene de años atrás y a pesar de las reiteradas declaraciones oficiales sobre medidas emergentes para superar tan complicado problema, es una hosca y cotidiana realidad para las amas de casa y, desde luego, para todo el grupo familiar.

El ciudadano medio hace constantemente este desolador recuento y llega a conclusiones amargas. Los más resignados, los aferrados a la reflexión y al análisis integral, los que tienen la honestidad de reconocer los esfuerzos del gobierno, casi terminan absolviendo al presidente en los comienzos de un tercer año de mandato en el que las realidades concretas son muy pálidas comparadas con las reiteradas promesas de un cambio para mejorar y superar los aciagos 20 años del régimen arenero.

Por cierto un día de estos escuchamos al ex presidente Alfredo Cristiani y al diputado Roberto D´Aubuisson, fustigando al gobierno por “su incapacidad” para frenar y combatir a la delincuencia común. Lo dicen seres humanos, de carne y hueso, quienes tuvieron en sus manos las herramientas, las leyes y los recursos para eliminar o reducir los índices de violencia. Fueron 20 años de “mano dura” y “súper mano dura”; pero no lograron su cometido pues a mayor criminalidad más ganancia para las agencias de seguridad privada, lo mismo para los importadores de armas de fuego y municiones. Los cínicos e hipócritas abundan en esta desolada y arrasada geografía de Cuscatlán.

Como panorama general ya se ve que tales declaraciones son para impacientar a cualquiera, cuando no a indignarlo hasta convertirlo en profeta de la violencia oral como último recurso. Ellos, los políticos y dirigentes del partido Arena, lo hacen con fines electoreros, pues su única preocupación por el momento es “hacer lo necesario” para recuperar el Ejecutivo, pasando por las cuotas municipales y los diputados de la Asamblea Legislativa. ¿Habrán hecho los méritos suficientes para aspirar a gobernar nuevamente este país? Si nos atenemos y repasamos lo realizado en los cuatro periodos al frente del Ejecutivo llegamos a la conclusión que únicamente favorecieron a poderosos grupos de poder económico, fueron autoritarios y eficientes en la corrupción.

El modelo impulsado, el neoliberalismo, les permitió hacer de El Salvador una enorme y próspera hacienda. Un modelo cuya distinción más conspicua fue la corrupción de los funcionarios, ministros y mandos medios, como quedó plenamente demostrado en el Banco de Fomento Agropecuario, los Ministerios de Obras Públicas, Salud Pública, Gobernación, Instituto Salvadoreño del Seguro Social, ANDA, CEL y paremos de contar. En 20 años de desviaciones los que fueron y algunos de los que hoy son, El Salvador ha visto nacer una enorme casta de súper millonarios que hicieron sus colosales fortunas con el dinero del pueblo y sin correr el menor riesgo. Lo hemos repetido hasta la saciedad: en los últimos 25 años de torcer los caminos de la decencia, no hemos asistido a una sola consignación de un funcionario importante que se haya hecho merecedor de la cárcel por sus desvergonzados latrocinios. Nada más acusaciones aisladas e intentos de “hacer justicia”, al menos eso se desprende de los voluminosos expedientes entregados a la Fiscalía General de la República (a propósito ¿dónde está y qué hace el Fiscal?) por algunos funcionarios del actual régimen.

El presidente Mauricio Funes prometió en su campaña electoral “meter presos a todos los corruptos”; pero como bien se dice del “dicho al hecho hay un gran trecho”. El mandatario debemos reconocerlo es un hombre salido de este sistema. Como titular del Ejecutivo es el jefe de este sistema. Cuando su gestión ha avanzado más de dos años y dos tercios, nos preguntamos todavía si en realidad tiene el poder suficiente que respalde sus buenas intenciones (nos referimos a combatir la corrupción y meter presos a los corruptos, desde luego tal función le corresponde al poder judicial). Nos está permitido suponer que sí. Nos permite la suposición el hecho evidente de que cuantas veces se ha decidido, cuando ha tomado serias decisiones, las cosas o le han salido bien o muy mal. Luego es fuerte. Luego si puede, en la medida en que lo quiera, hacer un poco más respirable la atmósfera del país, haciendo a un lado el veto a la Ley del Tabaco.

En fin, somos los gobernados de un sistema donde la voracidad política ha sido muchas veces superior a la voracidad de la iniciativa privada. Somos, pues, desde hace muchos años, un país con las manos sucias. Pero un país que pese a toda su podredumbre o quizá a consecuencia de ella, deposita cada cinco años, en un solo hombre, poderes difícilmente comparables con otros gobernantes del planeta.

Cómo quisiéramos nosotros que los mandatarios gobernaran junto a su pueblo y para su pueblo. Escuchando a todos y haciendo hasta lo imposible para satisfacer la gran mayoría de sus necesidades. Este pueblo no exige demasiado, nada más lo indispensable: en la actualidad: frenar la delincuencia, castigar a los corruptos, frenar el alto costo de la vida, brindar oportunidades a los jóvenes y generar empleos. Eso sería más que suficiente ¿no lo cree así señor presidente?

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